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viernes, 5 de febrero de 2016

Releyendo... La Operación Fantasma.

No sé si queda muy bien decir que disfruto leyendo mis propios libros... pero es una realidad. Le iba a regalar un ejemplar a mi padre y hacía años que lo tenía olvidado, así que me puse a leerlo. Aparte de servirme para localizar algunas erratas (que parece que se reproducen cuando no estás mirando) y corregirlas, también me ha servido para darme cuenta de que... ¡coño, no escribo nada mal! No es que no lo sepa ya a estas alturas, pero siempre está bien sentarte como si fueras un lector más, olvidar quién es el autor, y sumergirte en la aventura para ver si de verdad es un libro con gancho... y vaya si lo es.

A veces me sorprendo de mí misma, más cuando recuerdo que lo empecé a escribir con trece añitos... ni más ni menos.

Un largo tiempo después, no voy a decir cuánto, estoy escribiendo una segunda parte... de hecho, llevo años escribiéndola. Esta era otra razón para volver a leerme el libro, a ver si me inspiraba para seguir con la historia. Y sí, tengo que continuarla... otra cosa es que acabe muriéndome y aún esté inacabada.



Además de ser una space opera en toda regla, llena de aventuras sin más pretensión que pasar un rato divertido, tiene un trasfondo emocional que a mí personalmente siempre me deja hecha polvo... porque sé de dónde provienen todas esas emociones. Como escritora, me siento orgullosa porque sé que si tantos años después sigue afectándome, es porque de verdad dejé un pedazo de mí en esas letras. Y por tanto, en teoría, es más probable que consiga emocionar a otro lector que no sea yo misma. La fuerza está ahí. La Fuerza también :-), puesto que crecí con Star Wars y la influencia es innegable, aunque "mi mundo" es mucho menos fantástico, es más cercano a esta galaxia y a este tiempo... de hecho, podría ser mi propio futuro. Que... quién sabe, si es verdad que tenemos un yo del futuro que influye en nosotros en el momento presente, ¿tal vez estoy escribiendo sobre ese futuro?

Bueno, en todo caso, para que sepáis de qué estoy hablando, os voy a dejar con un corto fragmento, aunque es difícil elegir. Como ya he puesto uno en mi blog de autora, aquí voy a poner un fragmento distinto. Y ya sabéis, si os apetece leerlo entero, en esta página tenéis más información. ​

