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lunes, 1 de agosto de 2016

Sé vegano, amigo mío.

No se asuste el lector, que de momento no pienso convertir este blog literario en un blog vegano, para eso ya están otros que lo hacen mejor que yo. Pero como además de ser un blog literario también es un blog personal, y ahora mismo estoy que ardo con este tema, pues me apetece hablar de ello.

Aunque la verdad es que el lector no debería asustarse de lo que yo haga o deje de hacer, sino de lo que supone tener un filetito de ternera en su plato o ir al Foster Hollywood’s a comer unas ricas costillitas...

Advierto que las palabras que vienen a continuación pueden herir vuestra sensibilidad. Si queréis seguir viviendo engañados, consciente o inconscientemente, dejad de leer. AHORA.

Resulta que poco a poco los restaurantes veganos van esparciéndose lentamente por Madrid. Más lentamente de lo que a mí me gustaría, pero mejor Madrid que cualquier lugar fuera de sus fronteras, donde ya se hace totalmente imposible comer para un vegano a no ser que te lleves el tupper de casa. El otro día estuve en Rayén Vegano para desayunar (las tortitas están para morirse, en serio) y cuando fui al baño me encontré un par de folletos que me llevé a casa para estudiar. Un poco a regañadientes, es cierto, pero convencida de que debía hacerlo, para así tener cada día más y más argumentos con los que defenderme.

www.provegan.info

Tengo que decir que jamás he necesitado ver ningún reportaje tipo Earthlings para cambiar mi alimentación. Como expliqué en mi anterior entrada, eso fue fácil en cuanto conocí de primera mano lo que realmente significaba la producción animal y cómo se las gastaban en los mataderos, gracias a la fantástica (tono irónico) formación que recibí para ser veterinaria. Tomé mi decisión sin dudar y no necesité profundizar mucho más en la realidad que nadie nos cuenta, en las salvajadas que se cometen día a día en cada uno de los eslabones de la producción intensiva (y también en la extensiva, en la ecológica y en todo lo que implique matar o explotar un ser vivo). Pero lo cierto es que según mi conocimiento al respecto avanza, más me doy cuenta de que apenas conocía una parte. Las cosas son mucho peores de lo que imaginaba, y de ahí el paso definitivo al veganismo.

Tampoco he tratado nunca de convencer a nadie de que se hiciera vegetariano. Me limitaba a sonreír cuando me preguntaban “¿Y tú por qué no comes carne? ¿Te dan pena los animalitos?” Sabía que era una batalla perdida, que la gente es feliz en su ignorancia, que es fácil encontrar millones de excusas para seguir siendo cómplice de algo que está mal, muy mal... y lo sabes, aunque no quieras verlo. Por desgracia, aquí me incluyo. Es una decisión personal, y cada uno lleva su ritmo, no puedes forzar a nadie o convertirte en un intolerante. Solo en los últimos tiempos he empezado a compartir más información en mis redes sociales relativas al veganismo, o a escribir artículos como este. Porque si algo soy, soy una divulgadora (aparte de escritora), y poco más puedo hacer si quiero cambiar el mundo.

Pero lo que me decidió a compartir esta vez fue encontrar en uno de esos folletos la historia de una veterinaria alemana que tuvo que hacer seis meses de prácticas en un matadero. Por suerte, yo no tuve que sufrir esa tortura, aunque lo poco que vi ya me convenció para siempre de que yo jamás me dedicaría a algo así. Lo triste es que he tenido que esperar más de veinte años para no sentirme sola, para no sentirme un bicho raro. Hace unos cinco años, cuando acabé un máster, aún tuve que soportar el típico comentario de un profesor: “En 1º de carrera muchos estudiantes vienen pensando que quieren tener una clínica y dedicarse a curar perros y gatos, pero luego se dan cuenta de que en realidad la carrera tiene muchas más salidas profesionales”. Sí, es verdad. Muchos veterinarios lo somos por vocación. Cuando empezamos pensamos que todos los veterinarios lo son porque quieren salvar vidas de animalitos. Yo pensaba que en la facultad me iba a encontrar con un montón de gente que pensaría igual que yo, que estaba allí por amor verdadero a los animales. No encontré a muchos, la verdad. De ahí que, vaya sorpresa, haya acabado profundamente decepcionada con la profesión. Y años después, sigo pensando que si algún día tuviera la oportunidad de volver, solo lo haría para seguir salvando vidas de animalitos. No para lo contrario. Debe de ser que sigo viviendo en los mundos de Yupi con cuarenta años, porque daba la impresión de que para ese profesor, dejar esa idea atrás era equivalente a madurar y crecer profesionalmente. Lo decía con una sonrisita condescendiente, como si pensara “Qué inocentes somos en nuestra juventud”. Sí, yo era bastante naïve. También pensaba que la gente que tiene perros y gatos es porque realmente ama los animales. Según pasan los años te das cuenta de que lo que reina en la sociedad, aunque no le guste a nadie oírlo, solo es: PURA HIPOCRESÍA.

No. Los jóvenes que queríamos (que quieren) ser veterinarios para salvar animalitos, no es que fuéramos unos pobres inocentes inmaduros. Lo que ocurre es que tenemos unos valores éticos superiores a los de los demás. A mí nunca me han valido esas otras "salidas profesionales" porque la mayoría suponía convertirte en cómplice de algún tipo de maltrato animal: zoos, inspección de alimentos, producción intensiva, explotación, uso de animales para carreras y apuestas... supongo que yo misma dinamité mi futuro, porque solo me quedaba la clínica, y la clínica fue bastante deprimente también. El problema no es que seamos adolescentes hipersensibles que no pueden soportar que miles de corderitos sean degollados todos los días. No es que no podamos aceptar que para tener una alimentación equilibrada la carne es indispensable y por tanto el sacrificio de esos animales es necesario. No, lo que ocurre es que para nosotros la vida tiene un valor que no la tiene para los demás. La vida en el sentido más extenso de la palabra. No la vida humana exclusivamente.


Y es que uno de los síntomas más evidentes de esa hipocresía es cómo cambia el concepto de vida o muerte cuando añades el adjetivo “animal”, o incluso cuando ese animal cambia y en vez de ser un cerdo o una vaca, es un perro, un gato o un delfín. A todos se nos caen las lagrimitas cuando alguien salva una ballena, porque por alguna razón parece que las ballenas merecen vivir más que las gallinas o los cerdos. A nadie le importa si miles de terneras mueren cada día en una sola provincia. “Ternera”, por cierto, no significa “carne de vaca”. Significa vaca joven. Porque si la carne es jugosa, suele ser de un animal muy joven. Si hiciéramos la conversión como con una de esas estúpidas escalas para saber cuántos años humanos tiene mi gato, saldría un bebé o un niño de 3 años. Pero a nadie le importa matar crías de animales para comer, porque tenemos que sacar las proteínas de algún sitio, ¿verdad? Eso sí, vemos un vídeo de Cuarto Milenio sobre un feto humano y el periodista que lo presenta nos hace creer que eso es una especie de milagro, que la vida humana tiene que ser preservada desde su concepción. Pero nadie piensa en los fetos que salen de las barrigas de las vacas sacrificadas, como vamos a ver a continuación. Me gustaría llenar internet con fotos de embriones animales y no decir nada, a ver cuántos son capaces de diferenciar un animal no humano de un humano. Es muy fácil decir que eres antiabortista, pero parece que la vida deja de ser sagrada cuando tenemos un entrecot en el plato.


Pero voy a ceder la palabra a la hoy veterinaria Christiane M. Haupt. Su experiencia en el matadero la dejó tan afectada que necesitó escribirlo para poder seguir viviendo. Comparto al cien por cien todo lo que dice. Yo no suelo leer este tipo de testimonios porque ya sé lo que hay. Pero, obviamente, hay otra razón por la que no lo suelo hacer: me sigue doliendo el alma. Me sigue doliendo el ser testigo de toda esa ignorancia e hipocresía que impiden que el mundo cambie. Por eso lo difundo, con la esperanza de tocar más consciencias y que poco a poco el veganismo se convierta en la nueva forma de vida de la humanidad entera. Porque aunque sé que la cosa está complicada, el mundo debe cambiar, y no cambiará mientras no cambiemos nosotros mismos. (La negrita es la original).

