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viernes, 8 de enero de 2016

Criogenizados.

Por fin pasaron las Fiestas... confesad, lo estabais deseando. Mi pareja no deja aún que mi mente se centre demasiado porque está de vacaciones y tenemos que aprovechar el tiempo divirtiéndonos, por ejemplo viendo una serie de televisión llamada The Killing que es de lo mejor que he visto últimamente (os la recomiendo). Aún así, ya he podido publicar mi último relato corto como os prometí en mi última entrada. Me gustaría dejaros otro fragmento pero me temo que al ser un relato corto eso ya sería contaros demasiado, así que ya sabéis, no me seáis rácanos y darle un gustazo a Amazon (porque el mío no será un gustazo propiamente dicho) adquiriendo el libro en el formato que prefiráis y leyéndolo cuando vayáis al trabajo en metro. Además tenéis las primeras páginas que podéis consultar haciendo clic en la foto de la portada, en la página de Amazon. El relato se lee en muy poco tiempo porque engancha desde el principio, y no lo digo solo porque yo sea la autora. Luego me podéis dejar un comentario y así habréis hecho vuestra buena obra del día, ayudando a una escritora desesperada a salir de la pobreza.

Si de verdad queréis que haya una novela que siga la trama, ¡hacédmelo saber! Porque si hay que hacerlo, se hace, pero hacerlo para nada, es tontería.

¡Que lo disfrutéis!


Recordad que si no estáis en España tenéis que cambiar amazon.es por amazon.com.

Criogenizados, de Mónica Manzanares.


martes, 22 de diciembre de 2015

En primicia: Criogenizados (fragmento).

[Escribí este relato para un concurso literario, pero desgraciadamente no lo he ganado, así que he decidido publicarlo por mi cuenta para deleite de mis lectores.

He de decir que estoy orgullosa de este trabajo. Lo escribí en apenas dos meses, bajo presión, con vacaciones de por medio y sin tener apenas tiempo para pensar en lo que iba a escribir o en cómo iba a terminar. Ahora creo que bien podría ser el inicio de una novela o una saga.

Mientras le doy los últimos retoques a la publicación, os dejo con un pequeño fragmento. Es uno de mis favoritos, aunque no tan bueno como lo que viene después...

En cuanto lo saque del horno, os diré dónde podéis adquirirlo, tanto en papel como en formato electrónico.]

Al principio, la Cámara de Renacimiento no parecía distinta a una prolongación de un Cementerio Helado común. Habían reunido allí los tanques. Los ocho cabían de pie en un espacio muy pequeño, y te podías deslizar entre ellos para chequear los controles e incluso echar un vistazo a los rostros de los individuos criogenizados, moviendo a un lado la tapa que cubría el visor. Esto se hacía fundamentalmente para los familiares. Cristina lo había hecho durante toda su vida por pura curiosidad, porque le fascinaba la muerte.

Pero ahora el cementerio se iba a convertir en una especie de cálido útero del que volvería a surgir la vida, y por eso poco a poco habían comenzado a referirse a él como Cámara de Renacimiento. Con independencia del nombre que le pusieran, Cris no había podido resistirse a visitar la cámara fría cuando la falta de sueño la había sorprendido en medio de la noche. Siempre podía echarle la culpa a su gran celo profesional por estar allí a esas horas de la madrugada, cuando los sistemas temporales automáticos establecían una menor intensidad de luz y sonidos ambientales de efecto calmante. La gente normal se retiraba a descansar. Con frecuencia ella aprovechaba para realizar otro tipo de actividad que la distrajera de su rutina diaria, pero ¿dormir? Eso le parecía malgastar el tiempo. Últimamente vivía para el proyecto. Y no podía dejar de admirar todo el trabajo que tanto ella como sus antecesores habían llevado a cabo a lo largo de los años. Evan Cooper, uno de los primeros en proponer que un ser vivo podía ser criogenizado y después revivido, tenía que haber estado allí. Robert Ettinger, autor de un libro que la había fascinado desde niña, se merecía ocupar uno de los asientos en primera fila. Los fundadores de Alcor tenían que haber sido invitados de honor. Era una pena que no todos hubieran elegido la criogenización como método de conservación de sus cuerpos... aunque la verdad es que las técnicas primitivas de entonces quizá no habrían sido suficientes para culminar con éxito el proceso de resucitación. De algún modo sentía que todos esos hombres y mujeres pioneros en su campo estaban allí a su lado, testigos mudos de lo que estaba a punto de ocurrir: la victoria de la vida sobre la muerte. 

Andreas Hoffer y Patricia Ullman no habían sido científicos de renombre asociados a la criogenia. Eran personas anónimas, con vidas desconocidas para el público, pero para Cris eran casi como miembros de su familia. Andreas tenía treinta y siete años cuando murió ahogado tras el hundimiento de un barco en el Atlántico. Pudieron recuperar su cuerpo a tiempo y criogenizarlo antes de enviarlo a la colonia lunar, donde ya se hallaban una abuela y un primo almacenados. Andreas pertenecía al grupo A1, el que en teoría debía causar menos complicaciones. Llevaba muerto la friolera (nunca mejor dicho) de cincuenta y ocho años, lo que en criogenia era poco más que un suspiro. Cris tenía grandes esperanzas con este sujeto, por su buena condición física en el momento del fallecimiento. Patricia, por el contrario, podía dar más problemas. Pertenecía al grupo B2. Solo llevaba criogenizada diez años, pero su edad era avanzada. La causa de su muerte había sido un fallo renal agudo. Con las técnicas de regeneración ultramicroscópica que conocían habían conseguido rejuvenecer el tejido renal. No parecía haber ningún impedimento para que este volviera a funcionar correctamente, pero aún así eran de esperar algunas complicaciones. El cuerpo de Patricia no tenía un aspecto tan saludable, a pesar de que los pliegues de envejecimiento habían sido reducidos al mínimo y para nada parecían pertenecer a una persona cercana a los noventa años. Era un caso interesante de todos modos. Iban a tener ocasión de probar más de un método experimental relacionado con los telómeros. Quizá la criogenización resultaría más eficaz que cualquier tratamiento estándar de belleza, y Patricia se alegraría de haber regresado.


En el ambiente de penumbra de la Cámara de Renacimiento, Cris había sonreído. Los tanques, aún en posición vertical, metálicos, fríos al tacto, producían una extraña sensación. Jamás había puesto el pie en un cementerio antiguo, donde los huesos se desintegraban poco a poco —decían— en el interior de osarios o, aún peor, cajas de madera que acababan pudriéndose. No podía ni tan siquiera imaginar qué habría sentido al caminar entre aquellas tumbas que adornaban con losas de piedra, a menudo grabadas con epitafios, repletas de figuras angélicas o esculturas que evocaban la existencia de otros mundos. No comprendía cómo podía haber tanta superstición junta. Y sin embargo, aun cuando aquellas escenas de dolor y muerte le resultaban tan extrañas y distantes, no podía dejar de percibir un algo perturbador en la proximidad de aquellos cuerpos inertes, que parecían vivos pero no lo estaban, paralizados, suspendidos, esperando quizá a que alguien como ella les devolviera lo que habían perdido.

Se había situado frente al cristal y había mirado fija, profundamente, en lo más hondo de los ojos de aquellos... cadáveres, aunque se resistiera a llamarlos así. Hacía tiempo que esa palabra sonaba desfasada, anticuada. Había de­saparecido casi por completo de los libros de medicina. Ser un cadáver era sinónimo de estar muerto para siempre, y eso, según la criogenia estaba demostrando, era ya un sinsentido. Los cadáveres pertenecían a una época pasada, oscura. Una etapa en la historia de la humanidad en la que se temía que la muerte fuera el fin. La muerte aterraba tanto a los seres humanos que se había convertido en un tema tabú. Nadie quería hablar de ello, nadie llegaba preparado al momento del deceso. Las religiones y otras formas de espiritualidad no habían hecho más que empeorar la situación, dando falsas esperanzas a la gente, que no sabía cómo aceptar que un día ya no verían nada más, no sentirían nada más. Se sumergirían en el sueño eterno, hasta que la Ciencia pudiera sacarlos de él. Menos mal que ya habían sido desterradas por completo de la sociedad. Esa etapa tan nefasta estaba a punto de acabar.