"Al llegar pudo por fin respirar con tranquilidad. Puso una de las pistolas-láser a buen recaudo, bien oculta pero a mano por si la necesitaba o debía ordenarme que la utilizara yo. De la otra no se separó. Tarde o temprano descubrirían lo que había hecho, y ese era su único seguro de vida. Después se sentó frotándose la herida, aún le producía dolor si la tenía que someter a un cierto esfuerzo, y reparó en mí, acurrucada en el camastro sin ninguna expresión en mis ojos, totalmente desconectada, involuntariamente, de la realidad. Se preguntó qué me había hecho seguirle hasta allí, cuando estaba claro que nunca debía haber vuelto a ponerme al alcance de Zarovnik. Por alguna razón, él también estaba obsesionado conmigo, hasta el punto de hacerle cometer errores fatales. No hacía mucho que yo había pasado por algo terrible que no había terminado de supe­rar… también Steve lo había insinuado, aunque no quiso entrar en detalle. ¿Cómo era de grave? Parecía haber mucho más de lo que parecía a primera vista, pero yo no quería hablar. Ian pensaba que había sido un poco egoísta al querer involucrarme en algo que ha­bía provocado él mismo. Nunca me habría pedido ayuda directamente, pero deseaba recuperar a Kyle a toda costa, y yo, sin duda alguna, podía ayudarle. Ahora no estaba seguro de haber hecho lo correcto. Pensaba que lo mismo que me hacía fuerte, me hacía vulnerable. Tal vez debía haberme escuchado mejor y partir en solitario. Ahora no solo Kyle estaba en grave peligro. Yo también estaba en el filo de la navaja.
Las horas siguientes transcurrieron exasperantemente lentas. Volvieron a por mí dos veces más. Ian se moría por averiguar en qué celda se encontraba Kyle, para que cuando llegaran los refuerzos pudieran escapar rápidamente, pero para ello tenía que fijar el descodificador en la puerta de cada una de ellas y esperar a que alguien la abriera, y luego recoger el aparato y efectuar la lectura. Escogió varias al azar, pero no tuvo éxito en todas, y las combinaciones que pudo averiguar no le sirvieron de nada, pues Kyle no se hallaba en ellas. Apenas se atrevía a cerrar los ojos, pues en cualquier momento podían irrumpir en la celda y acusarle de haber robado armas y haber destruido a un androide. Cualquier mínimo ruido le hacía sobresaltarse.
Al tercer día la puerta se abrió y apareció un hombre alto con perilla. Ian lo reconoció, y supo al instante a qué venía. Karl entró pisando con fuerza y no parecía que tuviese ganas de hacer amigos. Ian solo tuvo tiempo de levantarse y echarme un rápido vistazo antes de que las fuertes manos de Karl le cogieran del cuello y le empujaran contra la pared con gran violencia. Ian se golpeó el hombro y cayó sobre una de sus rodillas. Desde abajo, vio cómo Karl se aproximaba con actitud amenazante.
―Fuiste tú, ¿verdad?
Ian se incorporó con lentitud, contento de haber colocado su arma en la parte de atrás del cinturón. Le miró fingiendo extrañeza.
―Sí… ―repitió aquel hombre― tú, tú has destruido a uno de nuestros androides. No sé cómo lo hiciste, pero saliste de la celda, llegaste a la sala de control y disparaste al androide.
―¿Yo? ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Es imposible salir de aquí!
―¿Y quién si no?
―Tal vez algo ha ido mal con alguno de los prisioneros…
―No me tomes el pelo. Tú eres el único en toda la base que permanece lo suficientemente consciente como para poder pensar por sí mismo. Supe que era un peligro tenerte aquí en estas condiciones, pero no voy a permitir que salgas de aquí y lleves a tus superiores toda la información que has conseguido…
Con un gesto rápido sacó su arma y apuntó a Ian. Este miró fijamente el frío y oscuro cañón de la pistola que a solo un paso de él amenazaba con acabar con su vida.
―No te atreverás a disparar… ―dijo―. No a sangre fría.
―¿No? ¡No lo dudes! ―respondió Karl, con una irónica sonrisa en sus labios―. ¡Muévete!
―¿Y ella? ―dijo Ian refiriéndose a mí―. Si le digo que te mate te matará.
―Y si yo le digo que no lo haga, no lo hará. ¡Muévete!"

viernes, 8 de enero de 2016

Criogenizados.

Por fin pasaron las Fiestas... confesad, lo estabais deseando. Mi pareja no deja aún que mi mente se centre demasiado porque está de vacaciones y tenemos que aprovechar el tiempo divirtiéndonos, por ejemplo viendo una serie de televisión llamada The Killing que es de lo mejor que he visto últimamente (os la recomiendo). Aún así, ya he podido publicar mi último relato corto como os prometí en mi última entrada. Me gustaría dejaros otro fragmento pero me temo que al ser un relato corto eso ya sería contaros demasiado, así que ya sabéis, no me seáis rácanos y darle un gustazo a Amazon (porque el mío no será un gustazo propiamente dicho) adquiriendo el libro en el formato que prefiráis y leyéndolo cuando vayáis al trabajo en metro. Además tenéis las primeras páginas que podéis consultar haciendo clic en la foto de la portada, en la página de Amazon. El relato se lee en muy poco tiempo porque engancha desde el principio, y no lo digo solo porque yo sea la autora. Luego me podéis dejar un comentario y así habréis hecho vuestra buena obra del día, ayudando a una escritora desesperada a salir de la pobreza.

Si de verdad queréis que haya una novela que siga la trama, ¡hacédmelo saber! Porque si hay que hacerlo, se hace, pero hacerlo para nada, es tontería.

¡Que lo disfrutéis!


Recordad que si no estáis en España tenéis que cambiar amazon.es por amazon.com.

Criogenizados, de Mónica Manzanares.


martes, 22 de diciembre de 2015

En primicia: Criogenizados (fragmento).

[Escribí este relato para un concurso literario, pero desgraciadamente no lo he ganado, así que he decidido publicarlo por mi cuenta para deleite de mis lectores.

He de decir que estoy orgullosa de este trabajo. Lo escribí en apenas dos meses, bajo presión, con vacaciones de por medio y sin tener apenas tiempo para pensar en lo que iba a escribir o en cómo iba a terminar. Ahora creo que bien podría ser el inicio de una novela o una saga.