“Una vez en casa me tumbo en la cama y me quedo mirando fijamente al techo. Horas y horas. Todos los días. Mi entorno reacciona con irritación. ‘No pongas esa cara de pocos amigos. Sonríe. Tú querías ser veterinaria por encima de todo.’ Veterinaria, no matarife. No puedo soportarlo más. Estos comentarios. Esta indiferencia. Esta naturalidad con que se acepta la muerte. Quisiera hablar, tengo que hablar, sacar lo que llevo dentro. Me ahogo. Quisiera hablar del cerdo que no podía seguir andando y estaba ahí tirado con las patas abiertas, y le dieron patadas y golpes hasta que lo metieron a palos en la celda de matanza. Más tarde lo examiné cuando pasó colgando a mi lado troceado: a ambos lados de los muslos tenía desgarres musculares. Fue el número 530 de las matanzas de aquel día, nunca olvidaré esta cifra. Quisiera hablar de los días en que sacrificaban a las vacas, de los mansos ojos castaños tan llenos de miedo. De los intentos de huida, de todos los golpes y maldiciones hasta que el pobre animal estaba preparado para recibir la descarga eléctrica en las jaulas de hierro con vista panorámica a la nave donde sus congéneres estaban siendo despellejados y descuartizados, – y entonces la descarga mortal, a continuación la cadena en la pata trasera, levantando al animal que cocea y se retuerce, mientras que en la parte de abajo ya le están separando la cabeza del cuerpo. Y lanzando chorros de sangre y sin cabeza, el cuerpo sigue encabritándose, las piernas se retuercen… Hablar sobre el ruido espantoso que hace la piel al ser arrancada del cuerpo, sobre los movimientos automáticos de los dedos del desollador al sacar los ojos de las órbitas – los ojos torcidos, rojos, saltados – y los arroja a un agujero que hay en el suelo, por el que desaparecen los ‘desechos’. Hablar de la rampa de aluminio a la que van a parar todas las vísceras que son arrancadas de los enormes cadáveres decapitados y que – exceptuando el hígado, el corazón los pulmones y la lengua, aptos para el consumo – desaparecen por una especie de tragadero de basura.
Quisiera contar que una y otra vez se podía encontrar un útero preñado en esta montaña sangrienta y pegajosa; que he encontrado pequeños fetos de todos los tamaños con aspecto de terneritos completos, delicados y desnudos y con los ojos cerrados, en su protectora bolsa amniótica que no pudo protegerlos – el más pequeño era tan diminuto como un gatito recién nacido y sin embargo realmente una vaca en miniatura, el mayor con un vello suave, marrón y blanco, y con largas y sedosas pestañas, pocos días antes de su nacimiento. ‘¿No es un milagro lo que crea la naturaleza?’ dice el veterinario que está de guardia este día, y arroja el útero, incluido el feto, en el borboteante tragadero de basura. Y yo sé con seguridad que no puede existir Dios porque no cae ningún rayo del cielo para vengar este sacrilegio que sigue repitiéndose interminablemente.
Tampoco hay un Dios para la pobre vaca flaca que se estremece compulsivamente tirada en el pasillo helado y expuesto a las corrientes de aire delante de la celda de matanza, cuando llego a las siete de la mañana, ni nadie que se compadezca de ella dándole un rápido tiro. Cuando me voy por la tarde sigue allí tirada y se estremece: nadie la ha librado de su sufrimiento a pesar de las repetidas órdenes. Yo he aflojado el cabestro – clavado sin piedad en su carne – y le he acariciado la frente. Ella me mira con sus enormes ojos, y yo siento que las vacas pueden llorar. La culpa de tener que mirar un crimen sin poder hacer nada me pesa tanto como cometerlo. Me siento tan infinitamente culpable.
Mis manos, mi bata, mi delantal y mis botas están embadurnadas de la sangre de sus congéneres. He pasado horas debajo de la cinta transportadora, he cortado corazones, pulmones e hígados. ‘Con las vacas se pone uno siempre perdido’, acaban de advertirme. Esto es lo que quisiera contar para no tener que soportarlo sola, – pero en el fondo nadie quiere escucharlo. No es que durante este tiempo nadie me haya preguntado con frecuencia. ‘¿Qué tal en el matadero? ¡Uy, yo no podría!’ Con las uñas me grabo profundas medias lunas en la palma de la mano para no abofetear esas caras de lástima, o para no lanzar el teléfono por la ventana, – me gustaría gritar, pero hace tiempo que todo eso que contemplo día a día ha ahogado los gritos en mi garganta. Nadie me ha preguntado si yo puedo. Las reacciones a cualquier respuesta, por corta que sea, revelan malestar respecto a este tema. ’Sí, todo eso es horrible, y nosotros también comemos muy poca carne’. Con frecuencia me pinchan: ‘¡Aprieta los dientes, tienes que pasar por eso, y ya mismo estarás lista!’. Este es uno de los comentarios peores, más crueles e ignorantes, porque la masacre sigue, día a día. Yo creo que nadie ha entendido que mi problema no consiste tanto en sobrevivir los seis meses, sino en que existe este monstruoso asesinato en masa, a millones, existe para cada persona que come carne. Especialmente los comedores de carne que afirman ser amigos de los animales son para mí unos impostores de los que desconfío.
¡Para, que me quitas el hambre!’ También con cosas así me han hecho callar brutalmente, seguido de la comparación: ‘¡Eres una terrorista! ¡Cualquier persona normal se reiría de ti!’ Qué sola se siente una en esos momentos. De vez en cuando miro el pequeño feto de vaca que me traje a casa y conservo en formalina. Memento mori. Deja reír a las ‘personas normales’.
Cuando una está rodeada de tanta muerte violenta cambian las perspectivas; la propia vida parece infinitamente sin importancia. Llega un momento en que miro las filas anónimas de cerdos descuartizados, que se mueven por la nave en forma de meandros, y me pregunto: ¿Sería diferente si aquí colgaran personas? Sobre todo la anatomía trasera de los animales muertos, gorda y llena de granos y manchitas rojas, me recuerda desconcertantemente a esa masa grasienta que se sale de los estrechos bañadores en las playas de vacaciones. También los chillidos interminables de los cerdos, que resuenan en las naves de matanza cuando los cerdos presienten su muerte, podrían provenir de mujeres o niños. No hay más remedio que embrutecerse. Llega un momento en que sólo pienso que tiene que parar, tiene que parar, ojalá que sea rápido con las tenazas eléctricas para que acabe de una vez. ‘Muchos cerdos no dicen ni mu’ dijo una vez una de las veterinarias. ‘Sin embargo otros se levantan y se ponen a chillar sin motivo alguno.’” 


Hay mucho más. Si quieres seguir, tienes el texto completo aquí.

Y después de todo esto tengo que soportar que me envíen periódicamente cierta revista de la Organización Colegial Veterinaria Española, llena de veterinarios a quienes les encanta la tauromaquia y veterinarios que trabajan en la explotación animal sin ruborizarse. Me ha llevado tiempo comprender por qué no existe un juramento veterinario como el hipocrático de los médicos. Ahora lo tengo claro. Sería el colmo de la hipocresía. Y tener que leer las distintas “Leyes de Protección Animal” ya es para ponerte a llorar.

Vivimos en una sociedad enferma, enferma de muerte. El Dr. Helmut Kaplan, psicólogo, en su ensayo “Traición a los animales”, comenta:

"El libro de Gail A. Eisnitz ‘Slaughterhouse’, para el que la autora entrevistó a trabajadores de mataderos con un total de dos millones de horas de experiencia en la celda de aturdimiento, demuestra que este horror sólo es la punta del iceberg de los crímenes que se cometen diariamente en el mundo en los mataderos de los países ‘civilizados’. Los siguientes extractos de entrevistas a trabajadores de mataderos fueron presentados públicamente el 18 de septiembre de 1999 en una presentación del libro:
‘Yo he visto carne viva de vaca, la he oído mugir cuando le hincaban el cuchillo y trataban de arrancarle la piel. Pienso que es terrible para el animal morir tan lentamente mientras cada uno hace su trabajo con él.’ ‘La mayor parte de las vacas que están colgadas viven todavía… Las abren. Las desollan. Siguen estando vivas. Les cortan las pezuñas. Ellas abren sus ojos desorbitados y lloran. Gritan, y puedes ver que casi se les salen los ojos.’
‘Un trabajador me contó que una vaca, a la que se le quedó atascada una pata en el suelo de un camión, se desmayó. ‘¿Cómo pudiste sacarla viva?’ le pregunté: ‘Oh’, dijo, ‘simplemente fuimos por debajo del camión y le cortamos la pata’. Cuando alguien te dice esto sabes que hay muchas cosas que nadie te cuenta.’
‘En otra ocasión se trataba de un cerdo vivo que no había hecho nada, ni siquiera había echado a correr. Cogí un tubo de un metro de largo y le golpeé hasta dejarlo casi muerto.’
‘Cuando tienes un cerdo que se niega a moverse, coges un gancho y se lo metes por el culo. (…) Luego tiras. Tiras de los cerdos mientras están vivos, con frecuencia se desgarra el ano al salirse el gancho.’