Cris se preguntaba qué le diría Andreas Hoffer cuando lo tuviera frente a ella, sorprendido de haber vuelto a la vida, sorprendido de haberse creído perdido para siempre en ese mar que le había arrastrado a su muerte. Cris se preguntaba lo fantástico que sería ver otra vez el brillo de la vida en esos grandes ojos oscuros, aunque ahora algo neblinosos, al decir, confundido: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y ella le respondería: “Había mucha oscuridad. Ahora hay luz”.

© Todos los derechos reservados.

jueves, 15 de enero de 2015

Reflexiones de Haldor.

—Cuanto antes lo aceptes, mejor.
—Eso no va a pasar nunca, maestro.
—Pues entonces la losa pesará siempre sobre tus hombros.
Haldor volvió la mirada a las llamas, esperando en vano que sus manos dejaran de estar heladas. Tal vez el problema estaba en su corazón, a veces le parecía que se estaba volviendo frío como el más cruel de los inviernos. Pero no. Su corazón siempre se hallaba rodeado de llamas, idénticas a las que contemplaba frente a él, envuelto en su gruesa capa de lana oscura, tratando de comprender el mundo en el que vivía.
Sentía la losa que su maestro Hathaur mencionaba, algo que con frecuencia le hacía desear caminar solo entre las sombras del bosque o esconder su rostro bajo la capucha mientras la lluvia caía dulce y gris sobre su cabeza. Pero lo que más pesaba era conocer la Verdad y no poder utilizarla para el bien común. No poder evitar la desgracia y la locura reinante allá donde fuera, siempre que había seres humanos de por medio.

Haldor era obstinado. Por eso llevaba la contraria siempre que podía a Hathaur. El pobre viejo era un pozo eterno de sabiduría, pero toda esa sabiduría no le servía de nada cuando se trataba de resolver cuestiones prácticas. Siempre había alguna ley natural que no se debía romper o algún poder ancestral ligado a la tierra que era mejor no desafiar. Y mientras, la gente moría a su alrededor sin mover un dedo por evitarlo. La gente mataba por un pedazo de pan o por una disputa sobre qué dios era mejor adorar. Las niñas eran vendidas, los niños esclavizados y reducidos a esqueletos andantes en un par de lunas. Los hombres pedían ser ajusticiados antes de ser enviados a las mazmorras donde la muerte era igual de segura pero mucho más lenta. Los que trataban de sobrevivir sin hacer mal a nadie perdían las cosechas año tras año o se las robaban directamente.
Él había hecho crecer un brote de cereal solo con el poder de sus manos. Pero no era capaz de cambiar el mundo. Él había visto a Hathaur reparar heridas mortales llenas de líquido pestilente con poco más que unas plantas y el poder de su pensamiento. Pero no era capaz de cambiar el mundo. Él había viajado por mundos que otros consideran irreales y había visto con sus propios ojos cómo la existencia de lugares sin oscuridad ni maldad no solo es posible, sino que están al alcance de todos nosotros. Pero no era capaz de cambiar el mundo.
Eso era lo que no podía llegar a aceptar.
Lo había intentado en varias ocasiones y siempre había salido mal, eso era cierto. Pero se negaba a darle la razón a su maestro porque no entendía que los misterios de la especie humana no fueran ya misterios para él y tuviera que seguir siendo testigo de la ceguera y la desolación de la vida cotidiana de aquellos que compartían la tierra que pisaba.
—¿De qué sirve el conocimiento entonces, maestro? —le había preguntado tantas veces mientras Hathaur preparaba esos guisos con setas que le volvían loco.
—¿Servir? ¿Es que tiene que servir para algo? ¿Sirve de algo que un nogal crezca en el bosque? ¿Sirve de algo que una ardilla haga su casa en el tronco del nogal? ¿Sirve de algo que un cervatillo nazca? ¿Sirve de algo que haya estrellas en el cielo? Las cosas son porque son. Existen independientemente de que tú existas o no. Y no tienen por qué girar a tu alrededor ni servirte de algo. Eres tú el que decide qué valor tienen. Para otros puede no significar nada. Y están en su derecho.
—¿Por qué yo sé y otros no?
—¿Por qué algunos nacen ciegos y otros sordomudos? ¿Acaso saben menos por percibir el mundo de otra manera?
—Me gustaría que al menos alguna vez no me respondieses con preguntas.
Hathaur soltó una sonora carcajada.
­—Muchacho, ya deberías saber que yo nunca te voy a dar las respuestas... porque no las tengo.
—¿Entonces no sirve de nada?
El hechicero se volvió hacia él. Algo en su tono de voz le dijo que Haldor se hallaba en un callejón de salida, y no le gustaba verlo atrapado sin posibilidad de salvación. Después de tantos años, le había cogido cariño. Haldor se había sentado en el taburete de madera y parecía encogido bajo el peso de esa losa que —sabía— siempre llevaría a cuestas. Cuando se dio cuenta que al verlo así sus ojos se habían llenado de lágrimas dio un respingo y se acordó de que tenía que remover el guiso. El silencio también parecía haberse hecho sólido. Le ofreció una escudilla con una ración generosa del manjar que acababa de preparar y luego se sirvió un poco él. Se sentó enfrente de su discípulo y comprobó que su mirada aún continuaba perdida.

—Haldor... El conocimiento otorga poder. Pero ese poder puede ser bueno o malo, depende del uso que tú quieras darle. No es la primera vez que veo esa mirada de determinación en alguien... estás seguro de lo que sabes, y eso me hace sentir orgulloso, porque gran parte te lo enseñé yo. Y lo hice por una razón: porque sabía que tú sabrías cómo sacarle partido. Muchos creen saberlo, pero acaban dominados por sus aires de grandeza, se creen especiales, superiores a los demás, creen que ya lo han aprendido todo, se creen incluso capaces de despreciar aquello que no encaja en su propia concepción artificial del mundo que se han creado... ¿Quieres que te diga cómo acabaron algunos de ellos? Los verdaderos sabios no lo parecen. Los verdaderos magos no llevan ningún distintivo que los delate, y los verdaderos maestros surgen en cualquier lugar, cuando menos te lo esperas, y pueden estar envueltos en harapos o tener apariencia de joven ingenua. Las personas están tan ciegas que ni siquiera son capaces de reconocer a los verdaderos maestros, aquellos que según saben más y más, se van haciendo más pequeños y pasan más desapercibidos. ¿Sabes por qué pasan más desapercibidos? Porque su sabiduría les ha hecho comprender que hay cosas que no necesitan ser cambiadas. Por mucho que les duela. Por mucho que les cueste conciliar el sueño por las noches, cuando el resto del mundo duerme ajeno a lo que individuos como tú saben. Es un sentimiento amargo... lo sé. Pero créeme, aprenderás a vivir con ello. Y ahora, come. No quiero que tu cuerpo físico se desintegre antes de tiempo.  
Haldor trató de obedecerle, pero el nudo en su estómago se lo impidió. No sabía cómo, pero tenía que encontrar la forma de rebelarse a aquellas palabras.

[Haldor y Hathaur son personajes de mi novela La espiral de marfil. Tal vez algún día me ponga a escribir otro libro sobre ellos... pero temo que no será hoy].

martes, 30 de diciembre de 2014

Cómo hacer que una panda de gañanes se ponga a trabajar.

(Hacía mucho que no publicaba un relato. Pido disculpas con antelación, pero esto es lo mejor que he podido escribir en estas fiestas tan abur... señaladas).