Mientras le doy los últimos retoques a la publicación, os dejo con un pequeño fragmento. Es uno de mis favoritos, aunque no tan bueno como lo que viene después...

En cuanto lo saque del horno, os diré dónde podéis adquirirlo, tanto en papel como en formato electrónico.]

Al principio, la Cámara de Renacimiento no parecía distinta a una prolongación de un Cementerio Helado común. Habían reunido allí los tanques. Los ocho cabían de pie en un espacio muy pequeño, y te podías deslizar entre ellos para chequear los controles e incluso echar un vistazo a los rostros de los individuos criogenizados, moviendo a un lado la tapa que cubría el visor. Esto se hacía fundamentalmente para los familiares. Cristina lo había hecho durante toda su vida por pura curiosidad, porque le fascinaba la muerte.

Pero ahora el cementerio se iba a convertir en una especie de cálido útero del que volvería a surgir la vida, y por eso poco a poco habían comenzado a referirse a él como Cámara de Renacimiento. Con independencia del nombre que le pusieran, Cris no había podido resistirse a visitar la cámara fría cuando la falta de sueño la había sorprendido en medio de la noche. Siempre podía echarle la culpa a su gran celo profesional por estar allí a esas horas de la madrugada, cuando los sistemas temporales automáticos establecían una menor intensidad de luz y sonidos ambientales de efecto calmante. La gente normal se retiraba a descansar. Con frecuencia ella aprovechaba para realizar otro tipo de actividad que la distrajera de su rutina diaria, pero ¿dormir? Eso le parecía malgastar el tiempo. Últimamente vivía para el proyecto. Y no podía dejar de admirar todo el trabajo que tanto ella como sus antecesores habían llevado a cabo a lo largo de los años. Evan Cooper, uno de los primeros en proponer que un ser vivo podía ser criogenizado y después revivido, tenía que haber estado allí. Robert Ettinger, autor de un libro que la había fascinado desde niña, se merecía ocupar uno de los asientos en primera fila. Los fundadores de Alcor tenían que haber sido invitados de honor. Era una pena que no todos hubieran elegido la criogenización como método de conservación de sus cuerpos... aunque la verdad es que las técnicas primitivas de entonces quizá no habrían sido suficientes para culminar con éxito el proceso de resucitación. De algún modo sentía que todos esos hombres y mujeres pioneros en su campo estaban allí a su lado, testigos mudos de lo que estaba a punto de ocurrir: la victoria de la vida sobre la muerte. 

Andreas Hoffer y Patricia Ullman no habían sido científicos de renombre asociados a la criogenia. Eran personas anónimas, con vidas desconocidas para el público, pero para Cris eran casi como miembros de su familia. Andreas tenía treinta y siete años cuando murió ahogado tras el hundimiento de un barco en el Atlántico. Pudieron recuperar su cuerpo a tiempo y criogenizarlo antes de enviarlo a la colonia lunar, donde ya se hallaban una abuela y un primo almacenados. Andreas pertenecía al grupo A1, el que en teoría debía causar menos complicaciones. Llevaba muerto la friolera (nunca mejor dicho) de cincuenta y ocho años, lo que en criogenia era poco más que un suspiro. Cris tenía grandes esperanzas con este sujeto, por su buena condición física en el momento del fallecimiento. Patricia, por el contrario, podía dar más problemas. Pertenecía al grupo B2. Solo llevaba criogenizada diez años, pero su edad era avanzada. La causa de su muerte había sido un fallo renal agudo. Con las técnicas de regeneración ultramicroscópica que conocían habían conseguido rejuvenecer el tejido renal. No parecía haber ningún impedimento para que este volviera a funcionar correctamente, pero aún así eran de esperar algunas complicaciones. El cuerpo de Patricia no tenía un aspecto tan saludable, a pesar de que los pliegues de envejecimiento habían sido reducidos al mínimo y para nada parecían pertenecer a una persona cercana a los noventa años. Era un caso interesante de todos modos. Iban a tener ocasión de probar más de un método experimental relacionado con los telómeros. Quizá la criogenización resultaría más eficaz que cualquier tratamiento estándar de belleza, y Patricia se alegraría de haber regresado.