‘Una vez cogí mi cuchillo – que está bastante afilado – y le corte la nariz a un cerdo como si fuera un loncha de jamón para el desayuno. El cerdo se volvió loco durante unos segundos. Luego se sentó simplemente con pinta de tonto, así que cogí un puñado de sal y se lo restregué en la nariz. Entonces sí que flipaba el cerdo y metía la nariz por todas partes. Como me quedaba un poco de sal en la mano se la metí por el culo. El pobre cerdo ya no sabía si cagarse o volverse ciego.’
‘Llega un momento en que te vuelves insensible. (…) Si tienes un cerdo vivo no lo matas simplemente…, quieres que tenga dolores. Te echas encima con dureza, le destrozas la faringe, haces que se ahogue en su propia sangre. (…) Un cerdo vivo me miró y yo cogí un cuchillo y (…) le saqué el ojo mientras que él simplemente estaba allí sentado. Y el cerdo no hizo otra cosa que chillar.’"


Según el médico Dr. Ernst Walter Henrich, creador de la página web www.provegan.info, de la que he sacado toda esta información: 
“Innumerables grabaciones (filmadas de forma abierta y encubierta) de mataderos en todo el mundo demuestran que los animales no sólo están expuestos a inevitables horrores y tormentos de la cría de ganado intensiva y a la matanza, sino que son torturados a propósito por los trabajadores de la industria animal y empleados de mataderos, por sadismo u otros bajos instintos. A mí, que soy médico con conocimientos de psicología y psiquiatría, la crueldad extrema en los mataderos y ganaderías no me sorprende. Después de evaluar numerosas grabaciones, tengo la impresión que las ganaderías y los mataderos son los lugares ideales en los que vivir perversiones sádicas (casi siempre con impunidad). Esto también debería tenerlo claro cualquier consumidor de productos de origen animal. Por cierto, las vacas lecheras y las gallinas ponedoras se sacrifican en los mismos mataderos cuando están exhaustas y ya no dan beneficios. Por lo tanto, en última instancia no existe ninguna diferencia ética entre el consumo de carne, leche y huevos.”


Ahora, si sabes todo esto, ¿realmente quieres seguir comiendo carne o bebiendo una leche que NO necesitamos para vivir? ¿Realmente te consideras humano?

El veganismo no es un capricho, no es una moda. Es una necesidad.

Be vegan, my friend.

viernes, 15 de julio de 2016

Sobre la muerte de Lorenzo.

Normalmente no hablo de estos temas, porque no tengo ganas de meterme en berenjenales. Una ya tiene una edad y prefiero tomarme las cosas con calma. Pero esta vez voy a hacer una excepción y voy a contar lo que pienso sobre la que se ha montado con respecto a la muerte de un torero. Eso sí, voy a desactivar los comentarios porque no me apetece discutir con nadie.

Si eres lo suficientemente curioso y te has leído las entradas más antiguas de mi blog, te habrás dado cuenta de que soy vegetariana. Bueno, ya no, ahora soy vegana. En mi casa aún entra algún derivado lácteo, porque mi novio es vegetariano y aún no se ha decidido a dar el paso al veganismo. No le puedo culpar. Él decidió dejar de tomar carne hace algo menos de un año y por razones de salud, no como yo, que voy mucho más allá. Él tiene la suerte de que ahora la oferta vegetariana y vegana en nuestra ciudad es mucho más amplia de lo que era allá por los años 90, cuando yo decidí que no iba a tomar más carne y me fui a un Mc.Donald’s cien por cien segura de que aquella iba a ser la última hamburguesa (cárnica) de mi vida. Lo he cumplido. Pero por un tiempo cometí el error que cometen muchos vegetarianos principiantes. En aquella época había mucha menos información que ahora, no existía internet, nadie sabía lo que era el seitán y la soja sonaba a algo chino. Las leches vegetales tampoco existían o te costaban un riñón. Como consecuencia mi dieta no era todo lo sana que debería. Con el tiempo he ido aprendiendo y mi novio, que aun siendo carnívoro comía más fruta que yo, fue una gran ayuda para llegar a donde estamos ahora. En cuanto he averiguado cómo sustituir huevos y algún que otro alimento de origen animal en lo que como, y en cuanto se me han ido todos los miedos sobre el peligro de sufrir ciertas deficiencias vitamínicas, por fin pude dar el paso definitivo. Y por mi parte ojalá lo hubiera hecho antes...

El veganismo no tiene que ver mucho con la tauromaquia, por desgracia. Pero hablo de ello porque a los veganos/vegetarianos, con el tiempo, nos crece una pátina por todo el cuerpo hecha a partir de comentarios absurdos, ataques personales, juicios sobre nuestra forma de alimentación y miradas de lástima porque nos consideran o bien personas demasiado sensibles (o sea, ñoñas) o bien que te ha dado un ataque de locura transitoria o algo y ya se te pasará, por eso tu padre no deja de preguntarte todas las noches si no quieres filete, a pesar de que ya le has dicho más de mil veces que no, que ya no comes ningún bicho muerto. Al principio todo esto te irrita bastante, pero como digo luego te empieza a salir una pátina por la que te resbala todo. Los que hayan pasado por esto saben que los veganos/vegetarianos somos probablemente el nicho de población que más sabe de alimentación sana. Y día tras día, en cualquier conversación casual que surge en la oficina, con familiares o con amigos, tienes que escuchar miles de sandeces y sonreír en silencio, a no ser que decidas correr el riesgo de responder y verte enzarzado en una discusión sin sentido que puede durar horas. Esta es una de las razones por las que me hace bastante gracia ver cómo los toreros se ofenden tanto cuando reciben ataques verbales de animalistas... que para dejarlo claro desde ya, ni los comparto ni los justifico, pero creo que hay cosas bastante peores que los insultos.

Yo en mis tiempos de facultad.
Pero vayamos más atrás en el tiempo...

Me cuesta bastante imaginarme cómo es que en cierto momento de su vida un niño decide que quiere ser torero. He leído algunos comentarios en redes sociales que aseguran que en muchos casos son los padres los que empujan a ese niño a entrenarse para ello, ávidos de fama y dinero, como en muchos otros casos de explotación infantil que se dan por ejemplo en el cine. La verdad es que no me extrañaría, porque quiero creer que un niño no es violento por naturaleza, mucho menos contra un ser vivo indefenso. Un niño crece repitiendo lo que ve, absorbiendo lo que le cuentan, creyendo que los adultos siempre dicen la verdad. Dicen que la tauromaquia es una tradición en España y por eso no debería desaparecer. Sí, en mi familia los toros se veían. Por fortuna no en directo, porque vivo en una gran ciudad y mis padres tampoco fueron nunca grandes aficionados, pero recuerdo como si fuera ayer cómo mi madre, a eso de las 5, venía toda contenta y decía: “¡Hoy hay corrida! Corre, ven, vamos a ver los toros...” Debe ser que los adultos piensan que a todos los niños nos gustan los animalitos... sí, nos suelen gustar. Vivos. Yo, no sé con qué edad, tal vez cinco, seis años, en esa época en la que solo había dos cadenas de televisión, TVE1 y TVE2, me sentaba en el suelo con la merienda. Escuchaba las trompetas o como se llamen, veía los trajes de luz y los capotes, los caballos, las banderillas... el brillante espectáculo que tanto parece atraer a los turistas. Poco después preguntaba a alguien cómo se llamaban esos palos tan afilados que le clavaban al toro, y para qué le hacían eso. Pero no sé si me escuchaban, entre tanto “¡Olé!” y tanta “maestría”. Y cuando la sangre llegaba y veía jadear al toro me empezaba a preguntar dónde estaba la diversión aquí, dónde estaba el arte, si el animal no se podía ni defender y empezaba a suplicar con su mirada que acabaran de una vez. Mis ojos no podían despegarse de la pantalla mientras mi madre no dejaba de repetir palabras extrañas como "puya" o “puntilla”, pero sin duda lo peor era ver aquella larga espada atravesar al pobre animal y verle desplomarse, para acto seguido ser testigo de cómo era arrastrado ya convertido en una masa informe de carne, dejando un rastro de sangre en la arena.

Para entonces ya apenas veía algo, porque mis ojos estaban arrasados de lágrimas y no quería que me vieran llorar. Dicen que no deberían poner corridas en horario infantil. Yo creo que discrepo. La solución no es ocultar la verdad a los niños. Más bien al contrario: yo les pondría corridas de toro y también les llevaría a mataderos. Eso sí, les explicaría por qué ninguna de las dos cosas está bien... aunque no haría falta porque ya lo estarían viendo con sus propios ojos, y yo no intentaría lavarles el cerebro como hacen esos padres que he mencionado antes. A mí no me produjo ningún trauma psicológico ver corridas. Solo me hizo ser consciente repentinamente del mundo tan cruel en el que había nacido. Por más que pensaba, no conseguía comprender lo que había visto. Según me fui haciendo mayor la incomprensión y el leve aturdimiento se convirtieron en lástima, en resignación, en asco, en vergüenza, en furia. Protestábamos en alto mi hermano pequeño y yo, decíamos que no nos gustaban los toros, y mi madre parecía algo triste porque no compartíamos su afición, pero ahí seguía ella pegada cada vez que había corrida, y nosotros teníamos que irnos de la habitación para no tener que contemplar el salvaje espectáculo. Yo hacía números: seis toros por corrida, ¿cuántos toros son esos, en cada pueblo, en cada fiesta, en toda España? Me pasa hoy algo similar cuando veo todos esos jamones colgados en las jamonerías, cuando pienso: “¿Cuántos cerdos habrán matado para hacer todos estos jamones?” No son miles. Son miles de millones. Pero eso a nadie parece importarle, salvo a gente “sensiblera” como yo.

