domingo, 19 de junio de 2016

El Ángel de la Muerte (32).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (31)].

—Perdone, señor, ¿es usted el último en la cola?
—Así es, joven.
Leuche dirigió la mirada al horizonte y comprendió que la espera les iba a llevar unas horas. La cola daba vuelta y media a la manzana donde se encontraba el Futuroscope. Y ya podía empezar a rezar para que no se quedaran sin número. Tot llegó poco después con un bollo relleno de nata en la mano. Aquella mañana aún no había desayunado. Las malas noticias no le produjeron más frustración de la que ya sentía. Se limitó a tomar aire, asentir con la cabeza mientras saboreaba la nata, y ofrecer un bocado a Leuche. Pasados unos minutos, se encogió de hombros.
—Hmm… solo en momentos como este siento que el tiempo es eterno aquí arriba —murmuró.
—¿Decías…? —preguntó Leuche, ansioso por unirse a una protesta a dúo. Tot se hizo el despistado.
—Oh… nada. No sé, tal vez deberíamos volver otro día.
—Ni lo sueñes. Ya oíste a nuestros guías. No podemos esperar mucho.
—¿Tú crees? Dicen que existen vórtices espacio-temporales en el astral. Tal vez podamos encontrar uno en el que retrocedamos en el tiempo y así cuando regresemos aquí será como si el tiempo no hubiera transcurrido… incluso si llegamos un poco antes, tal vez nos ahorraremos esta cola infinita.
—No creo que eso funcione. Ya averigüé que del tiempo se encarga el Departamento de los Agujeros de Gusano y a nosotros no nos cuentan nada nunca. Eso sí, hace un buen rato que sospecho que tú tampoco sabes cómo funciona, y no es verdad que el tiempo no exista aquí arriba. ¿Por qué si no iba a llegar siempre tarde… bueno, casi siempre?  
Mientras hablaban la cola ya había avanzado un poco, así que al menos eso les animaba un poco.
—Bueno, vale, me quedaré —aseguró Tot—. Pero no te hagas ilusiones. Aún no estoy muy seguro sobre eso de reencarnar…
—Tú te lo pierdes.
Leuche miró hacia otro lado y fingió indiferencia, aunque en el fondo de su corazón supiera que el viaje iba a ser mucho menos divertido sin Tot.