En el ambiente de penumbra de la Cámara de Renacimiento, Cris había sonreído. Los tanques, aún en posición vertical, metálicos, fríos al tacto, producían una extraña sensación. Jamás había puesto el pie en un cementerio antiguo, donde los huesos se desintegraban poco a poco —decían— en el interior de osarios o, aún peor, cajas de madera que acababan pudriéndose. No podía ni tan siquiera imaginar qué habría sentido al caminar entre aquellas tumbas que adornaban con losas de piedra, a menudo grabadas con epitafios, repletas de figuras angélicas o esculturas que evocaban la existencia de otros mundos. No comprendía cómo podía haber tanta superstición junta. Y sin embargo, aun cuando aquellas escenas de dolor y muerte le resultaban tan extrañas y distantes, no podía dejar de percibir un algo perturbador en la proximidad de aquellos cuerpos inertes, que parecían vivos pero no lo estaban, paralizados, suspendidos, esperando quizá a que alguien como ella les devolviera lo que habían perdido.

Se había situado frente al cristal y había mirado fija, profundamente, en lo más hondo de los ojos de aquellos... cadáveres, aunque se resistiera a llamarlos así. Hacía tiempo que esa palabra sonaba desfasada, anticuada. Había de­saparecido casi por completo de los libros de medicina. Ser un cadáver era sinónimo de estar muerto para siempre, y eso, según la criogenia estaba demostrando, era ya un sinsentido. Los cadáveres pertenecían a una época pasada, oscura. Una etapa en la historia de la humanidad en la que se temía que la muerte fuera el fin. La muerte aterraba tanto a los seres humanos que se había convertido en un tema tabú. Nadie quería hablar de ello, nadie llegaba preparado al momento del deceso. Las religiones y otras formas de espiritualidad no habían hecho más que empeorar la situación, dando falsas esperanzas a la gente, que no sabía cómo aceptar que un día ya no verían nada más, no sentirían nada más. Se sumergirían en el sueño eterno, hasta que la Ciencia pudiera sacarlos de él. Menos mal que ya habían sido desterradas por completo de la sociedad. Esa etapa tan nefasta estaba a punto de acabar.

Cris se preguntaba qué le diría Andreas Hoffer cuando lo tuviera frente a ella, sorprendido de haber vuelto a la vida, sorprendido de haberse creído perdido para siempre en ese mar que le había arrastrado a su muerte. Cris se preguntaba lo fantástico que sería ver otra vez el brillo de la vida en esos grandes ojos oscuros, aunque ahora algo neblinosos, al decir, confundido: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y ella le respondería: “Había mucha oscuridad. Ahora hay luz”.

© Todos los derechos reservados.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Profundo aburrimiento terrestre.

Recientemente he visto al conocido escritor Javier Sierra contando en un conocido programa de televisión cómo el no tan conocido astronauta Michael Collins, al regresar a la Tierra después de pasar un tiempo orbitándola, declaró que estaba afectado por un "profundo aburrimiento terrestre". Las palabras exactas, según he podido investigar, son "earthly ennui".

Como gran aficionada a la ciencia-ficción, y como persona que desde antes de cumplir los trece años ya se estaba imaginando cómo podía ser la vida en el espacio, siempre me fascina escuchar a los astronautas. Pienso que son los grandes exploradores de nuestro tiempo, y los exploradores en general me producen una gran admiración, por sus deseos de traspasar los límites de lo desconocido, por su deseo de querer siempre saber más, y por ser capaces en muchas ocasiones de dar su vida por el avance de la Humanidad. Además siento que es muy probable que en un futuro no muy lejano yo misma vuelva a pisar la Tierra en un tiempo donde los viajes espaciales serán algo común. Estoy segura de que habrá colonias en la Luna y en Marte, más que nada porque dentro de poco van a ser los únicos lugares que nos queden para vivir. Y entonces espero de verdad que los seres humanos recuerden con cariño a todos estos pioneros, tanto los reconocidos oficialmente como los que aún permanecen en un vergonzoso silencio, olvidados por sus propios compatriotas. Porque gracias a ellos nuestros nietos y bisnietos podrán seguir perpetuando nuestra especie más allá de los confines de nuestro planeta (aunque, si lo pensamos bien, tal vez no sea tan buena idea que nuestra especie se siga perpetuando...).