Por esa época a mí tampoco me importaba lo de comer carne, es cierto. Me contaron que la carne era necesaria para vivir, y yo me lo creí. Después de todo, en el supermercado las bandejas de animal muerto no tienen ojos, ni suave pelaje que acariciar, ni tampoco te cuentan de dónde viene, cuánto chillaba cuando le degollaron o cómo le arrancaron con un mes o dos de edad de las tetas de su madre. Tampoco te imaginas cómo hacen el chorizo o la chistorra. En todas las comidas había carne: filete de ternera, filete de pollo, libritos de cerdo con queso, lenguado, gallo, calamares, pollo asado los fines de semana... Me resulta muy curioso cuando la gente me dice que la comida vegetariana no sabe a nada. Nunca he visto nada tan tieso e insípido como un filete de ternera, incluso empanado como los que llevábamos a la Casa de Campo. No hay mucha diferencia con una suela de zapato. Pero como es eso a lo que estás acostumbrado, no pones pegas.

¿Realmente somos conscientes del sufrimiento que hay detrás de una bandeja de carne?

El verdadero cambio comenzó cuando llegué a la Facultad de Veterinaria y comencé a diseccionar perros muertos en las clases prácticas de Anatomía. Me di cuenta de que los músculos que cortaba eran exactamente iguales a los filetes de ternera. Y el olor a formol se te metía en la nariz y ya no te abandonaba durante días. Cada vez que comía un filete, me acordaba del perro muerto que nos había tocado en nuestro grupo, el perro que teníamos que sacar de la piscina de formol entre tres o cuatro (según el tamaño del perro) para estudiar de qué estaba compuesto. El pobre perro —que según la leyenda eran seguramente perros callejeros a los que habían inyectado una sustancia en las venas— se iba convirtiendo en un amasijo de músculos, ya sin fascias y sin piel, y cuando ya no quedaba nada de él, supongo que lo llevaban a incinerar. Nos contaron que era necesario para que aprendiéramos, y yo me lo creí. En el examen práctico me preguntaron por el nervio músculo-cutáneo. No recordaba que nadie me lo hubiese señalado en el cadáver del perro, y hoy en día sigo preguntándome dónde coño está. Y puedo asegurar que en los tristes diez años que trabajé en mi profesión jamás he necesitado saberlo. Ni tampoco cuántos lóbulos tiene el hígado ni dónde se inserta cada músculo. No importa mucho, porque por lo visto muy pocos se preguntan cuántos perros callejeros son aniquilados para servir a la ciencia.

Yo dejé de comer filetes de ternera por aquel entonces, al tiempo que muy ocasionalmente me quedaba en el comedor de la facultad (nunca a comer) y observaba apesadumbrada que todos allí seguían comiendo sus filetes y sus cocidos con todo tipo de huesos, sin ningún tipo de remordimiento, sabiendo lo que sabían. Que sí, todos ponían cara de pena cuando había que diseccionar una trucha, una gallina o un gato, y siempre era el mismo valiente el que se decidía a meter el bisturí, pero luego bien que seguían comiendo carne como campeones. Yo, poco a poco y sin que se notara mucho, empecé a dejar de comer otros tipos de filete. Creo que primero fue el cerdo, luego el pollo... pero seguía comiendo croquetas de jamón, empanadillas de atún, y pescado de vez en cuando, no sea que cogiera alguna anemia. Como los peces no son mamíferos parece que dan algo menos de lástima, pero la sangre es la misma, la crueldad también. Ah, y por cierto, sí, son carne también.

En segundo de carrera, un día llegó el catedrático de Anatomía y nos contó con todo lujo de detalles, desde el punto de vista fisiológico y anatómico, lo que supone la lidia para un toro. Aunque sea difícil de creer, entre los propios veterinarios hay gente aficionada a la lidia, y por aquel entonces creo que había cierta controversia porque había algunas voces (como la del Dr. Juan Carlos Illera en 2007, entonces Jefe del Departamento de Fisiología, que por cierto los debía tener bien puestos, pero esto debió ser posterior a lo que aquí relato) que decían que los toros no sienten el dolor ni sufren durante la corrida. Cojones que no. La clase fue la contundente respuesta a esa afirmación sin sentido. Nos habló de los desgarros musculares que producen las banderillas en la cruz del toro, de la longitud de los arpones, los cuales se hunden en los músculos y se van moviendo arriba y abajo con cada paso del toro, de modo que se produce una carnicería absoluta, dando lugar a que poco a poco se descuelgue la caja torácica y le cueste cada vez más respirar. Nos habló de cuál es el punto por donde tiene que entrar el estoque, cuyo fin es lesionar los grandes vasos de la caja torácica, pero lo normal es que acaben provocando lesiones en nervios laterales a la médula, produciendo aún mayor dificultad respiratoria. El descabello se hace con una espada similar al estoque, pero se introduce entre la primera y segunda vértebra cervical, lo que da lugar a la tetraplejia. No, cuando el animal se desploma no es porque esté agotado y ya no pueda más. Es porque lo han dejado paralítico. Eso si se hace limpiamente. Si no, tienen que seccionarle la médula a mano, o para ser más exactos, el bulbo raquídeo, que es justo lo que queda por encima, con la puntilla. Pero aun después de eso, el toro no muere inmediatamente, al contrario de la creencia popular. La muerte es por asfixia. Puede permanecer consciente unos minutos más, sintiendo cómo lo arrastran. Si quieres aún más detalles, consulta esta página. O esta, si aún dudas si el toro sufre o no.  

Anatomía del sufrimiento de un toro de lidia.

Sin embargo, el golpe definitivo que me hizo vegetariana ya para siempre fue cuando en cuarto de carrera fuimos a visitar una industria cárnica y un matadero. Me río de los documentales que sacan ahora sobre cómo se hace el jamón de York o la mortadela. Verle la cara a mi novio no tiene precio, eso es verdad, igual que decirle: “Chavalito, que eso ya lo vi yo hace años... en vivo y en directo. ¿Por qué te crees que me hice vegetariana?” Saber de qué está hecho en realidad el “saníssimo” pavo en lonchas sin pizca de grasa te cambia la percepción de las cosas. Tener una asignatura que se llama “Nutrición animal”, que tú piensas “Qué guay, me van a enseñar cómo alimentar correctamente a un perro” y luego te encuentras con que en realidad te van a enseñar cómo cebar a los cerdos para que se puedan matar a los dos años y qué antibióticos tienes que echar al pienso para que crezcan más rápidamente, eso también te cambia. Pero lo que te abre de verdad los ojos es ver en directo el rito Halal, o sea, la manera que tienen los musulmanes de matar a las vacas, que consiste en meterlas vivitas, coleando y generalmente mugiendo de puro miedo en una máquina que les deja la cabeza fuera, darles la vuelta, y pasarles una cuchilla por el cuello para que se desangren, así sin anestesia ni aturdimiento ni hostias. Y a esto lo llaman “sacrificio humanitario”. Y encima es legal, porque si no los musulmanes no pueden comer carne de vaca, por cuestiones religiosas. Aún así, que quede claro que matar no es nunca humanitario, sea cual sea el método que elijas para hacerlo.

Sin embargo, en esta vida creces lleno de contradicciones. Primero te dicen que matar es malo y que no debes hacerlo. Pero luego vienen las excepciones.

“Bueno, si tienes que comer, sí puedes hacerlo.”
“Bueno, si es porque está sufriendo, también puedes hacerlo... pero solo los animales, ¿eh? La eutanasia en humanos, no por Dios, eso es distinto.”
“Bueno, si es el perro de un cazador, está viejo y ya no puede cazar, sí, puedes matarlo, aunque no tenga ninguna enfermedad grave que le esté haciendo sufrir, sobre todo si el cazador te lo pide y es un cliente tuyo. Es tu trabajo.”
“No, tampoco puedes matar a un embrión, cómo puedes pensar eso, un embrión es una persona y está por encima de los deseos y la vida de la madre. Tienes que dejarle nacer, aunque luego la sociedad convierta al bebé en un desgraciado o muera de hambre en un rincón." 
¿Huevos? ¡Qué ricos! Son óvulos de gallina que se pasan toda su vida poniéndolos antes de morir degolladas en condiciones deplorables, pero no, no están fecundados así que no son lo mismo que un embrión. Y los pollitos machos que se trituran nada más nacer... ¿dónde has visto eso, en una película de terror?”
“No, apalear a un perro no está bien. Pero degollar a un cerdo en la matanza de los pueblos... eso es una tradición y una fiesta.”
“¡Dios, mira lo que hacen en esa tribu del Amazonas! Matan a los monos de los árboles con flechas envenenadas y luego se los comen. Mira que están atrasados los pobrecillos...”
“Y matan a los tigres porque en los testículos hay sustancias afrodisiacas.”
“Y en China matan a los tiburones solo para hacer sopa de aleta de tiburón. Cómo pueden ser tan bestias.”