—Sí, es cierto. Me voy a perder tener que nacer de nuevo medio asfixiado después de haber estado atrapado en la oscuridad durante meses (terrenales), aprender otra vez a andar, a hablar un lenguaje burdo, grosero y malsonante (con lo cómodo que es hablar sin tener que pronunciar sonidos), crecer con vete tú a saber qué familia (que los últimos que me tocaron no había quién les entendiera), ir a la escuela, ganarme la vida, tener sueños para que luego todo se tuerza, trabajar, trabajar y trabajar… y encima parece que en este caso poner en peligro mi vida luchando en otra guerra más, sin saber si moriré joven o viejo ni de qué moriré. Llámame loco, pero tal vez… solo TAL VEZ, prefiera quedarme aquí. Al menos soy un Ángel de la Muerte medio veterano, respetado y con un futuro estable en el departamento. Si crees que me vas a echar de menos, mira… quizá le pida a mi guía que me deje hacer prácticas de guía espiritual para ti. Puedo visitarte mientras duermes y susurrarte algún consejo que otro, ¿no te gustaría eso?
Solo estas últimas palabras sorprendieron suficientemente a Leuche como para hacerle abandonar su fingida actitud indiferente y volverse hacia él con un brillo de esperanza en sus ojos.
—¿De veras harías eso?
La sonrisa que tenía Tot en sus labios le hizo saber que había caído en la trampa. Recuperó su seriedad y volvió a mirar al frente. Avanzó unos pasos que les acercaban a la entrada del Futuroscope.
—¿No te fiarías de mí? —preguntó Tot con ironía, continuando con la broma. Leuche le ignoró.
El silencio se prolongó durante unos largos instantes. Tot solo veía la espalda y las melenas rizadas de Leuche. Casi llegó a sentirse culpable, pensando que quizá había herido de verdad a Leuche. Después de todo, él también sabía lo duro que era reencarnar con almas extrañas con las que no se comparten vínculos de vidas anteriores. Era solo que a veces… no comprendía por qué Leuche le tenía tanto afecto. Finalmente, optó por darle unos golpecitos con el dedo en su hombro derecho.
—¿Hay alguien ahí?
Leuche trató de hacerse el duro, pero no pudo resistirse y se dio la vuelta.
—Sí, sí me fiaría de ti, Tot. Siempre. El problema es… que si fueras mi guía, no sería igual. Apenas podría verte, ni escucharte, no serías más que una voz extraña en mi pensamiento. Uno de mis grandes amigos ya hizo eso una vez, y me pasé media vida esperando que reencarnaría y echándole de menos. No quiero que vuelva a pasar… al menos no en este viaje. En una guerra siempre quieres tener a los mejores cerca.
Tot pestañeó repetidas veces como si se le hubiera metido una mota de polvo en el ojo. Hizo amago de sonreír pero solo consiguió una mueca absurda que no parecía transmitir ni alegría ni tristeza. Por suerte, Leuche intuyó que no iba a contestar y le volvió a dar la espalda. 
Tot quedó pensativo. El argumento no podía haber sido mejor. Sabía por experiencia que observar a otros vivir y morir en la Tierra no solo era aburrido y de cobardes. Al final acababas echando de menos a la gente estuvieras donde estuvieras… y cuando volvían solo podías escuchar sus aventuras sin sentirte parte de ella. Era como quedarte en el banquillo durante un partido de fútbol. ¿No podría aceptar al menos un papel breve pero importante? ¿Morir joven pero ser recordado por toda la eternidad… a ser posible por algo bueno esta vez? ¿Salvarle la vida a Leuche en una contienda…? Bueno, quien dice Leuche, dice cualquier otro, claro… ¿Y si fuera médico de nuevo? ¿Médico en una nave espacial? Eso no estaría mal del todo… ah, no, que habían dicho los guías que las naves espaciales aún no habían llegado. Bueno, a ver qué se iban a encontrar en los visores del futuro. El funcionario ya les estaba asignando un puesto doble. Unos minutos más y sabrían qué les esperaría allá abajo... al menos una pequeña parte.

(continuará…)     

viernes, 3 de junio de 2016

El Ángel de la Muerte (31).

Por fin... ¡el esperado nuevo capítulo de... el Ángel de la Muerte!

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (30)].