El humo ascendía en volutas hacia el fluorescente ubicado en el centro geométrico del techo de la sala de reuniones. Las zapatillas Geox de última generación con suela de goma hacían un sonido chirriante si se frotaban contra la madera lacada de la larga mesa que ocupaba la mayor parte de la habitación. Por eso María posaba sus pies en ella con infinito cuidado, puesto que no quería que nada perturbara su pensamiento, ni siquiera la música que provenía del Windows Media. Hasta el ordenador de sobremesa estaba apagado. Había algo que preocupaba a María... y no era el menú de Nochevieja que iba a tener que preparar en menos de veinticuatro horas, puesto que iba a repetir exactamente los mismos platos que en Nochebuena, incluidos los langostinos con salsa holandesa que tanto éxito habían tenido (a pesar de ser langostinos congelados y haber sido la primera vez que hacía salsa holandesa... de todas formas, ¿alguien sabía cuál era la diferencia entre salsa holandesa y mayonesa?). No, lo que más le preocupaba era la escasa actividad que había en la oficina y el alto nivel de escaqueo de sus compañeros. Carlos se iba a hacer dominadas al parque de dos manzanas más allá en cuanto llegaba la pausa del café que teóricamente era de quince minutos pero que parecía cundirle bastante a juzgar por el grado en que se le marcaban los músculos dorsales en su camiseta. Alfonso se movía con sigilo y ni siquiera te enterabas cuándo iba al baño, pero curiosamente nadie parecía estar seguro de qué aportaba al grupo, si es que alguien se acordaba de él. A Soraya le sonaba el wassap cada dos segundos y medio, y cuando no le sonaba era porque estaba twitteando algo... Y Martín siempre decía que andaba ocupado, cuando en realidad lo que miraba con cara de interesante en la pantalla de su portátil eran las noticias de El Mundo.
Las gráficas no dejaban lugar a la duda: el rendimiento del grupo estaba bajo mínimos. Si hubieran tenido un Psyleron en la oficina la línea no se habría desviado hacia abajo indicando que el mal rollito se extendía entre los trabajadores, sino que directamente el pico negativo habría bloqueado el programa y tal vez alguien habría acabado matando a alguien. ¿Quizá Martín a Soraya? Se comentaba en los desayunos que aún estaba dolido por haberle dejado, pero no... aquello no tenía nada que ver con amor o sexo, sino con pura dejadez, frustración y el elevado grado de sociopatía que presentaban los que ejercían la profesión de escritor, según el último estudio del Instituto para la Salud Laboral en Ambientes Virtuales. Además había quedado demostrado que ni la medicación ni el rellenar varios folios con la palabra REDRUM separada por un espacio tenía efectos positivos en la conducta de estos profesionales.
Unos pasos silenciosos se acercaron atravesando la moqueta grisácea de la sala de reuniones y María protestó al sentir que alguien le daba una colleja.


—Coño, María, ¿no te dije que está prohibido fumar en el despacho?
—Pues no sé, me estarías hablando mientras intentaba formatear mi última novela, porque no me acuerdo... Ya sabes que las tareas que exigen una inteligencia sobrehumana no me dejan neuronas suficientes para recordarlo todo. Además estoy pensando.
—¡Oh! ¿De veras? ¿Y en qué piensas?
—¿Aparte de cómo deshacerme de mi jefe sin dejar huellas?
—Claro. Ya sé que eso es lo que ronda tu cabeza desde que nos conocimos, pero la última vez no tuviste suerte con lo de los frenos...
—Fue culpa del mozo del taller. Tal vez sea mejor trabajar sola.
—Bueno, todo depende de cuáles sean tus intereses, ¿no?
—Tal vez.
­—Bueno, ¿y qué pensabas? Porque sé que nunca jamás has fumado, ¿qué te pensabas? Conozco a mis empleados, ¿sabes?
­—Ok. Te lo voy a decir ­—María bajó los pies de la mesa y se incorporó en su silla, enseñando un esquema garabateado en una libreta que había pedido prestado a la secretaria—. ¿Ves esto?
—Sí.
­—He estado dándole vueltas a por qué cada vez que vengo a la oficina no tengo ningún correo en la bandeja de entrada, ni hay ningún comentario nuevo en ninguno de mis blogs, ni tampoco nadie me ha pedido una solicitud de amistad en el Facebook, ni por qué nadie escucha a nadie en las reuniones de vecinos de mi comunidad. Pero enseguida noté cierto dolor en mi sien izquierda que me hizo recordar que la caldera sigue parándose después de hacer un ruido como de succión, sabes, como si fuera a explotar... No tengo dinero para pagar al técnico así que pregunté a un vecino, me cogí un destornillador y me propuse arreglarla yo misma, más que nada porque cuando salgo de la ducha tengo las pestañas escarchadas... pero no como las frutas, sino con hielo de verdad, el congelado. Así que corté el agua y empecé a destornillar todo aquello que podía acoplar con el destornillador, y fui poniendo las piezas una a una cuidadosamente ordenadas en el suelo. Saqué una rata muerta de una de las tuberías y pensé que ya lo había solucionado, pero al ir montar otra vez la caldera, me di cuenta de que me sobraban piezas... y eso que había hecho un esquema para no despistarme. Eso que puedes ver son las tripas de mi caldera. Me preguntaba si alguna vez viste la tuya, así quizá me podrías echar una mano...
El jefe echó un rápido vistazo al esquema y no, no la reconoció. Bueno, por un segundo pareció que sí porque se rascó el mentón y adelantó un dedo como si fuera a decir algo, pero después frunció el entrecejo y no dijo nada.
Aún absorto, se levantó y caminó lentamente hasta la máquina de café, se sirvió una taza con dos terroncitos de azúcar, continuó hasta su despacho, se sentó en su sillón de jefe, abrió un documento de Word y tecleó, entre sorbo y sorbo al café:

“TAREA URGENTE: Mis empleados se dispersan. Nadie está en lo que tiene que estar. Todos se quejan, pero aquí nadie hace nada. Hay que parar esto... al menos antes de que llegue el fin de Enero, porque entonces el presidente de la corporación me pedirá las cuentas y entonces se nos va a caer el pelo y no se va a salvar ni el Tato del E.R.E.”.

Mientras pensaba qué hacer para poner a trabajar a su panda de gañanes, su mano derecha se movió inconscientemente al ratón y de pronto se maximizó la pantalla de los Lemmings, nivel 42, ese en el que solo tienes un escalador, un cavador y un paracaidista para salvar a treinta de los tuyos. Era el decimotercer intento y todavía no había conseguido meterlos a todos en la madriguera. Se iban a enterar esos muñequitos.

viernes, 22 de agosto de 2014

El último amanecer.

De vez en cuando me gusta traer alguna muestra representativa de mis inicios como escritora. “El último amanecer” es un buen ejemplo, pues fui el primer relato corto que escribí. No sé exactamente cuándo lo hice, solo sé que tuvo que ser antes de 1994, y en el cuaderno donde los escribía, tengo apuntado que debió ser con 13 o 14 años. Algo que no deja de sorprenderme y estremecerme a partes iguales.

Hoy, más de treinta años después, me he dado cuenta de la trascendencia de este relato. He estado dudando dónde postearlo, porque es un (pequeño) trabajo literario, pero al mismo tiempo es mucho, mucho más. Casi nadie podría llegar a entender por qué significa tanto para mí, aunque se lo explicara y aunque supiera de verdad de lo que hablo. Pero como me ocurre con frecuencia cuando no sé dónde postear algo, al final acabo haciéndolo en todos los sitios, con diversos grados de intensidad y profundidad, porque es algo que me quema, porque es algo que me gustaría gritar a todos los vientos pero que por circunstancias diversas he de callarme, porque es como una de esas escenas de una película de terror que desearías no haber visto pero al mismo tiempo no puedes dejar de darle al rewind y luego al play, una y otra vez, una y otra vez..., porque es una de esas pequeñas pistas que tienes delante de tus ojos durante interminables años pero pasa el tiempo y la ceguera sigue ahí, haciéndote tantear las paredes de una habitación a oscuras hasta que comprendes que la única razón por la que no ves es que llevas puesta una venda sobre tus párpados.  

Está en la misma línea que “Más allá del horror”, aunque a diferencia de este último relato, es mucho más conciso, menos elaborado, más contundente, cambian los pequeños detalles, mi yo joven e inocente se resistía a abandonar las palabras “alegría” o “esperanza” que en realidad ya no existían, pero la escena está compuesta solo por unos pocos fotogramas que quedaron grabados en algún lugar del universo y que —parece ser— siempre estuvieron conmigo, como un microchip implantado en el cerebro o unos números tatuados en el antebrazo. También se lo dedico a Katrina. Para ella no fue exactamente su último amanecer, pero sí es verdad que desde aquel día ya estuvo muerta... por un tiempo.

Katrina siempre va asociada a una canción instrumental de Camel que me transmite todo lo que sentía ella: impotencia, rabia, tristeza, soledad... y unas terribles ganas de gritar que desgraciadamente acabaron convirtiéndose en un silencio casi eterno.

ICE



EL ÚLTIMO AMANECER.

Aquel amanecer no fue como cualquier otro. El Sol apenas se veía allá en el horizonte como una bola anaranjada parcialmente cubierta por las nubes, unas nubes esponjosas de un gris algodón que no permitían ver el azul del cielo. El viento soplaba como nunca lo había hecho en el transcurrir de los tiempos, y empujaba a las nubes hasta que desaparecían a lo lejos siendo reemplazadas por otras tan grises como ellas. Las olas del mar, embravecidas como no lo habían estado desde hacía años, arremetían brutalmente contra las rocas.

