martes, 21 de mayo de 2013

"Non-vegans are nazis".

Afirmación desafortunada donde las haya…

Iba a ser el nombre de una página en una conocida red social, y el creador o creadora de la misma pretendía que los seguidores de su otra página sobre veganismo indicáramos que nos gustara. Evidentemente, no lo hice. Le propuse que cambiara el nombre, básicamente porque no me parecía bien que mezclara a los nazis con el veganismo. Pero la contestación que recibí me dejó aún más estupefacta: “Nonsense! Nazis kill and torture!” Perfecto. Más o menos le respondí que decir eso era convertirse también en un nazi, debido a la intolerancia que ellos mostraban hacia todos aquellos que no fueran como ellos (por resumirlo en pocas palabras y de manera extremadamente simple), y que si de verdad queremos hacer que todo el mundo se vuelva vegano, ése desde luego no es el camino. Debemos utilizar las armas adecuadas para luchar por algo, que en mi opinión, es deseable, pero no podemos condenar a la gente que, por la razón que sea, elige otra alternativa. Si la base del veganismo es el respeto absoluto a todas las formas de vida, creo que eso debería incluir también a los seres humanos, aunque sean sin duda los más destructores del planeta.

Por fortuna, parece ser que me hizo caso, porque el mensaje desapareció y no he visto ninguna página con ese nombre.

Lo curioso es que me puse a indagar más en la red y vi que también los no-veganos dirigen la misma acusación de “ser unos nazis” a los propios veganos. Incluso en algunos lugares llegan a comparan el signo vegano con la esvástica, que, dicho sea de paso, no he encontrado la similitud por ninguna parte. ¿En qué quedamos? Y otra curiosidad es que por lo visto tanto Hitler como Himmler eran vegetarianos (aunque por supuesto dudo que esto esté demostrado), existía un “ala verde” en el Tercer Reich, y en esos años se aprobaron leyes dirigidas a la protección animal y del medio ambiente. Y parece ser que este argumento es utilizado por los neonazis (a los cuales no guardo ninguna simpatía) para defender su ideología... por sorprendente que parezca.

Llegados a este punto, mi confusión ya no puede ir a más. Y el debate me resulta un sinsentido más producto de la ignorancia, la demagogia, la irresponsabilidad y no sé cuántas cosas más. Y lo único que me queda claro es que ningún extremismo es bueno, nadie puede obligar a nadie a llevar una vida determinada, por mucho que nos duela a los que queremos cambiar el mundo. Y, personalmente, me gustaría que dejaran a los nazis en paz… Puede que sean un buen ejemplo de intolerancia, pero desde luego no es el único que existe en el mundo (por desgracia), y ya somos mayorcitos para saber que la maldad y los actos violentos son universales a todos los seres humanos, y somos nosotros los que elegimos qué clase de persona queremos ser. Y comparar el nazismo con el veganismo o el no-veganismo me parece una actitud un tanto inmadura e irresponsable. Creo que son conceptos totalmente distintos y que jamás se deberían mezclar ni trivializar.


Porque para mí, la cuestión va mucho más lejos. Y se ha convertido en algo muy personal. Por circunstancias de la vida (y la muerte), llevo largo tiempo reflexionando sobre un tema muy delicado del que apenas nadie se atreve a hablar, y mucho menos cuando hay judíos delante. También por circunstancias de la vida (y la muerte), tengo un fuerte sentido de la justicia y me molesta muchísimo que no se cuenten todas las verdades. Y además cada vez me cuesta más callarme ante la ignorancia de la mayoría de la población y el dejarse llevar con la corriente sin pararse ni un segundo en pensar si lo que nos cuentan es cierto o no, sin molestarse en preguntar a los verdaderos protagonistas y no a los historiadores que por lo general siempre pertenecen al bando vencedor, sin entretenerse en escuchar ambas versiones y en tratar de comprender qué es lo que de verdad llevó al Holocausto. 