Tot avanzaba silbando por el corredor que llevaba a su despacho. Cabizbajo y sin ninguna prisa por llegar a su destino, arrastraba los pies como correspondía en un lunes a las 8 de la mañana. Bueno, exactamente, a las 7:57. Su reloj cuántico apenas fallaba, solo cuando había tormentas electromagnéticas o se juntaban los espíritus sanadores esos y se ponían a enviar ondas de energía a tutiplén. Su vida era un poco gris últimamente. La vuelta al Departamento de los Ángeles de la Muerte había sido estimulante. Ahora apreciaba aún más su Volkswagen y rellenar formularios no le parecía tan aburrido. Había asistido con un entusiasmo casi desmedido al “Curso sobre manejo de almas errantes: cómo convencerles de que el retorno les conviene”. Pero ahora todo había vuelto a la rutina de nuevo. Incluso Leuche iba progresando más rápido de lo que esperaba. Seguía llegando al trabajo con el uniforme sin planchar y sin recogerse el pelo —a veces hasta se olvidaba su sombrero de copa puesto— pero su labor era casi impoluta, eso no podía negarlo. ¿Tal vez podía recomendarle para un ascenso y así se libraría de él? Pero no... seguramente le mandarían a otro novato, y no le apetecía tener que enseñarle todo otra vez. Además se lo pasaba bien con Leuche. Bueno, a veces. No cuando se ponía sentimental. ¿Que habían compartido alguna que otra vida pasada? Bueno, ¿y qué? Lo raro era no haberla compartido, al menos en este plano del mundo espiritual, donde todos vibraban con frecuencias similares como resultado de sus experiencias. 
Se detuvo en seco cuando levantó la vista y vio que había una luz encendida en el despacho. Parpadeó varias veces. No era posible. ¿Habría descubierto Leuche el secreto del tiempo y habría conseguido ser puntual por una vez? Giró la manilla de la puerta y la empujó levemente. Los goznes chirriaron como en una película de miedo. Pero la escena que vio a continuación sí que era terrorífica.
La oficina nº 3176-80 estaba ocupada por tres impresentables: Leuche con un ser algo más etéreo que ellos, vestido de marinero mercante del siglo XIX, con su piel tiznada algo de azul, y al otro lado de la mesa, en su propia silla, su guía espiritual, con apariencia de joven estudioso con gafitas redondas y un birrete negro. El listillo que siempre estaba dándole consejos inútiles sobre cómo vivir sus vidas.
Quiso salir corriendo, pero antes de que pudiera moverse Harry ya le había paralizado de cintura para abajo con uno de sus estúpidos conjuros. Y eso ya le puso de una mala h...
—Dime que no será necesario utilizar la fuerza bruta —dijo Harry.
­—Esto ya es utilizar la fuerza bruta —respondió Tot—. Y luego bien que venís con esas historias del libre albedrío.
—Si te suelto, ¿prometes sentarte aquí a mi lado y al menos escucharnos?
Tot miró de un lado a otro de mal humor, refunfuñó algo y asintió con la cabeza. Casi instantáneamente se vio a sí mismo sentado junto a su guía, con los brazos cruzados y actitud desdeñosa. Justo enfrente estaba Leuche. Le envió un pensamiento: “Tú eres el culpable de todo esto, ¿verdad?” Leuche puso cara de inocente, pero a él nadie podía engañarle.
—Creo que ya conoces a Han —dijo Harry, señalando al que suponía era el guía espiritual de Leuche. En ocasiones Leuche le había hablado de él. Le tenía bastante aprecio, algo que él no podía llegar a comprender. Todos los guías eran iguales. No paraban de tocar los c...
Han hizo un leve movimiento de cabeza. Seguro que le había oído, pero daba igual. Los guías siempre se las arreglaban para ignorarte aunque les llamaras de todo por no ayudarte como les habías pedido. Eran muy suyos los guías.
—Vayamos al grano. ¿Qué significa todo esto? —dijo Tot, y traspasó a Leuche con su mirada—: Déjame que lo adivine. Ya es definitivo, ¿no? ¿Vas a reencarnar?
Leuche bajó su mirada, sin saber qué decir.    
—Pues... no era mi intención, pero es que Han se me presentó el otro día y me dijo que va a haber una nueva guerra mundial... y no sé, ya he vivido unas cuantas, pero es que en esta va a haber láseres y naves intergalácticas, y nuevas máquinas de tortura, y teletransportadores, y cazas imperiales, y...
Las pupilas se le habían dilatado e iluminado mientras hablaba, pero volvieron a la normalidad al ver la expresión taciturna de Tot. Parecía decepcionado. Tot miró a los guías con los ojos entrecerrados.