Esto te lo dice gente que jamás ha pisado un matadero y piensa que el pollo que se está comiendo ha sido sacrificado “humanitariamente” y con su consentimiento, dando su vida con toda generosidad para que ellos puedan vivir.

Y mientras te ves obligado a vivir en esta sociedad “tan civilizada” en el que la gente realmente disfruta comiendo cochinillos —que por si alguien no lo sabe, son crías lactantes de cerdo (o sea, bebés), uno de los animales más parecidos fisiológicamente al hombre—, chuletas y demás, y no parece que les suponga ningún conflicto moral, porque claro, la carne es imprescindible para sobrevivir, entonces llega un día en el que un torero muere por una cornada en el corazón. Un torero. En 25 años. La gente que está en contra de las corridas de toros dice abiertamente lo que piensa. Y los toreros se indignan. “Qué monstruos son los animalistas, que se alegran de la muerte de un ser humano, que ponen por encima la vida de los animales antes que las personas. Qué mal está el mundo... Pues no, no nos van a prohibir que sigamos haciendo lo que hacemos”. Y sin saber cómo, el foco de atención se desplaza a la falta de educación de los animalistas, sin que ni uno solo de los toreros admita que la muerte de un torero solo es culpa de ellos mismos, gracias a que en pleno siglo XXI sigue existiendo tal aberración como es la tauromaquia. Los verdugos se convierten súbitamente en pobres víctimas vilipendiadas por esos desalmados sensibleros que defienden a los animales que Dios creó para morir en las plazas, porque si no estarían extinguidos, todo el mundo lo sabe. Panda de irracionales...


Lorenzo. Uno de más de los millones de toros asesinados en el mundo.

En este punto tengo que decir que yo no me alegro de la muerte de un torero. Tampoco me alegré cuando murió Paquirri, algo que aún tengo grabado en la retina porque también lo vi siendo una niña, algo que toda España vivió también casi en directo, en aquellos tiempos en los que solo podíamos elegir entre TVE1 y TVE2. Pero si he de ser sincera, tampoco me entristece. Es parecido a cuando un alpinista muere subiendo el Everest. Sabe a lo que se arriesga, nadie le obliga a subir al Everest. Aunque, ahora que lo pienso... sí, la muerte de un alpinista sí que me entristece. La diferencia es que al menos el alpinista no está haciendo daño a nadie. No es que nadie se merezca morir por ser mala persona, eso tampoco, o estaríamos todos en el corredor de la muerte por una razón u otra... pero lo que es innegable es que el torero ha hecho daño, mucho daño. En su haber lleva una ristra de animales a los que asesinó vilmente, en inferioridad de condiciones, con alevosía, haciendo sufrir. Lorenzo solo quería vivir, solo pretendía defenderse. Es entonces cuando me pongo a hacer números de nuevo: si un torero mata a seis toros por corrida, ¿cuántas vidas se ha llevado por delante? Pero eso no le importa a nadie, porque las vidas animales no cuentan, ¿verdad?... aunque sí se apresuran a maldecir y a llamar asesino al pobre toro. Esta vez fue Lorenzo, el de la foto, la verdadera víctima, por eso le he dedicado a él esta entrada. La verdad es que no sé por qué le ponen nombre, cuando ni siquiera le consideran “alguien”, cuando en las ganaderías todos llevan un número que les cosifica. Es como otra terrible burla de aquellos que se creen superiores al resto de seres vivos. Porque sí, señores, la vida humana NO es superior a la vida animal. Sé que cuesta aceptarlo, cuando vivimos en una sociedad antroponcentrista como la nuestra. Pero es la realidad. Como he leído alguna vez respecto al veganismo: los veganos no nos consideramos superiores a nadie, precisamente somos veganos porque no nos consideramos superiores a los demás. Y sí, señores toreros: alguien que se pasa la vida matando a otros seres vivos por pura diversión no se merece ningún respeto, ni siquiera en la hora de su muerte. El torero al que no he nombrado no merece ser recordado de ninguna manera, igual que tratamos de olvidar a los protagonistas de la historia infame de nuestro país. Tampoco está bien alegrarse del sufrimiento de sus familiares, pero la verdad es que moralmente creo que es mucho peor dedicarte a torturar animales y sentirte orgulloso de ello, por muy aceptado que esté en determinados círculos que además se lucran económicamente gracias a todos los que van a las corridas ávidos de morbo, sangre y sufrimiento ajeno.

Después vienen los comentarios estúpidos que tan hartos estamos los veganos/vegetarianos de leer. Acusaciones de unos a otros tratando de justificar un comportamiento que saben que está mal, en distintos grados, pero aún así saben que no cambiarán. Los que defienden los toros atacan a los que están en contra de los toros. Algunos que están en contra de los toros y además son coherentes con sus pensamientos y son veganos/vegetarianos, condenarán la hipocresía de los que están en contra de los toros pero son carnívoros. Sí, algunos condenan la tauromaquia pero siguen comiendo carne, como si morir en un matadero fuera menos tortura que morir en una plaza. Es una de esas contradicciones de la vida. Yo también considero que es una hipocresía, pero eso es algo que no puedes decir muy alto, y de todas formas comprendo que cada uno lleva su ritmo, igual que yo he estado años comiendo yogur y queso cuando podía haberlo evitado. Así que la tolerancia debe estar siempre presente, por mucho que nos duela y nos frustre no poder cambiar las cosas YA. Solo podemos protestar, escribir entradas como esta, contribuir con nuestras pequeñas acciones a construir ese mundo que queremos, en la medida de nuestras posibilidades. El odio nunca lleva a ninguna parte. Quiero pensar que muchos continúan comiendo carne porque no son conscientes de la realidad, que aún están atrapados en las mismas mentiras que me contaron a mí cuando era más joven. Probablemente me estoy autoengañando, pero mejor estar en contra de la tauromaquia y ser carnívoro que ser un torero o ser cómplice de alguna manera de la mal llamada fiesta nacional.

Uno de los pocos héroes verdaderos que tenemos en España.

Educar a un niño en la violencia para que perpetúe una “tradición” tan cruel, tan inhumana, tan sangrienta, me parece propio de una sociedad realmente enferma. Lo más triste es que la tauromaquia no es lo peor que existe. La producción animal es aún más aberrante, pero permanece aún oculta y será mucho más difícil de erradicar. Por cada toro que muere en la plaza, hay millones de animales que mueren en mataderos, después de llevar vidas horribles. No puedes mirar a una vaca a los ojos y pensar que es distinta que un perro o un gato. La gente se escandaliza cuando ven a chinos despellejar y descuartizar perros en el festival de Yulin, pero permanecen indiferentes a la barbarie que se produce todos los días a unos pocos kilómetros de su casa, solo porque piensan que los cerdos y las vacas “son criadas para el consumo humano”, y que necesitamos la carne para tener una nutrición equilibrada, probablemente una de las grandes mentiras más extendidas en todo el mundo.

La ignorancia hace la felicidad, dicen. Y en este caso es totalmente cierto.

Acabo con las palabras de un técnico de sonido de televisión, José Sepúlveda, testigo directo de lo que pocos se atreven a contar:

"En mi caso, que me ha tocado participar en el sonido de alguna retransmisión televisiva, siempre he comentado, que si en lugar de la mezcla de sonido de la banda de música, aplausos, bravos, olessss y demás... el sonido fuera el que capta el Sennheiser 816 (micrófono que capta a gran distancia y buena calidad) a pie de ruedo, donde se escucha perfectamente el sonido de la banderillas al entrar en la piel, los mugidos de dolor que da el animal a cada tortura a la que se somete... y además lo acompañáramos de primeros planos de las heridas que lleva, de los coágulos como la palma de una mano, de la sangre que le brota acompasada al latir del corazón o la mirada que pone en animal antes de que le den la estocada final, creo que el 90% apagaría el televisor al presenciar semejante carnicería a ritmo de pasodoble.
Yo, personalmente pedí el dejar de hacer ese tipo de trabajo, precisamente un día que en Castellón me tocó estar en el callejón y me cabreé mucho al escuchar a un toro, al cual el torero falló cuatro veces con el estoque y harto de escuchar al pobre animal me quité los auriculares...
No tuve bastante, que mientras agonizaba, escupía, se ahogaba en su sangre, se vino a morir justo pegado a mí, apoyado sobre las maderas mientras daba pasmos y su mirada ensangrentada y con lágrimas, sí lágrimas, sean o no sean de dolor, se cruzó con la mía y no nos la perdimos hasta que un inútil hijo de... falló dos veces con el descabello, al que le dije de todo.
Ahí acabó mi temporada torera de por vida.
Son sentimientos personales y lo más probable es que a un amante de ‘la fiesta’ le parezcan ridículos, pero más ridículo es, cuando después de semejante carnicería, giras la vista al público y los ves allí aplaudiendo, comiendo su bocata sin inmutarse, sin haber visto y oído lo que yo."