Es mucho más fácil ampararse en “Todos los nazis son malvados”, y seguir poniendo fotos de Hitler y campos de concentración en todos los lugares, incluyendo crímenes que probablemente no son ciertos, mientras que las atrocidades cometidas por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial (por poner un ejemplo) permanecen ignoradas, al tiempo que los distintos gobiernos nos mantienen engañados llamando terroristas a los que solo se defienden del horror extendido en nombre del “bien”. No justifico ni a uno ni a otro, por supuesto. “Las guerras son las guerras, y las víctimas son siempre mujeres, niños y ancianos”, dicen. “Siempre habrá guerras mientras negociar con armas sea rentable”. Podría llenar páginas enumerando las razones por las que no estoy de acuerdo con esto. Pero trataré de ser breve: no, las guerras no existen porque haya unos cuantos malvados (sean quienes sean) que se dedican a organizarlas. Ni tampoco porque sean inevitables para alcanzar la paz. Existen porque siempre es más fácil culpar a otros de las desgracias en lugar de responsabilizarnos nosotros mismos. Nos corresponde a nosotros negarnos a apretar el gatillo si creemos que lo que vamos a hacer no está bien, aunque eso signifique perder nuestra vida. Nos corresponde a nosotros negarnos a seguir a un líder que se ha convertido en un dictador, aunque tengamos que renunciar a una posición de poder. Si queremos, podemos evitar ser parte de la gran cadena de producción de armas, simplemente no comprando ninguna, o sin creer al gobernante de turno que nos dice que son necesarias para nuestra defensa. La decisión final de hacer el mal es nuestra y solo nuestra. Son nuestros actos los que nos convierten en cómplices, y muchas veces sin saberlo, porque es más cómodo ver la televisión sin razonar que ponernos a investigar por nosotros mismos y sacar nuestras propias conclusiones. La cuestión, igual que en el caso del vegetarianismo o veganismo, es informarse adecuadamente para poder decidir por nosotros mismos, en lugar de ser arrastrados por una masa a la que guían con oscuros propósitos…     

Pero sobre todo: no solo niños, mujeres y ancianos son víctimas. En una guerra todos, sin excepción, somos víctimas. Tanto el que mata, como el que es matado. En una guerra no hay buenos ni malos. Cada uno lucha por sus propias razones y en muchos casos probablemente estarían justificadas. ¿Quién estuvo realmente allí para comprender las circunstancias que envolvieron esa guerra? ¿Quiénes recuerdan de verdad? Esto no parece importar mucho, porque los que aún viven, no quieren hablar; los que murieron, muchos permanecen olvidados; y los que murieron y han vuelto, ni siquiera se sospecha que existen… Y sin embargo, son los que más saben. Probablemente ya los únicos que distinguen cuándo los libros mienten y cuándo dicen la verdad. Son los que cargan con la culpa, la injusticia y el silencio de saberse engañados y manipulados por un poder que prefiere que el mundo siga creyendo que él es el bueno y todos los demás son los malos, para así no tener que rendir cuenta de sus propios crímenes. Es el plan perfecto.

Abramos los ojos de una vez. En todas las áreas de la vida. Acabemos con el sufrimiento. Pero con el sufrimiento de todos: desde el más indefenso animal al que se le arranca de su madre para que nosotros podamos comer carne o beber leche, hasta el del niño que muere de hambre en una región asolada por la pobreza, o de cualquier ser humano, no importa sexo, raza o religión, que haya decidido erróneamente empuñar un arma para defender al mismo país que lo condenará al olvido o a la ruina, si es que sobrevive… 

Tenemos que negarnos a participar en cualquier acción que suponga la más mínima violencia o injusticia. No les sigamos el juego a los que creen saber lo que es mejor para nosotros. Todas nuestras decisiones cuentan, incluso las que parecen más insignificantes. Si dejando de comprar huevos podemos evitar el sufrimiento de unas cuantas gallinas hacinadas, hagámoslo.  Si comprando ropa en un comercio que no se dedica a explotar a trabajadores indios, logramos que algunos pocos vivan mejor, hagámoslo. Basta ya de excusas y justificaciones.

Dejemos atrás las matanzas injustificadas, las barbaries, la tortura, la crueldad, y todas las formas de violencia, incluida la más salvaje de las intolerancias.

jueves, 9 de mayo de 2013

Más allá del horror.

Querido amigo I.:

Dudo mucho que estas líneas lleguen algún día a tus manos. Probablemente nadie sabrá que en sus últimos días una más de tantas víctimas invirtió lo que le quedaba de sus fuerzas en intentar que la galaxia entera se diera cuenta del terrible error que la Humanidad volvió a cometer. Ya es demasiado tarde. Ya nada queda.