Pero la razón por la que escribo esto es porque esa frase de Michael Collins me impactó a mí también. Me di cuenta de que yo también sufro un "profundo aburrimiento terrestre"... crónico e incurable. Y lo peor de todo es que me pasa desde siempre, no es de ahora ni mucho menos. Por lo visto, esto de sentirse "raro", "distinto", como no perteneciente a este planeta, es un sentimiento bastante común en los círculos en los que me he movido en los últimos años. Así que me pregunto si esto tendrá algo que ver con esa "consciencia cósmica" que parece que se les despierta a muchos astronautas cuando ven por primera vez la Tierra desde el espacio. El problema es que quizá lo mío se deba a que me paso la mitad del tiempo en las nubes. No necesito estar a bordo de una nave, rodeada de un silencio casi sobrenatural, en medio del vacío del espacio, para abstraerme. Mi capacidad de abstracción es tal que puedo estar cenando con mi pareja mientras vemos las noticias y no enterarme de nada en esa media hora excepto de los pensamientos que transcurren por mi cabeza. Necesito abstraerme para no volverme loca por lo que tengo que ver u oír a mi alrededor. Es casi una necesidad fisiológica.

Cuando era pequeñita recuerdo que tenía varias opciones para lo que quería ser de mayor: maestra, veterinaria o astronauta. Está claro que elegí mal. Ser veterinaria no ha resultado ser buena opción, porque tengo la impresión de vivir trescientos años por delante de mis colegas. Pero tal vez eso no es cuestión del planeta en el que vivo, sino de país solamente. Ser astronauta tampoco habría sido buena opción. Me habría tenido que ir a vivir a otro país y encima como mucho habría llegado a la Luna... ya me paso media vida en la Luna (¿o era en la inopia?), así que total... demasiado esfuerzo para llegar al mismo sitio. En todo caso, es mejor esperar a que los viajes espaciales sean más seguros. Al final la única opción buena es la de maestra. No quería ser maestra (entre otras cosas porque no me gustan los niños), pero parece que la vida me está conduciendo por ese camino... después de todo la mayoría de las personas con las que hablo parecen niños y no adultos. En todo caso, el profundo aburrimiento terrestre no deja de seguirme allá adonde voy... la parte buena es que me ha inspirado, y me sigue inspirando, a escribir mis historias de ciencia-ficción.

No en vano uno de mis personajes femeninos siempre comenta: "Dicen que el espacio es solitario. Dicen que el espacio es frío. Yo nunca he tenido esa impresión, nunca me he sentido sola cuando estoy conmigo misma. Lo cierto es que es mucho peor sentir esa soledad y frialdad cuando estás rodeada de gente".    

Os dejo una estupenda canción de la Electric Light Orchestra que me recuerda a lo que vengo hablando en esta entrada.



ABOVE THE CLOUDS

I came along to see your face
but the only thing I got from you
was telling me it’s fantasy
that you would always be with me
I can tell you that it’s true
I’m waiting here
but it’s alright it’s alright to me
you better believe me now

I guess it’s like a mountain side
you gotta climb it to the top
floating in a sea of dreams
the only thing you can see
is the view above the clouds
I’m waiting here
but it’s alright still it’s alright to me
you better believe me now

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un sueño.

Cuando desperté la luz violeta del amanecer comenzaba a teñir la estancia y me dio la impresión de que aún continuaba perdida en el sueño. Me costó reconocer a Ian, que se sentó sobre los cobertores y me miró como si aún no estuviera seguro de si estaba dormida o despierta. Le veía borroso, aunque el brillo en sus ojos transmitía la misma calidez de siempre.
―Estaba soñando ―le dije.
―¿De veras? ¿Y qué soñabas?
―Vivía en un lugar distinto... oscuro. No te podía encontrar, aunque te podía sentir. Sabía que existías, pero no nos habíamos conocido... o no recordaba haberlo hecho.
―Entonces... ¿cómo sabías que existía?
―No lo sé... Era confuso. Igual que el mundo en el que estaba.
―¿Qué mundo era?
―No recuerdo su nombre, pero sé que desde el espacio se veía azul. Como un pequeño punto azul...
―¿La Tierra?
―¿La Tierra? ¿Por qué la Tierra? Yo nunca he vivido allí...
―Pero estuviste muy cerca varias veces, conmigo.
―Estuvimos en la Luna, no en la Tierra... no, nunca quise visitar la Tierra... además, no era yo. Era... distinta.
―Ahora sí que tu sueño se está haciendo raro. ¿Y qué hacías en ese mundo?