No había gaviotas surcando el aire en busca de comida. Tampoco nadaban peces en las revueltas aguas del mar, ni había cangrejos enterrados en la arena. Ni un solo ser viviente se veía por ninguna parte. La arena de la playa había aparecido aquella mañana totalmente limpia y pura. Sin conchas, sin algas... tan sólo arena.

El grito de las olas al chocar contra las rocas era el único sonido en aquel silencio, y el viento era ahora el amo de la Naturaleza, haciendo enojar al mar y arrastrando a las nubes tras de sí. Solamente quedaba la Tierra.

Pero entonces en la inmensidad de la playa surgió un punto que se movía aproximándose a la orilla. ¿Quién o qué podía estar vivo aún? Pronto llegó al agua, y siguió andando a lo largo de la orilla. Apenas se sostenía en pie. Su cuerpo, casi desnudo, iba cubierto por los restos de lo que había sido un sencillo pero bonito vestido. Su largo y oscuro cabello era maltratado por aquel horrible viento que a cada minuto se huracanaba más y más. Llevaba los zapatos colgados al hombro, atados entre sí para andar cómodamente por la arena. Sus piernas le fallaban a cada paso, y caía casi desvanecida a la arena temiendo no volver a levantarse jamás. Pero lo último que perdería sería la esperanza.


Sus ojos verdes miraban al infinito, y de vez en cuando dejaban resbalar una lágrima mitad coraje mitad tristeza. Hasta que su última gota de fuerza cayera rota en mil pedazos no se detendría. Tenía que alcanzar aquel lugar... sólo le quedaban unos metros. Había esperado aquel encuentro desde niña, y por fin había llegado el día en que habrían de encontrarse.

Una chispa brilló en sus ojos, y sus sonrosados labios dejaron escapar una triste sonrisa. Entonces se detuvo, y miró hacia la línea donde cielo y mar se unían.

De pronto las nubes se calmaron y desaparecieron abandonando en el cielo su color gris. El mar se tranquilizó y las olas formaron una capa de agua lisa y uniforme. El silencio se hizo por completo. Su corazón latió más despacio. El Sol desapareció, y con él la luz. A lo lejos retumbó un trueno y desde el fondo del mar comenzó a surgir un sordo murmullo, como el de una cascada al lanzarse al vacío.

Ella se desmayó a causa del miedo, la alegría y el cansancio. El murmullo creció... creció aún más, y entonces las aguas del mar fueron horadadas por una enorme luna cegadora que alumbraba cien mil veces más que el Sol. Aquella luz lo llenó todo: la playa, el cielo, el mar... Primero desapareció ella. Luego la luz se llevó todo lo demás. Y después la nada se llevó a la luz. El silencio y la oscuridad reinaron para siempre.

jueves, 24 de julio de 2014

Vida rota (2).

[En capítulos anteriores... Vida rota.]

¿Y qué quieres que te cuente? Vienes aquí todos los días, finges preocuparte por mi salud, y esperas que el hambre y el encierro hayan ya quebrado mis defensas y confiese lo que estás esperando escuchar, porque así tú consciencia quedará más tranquila, y sabrás que no enviaste a una mujer inocente a la horca. Pero diga lo que diga, ¿cambiará algo? ¿Cambiará tu mirada de compasión, tu mirada de eterna duda, preguntándote si de verdad soy un monstruo o si tuve alguna razón para hacerlo? ¿Tú qué crees?

Que confiese dices... y me traes ese arrugado papel lleno de palabras que yo nunca dije para que lo firme y que el juez lo lea, para que se apiade de mí. ¿De verdad esperas que lo haga? Estuvieron a punto de lincharme en mi propia casa, y dicen que hay pruebas contra mí, ¿y de verdad piensas que el juez sentirá algo de piedad? Abre los ojos: ya me han condenado. Todo el pueblo me ha condenado, sin ni siquiera conocer mi verdadero nombre, sin saber de dónde vengo, sin interesarse por las marcas en mi piel ni por las heridas en mi alma. Ya pasé por lo mismo, y ya sé lo que me espera después de lo que llaman absolución: una vida rota huyendo de todos, huyendo de la vergüenza, de mi pasado, escuchando cómo profanan mi nombre, observando cómo mi familia oculta los lazos de sangre que se suponía que nos unían, sin poder olvidar que mi hija crece en la ignorancia de que su verdadera madre siempre la quiso y que ella es lo único que me mantuvo viva hasta hoy... Huyendo de mí misma. Pero ahora ni siquiera eso podré hacer, porque si confieso y finjo arrepentimiento, cambiaré la horca por una sentencia a una muerte en vida, encerrada entre cuatro paredes, en una cárcel donde moriré de tuberculosis o en un sanatorio para enfermos mentales donde yo misma acabaré abriéndome la cabeza contra la pared. ¿Y quieres que confiese? Puedes llamarme loca si así te quedas más tranquilo, pero aún conservo la suficiente cordura como para saber lo que más me conviene.


Ya lo intenté, ¿sabes? No eres el primero que me mira con esos ojos. En aquel entonces no tenía pruebas de lo que había pasado, pero sí tenía testigos... testigos que no pudieron ser localizados, y lo poco que sabían otros testigos no fue suficiente para contrarrestar el veneno en las lenguas de los demás testigos. Me hablas de justicia, pero ¿cómo va a haber justicia si es mi palabra contra la de todos ellos? ¿Cómo va a haber justicia si lo que dice una mujer tan alterada como yo se atribuye a la histeria que acompaña a mi condición femenina? La palabra de un hombre vale mil veces más que la mía... y más si es un respetado farmacéutico que me vendió el raticida. Que lo quieres saber todo, dices... ¿Y de qué serviría? ¿Por dónde podría empezar? Quizá por aquella vez que me dio un bofetón por hablar demasiado con sus colegas en la reunión de negocios que organizó para festejar el aumento de sus ventas. O tal vez aquella vez que me caí por la escalera y mi ojo dio justo con la barandilla. O el día que vino el doctor a verme porque me había caído del caballo y me había roto un par de costillas. El que arregla los pianos tuvo que salir despavorido de casa cuando oyó entrar a mi marido y escuchó cómo se dirigía a mí cuando me vio bromeando con él... tal vez se habría desmayado si hubiera presenciado lo que pasó luego. Mira... aquí tienes otro testigo de esos que luego desaparecen como entre las brumas de un escenario. No merece la pena. Yo lo sé... y tú lo sabes. Son solo palabras. Las palabras se las lleva el viento, y el juez solo quiere pruebas.

Mi alma hace tiempo que se rompió, y solo ha logrado llegar hasta aquí porque no era consciente de que ya había muerto. Duerme tranquilo esta noche, y las noches que vendrán, porque no vas a enviar a una mujer a la horca, sino a una sombra de lo que pudo haber sido. Tú no eres el culpable, ni siquiera eres un cómplice. No sabes lo que pasó, nadie sabe lo que pasó, excepto él y yo. Algunos pagan por sus crímenes, otros no. Y no intentes consolarte pensando que pude tener una razón, porque lo cierto es que no la tuve. Me rompieron por dentro y yo misma hice lo demás, así que no te engañes, porque lo que ven tus ojos quizá sea solo lo que tú quieres ver, lo que estás dispuesto a ver... 

No llores por mí. Guarda tus inútiles lágrimas para alguien que se lo merezca más que yo.

lunes, 21 de julio de 2014

Un día en la funeraria.

El accidente fue mortal de necesidad. Cero posibilidades de supervivencia. Ni siquiera fui consciente de la transición, como otras veces... Un segundo estaba dentro, conduciendo a 130 km/h por la autopista, mientras escuchaba a todo volumen la canción “Ascension” de Arena, y al segundo siguiente ya estaba fuera, después de empotrarme contra la mediana, dar varias vueltas de campana en el aire y dejar mi pobre vehículo azul metalizado como un acordeón. Al menos elegí un buen momento, cuando no venía nadie por detrás ni por el carril contrario, que yo estuviese deseando dejar esta mierda de vida no era razón para llevarme a nadie más por delante... Fue fácil hacerlo, solo tuve que soltar el volante un breve instante cuando llegó la curva, en lugar de girarlo casi de forma instintiva, como había aprendido hacía más de diez años. De lo único que me lamento es que aún quedaba más de la mitad de la canción... y enseguida me di cuenta de que desde el otro lado la música no se oye igual de bien, claro que... a lo mejor era porque el coche se quedó sin sistema eléctrico por el golpe.