Ojalá pronto vivamos en un mundo en el que respeto a la vida, el verdadero respeto universal, prime sobre todas las cosas.



viernes, 2 de octubre de 2015

A vueltas con las redes sociales.

Sí, sé que algunos no vais a creer esto que os voy a contar, aunque espero que seáis pocos porque confío en que mis lectores son inteligentes. Me he dado cuenta de que las redes sociales son un timo. Y con “redes sociales” me refiero fundamentalmente a Facebook, claro, porque de momento es casi la única que me atrevo a utilizar. Estoy harta de oír en los últimos tiempos que si no estás en las redes sociales es como si no existieras. Es necesario, casi obligatorio, tener un perfil público (con tu nombre real, por supuesto), ya no solo en Facebook, sino también en Twitter, Google+, Pinterest, LiveJournal, Instagram y Linkedin... por lo menos. Si no, nadie te va a encontrar, nadie te va a contratar, nadie va a saber de ti. Y si quieres promocionar algo, ya sea tu currículum, los artículos de tu negocio o tus propias creaciones (literarias o no), no llegarás a ningún sitio si no tienes “presencia en redes sociales”.

Pues... ¿a que no lo adivinas? Eso es MENTIRA. Yo lo he comprobado recientemente. Podéis decir: “Claro, pero eso es porque uno tiene que saber cómo hacerlo. Hay que escribir muchos posts, publicarlos de manera regular, tener una estrategia de marketing, saber a qué público llegar, saber cómo posicionarte en los buscadores...” Sí, eso es lo que pensé yo. Ya llevaba mucho tiempo sospechando que las páginas de Facebook solo sirven para perder el tiempo, pero como soy buena quise darle una última oportunidad. Tal vez a mí no me funcionan las redes sociales porque no sé gestionarlas. Es cierto que mis habilidades sociales dejan bastante que desear, porque tiendo a decir siempre lo que pienso. Al fin y al cabo, tengo una licenciatura, un máster y varios cursos de especialización, hablo dos idiomas, casi tres, pero no, no soy una community manager de esas...


Vale. Me propuse ser constante y meter un poco de caña a mis 199 seguidores de la página. Me fui de vacaciones, sí, pero dejé programadas una serie de publicaciones de lo más interesantes. Por algo soy escritora profesional, tengo material e inventiva para aburrir. Cuando volví de vacaciones hice una comparativa de estadísticas. Las cosas no habían cambiado mucho. Ahora tenía 200 seguidores, lo que significa que el ritmo de crecimiento era el mismo que cuando no publicaba nada en la página. El número de miembros en el lugar que realmente me interesa promocionar era el mismo. Y cuando me fui a uno de mis blogs, al que hice constante referencia en esas publicaciones, comprobé empíricamente que ni Dios había llegado al blog desde la página de Facebook. La gente de Facebook es tan vaga que ni hace click en el enlace para ver si su cerebro podrá leer más de un párrafo seguido. Y por si esto fuera poco, el número de “likes” que obtuve en total fue infinitamente menor (más de cien veces, os lo puedo asegurar) que los “likes” que obtuve con aquella foto graciosa del gatito hablando del tema que nos ocupa.

Me parto de la risa de la publicidad en redes sociales. De verdad, el que crea que va a conseguir algo así es que está dormido, muy dormido. Y ya para rematar el otro día vi un documental en La 2 que me acabó de abrir los ojos.

No os engañéis. Facebook solo os quiere para tener vuestros datos y obtener dinero gracias a los anuncios. ¿Que os hacen campañas de publicidad por un módico precio? Un pimiento en vinagre. El precio es irrisorio para una gran empresa, pero no para el común de los mortales. ¿Uno o tres euros al día? ¡Eso no es nada! Es verdad, yo vendo mis libros, el trabajo de varios años de mi vida, a 1’49 euros en Amazon (vale, yo en concreto no, porque me niego, pero sé de muchos que sí lo hacen). Y según he oído por ahí, para que una campaña como esa te sea rentable necesitas tener unos 10.000 “likes”, porque solo el 1% de la gente (o menos) comprará tu libro. Creo que no me salen las cuentas. Y esto es solo por poner un ejemplo.

En serio, si quiero hacer una campaña de publicidad como es debido, me voy al Congreso de los Diputados y hago un femen con el título de mi libro grabado en mis pechos. Que me sale gratis y eso sí que me catapulta a la fama (y a la cárcel también, pero bueno, al final acabaría compensando porque entre ventas de libros y entrevistas en Sálvame... sobre todo esto último, al menos ya habría ganado algo). Y si no lo hago es porque una tiene ya una edad y mis pechos andan algo caídos, que si no, otro gallo cantaría.

Aún me parto de la risa (sí, otra vez) cuando algún individuo que conocí hace tiempo se jactaba ante mí de que tenía 15.000 seguidores (o por ahí, la memoria me falla) en su página. Casi me daba vergüenza tener que explicarle que eso no significa que le sigan 15.000 personas, ni mucho menos que lean algo de lo que escribe. Lo único que significa es que 14.995 son demasiado vagos hasta para borrarse de una página que hace tiempo olvidaron. Pero hay algunos que son felices haciéndose ese tipo de ilusiones... Se había creído de verdad eso de que si no estás en Facebook, no eres nadie.

Bueno, yo, por simple inercia, actualizaré mi página en cuanto acabe de escribir esta entrada. Ahora que ya tengo una conexión ADSL puedo hacerlo. Y además así siento que hago algo productivo entre vídeo y vídeo de monísimos gatos durmiendo con bebés. Que para eso sí que están bien las redes sociales, porque eso es lo que quieren que hagamos: perder el tiempo y neuronas en lugar de salir a la calle a protestar y a cambiar el mundo como se ha hecho toda la vida: cortando cabezas.


PD: Me acabo de enterar de que Facebook va a crear el botón de “No me gusta”. ¡¡¡¡Por fiiiiinnn!!!! Hasta la saciedad lo voy a utilizar.

Más información:

La Noche Temática: Disparates de Facebook.

ACTUALIZACIÓN (15-10-2015).

Me congratula comprobar que no soy la única que se da cuenta de estas cosillas...

lunes, 20 de julio de 2015

Ser escritor es vocacional.

He tenido la chiripa de encontrarme hoy con un viejo monólogo de Eva Hache y de pronto he atado cabos y lo he comprendido todo. Se ve que tengo pocas luces, porque me ha llevado casi cuarenta años darme cuenta de ello... y ya es mala suerte que elegí dos profesiones siendo chiquita, y las dos son vocacionales. 


Sí, ilusa de mí, cuando tenía diecisiete o dieciocho años pensaba que acabaría mi carrera, me montaría mi clínica, a los veinticinco ya tendría casa y novio, y una estupenda vida por delante, llena de desafíos. Tal inocencia me ha llevado a depender económicamente de otra persona, trabajar “por vocación” de ama de casa la mayor parte del tiempo y lamentarme, día sí día no, de no ganar un duro por no hacer nada de lo que estudié (y sigo estudiando, porque ahora se ve que hasta con sesenta años necesitas seguir “formándote”, por aquello de reciclarte y seguir haciéndote la ilusión de que un día te contratarán). O, en el mejor de los casos, haciéndolo mes y medio, porque más o menos ese es el tiempo que tardas en echar cuentas y ver que estás haciendo el panoli de nuevo porque un poco más y te toca pagar por trabajar.