―No estoy segura. Intentar desentrañar la niebla. Tratar de ver a través de la bruma del espacio y el tiempo... y enseñar a los demás cómo hacerlo. Y esperar a que un día conseguiría atravesar esa niebla y encontrar algo que había perdido... o mejor dicho, a alguien... a ti.
―¿Cómo puedes perder a alguien si no lo conocías de antes? ¿Cómo puedes echar de menos algo que nunca has tenido?
―No lo sé... pero así era como me sentía en el sueño. Era una búsqueda constante... angustiosa. Me dejaba exhausta. Pero era algo que debía hacer. La separación era necesaria.
Había dicho mis últimas palabras sin pensar. Y no tenían ningún sentido.
Nuestro robot doméstico me acercó el desayuno. Las persianas se acabaron de levantar automáticamente y tuve que cerrar los ojos para que no me molestara la luz. Aún no había mucho tráfico aéreo, pero parecía avecinarse una tormenta eléctrica.
―¿Acabaste encontrándolo? ―dijo Ian mientras jugueteaba con el panel de las noticias. No supe a qué se refería.
―¿El qué?
―Eso que buscabas en tu sueño.
Me quedé pensativa.
―Creo que sí. Pero puede ser que nunca lo perdiese. Era todo una ilusión.
―¿Entonces yo también soy una ilusión? ―preguntó, sonriendo.
―Tú eres lo más real que he tenido nunca.
―Me alegro. Porque no me gustaría descubrir que no he existido nunca. Ni tampoco que esto es solo uno de mis sueños y tú también eres una ilusión.
  

miércoles, 31 de julio de 2013

El agujero negro (2).

Estaba solo.

O, al menos, eso había creído al principio. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a sentirme vigilado. Me di la vuelta, pero allí no había nadie. Busqué algún aparato electrónico que indicara la presencia de alguna cámara, pero hacía años que los hacían tan pequeños que ya eran imposibles de detectar a simple vista. Sabía que me vigilaban de todas formas. Las Unidades de Internamiento estaban diseñadas para ello, para que nadie hiciera lo que no debía. Y como ya no había humanos vigilantes, las normas se cumplían siempre. Estrictamente.

La sensación era tan intensa que grité “¿Hola?”. El silencio era total. Bueno, casi. Si prestabas mucha atención podías percibir un lejano zumbido, posiblemente debido a la electricidad que hacía posible el perfecto funcionamiento de la estructura tridimensional que asemejaba un panel de abejas y la iluminación blanquecina que parecía venir de todos los lugares al mismo tiempo: del techo, de las paredes, del aire que respiraba… aire totalmente neutro, sin ningún olor.

Cuando llevaba exactamente seis horas y cincuenta minutos en aquel pequeño cubículo, escuché un ruido de engranajes, como de paneles deslizándose, y en la columna central se abrió una abertura rectangular de unos veinte centímetros de ancho. Unas letras rojizas aparecieron en la parte superior de la columna, justo encima de la abertura. El mensaje estaba escrito en el idioma común, y su significado era: 

“Su comida”
“Gracias”

Al aproximarme y asomarme a la abertura, vi que había un recipiente blanco de plástico parecido a una barquilla con dos comprimidos gelatinosos en su interior, uno de color rosado y otro de color verde oscuro. Alargué mi mano para cogerlos, pero el panel se cerró súbitamente y tuve que retirarla antes de que aprisionara mis dedos. Lancé una exclamación y vi aparecer un nuevo mensaje en la columna. Según las leía las palabras se desvanecían y aparecían las siguientes.

“Por ser su primer día de internamiento le permitiremos tomar su ración, pero esta advertencia no volverá a aparecer. 
La puntualidad es imprescindible en esta unidad. 
Tiene exactamente dos minutos para coger e ingerir su alimento. 
Si no lo hace así, no habrá más ración hasta el próximo turno. 
Si se niega a alimentarse, se le administrará a la fuerza, ya que el suicidio no está permitido en esta unidad. Buen día”.

Con el ceño fruncido, vi cómo se volvió a abrir el panel y me apresuré a coger los comprimidos e introducirlos en mi boca. Se disolvieron al instante. Y casi al instante me sentí con más fuerza y mejor ánimo. Pregunté en voz alta si podían darme más instrucciones, si podían adelantarme cuáles iban a ser mis actividades allí (pues era seguro que tenían que asignarme alguna tarea). Pero el único cambio que se produjo en las siguientes horas fue la disminución gradual de la luz, que pasó de un blanco inmaculado a un gris niebla, el cual se fue haciendo cada vez más y más oscuro hasta que me encontré rodeado de una oscuridad impenetrable.