En fin. Evité mirar el cadáver. Prefería recordarme como había sido en vida, no como quedé después de reventarme la cabeza contra el parabrisas y perder varios miembros en el asfalto, incluyendo el más importante. Creo que los de la ambulancia tuvieron que hacer horas extra para localizar todos los pedazos y juntarlos todos debajo de la sábana metálica de color dorado. La verdad es que no me suelo quedar mucho tiempo en la Tierra cuando muero, pero esta vez me dominaba cierto impulso morboso, porque las otras veces que morí de accidente no fueron como ésta, quiero decir... fueron accidentes de verdad. Me dije: “Esta vez voy a rizar el rizo. Va a ser a la vez accidente y suicidio, quiero comprobar si esto me producirá doble trauma o si solo me servirá para desperdiciar otra de mis vidas... total, ¿cuántas vidas llevo ya desperdiciadas?”

Así que me senté en la camilla de la parte de atrás de la ambulancia y acompañé a sus ocupantes hasta el hospital. Vi cómo recogían mi DNI, es por eso que no tuvieron problema con la identificación. También encontraron en la cartera mi tarjeta de no querer donar ningún órgano de mi cuerpo a la ciencia ni a nadie más, científico o no científico (ni mucho menos a un cura), aunque tampoco es que hubiesen podido aprovechar mucho, creo que no quedaron ni las córneas... También leyeron la tarjeta en la que apunté dónde tengo guardado mi testamento, con la contraseña para abrirlo, pero como por lo visto eso no es legal porque no pagué los 400 euros que te pide un notario por cualquier documento de más de dos páginas, no le hicieron ni el menor caso. Pero bueno, no me puedo quejar, porque la verdad es que la armé buena en la autopista. Se formó un atasco de cinco kilómetros y la Guardia Civil tuvo que llamar a un especialista para determinar la causa del accidente... sin duda fue el karma en acción, después de todos los atascos que yo me tuve que tragar en vida.

Los hospitales siempre me han puesto enfermo, así que me limité a vagabundear un poco por las inmediaciones, hasta que vi llegar a mi esposa y a mi primo... que por suerte no tuvieron que reconocerme. Cuando les dieron la noticia se pusieron a llorar como muffins... quiero decir, como magdalenas, ¡y mira que les dije que no lo hicieran! Les dije: “Cualquier día cojo el coche y me estrello en la autopista, pero no os lo toméis como algo personal, es que ya no me merece la pena seguir viviendo, estoy harto de los telediarios, de tener que ver “Sálvame” todas las tardes y a María Teresa Campos todos los domingos antes de la cena, mi jefe me acosa porque quiere que trabaje, nunca gano cuando juego al billar, el pan ya no sabe como sabía antes, los océanos están llenos de bolsas de plástico, mi gata se murió la semana pasada, nunca me toca la lotería, y... no sé, el caso es que prefiero estar muerto. De todas formas, ¿por qué os tengo que dar explicaciones? Lo importante es que no quiero que os pongáis tristes, que a vosotros os quedan dos días con la Tercera Guerra Mundial que se avecina y pronto nos volveremos a ver, yo es que ya he pasado por eso y paso de que me vuelvan a ametrallar junto a un alambre de espinos”. Debe ser que no me tomaron en serio. Estuvieron ahí un rato lamentándose de que no estuviera con ellos (idea ridícula porque sé hasta lo que comieron en la cafetería, ella una napolitana de crema y él un sándwich mixto), olvidando lo malo que había sido y recordando todo lo bueno que había hecho... que no es mucho pero en aquellos momentos lo agradecí, y luego abandonaron mis restos en la habitación hasta que se los llevaron al lugar ese fresquito que tienen en los sótanos, ¿cómo se llama? Ah, sí, el depósito. Igual que el lugar al que se llevaron mi coche pero para personas. Que al fin y al cabo es lo mismo... solo que las personas somos orgánicas y contaminamos menos.

Tenía ganas de irme, no lo puedo negar, pero la curiosidad pudo más que yo y decidí acudir al tanatorio también. Quería saber cómo se las iban a apañar para recomponer mi malogrado cuerpo y mostrarlo como un Tetris al público que acudiera, así maquillado, peinado y perfumado como la última vez... pero tal y como suponía no hubo exposición detrás de un cristal, solo ataúd cerrado con candados para que nadie pudiese abrirlo. ¿Y la cruz? ¡Si yo dije que no quería ver una cruz ni en pintura! Ah, vale, es que lo puse en el testamento, el mismo que ni siquiera se molestaron en mirarlo... También se lo dije a mi esposa, pero se ve que con el disgusto ni siquiera se acordó, o tal vez pensó que estaba bromeando, como nunca le dije lo mucho que odiaba a la Iglesia Católica, no fuera que le diese un patatús a su madre...

Entonces empezó a llegar un montón de gente que no tengo ni idea de lo que pintaba allí: el vecino del cuarto que jamás me saludaba; el niño de la esquina que una vez me rayó la puerta derecha del coche, que lo sé que lo pillé in fraganti; la panadera del barrio, ésa que empezó a vender barras de pan a veinte céntimos, ni que se lo regalaran a ella; varios compañeros de trabajo que solo veía en el desayuno y ni se molestaban en preguntarme qué tal mi vida; y miembros de mi familia lejana que hacía más de quince años que ni veía. Éstos eran los más graciosos, porque creían conocerme y no tenían ni idea de en quién me había convertido. Mi tía la del pueblo venía engalanada con sus mejores ropas, un vestido verde con flores y hasta sombrero se había puesto. A mi tío hasta le brillaban los zapatos. Mi otra prima llevaba un vestido que se había puesto en la boda de mi hermano mayor, que le hacía las piernas largas como las de la Barbie. Y se les veía a todos bastante contentos... bueno, a alguno un poco decepcionado por no poder contemplar mi cadáver y darme el adiós correspondiente... ¿o era solo por no poder ver mi cadáver? Siempre es reconfortante estar al lado de un fiambre y pensar “Qué suerte que a mí no me ha llegado aún la hora...” Al menos eso es lo que capté de Luisito, uno de mis amigos de infancia, pero es que Luisito siempre fue muy transparente.

Sí, al principio fue entretenido y me reí bastante con los comentarios que hacía la gente sobre mí. “Qué generoso era...” ¿Generoso? Si siempre iba a los chinos para comprar los regalos de cumpleaños... “Cuando le contabas un problema, siempre tenía una sonrisa y unas buenas palabras para ti”. ¿Sonrisa? Si era porque me estaba acordando de un chiste que me habían contado... y las palabras eran lo primero que se me ocurría para quitármelos de encima, que siempre tenía algo que hacer en casa, como pasarme el octavo nivel del “Príncipe de Persia”. ¿Sería que no se habían dado cuenta?

Luego empecé a aburrirme y acabé sentado en el banco de madera viendo pasar a otros muertos y a más visitantes del tanatorio que acudían felices y contentos como si aquello fuera un centro comercial. Vi que la muerte no tenía nada de trascendental para ellos, no significaba nada, apenas vi una lágrima sincera (exceptuando las de mi esposa y alguna de mi primo), y me dio la impresión de que todos evitaban pensar que en ese mismo momento estaban rodeados de muertos. ¿O tal vez no lo sabían? ¿O tal vez pretendían ignorarnos? ¿No eran conscientes de que ellos también podían morir en un accidente al volver a sus casas? ¿O es que les daba lo mismo, igual que a mí? Bueno, yo tenía mis razones, porque estaba harto de mi vida y además ya sabía que la muerte es una ilusión, pero a ellos jamás les vi preocuparse por lo que venía después, ni sacaban el tema en las reuniones sociales... ni siquiera en el tanatorio, que ya tiene pelotas. ¡No se habla de la muerte en los tanatorios! Pero si ni siquiera en los tanatorios se habla de la muerte, ¿dónde se habla de la muerte? Mientras veía a mi tía la del vestido verde acabar con la bandeja de galletitas llegué a la conclusión de que no se habla de la muerte, así sin más. Y de los muertos, pues bastante poco. No sé, debe ser una cuestión cultural, como la de levantarse y sentarse varias veces durante la misa. Que, por cierto, ¿por qué tuvo que aparecer ese personaje con pinta de sacerdote que se empeñó en rezar un padrenuestro? Intenté tirarle la Biblia pero no lo conseguí. Por un minuto o dos me quedé acongojado (no por lo del sacerdote sino por lo de que no se habla de la muerte)... pero solo un poco. Porque después me dije a mí mismo: “Bah, si estás muerto, ¿qué más da? Tú sigue con lo tuyo, que éstos seguirán con lo suyo... si es que no sé para qué vuelvo tantas veces a la Tierra, siempre lo mismo, que si guerras, que si nos destrozamos unos a los otros, que si religiones, que si el final del mundo cada vez que se alcanza un año que acaba en cero...”