Pero eso es lo que se lleva ahora, al menos en las profesiones vocacionales, como veterinaria y escritor. Como este blog es de una escritora desesperada, seguiré por ahí. Ayer me quedé estupefacta cuando me puse a investigar sobre una nueva “editorial” que está teniendo mucho éxito, dirigida a gente que como yo quiere autopublicar su libro. Vi que imprimir unos cincuenta ejemplares de quinientas páginas (que es lo que yo me suelo extender en mis obras) me saldría por mil euros... que es lo que yo considero que me deberían pagar a mí (como mínimo) por escribirla ya de entrada, por supuesto revisada y corregida, que por algo soy escritora profesional. Porque esa es otra historia... Hay “autores indies” por ahí que suben sus manuscritos a Amazon tal cual, llamándolos “novelas”, mientras acuden a clases de ortografía de nivel de 2º de EGB. Como si la palabra “escritor” se pudiera aplicar a cualquiera que coge un boli y te hace un garabato o un teclado y te escribe un párrafo. Bueno, dejando esto aparte, resulta que por unos mil módicos euros me enviaban los cincuenta libros a casa para que yo me dedique a venderlos de librería en librería. Y lo pintaban como una grandísima oferta que no podía rechazar. Porque todo el mundo sabe que llevándonos un 10% de cada libro que vendas (si es que lo vendes... y eso siendo muy generosos, porque lo normal es que ese porcentaje sea del 1 o el 2%) nos hacemos ricos en un plazo muy breve. O, si no nos hacemos ricos, al menos te da para vivir, lo que en nuestro caso se traduciría como "para subsistir mientras acabas de escribir el nuevo libro". Por aclarar conceptos, eso pueden ser varios meses si trabajas de escritor a tiempo completo, o unos cuantos años si lo haces cuando puedes (escribir, claro).

No me sorprende que los de la editorial se estén haciendo de oro. Lo que sí me sorprende es que haya gente que se preste a tal sinsentido.

Arturo Pérez-Reverte (últimamente le menciono mucho, porque admiro a todo aquel que no tiene pelos en la lengua) lo explica mucho mejor en este artículo que ya hace un tiempo me dejó en estado semicomatoso. Yo hablo de vez en cuando de ello, porque es algo que me quema en las venas.

No sé si eso de tener que pagar después de pasarte media vida escribiendo un libro (encima) es mejor o peor que tener que alquilar un “espacio” en un local para que tú puedas ejercer “vocacionalmente” la profesión que más amas en el mundo, la de salvar vidas de animalitos. Así, además de tener que pagar autónomos, adquirir tu propio material, “invertir en tu futuro” haciendo cursos de formación, trabajar en condiciones pésimas sin un mínimo de seguridad laboral, arriesgándote a que se te mueran los bichos a la mínima de cambio y meterte en un buen lío, y pagar religiosamente tus cuotas colegiales porque si no es como si fueras un delincuente ejerciendo esa profesión que tanto amas, tienes que aceptar que un buen porcentaje de tus ingresos van a ir a los bolsillos de un señor que no hace nada por ti. Bueno, sí, es un alma caritativa que te da un lugar donde poder trabajar y así no acabar desahuciado. Casi le tienes que estar agradecido para toda la eternidad.


Más o menos un editor hace lo mismo. Tú trabajas durante años en tu libro, que es como un hijo que has parido pero mucho más dilatado en el tiempo (quiero decir, le tienes mucho cariño y por él harías cualquier cosa, hasta morirte de hambre), él hace unos arreglitos que apuesto a que la mayor parte de las veces son en contra de tu voluntad (yo me negaría en rotundo, por eso prefiero seguir escribiendo burradas en el blog, aunque sea gratis), llega un tipo que te hace una gran portada (yo ya hago hasta mis propias portadas, por tanto ni siquiera sería necesario... lo gracioso es que este tipo se lleva su sueldo y yo no por escribir lo de dentro del libro, que ha llevado más tiempo y además ocupa más espacio), lo publicitan y lo distribuyen (si tienes suerte, porque he oído de todo), y por todo eso, ¡tú eres el que más pasta y esfuerzo pone! Pero, ¿en qué cabeza cabe?

En ambos casos la primera palabra que se me viene a la mente es “esclavitud”. Vale, si he de ser sincera, lo primero que se me viene a la mente es en realidad una frase algo más larga, que dice:

“Ya lo que nos faltaba, además de puta, pones la cama”. 

Pero esto suena un poco desagradable y no se debe decir... o eso dicen. Lo que debemos decir es que es guay que existan sitios como Amazon donde los escritores podemos ver nuestros sueños cumplidos. Lo guay es publicar en tu perfil de Facebook, entre cien y mil veces, que estás entre los diez primeros vendidos de Amazon, como si eso significara algo distinto a que tienes un buen puñado de amigos que te están haciendo el favor de gastarse un euro o dos por algo que debería valer —no en todos los casos— diez veces más. No el libro en sí, sino el tiempo y esfuerzo que el escritor ha invertido con cada página de ese libro, cada gota de sangre que ha perdido y que se detectaría con la ayuda de luminol si lo aplicáramos en el papel, cada minuto de vida perdido por intentar transmitir sus sentimientos, cada neurona que se muere con cada frase que logra acabar coherentemente. Lo guay es decir que eres escritor porque no puedes dejar de escribir, y por ello tienes que hacerlo gratis (o sea, por vocación) y dejar que los demás se aprovechen de ti.

Pero qué le vamos a hacer. Son los tiempos que corren... Nos creemos libres, pero día y noche vivimos atados a unas cadenas que nos pasan desapercibidas. Y nosotros tan felices.

jueves, 16 de julio de 2015

No hay palabras.

El otro día estuve viendo un documental de esos que te desgarran el alma. No voy a decir el título del documental, aunque es mi opinión que deberían ponerlo en todas las clases de historia, comenzando en el bachillerato, y acabando en programas divulgativos en los que tengan un mínimo respeto por la Verdad, que por desgracia no es que abunden actualmente. Este documental empezaba diciendo que no hay palabras para describir la barbarie que se vivió en toda Europa hace setenta años. Y acababa con las palabras “Never again”.

En efecto, yo, que soy escritora, aunque no de las mejores, no encuentro palabras. Sin embargo, creo que ni Pérez-Reverte las encontraría. Debería existir algún método alternativo al lenguaje humano, tan pobre, tan reduccionista, para expresar las emociones que se generaron en mi interior al ver el documental. Un sonido, tal vez, que permitiera transmitir todo el sufrimiento, todo el dolor y toda la rabia que aún perviven en mí después de tanto tiempo. Ciertas notas sostenidas en una guitarra eléctrica o ciertas melodías, creadas por maestros poco reconocidos en nuestra época por llevar melenas en lugar de traje y batuta, me sirven para descargar parte de esa rabia contenida. Del mismo modo, debería haber un sonido que pudiera grabarse en la mente del lector según descifra estas letras, para que supiera a qué tipo de dolor me estoy refiriendo. No es un dolor cualquiera. Es un dolor que solo puedes comprender cuando lo has vivido en tu propia piel. Como una amiga me dijo hace poco, son acontecimientos que matan el alma. Pero estas palabras no son suficientes para describirlo. Jamás lo serán. Lo irónico es que luego hay muchas personas que aún se preguntan cuál es el propósito de la vida (y la muerte), cuando no puede estar tan claro...

Como siempre, vivo en un frágil equilibrio entre el silencio, la congoja, la sensación de angustia en la garganta, y los deseos de gritar a los cuatro vientos que basta ya de tanta injusticia, tanta crueldad, tanta hipocresía y vanas palabras que no sirven de nada. En este mundo de internet nos creemos que hacemos algo si le damos a los “likes” y a los “compartir”, si firmamos en una “petición que está cogiendo fuerza” o si comentamos que se nos saltan las lágrimas al ver el miedo reflejado en los ojos de una pobre niña que levanta sus brazos ante una cámara. Nunca he entendido por qué la infancia es capaz de ablandar un corazón mientras que permanecemos impasibles ante el sufrimiento de cualquier adulto, como si un adulto fuera más culpable de las desgracias que sufre, como si cumplir años te hiciera inmune al miedo, el hambre o la desesperanza, como si la violencia estuviera justificada contra él más que en un niño. Mientras que nos convencemos a nosotros mismos de lo sensibles que somos y nos lamentamos de lo mal que está el mundo, la vida (y la muerte) continúa en la calle, dentro y fuera de nuestras fronteras. La historia, por tergiversada y olvidada, se sigue repitiendo día tras día. Los muros caen y otros se levantan, esta vez con cuchillas, para acabar de desangrar a los que ya no poseen nada. Se abole la esclavitud y aparece otro tipo de esclavos. Luchamos por nuestros derechos, con el coste de muchas vidas, solo para que sean oficial e impunemente pisoteados por los que nos gobiernan. Las cámaras registran todo ese sufrimiento igual que lo hacían hace cien años, pero no sirve de nada.