Si no hubiese llevado ya tiempo acostado en la cama-tubería, me habría tendido que arrastrar por el suelo para encontrarla.

Agradecí estar lo suficientemente cansado como para no darme cuenta de que era lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados.

jueves, 9 de mayo de 2013

Más allá del horror.

Querido amigo I.:

Dudo mucho que estas líneas lleguen algún día a tus manos. Probablemente nadie sabrá que en sus últimos días una más de tantas víctimas invirtió lo que le quedaba de sus fuerzas en intentar que la galaxia entera se diera cuenta del terrible error que la Humanidad volvió a cometer. Ya es demasiado tarde. Ya nada queda.

No quiero pensar dónde estarás ahora ni cómo te encontrarás... si aún te queda memoria para acordarte de cómo era mi rostro o el sonido de mi voz, o si tu mente decidió descolgarse del mundo para no ver cómo se destruye poco a poco. Sabes... cuando los dos trabajábamos de policías, como compañeros, y temíamos siempre que nos separaran y termináramos cada uno en una estación espacial distinta... entonces pensaba que si se daba la remota posibilidad de que estallara una guerra, estaría preparada para ella. Tú y yo habíamos visto muchas cosas y habíamos pasado por múltiples situaciones en las que la muerte siempre estaba presente. Pero una vez tras otra habíamos conseguido sobrevivir, y eso nos hacía ser optimistas respecto al futuro. Ahora me río amargamente de aquellos pensamientos. La idea de una guerra, en pleno siglo XXIII, cuando tantos logros habíamos conseguido en años anteriores, era muchas veces ridícula. ¿Quién iba a imaginar lo que sucedería después?

El universo entero se nos vino encima. Parecía que acabáramos de nacer: todo lo que nos habían enseñado, lo que habíamos aprendido con el paso de nuestros días; nuestros ideales, nuestros sentimientos respecto a los hombres y lo que éstos habían llevado a cabo... ahora eran inútiles mentiras. Me vi envuelta en un horrible e inexplicable odio que llevaba a las personas a perseguir y matar a otras sin ninguna razón clara. Aún no he conseguido averiguar contra quién luchábamos, ni tampoco en qué bando estábamos... si es que de verdad reparábamos en eso.


Y entonces nos separaron, y perdí lo único que me quedaba. Pensé que tarde o temprano nos volveríamos a encontrar, como siempre había ocurrido antes. No me di cuenta de que esto era distinto. Lo que se iba, lo que era destruido, lo que desaparecía, ya no volvía nunca más. Pero aún tenía esperanza para desear que volviera.

Lo que más me ha dolido durante todos estos años es que nos hicieran prisioneros con toda la gente que conocía desde que era casi una niña, personas con las que había compartido ratos aburridos, agradables, desagradables o divertidos, días malos y días buenos. Gente a la que veía todos los días. Allí estaban... y allí vi cómo sucumbían al dolor y a la desesperación. Éramos policías. No habíamos sido preparados para la guerra. Nadie está preparado nunca para la guerra. Y muchos de ellos eran chicos y chicas que apenas habían empezado a vivir. Solo entonces conocí el miedo... el verdadero miedo.

Intenté escapar. Solo me ayudó un hombre al que no conocía. Solo a él le quedaban fuerzas para hacerlo. Lo mataron. Ése fue mi primer gran error. Pero gracias a él supe quiénes estaban a mi lado y quiénes no. Me ayudaron mucho G.F. y L.P., y O.P... y algunos otros, aunque ya no sirvió de nada. Total: ¿para qué escapar? No había ningún sitio adonde ir. Ya no podíamos ir a un lugar tranquilo y mirar el cielo y suspirar aliviados porque las estrellas seguían allí.