No quiero pensar dónde estarás ahora ni cómo te encontrarás... si aún te queda memoria para acordarte de cómo era mi rostro o el sonido de mi voz, o si tu mente decidió descolgarse del mundo para no ver cómo se destruye poco a poco. Sabes... cuando los dos trabajábamos de policías, como compañeros, y temíamos siempre que nos separaran y termináramos cada uno en una estación espacial distinta... entonces pensaba que si se daba la remota posibilidad de que estallara una guerra, estaría preparada para ella. Tú y yo habíamos visto muchas cosas y habíamos pasado por múltiples situaciones en las que la muerte siempre estaba presente. Pero una vez tras otra habíamos conseguido sobrevivir, y eso nos hacía ser optimistas respecto al futuro. Ahora me río amargamente de aquellos pensamientos. La idea de una guerra, en pleno siglo XXIII, cuando tantos logros habíamos conseguido en años anteriores, era muchas veces ridícula. ¿Quién iba a imaginar lo que sucedería después?

El universo entero se nos vino encima. Parecía que acabáramos de nacer: todo lo que nos habían enseñado, lo que habíamos aprendido con el paso de nuestros días; nuestros ideales, nuestros sentimientos respecto a los hombres y lo que éstos habían llevado a cabo... ahora eran inútiles mentiras. Me vi envuelta en un horrible e inexplicable odio que llevaba a las personas a perseguir y matar a otras sin ninguna razón clara. Aún no he conseguido averiguar contra quién luchábamos, ni tampoco en qué bando estábamos... si es que de verdad reparábamos en eso.


Y entonces nos separaron, y perdí lo único que me quedaba. Pensé que tarde o temprano nos volveríamos a encontrar, como siempre había ocurrido antes. No me di cuenta de que esto era distinto. Lo que se iba, lo que era destruido, lo que desaparecía, ya no volvía nunca más. Pero aún tenía esperanza para desear que volviera.

Lo que más me ha dolido durante todos estos años es que nos hicieran prisioneros con toda la gente que conocía desde que era casi una niña, personas con las que había compartido ratos aburridos, agradables, desagradables o divertidos, días malos y días buenos. Gente a la que veía todos los días. Allí estaban... y allí vi cómo sucumbían al dolor y a la desesperación. Éramos policías. No habíamos sido preparados para la guerra. Nadie está preparado nunca para la guerra. Y muchos de ellos eran chicos y chicas que apenas habían empezado a vivir. Solo entonces conocí el miedo... el verdadero miedo.

Intenté escapar. Solo me ayudó un hombre al que no conocía. Solo a él le quedaban fuerzas para hacerlo. Lo mataron. Ése fue mi primer gran error. Pero gracias a él supe quiénes estaban a mi lado y quiénes no. Me ayudaron mucho G.F. y L.P., y O.P... y algunos otros, aunque ya no sirvió de nada. Total: ¿para qué escapar? No había ningún sitio adonde ir. Ya no podíamos ir a un lugar tranquilo y mirar el cielo y suspirar aliviados porque las estrellas seguían allí.

Poco a poco han ido cayendo muchos. Hace mucho que perdí la esperanza. Ni siquiera tengo fuerzas para llorar cuando alguien muere. Te echo tanto de menos... Tú quizás habrías logrado que no me rindiera tan pronto. Pero desde aquel día no he sabido nada de ti, y dejaste un gran vacío en mi corazón, un vacío que ha crecido a lo largo de los años. Daría lo que fuera por volver a estar contigo en la estación, y ser de nuevo policías. Nosotros habíamos elegido aquel tipo de vida; habíamos asumido el riesgo de lo que nos podía pasar. Pero esto nos fue impuesto sin pedirnos opinión. Nadie pensó en los que querían seguir viviendo en paz. No se parece ni a las peores pesadillas. No puedes despertar y huir de ello. Pero ya, ¿a quién le importa?

Han destruido lo bueno que tenía mi vida. Me estoy quedando sola, sin nada en que pensar, sin nada por lo que merezca la pena abrir los ojos cada mañana. Mi mano tiembla al escribir y no me reconocerías si me vieras en este lamentable estado. Pero el fin se acerca. Esto será lo último que haga con un importante objetivo. Así que me despido, I. Espero encontrarte en la otra dimensión.

[Escrito en Septiembre de 1994, cuando tenía 19 años de edad. Hoy se lo dedico a Katrina... y a Johann].
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