Así que me levanté, hice una reverencia, le toqué la mano a uno solo para troncharme del susto que le di... y me las piré. Solo espero montármelo mejor la próxima vez. Si es que vuelvo. Porque anda que cómo está el patio... 

miércoles, 7 de mayo de 2014

Locked out: Hoy hice lo más loco de mi vida.

Hoy traigo un poco de humor al blog, que últimamente estaba demasiado seria y abatida por problemas personales y diversas comidas de coco.

Me pasó esta tarde esto que voy a contar y lo escribí en inglés para un foro en el que participo... me quedó tan gracioso que he decidido escribir la versión en español. No me hago responsable del resultado, yo lo advierto...

Por cierto, “locked out” es la expresión inglesa para decir que te has quedado fuera de casa sin llaves y no puedes entrar. Sí... por lo general prefiero el español para expresarme, sobre todo para mi trabajo literario, pero hay palabras que son mucho más específicas en inglés. Empiezo...

“Dos días atrás mi madre me dijo por teléfono que tenía que regar una planta concreta del porche del chalet en el que vivimos. De pronto me acordé y pensé que era hora de hacerlo, no fuera que la dichosa planta fuera a morirse por mi culpa (siendo vegetariana eso me traería un gran remordimiento de conciencia). Así que, justo después de meter mi estupendo bizcocho de naranja y chocolate en el horno, cogí la regadera, la llené de agua, y me dispuse a salir al porche. Tenemos dos puertas: la gorda blindada y la de fuera que es de color blanco con cristales cuadrados que normalmente no cerramos con llave. Al salir, mi gata se vino detrás de mí y quería escabullirse fuera, así que la dejé porque en esa zona no hay peligro, hay un largo pasillo hasta la puerta metálica de entrada, y de todas formas no se va muy lejos porque es una miedica. Regué la planta y después me fui al jardín trasero a regar más plantas. Como todavía me quedaba algo de agua, decidí vaciarla en la misma planta del porche, y ya de paso darle a un toque a la gata para que se metiera en casa. Noté que hacía algo de viento y podía haber corriente, así que cerré la puerta blanca. O eso creí. Por alguna extraña razón (nunca la he visto así), mi gata estaba paralizada en la mitad del pasillo, asustada por los ladridos del perro del vecino. Así que acabé de regar la planta y me dispuse a ir a por ella. Justo en ese momento oí un ruido a mi espalda y al volverme vi que la puerta se había abierto (sí, sucede a veces, pero yo pensé que la había cerrado con la fuerza suficiente). Sin tiempo ni para pestañear, la otra puerta (la gorda) hizo “¡BUM!” y se cerró también.


En ese momento, palidecí... o al menos sentí toda la sangre de mi cuerpo irse a los pies... o más lejos. Durante unos eternos minutos estuve pensando en qué hacer a continuación. Tal vez pueda abrir la puerta del garaje... mala suerte, el mando del garaje que tengo en el coche (aparcado en la calle) es el antiguo, y de todas formas no tengo las llaves del coche. Intenté hacerlo manualmente de todos modos, pensando que por alguna especie de milagro podría abrirla, pero lamentablemente no se me concedió la fuerza de Ironman. Miré en mis bolsillos, “¿Seguro que no has cogido las llaves (como he hecho otras veces)?” Mala suerte... Quizá pueda hacer un viaje astral, atravesar la pared y abrir la puerta del otro lado... ah, no, que desde el astral no puedo tocar las cosas, o al menos no aún, con toda la energía que hay que reunir para hacer eso (vale, esto no lo pensé en su momento, es el producto de mi imaginación según escribo esto).

Así que... casi enjugándome las lágrimas y aceptando tal infortunio, tuve que recurrir a la única alternativa que me quedaba: pedir ayuda a mi vecina. Sí, esa vecina que todos tenemos y simplemente odiamos sin una razón especial, más que por tener a alguien a quien ni siquiera conocemos para criticar... ahora va a tener ella una razón para reírse de mí durante años, ¡maldita sea! Una rubia de bote cuya edad ronda los 60... largos, (aunque las arrugas en su cara bien podrían ser la prueba de que es mucho más vieja) se asoma a la ventana, preguntándose quién llama al interfono, mientras su perro sigue ladrando. Le digo por gestos que baje porque tengo un problema. Temo que mi nerviosa gata se escape, esta vez a la calle, pero por fortuna continúa paralizada, así que cierro la puerta metálica de entrada también, después de contarle mi problema a la vecina y decirle que tal vez pueda encontrar la forma de saltar desde el jardín.  

Esto es posible porque tenemos un jardín trasero comunal, y más puertas metálicas en la parte de atrás. Alrededor de mi jardín trasero hay una valla metálica que mis padres limpiaron de enredaderas hace tiempo. Mientras mi vecina va a por una escalera de mano contemplo el enrejado de alambre y pienso “Bueno, he visto a Scully escalar vallas similares, no veo por qué yo no podría hacer lo mismo, zapatillas de estar por casa incluidas...” Analizando la situación, decido que la mejor parte para intentarlo es por la puerta metálica verde, porque por la parte de dentro tiene como unas cornisas donde puedo apoyar el pie. Mi vecina pone la escalera justo al lado de la puerta, yo subo al punto más alto y vuelvo a mirar hacia arriba: “Dios, sigue estando demasiado alto”.


―¿Qué, cómo lo ves? ―pregunta mi vecina. Como otros aventureros que se hayan quedado encerrados dentro o fuera de casa saben, en esos momentos toda tu vida pasa por delante de tus ojos. “¿Qué otra opción me queda?”, pienso. La perspectiva de llamar a un cerrajero que sonreirá y mirará con lascivia mis piernas (llevo puesto unos pantalones cortos, calcetines y zapatillas, y ya está resultando bastante difícil esconder mi vergüenza ante la rubia) es realmente aterradora... los bomberos viniendo porque mi estúpido bizcocho empieza a arder es aún más aterrador (ahora que pienso con calma sobre esto, mi padre me dijo que el nuevo horno se apagaba automáticamente cuando pasaba el tiempo programado, así que quizá era poco probable que eso pasara... pero claro, ponte a pensar con frialdad cuando sabes que tienes papeletas para que las cosas vayan aún peor)... y mi gata siendo engullida por el perro de mi vecina... ¡eso nunca me lo podría perdonar!

Me decidí en unos dos segundos. Temiendo que me iba a matar o que al menos me rompería una pierna, obligué a mi pierna derecha a levantarse y la coloqué sobre la valla, ante la perpleja mirada de mi vecina. Después conseguí elevar el resto de mi cuerpo y me coloqué a horcajadas sobre la valla. La peor parte estaba hecha. Entonces comencé a bajar mi pie lentamente hasta alcanzar la primera cornisa. Mi zapatilla derecha se cayó antes de que llegara a posar el pie... y temí resbalarme con mi calcetín sobre el metal. Finalmente conseguí apoyar los dos pies.

―Chica valiente ―dijo mi vecina. Nunca me podría haber imaginado que estaba en tan buena forma como para hacer eso. Pero reconozco que le eché un par de... vale, diré de ovarios pero en realidad tengo en la cabeza los atributos masculinos. Temblando, le di las gracias a mi vecina y bajé totalmente. Tuve la grandísima suerte de que había dejado una ventana abierta en el jardín, si no sí que me habría quedado fuera de verdad. Corrí a la puerta de entrada, encontré a la gata, comprobé que el bizcocho estaba perfectamente y subiendo que daba gusto, y di un fuerte suspiro de alivio...

Ahora el aspecto de mi pierna izquierda parece indicar que mi gata y yo tuvimos la peor pelea de nuestras vidas... y no tengo ni idea de cómo me hice esos otros arañazos en algún que otro lugar innombrable de mi piel... y ahora sé por qué los guerreros no sienten las heridas cuando están en combate, y sé cómo pude hacer ciertas locuras en otros tiempos... ¡La h***!   