Poco a poco han ido cayendo muchos. Hace mucho que perdí la esperanza. Ni siquiera tengo fuerzas para llorar cuando alguien muere. Te echo tanto de menos... Tú quizás habrías logrado que no me rindiera tan pronto. Pero desde aquel día no he sabido nada de ti, y dejaste un gran vacío en mi corazón, un vacío que ha crecido a lo largo de los años. Daría lo que fuera por volver a estar contigo en la estación, y ser de nuevo policías. Nosotros habíamos elegido aquel tipo de vida; habíamos asumido el riesgo de lo que nos podía pasar. Pero esto nos fue impuesto sin pedirnos opinión. Nadie pensó en los que querían seguir viviendo en paz. No se parece ni a las peores pesadillas. No puedes despertar y huir de ello. Pero ya, ¿a quién le importa?

Han destruido lo bueno que tenía mi vida. Me estoy quedando sola, sin nada en que pensar, sin nada por lo que merezca la pena abrir los ojos cada mañana. Mi mano tiembla al escribir y no me reconocerías si me vieras en este lamentable estado. Pero el fin se acerca. Esto será lo último que haga con un importante objetivo. Así que me despido, I. Espero encontrarte en la otra dimensión.

[Escrito en Septiembre de 1994, cuando tenía 19 años de edad. Hoy se lo dedico a Katrina... y a Johann].

miércoles, 6 de marzo de 2013

El agujero negro.

Aquella gigantesca estructura que flotaba en medio del vacío no era para nada como me la había imaginado. La luz brillante, de un blanco inmaculado, parecía brotar de sus mismas paredes y hacía daño a la vista. Para ser un lugar de muerte y olvido, tenía una extraña apariencia de paz y esperanza, como muchos de mis pacientes me habían relatado que ocurría al llegar al límite de la vida física.

Según avanzaba por el estrecho pasillo suspendido en el aire como por arte de magia, escoltado por los dos robots vigilantes, tuve la sensación de que me guiaban a la tumba. Pero sin duda era efecto de todas las historias que había oído sobre el lugar en los últimos días. Por fortuna no había estado solo… pero lo que me habían contado había hecho mella en mi ánimo poco a poco y la leve preocupación del principio se había ido tornando en un incipiente miedo que amenazaba con paralizarme. Pero no lo permitiría… no permitiría que esas oscuras historias, sin duda falsas, minaran mi fuerza. Debía tomármelo como lo único que era: una pequeña piedra en el camino, un pequeño inconveniente que pronto sería solucionado, en cuanto se demostrara mi inocencia.

Ni siquiera sabía de qué había sido acusado. Así que iba a tener suerte porque solo me internarían por unos días en el nivel 1, hasta que fuese celebrado el juicio. Confiaba en la justicia. Ya no era lo que había sido en siglos anteriores: lenta, inexacta, injusta… inútil. Ahora contábamos con el mejor sistema en toda la galaxia, los errores no eran posibles y los delincuentes que eran condenados a cadena perpetua ya no volvían a salir. La sociedad no los necesitaba para nada, así que nadie los volvía a ver… Los demás eran reinsertados, y decían que permanecer en Internamiento solo el tiempo que duraba una condena menor era suficiente para no querer delinquir de nuevo.


A pesar de la frialdad tras los ojos no humanos de mis vigilantes, sabía que no tenía nada que temer. El funcionario, también robotizado, de la garita de control, leyó el código encriptado de las pesadas esposas que inmovilizaban mis muñecas y activó los resortes necesarios para que mi celda quedara justo al otro lado del último pasillo que habría de atravesar. Vi cada una de aquellas minúsculas unidades, todas idénticas, moverse en perfecta armonía y sin ningún sonido, como si un gigantesco puzzle tridimensional se deshiciera ante mis ojos, hasta que el hexágono ocupó el espacio que debía ocupar y una puerta se deslizó dejando una abertura por la que podía vislumbrar la que iba a ser mi vivienda por un tiempo. Esta vez la anchura del pasillo solo era suficiente para el paso de única persona. 

Miré interrogante al funcionario. Al mismo tiempo noté el leve empujón de uno de los guardianes en dirección a la pasarela. La luz roja de las esposas solo se apagó después de que la puerta se cerrara detrás de mí. Se separaron automáticamente y quedaron adheridas a la puerta en forma de cerrojo, como medida extra de seguridad. 

Ahora entendía por qué a las celdas las llamaban Unidades de Aislamiento. No había nada allí. Solo un cilindro de paredes lisas y blancas, con un tubo semitransparente en el centro y una abertura en el fondo donde poder tumbarme. Nadie con quien relacionarme. Ningún contacto con el exterior. Mi única compañía eran mis pensamientos.

Bien. Por fin estaría solo.
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