Vivir con el peso de varias vidas (y varias muertes) sobre ti no es nada fácil. El sentimiento es el mismo que me transmitieron los ojos de veteranos de guerra en otro documental que vi. No puedes hablar de ello, porque nadie te va a comprender. Puedes tratar de describir lo que supone vivir aterrorizado mañana y noche por el constante tronar de los aviones acercándose o las sirenas antiaéreas perforándote el cerebro, tal y como hoy en día sigue ocurriendo en lugares como Gaza. Puedes escribir una y mil veces cómo se rompe tu corazón cuando contemplas tu pueblo reducido a escombros. Puedes hacer de tripas corazón y tratar de explicar cómo te sientes cuando hombres que no conoces de nada te golpean y te tiran al suelo para violarte repetidas veces delante de tu propia familia, y después te abandonan para que mueras, sin ni siquiera molestarse en volarte la cabeza. Puedes hablar de la muerte e incluso dejar que piensen que estás un poco obsesionada con ese tema. Es normal, porque los escritores somos raros y solemos caer en la melancolía. Después de todo, qué más da, sabes que para los demás la muerte no es más que una decena de fotogramas en el telediario, donde se ven hombres que van a ser degollados. Les advierten de que las imágenes pueden herir su sensibilidad, pero aunque mantienen su mirada no sienten nada... ni siquiera les dejan sin apetito. Han olvidado lo que es la muerte. No lo han vivido (o revivido) en propia piel. Las verdades y las mentiras no les quitan el sueño, y lo que ven ahí les preocupa menos que la última película de Brad Pitt conduciendo un tanque. No son conscientes de lo que en realidad suponen esas imágenes, porque nunca han tenido la muerte cerca. Y creen que tú tampoco. Puedes disfrazar la realidad con ficción o usar la ficción para disimular la realidad. Puedes incluso contar la realidad y afirmar que es ficción. Nadie se dará cuenta. Vivimos en un eterno teatro, un teatro de títeres descabezados, sumergidos siempre en la duda de qué es en realidad la realidad.

No somos más que niños en un patio de colegio. Y estas palabras se perderán en internet como gotas de agua en un océano, puesto que las cosas están dispuestas para que todos sigamos dormidos, como un ejército de zombies que se creen vivos, pero jamás supieron lo que es la vida (ni la verdadera muerte)... o si lo supieron alguna vez, prefieren el olvido y la ignorancia.

Alguien que no conoce su propia historia, está condenado a repetirla. Pero parece que a nadie le importa.



I'M CRYING

Oo, I'm cryin', tears are fallin' down.
I'm cryin' the lonely tears of clowns.
I'm tryin' to wear a smilin' face.
It was just yesterday things then they felt okay.
Now that has all gone away.

Oo, I'm cryin' the lonely tears of clowns.
I'm tryin' tryin' and rain's fallin' down.
I'm cryin' and that's a lonely place.
If I could hide the pain, if I could stop the rain,
Then all my cryin' could be gone.

Oo, rain, who will stop the rain, the rain?
Oo, I'm cryin', the tears are fallin' down.
I'm tryin', the rain still beats the ground.
I'm cryin' those lonely tears of clowns.

Lonely, lonely tears.


viernes, 6 de marzo de 2015

Soy una intolerante.

A medida que me hago mayor me doy cuenta de que en lugar de pasar más de todo, me afectan más las cosas. Bueno, quizá la palabra “afectar” no sea la más adecuada. Creo que debería decir mejor: “En lugar de pasar más de todo, más cabreo interno me generan las cosas”. La experiencia es un grado, dicen. Yo, a pesar de ser relativamente joven, creo que ya tengo unas cuantas licenciaturas y un par de doctorados en cuando a experiencia se refiere. Experiencia de la vida. Por eso, si alguien trata de aprovecharse de mí, le cazo al vuelo antes de que haga el primer movimiento sospechoso. Si comienza una trifulca, soy capaz de intuir cómo van a reaccionar como si fuera Bruce Lee en un combate de kárate, y aunque me vea en medio de una lluvia de mamporros virtuales, soy capaz de aguantar los insultos sin despeinarme y sin una palabra fuera de tono. Eso sí, el cabreo interno no me lo quita nadie. Gracias a mi gran experiencia en meditación, he aprendido a que las malas emociones me resbalen, pero aún así siempre queda un poso desagradable.

La razón por la que debo andar por la jungla de internet con un spray de pimienta en el bolso no es porque yo vaya buscando problemas. Es solo que internet no es más que un reflejo de la sociedad, por tanto también existen callejones oscuros, antros de mala muerte y lugares poco iluminados en los que tu vida corre peligro. También hay muchas personas que se refugian en su anonimato, y como a ti tampoco te conocen, quizá gustan de imaginarte como una pobre niña desvalida y sin un duro que sería capaz de vender su cuerpo por un mendrugo de pan. Algunos incluso afirman que su propósito es reunir fondos para luchar contra el tráfico de seres humanos, mientras que por otro lado tratan de aprovecharse de ti y de tu trabajo, esperando que tu tiempo y esfuerzo les salga gratis. Esto me pasaba en el mundo real, y ahora, también me pasa en el mundo virtual. No es que me pille de sorpresa, solo me corroe las entrañas. Tanto que estoy a punto de ir al médico por una úlcera en el estómago.


Soy una soñadora, no lo puedo evitar. Los lectores habituales del blog ya se habrán dado cuenta, y los que me conocen personalmente lo saben. También me gusta luchar por causas perdidas, soy así de idiota. Lo bueno (o lo malo) es que no tengo nada que perder. Y esto no es solo un dicho. que no tengo nada que perder. Eso me hace extremadamente peligrosa. Es un arma que intento no utilizar, pero si alguien me cabrea lo suficiente, la sangre (virtual) podría llegar al río. La culpa de todo la tiene mi intolerancia. Esa es mi principal enfermedad. No tolero las injusticias. Ni que me tomen el pelo. No tolero que me falten al respeto y pretendan degradarme, pensando que con vanas palabras me hundirán en la miseria, pataleando como un niño con una rabieta cuando ni siquiera me conocen y además lo único que he intentado es hacer valer mis derechos (y tal vez por ser más inteligente que ellos, que quizá es lo que más les duele). No sé si es que ya soy perra vieja, pero lo cierto es que me hacen sonreír. Mucho. Igual que si estuviera en el circo presenciando un espectáculo de fieras. Igual,  porque eso también dejó de divertirme hace tiempo. La sonrisa no es por lo agradable del espectáculo, sino porque lo he visto antes y sé lo que va a ocurrir. En el fondo no me hace gracia porque como intolerante que soy esas actitudes humanas me reconcomen por dentro y pueden sacar lo peor de mí. Cada vez me pasa menos, pero el riesgo está ahí latente, igual que late la vena del cuello a punto de reventar.

El otro día alguien decía que sentirte alienado de los demás —sí, eso también me ha pasado de toda la vida, porque soy así de rara— te podía llegar a hacer más tolerante. Yo al principio respondí medio en broma medio en serio que eso no era así, porque yo noto que cuanto más vieja soy, más intolerante me vuelvo. Pero luego comprendí que era cierto, solo que lo de volverse tolerante es muy a largo plazo. Quizá lo que ocurre es que hay varios tipos de intolerancia. Yo he llegado a un punto en el que no tolero apenas nada. Antes era joven e inocente, si alguien pretendía hacerme daño tendía a huir o a no protestar. El cabreo interno era el mismo, pero tenía cosas que perder... o eso creía entonces. Ahora lucho, y siempre lucharé, porque si no luchas el mundo nunca cambiará. Porque somos nosotros los que tenemos que cambiarlo, haciendo lo que sea que está en nuestras manos. Pero aunque luche, en realidad la lucha se ha convertido en algo más impersonal. No se trata de odiar a nadie en concreto ni de buscar venganza, sino de aceptar que hay un gran número de seres humanos que aún son como niños. O como animales domésticos, como decía mi amiga: no puedes pedirles más de lo que son capaces de dar, así que no tiene sentido echarles la culpa de nada. Al final te vuelves más tolerante con ellos porque acabas viendo que no merece la pena intentar cambiarlos. Como mucho puedes intentar que mejoren un poco, teniendo en cuenta que ese “poco” va a ser una cantidad mínima. Y la única forma de hacerlo es resistiéndote a sus intentos de humillarte. No puedes otorgarles el poder, o seguirán haciendo lo mismo una y otra vez. De hecho, ya lo hacen, porque por desgracia hay otra parte de la humanidad que sí piensa que tiene algo que perder y aceptan las reglas que otros han puesto porque piensan que no hay otra opción. Es entonces cuando me asalta otro tipo de instinto, el de protección hacia mis colegas. Una causa estúpida y destinada al fracaso. Estúpida, porque a mí nadie jamás me ha echado una mano (salvo muy contadas excepciones), y sin embargo, eso no me hace menos generosa. Y destinada al fracaso porque aquí, o te proteges tú mismo, o los palos te seguirán cayendo... pero no porque hagas algo mal, sino porque el mundo funciona así, y nosotros mismos lo permitimos. Pero me da igual. Aunque ahora mismo mis colegas o futuros colegas no sean más que caras invisibles y desconocidas, la solidaridad hacia ellos existe, porque por suerte algunos de ellos han abierto el camino, y si hay algo en lo que de verdad creo, es que hagamos lo que hagamos, tenemos que apoyarnos unos a otros. Si algunos se quedan callados, yo no pienso hacerlo.    

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