La verdad es que si pienso que esto es lo más loco que he hecho en mi vida, me dan ganas de llorar..."

sábado, 5 de abril de 2014

Vida rota.

Una gota de sangre resbaló por su antebrazo y terminó por caer en el agua, dispersándose y haciéndose invisible entre miles de gotas transparentes. El vapor ascendía desde la superficie, la jarra de agua que habían vertido en la bañera estaba bien caliente cuando la habían retirado del fuego, como ella había ordenado. Después de que su criada se hubiese retirado, fue cuando dejó que todas las barreras cayeran y las lágrimas comenzaron a brotar. No es que el servicio doméstico no estuviese al corriente de la situación, pero se habían acostumbrado a vivir en un silencio cómodo para todos, acompañado a veces de compasión, una compasión fría e inútil que se reflejaba en las miradas huidizas que la dirigían en presencia de su marido, el señor de la casa, aquél al que todos debían respeto y obediencia... incluida ella, claro está, devota y fiel esposa del hombre que habían elegido para ella.

Y el alfiler que utilizaba para sujetarse el moño, tirante y perfectamente sujeto, para no dejar ni un solo mechón de cabello negro y rebelde a su antojo, había resultado muy útil para...

¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Qué pretendía infligiéndose ella misma ese corte en su antebrazo izquierdo? ¿Deseaba morir? ¿O quería demostrase a sí misma que aún estaba viva? ¿Era su llamada desesperada de auxilio, el último grito que se atrevía a proferir, aun sabiendo que nadie a su alrededor la escucharía o acudiría para salvarla?

¿De qué iban a salvarla? Después de todo vivía con un hombre elegante y educado, de buena familia, que gozaba de gran prestigio en la ciudad y que había procurado que no le faltase de nada. No tenía razón alguna para estar descontenta o desear estar en otro sitio.

Y sin embargo... se había sentido como en una prisión desde el día que atravesó el umbral de aquella casa. La casa de sus sueños, con un porche en la parte trasera y un columpio en el que pasar las horas muertas tomando un té con pastas, cosiendo las iniciales de su amado en los calcetines y en otras prendas íntimas... o simplemente observando al perrillo de lana blanca juguetear en el jardín. Había paseado bajo una sombrilla con sus amigas en las tardes de primavera, y todas le habían asegurado que había tenido mucha suerte el día en que su futuro marido la vio bajar del coche de caballos y dirigirse al club donde las señoritas de su edad se reunían para charlar. Se había quedado prendado de ella, sin ni siquiera saber que aquella joven de apenas quince años era la hija de uno de sus mejores clientes. Y su padre no pudo declinar la tentadora oferta... Aunque ella hubiese preferido ser la prometida de un joven estudiante al que hacía tiempo le había echado el ojo, y aunque le disgustó sobremanera no tener ningún poder de decisión, acabó por aceptar su destino. Después de todo, los mayores sabían lo que hacían...

El sueño se rompió la misma noche de bodas. Y los días que siguieron fueron oscureciéndose más y más, al mismo ritmo con el que crecían sus ansias de libertad y el número de círculos amoratados en su piel. Las sombras grises bajo sus ojos ya eran imposibles de disimular bajo el maquillaje, y cuando acudía a la iglesia los domingos apenas se atrevía a alzar su cabeza aun cuando llevase el velo que cubría gran parte de su rostro. Pero el silencio de los que la rodeaban, y la soledad que la acompañaba día y noche, dolían más que cualquiera de sus golpes.

Aquel día dejó que el vapor de agua la envolviera y dejó correr la sangre como si así el dolor fuera a hacerse más débil. Eso era lo que hacían los doctores cuando el cuerpo sufría de algún mal desconocido, ¿no era así? Tal vez ella también padecía de algún mal, una enfermedad maldita que le impedía aceptar el papel que la habían impuesto y que le impedía alcanzar la felicidad que con frecuencia percibía en los pálidos rostros de las mujeres que empujaban sus carritos con sus bebés recién nacidos por el parque. Puede ser que aquel día tomara una decisión, pero el tiempo transcurrido y la bruma que hacía borrosos sus recuerdos no le permitían saberlo con seguridad. También pudo ser en algún otro momento de desesperación, encerrada entre cuatro paredes por haber sonreído al panadero y cansada de golpear la puerta con los puños.


Ahora sus manos se hallaban inmovilizadas por las muñecas, aunque el carcelero, a quien conocía bien después de meses trayéndole el almuerzo y la cena, había tenido la gentileza de no atar las cuerdas con demasiada fuerza. Su viejo y raído vestido negro hacía juego con la capucha que iban a utilizar para cubrir su cabeza. Su indiferencia y desprecio hacia las vacías palabras del sacerdote habían pasado desapercibidas para todos, y su aparente calma y la tímida mirada que le había dirigido durante la charla les hicieron creer a todos que su arrepentimiento era sincero.

Pero no, no se arrepentía. No se arrepentía ni de una sola de las muertes que había provocado. Solo podía pensar en lo que podría haber sido su vida y en lo que acabó convirtiéndose. Y tampoco podía olvidar a las decenas de mujeres que había conocido que habían tenido que pasar por lo mismo que ella. Los médicos y el juez podían decir lo que quisieran, pero ella era una mujer inocente. Una mujer destruida por el sufrimiento y los crímenes cometidos por hombres que jamás fueron mejores que ella, pero que nunca iban a ser castigados como habían decidido que le correspondía a ella ser castigada. Ya nada importaba. Había tenido tiempo suficiente para aceptar que el mundo era injusto y ella ya había hecho lo que había venido a hacer.

La horca la estaba esperando. Su muerte fue rápida y poco dolorosa, posiblemente decepcionante para todos los que habían acudido ávidos por presenciar un buen espectáculo. Pero para ella fue un mero trámite que la liberó de años de angustia y desolación, aunque no fue el final. Por suerte o por desgracia, la muerte nunca es el final.

martes, 11 de febrero de 2014

Se busca: vivo o muerto.

―Hace frío. Ahí fuera nos están buscando y reza a Dios para que no nos encuentren. Si conocen este lugar vendrán directos aquí y nos cogerán por muy bien que nos escondamos.
―¿Por qué no te callas? Si nos descubren será por el escándalo que armas con tu palabrería. No te duermas. El alba llegará en un par de horas, y entonces partiremos.
Pero se durmió. Su compañero no le despertó. Si tenía que morir prefería hacerlo a causa de sus propias equivocaciones y no por tener que cargar con un sucio y medio borracho criminal que no valía ni un tercio de lo que pedían por él. En cuanto amaneció salió de la cabaña y corrió a las montañas. Sabía que allí le esperaba un viejo amigo que le debía un favor. Al día siguiente se encontraba sano y salvo y dispuesto a volver a intentarlo.
Al otro lo encontraron los perros, morado por el frío y el alcohol. Casi le habían hecho un favor metiéndole un tiro en la frente.

[Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Escrito en Diciembre de 1993. No tenía título... hasta hoy].

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un sueño.

Cuando desperté la luz violeta del amanecer comenzaba a teñir la estancia y me dio la impresión de que aún continuaba perdida en el sueño. Me costó reconocer a Ian, que se sentó sobre los cobertores y me miró como si aún no estuviera seguro de si estaba dormida o despierta. Le veía borroso, aunque el brillo en sus ojos transmitía la misma calidez de siempre.
―Estaba soñando ―le dije.
―¿De veras? ¿Y qué soñabas?
―Vivía en un lugar distinto... oscuro. No te podía encontrar, aunque te podía sentir. Sabía que existías, pero no nos habíamos conocido... o no recordaba haberlo hecho.
―Entonces... ¿cómo sabías que existía?
―No lo sé... Era confuso. Igual que el mundo en el que estaba.
―¿Qué mundo era?
―No recuerdo su nombre, pero sé que desde el espacio se veía azul. Como un pequeño punto azul...
―¿La Tierra?
―¿La Tierra? ¿Por qué la Tierra? Yo nunca he vivido allí...
―Pero estuviste muy cerca varias veces, conmigo.
―Estuvimos en la Luna, no en la Tierra... no, nunca quise visitar la Tierra... además, no era yo. Era... distinta.
―Ahora sí que tu sueño se está haciendo raro. ¿Y qué hacías en ese mundo?



―No estoy segura. Intentar desentrañar la niebla. Tratar de ver a través de la bruma del espacio y el tiempo... y enseñar a los demás cómo hacerlo. Y esperar a que un día conseguiría atravesar esa niebla y encontrar algo que había perdido... o mejor dicho, a alguien... a ti.
―¿Cómo puedes perder a alguien si no lo conocías de antes? ¿Cómo puedes echar de menos algo que nunca has tenido?
―No lo sé... pero así era como me sentía en el sueño. Era una búsqueda constante... angustiosa. Me dejaba exhausta. Pero era algo que debía hacer. La separación era necesaria.
Había dicho mis últimas palabras sin pensar. Y no tenían ningún sentido.
Nuestro robot doméstico me acercó el desayuno. Las persianas se acabaron de levantar automáticamente y tuve que cerrar los ojos para que no me molestara la luz. Aún no había mucho tráfico aéreo, pero parecía avecinarse una tormenta eléctrica.
―¿Acabaste encontrándolo? ―dijo Ian mientras jugueteaba con el panel de las noticias. No supe a qué se refería.
―¿El qué?
―Eso que buscabas en tu sueño.
Me quedé pensativa.
―Creo que sí. Pero puede ser que nunca lo perdiese. Era todo una ilusión.
―¿Entonces yo también soy una ilusión? ―preguntó, sonriendo.
―Tú eres lo más real que he tenido nunca.
―Me alegro. Porque no me gustaría descubrir que no he existido nunca. Ni tampoco que esto es solo uno de mis sueños y tú también eres una ilusión.
  

jueves, 9 de mayo de 2013

Más allá del horror.

Querido amigo I.:

Dudo mucho que estas líneas lleguen algún día a tus manos. Probablemente nadie sabrá que en sus últimos días una más de tantas víctimas invirtió lo que le quedaba de sus fuerzas en intentar que la galaxia entera se diera cuenta del terrible error que la Humanidad volvió a cometer. Ya es demasiado tarde. Ya nada queda.

No quiero pensar dónde estarás ahora ni cómo te encontrarás... si aún te queda memoria para acordarte de cómo era mi rostro o el sonido de mi voz, o si tu mente decidió descolgarse del mundo para no ver cómo se destruye poco a poco. Sabes... cuando los dos trabajábamos de policías, como compañeros, y temíamos siempre que nos separaran y termináramos cada uno en una estación espacial distinta... entonces pensaba que si se daba la remota posibilidad de que estallara una guerra, estaría preparada para ella. Tú y yo habíamos visto muchas cosas y habíamos pasado por múltiples situaciones en las que la muerte siempre estaba presente. Pero una vez tras otra habíamos conseguido sobrevivir, y eso nos hacía ser optimistas respecto al futuro. Ahora me río amargamente de aquellos pensamientos. La idea de una guerra, en pleno siglo XXIII, cuando tantos logros habíamos conseguido en años anteriores, era muchas veces ridícula. ¿Quién iba a imaginar lo que sucedería después?

El universo entero se nos vino encima. Parecía que acabáramos de nacer: todo lo que nos habían enseñado, lo que habíamos aprendido con el paso de nuestros días; nuestros ideales, nuestros sentimientos respecto a los hombres y lo que éstos habían llevado a cabo... ahora eran inútiles mentiras. Me vi envuelta en un horrible e inexplicable odio que llevaba a las personas a perseguir y matar a otras sin ninguna razón clara. Aún no he conseguido averiguar contra quién luchábamos, ni tampoco en qué bando estábamos... si es que de verdad reparábamos en eso.


Y entonces nos separaron, y perdí lo único que me quedaba. Pensé que tarde o temprano nos volveríamos a encontrar, como siempre había ocurrido antes. No me di cuenta de que esto era distinto. Lo que se iba, lo que era destruido, lo que desaparecía, ya no volvía nunca más. Pero aún tenía esperanza para desear que volviera.

Lo que más me ha dolido durante todos estos años es que nos hicieran prisioneros con toda la gente que conocía desde que era casi una niña, personas con las que había compartido ratos aburridos, agradables, desagradables o divertidos, días malos y días buenos. Gente a la que veía todos los días. Allí estaban... y allí vi cómo sucumbían al dolor y a la desesperación. Éramos policías. No habíamos sido preparados para la guerra. Nadie está preparado nunca para la guerra. Y muchos de ellos eran chicos y chicas que apenas habían empezado a vivir. Solo entonces conocí el miedo... el verdadero miedo.

Intenté escapar. Solo me ayudó un hombre al que no conocía. Solo a él le quedaban fuerzas para hacerlo. Lo mataron. Ése fue mi primer gran error. Pero gracias a él supe quiénes estaban a mi lado y quiénes no. Me ayudaron mucho G.F. y L.P., y O.P... y algunos otros, aunque ya no sirvió de nada. Total: ¿para qué escapar? No había ningún sitio adonde ir. Ya no podíamos ir a un lugar tranquilo y mirar el cielo y suspirar aliviados porque las estrellas seguían allí.

Poco a poco han ido cayendo muchos. Hace mucho que perdí la esperanza. Ni siquiera tengo fuerzas para llorar cuando alguien muere. Te echo tanto de menos... Tú quizás habrías logrado que no me rindiera tan pronto. Pero desde aquel día no he sabido nada de ti, y dejaste un gran vacío en mi corazón, un vacío que ha crecido a lo largo de los años. Daría lo que fuera por volver a estar contigo en la estación, y ser de nuevo policías. Nosotros habíamos elegido aquel tipo de vida; habíamos asumido el riesgo de lo que nos podía pasar. Pero esto nos fue impuesto sin pedirnos opinión. Nadie pensó en los que querían seguir viviendo en paz. No se parece ni a las peores pesadillas. No puedes despertar y huir de ello. Pero ya, ¿a quién le importa?

Han destruido lo bueno que tenía mi vida. Me estoy quedando sola, sin nada en que pensar, sin nada por lo que merezca la pena abrir los ojos cada mañana. Mi mano tiembla al escribir y no me reconocerías si me vieras en este lamentable estado. Pero el fin se acerca. Esto será lo último que haga con un importante objetivo. Así que me despido, I. Espero encontrarte en la otra dimensión.

[Escrito en Septiembre de 1994, cuando tenía 19 años de edad. Hoy se lo dedico a Katrina... y a Johann].

domingo, 28 de abril de 2013

Recuerda este día.

Oigo el retumbar de los tambores en la distancia. Ya están aquí. Nuestras hachas, nuestras azadas, los picos y las palas… no son nada frente a sus cañones y sus bayonetas. Los nuestros nos esperan y ya no nos queda tiempo. El rojo y el azul se dejan entrever entre el verde de los árboles, cruces blancas una al lado de la otra descienden desde la montaña, mientras nosotros nos apresuramos a asegurar puertas y ventanas, y empaquetamos nuestras escasas pertenencias envueltos en un silencio espeso, tétrico, sin saber si veremos la luz del nuevo día.

Antes de que nos marchemos, quiero decirte algo, hijo: la sangre va a correr. He sido incapaz de detener la avalancha, pero dudo que hubiese forma humana de hacerlo. La rabia y la furia contenidas ya son imparables, ya han caído cabezas, incluso aquéllas de los que creíamos se pondrían de nuestra parte. La avaricia y la injusticia no deberían tener cabida en este mundo, pero una y otra vez nos hemos de enfrentar a ella, una y otra vez tienen que pagar justos por pecadores… la muerte se lleva a los inocentes mientras que los culpables continúan libres y cada vez más enriquecidos.



No más. Puede que mañana no esté aquí. Me gustaría mantenerte a salvo, llevarte lejos, darte todo lo que necesitas. Espero que al menos tu madre sobreviva y pueda criarte y hacer un hombre de ti… no para que lamentes tu suerte o busques venganza, sino para que recuerdes este día y te sientas orgulloso de la resistencia que tus compatriotas opondrán a la tiranía y al abuso de poder de nuestros gobernantes. Esto no es lo que quería para ti, pero es lo único que puedo ofrecerte, lo único que puedo hacer para que tengas un futuro, si no brillante, al menos con un mínimo de dignidad. Y si no puedes tener eso, prefiero verte morir a mi lado o que huyas en el próximo barco, y que no vuelvas a poner el pie en un país que debería protegernos en lugar de aniquilarnos.

Y si consigues ver un nuevo amanecer, nunca olvides este día. El día en que luchamos por nuestros derechos, por nuestra tierra, por nuestra vida.

No odies. No llores. No sufras. No permitas que se lleven nada más. Jamás permitas que te pisoteen. Tú no les perteneces.

Por mí, solo quiero que hagas una cosa: recuerda.
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