—¿Qué proporción exacta de eso es cierta?
Han y Harry intercambiaron miradas, también con expresión inocente. Harry carraspeó.
­—Bueno, lo de la guerra mundial es verdad. Y lo de los láseres.
­—Y lo de las torturas...—añadió Han­—. Para la teletransportación habrá que esperar. El resto es producto de la imaginación de Leuche. O sea, más o menos lo de siempre en una guerra. Ya tenéis experiencia, ¿de qué os sorprendéis?
—No, si no me sorprendo —soltó Tot—. Pero ¿podéis decirme para qué diablos necesito esta vez más guerras y torturas? Y no me vengáis con el mismo rollo de siempre de que es por mi evolución espiritual. Que ya no soy un alma pura e inocente y ya no me trago esas bobadas... Además, ahora tengo un puesto estable y bien remunerado en el que incluso tengo alguna que otra satisfacción. Espero que tengáis mejores razones para convencerme.
—Podrás hacer cosas que nunca hiciste antes en una guerra, ¿no te parece razón suficiente?
—Si te refieres a desintegrar enemigos en lugar de volarles la cabeza con un rifle, no sé... lo veo demasiado aburrido sin sangre ni higadillos. Los viejos tiempos siempre fueron mejores.
­—En realidad me refería a utilizar el láser para cerrar heridas, pero tú mismo.
—¡Oh! ¿De veras? No había pensado en eso... En mi época no teníamos ni gases anestésicos y las suturas eran de tripa de gato, si es que había alguno cerca.
Por un leve instante Tot miró sonriendo a Leuche, para comprobar si había entendido la broma, pero enseguida se tornó serio otra vez. ¿Regresar otra vez? Dios, qué pereza le daba...
—Además hemos pensado que os iría bien reencarnar juntos —dijo Han­—. Hace mucho de la última vez, habéis vuelto a ser unos desconocidos y eso no está bien.
Tot miró de reojo a Leuche mientras Leuche miraba de reojo a Tot.
—¿Y qué necesidad tengo yo de conocer más a este espécimen? —le espetó Tot a su compañero. Leuche no pudo quedarse callado.
—Que sepas que te arrepentirás de tus palabras cuando estemos allá abajo.
Tot se rió.
—¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer, traicionarme como la última vez?
—O algo peor.
—¡Miedo me das!
—Y además no fue la última, que no tienes memoria.
Los dos guías espirituales se miraron entre sí y suspiraron.
—YA. BASTA.
—Aunque penséis lo contrario, no estamos aquí para presionaros —dijo Han—. Bueno, tal vez Harry sí, sabe lo tozudo que es Tot, y cómo en su última encarnación tuvo que cerrarle las puertas del cielo y darle un puntapié porque si no, una vez dentro, no habría vuelto jamás a salir... Pero en fin, esperamos que eso fuera solo una circunstancia aislada. Ahora habéis tenido tiempo de descansar, y sabéis que la decisión es vuestra.
—¿Descansar? —dijo Leuche con un relámpago en sus ojos—. Que yo sepa no recibí ningún tratamiento reparador, ni físico ni espiritual, después de haber sido quemado hasta las cejas. ¡Enseguida a trabajar, y encima en un departamento que era nuevo para mí!
Tot observó a su compañero sacudiendo la cabeza. “Mira que es perezoso y debilucho... Como si morir achicharrado no fuera algo habitual...” De algún modo Leuche captó su pensamiento y alargó una mano para agarrarle del pescuezo.
—¡Y tú te reíste!
Los guías corrieron a separarlos y volvieron a gritar:
—¡¡YA BASTA!!
Tot y Leuche callaron. Tot tenía una sonrisa irónica en sus labios mientras se hacía el despistado. Leuche comenzó a mover su pie nerviosamente. En realidad la discusión era para esconder la inquietud que les provocaba la inminente partida. Viajar al astral siempre era una aventura arriesgada, pero era divertido. Encarnar en el plano terrenal eran palabras mayores. No molaba lo más mínimo: las sensaciones eran mucho más intensas, el dolor era de verdad, la sangre también. Pero negarse a hacerlo era de cobardes. Te quedabas atrás como un niño enfadado en el aula mientras los demás jugaban en el patio del colegio... y al final te acababas arrepintiendo.
En el fondo ambos sabían la razón por la que debían reencarnar. En el mundo espiritual no existen los secretos. No eran tan distintos como pensaban. Y aunque trataban de ocultar sus verdaderos sentimientos mediante las bromas y los aparentes ataques personales, sabían muy bien que lo que proponían sus guías era algo tremendamente serio. Las guerras no eran para cualquiera. Muchos Ángeles de la Muerte se congregarían una vez más en la Tierra, cada uno en su papel, cada uno con su nueva misión casi imposible de cumplir. En tiempos de guerra el trabajo se multiplicaba también para los Ángeles de la Muerte no encarnados, pero sin duda no era lo mismo para unos y para otros. Y sin duda el Departamento no se iría a la ruina sin ellos.
—Sé que necesitáis tiempo para pensarlo —dijo Harry—. Y ya sabéis que tenéis el Futuroscope para considerarlo. Esperaremos una semana, y entonces nos daréis una respuesta.
Los guías se desmaterializaron en el aire dejando a Tot y a Leuche pensativos y preocupados.  

(continuará...)             

jueves, 18 de febrero de 2016

¿Los autores debemos trabajar gratis?

Estaba imaginando en mi mente cómo continuar con mi historia El Ángel de la Muerte, y cayendo en la apatía después de un largo día trabajando en otro proyecto que en teoría debería darme algo de dinero, cuando este artículo de El Mundo llegó a mí en una red social. Me dije a mí misma: qué razón tiene, si es que es así... La cultura está agonizando. La creatividad no es un buen negocio. Internet te da visibilidad (si acaso) pero nada más. Por alguna razón los que consumen música, libros, diseño... ya no dan valor a esos productos, no son conscientes del inmenso esfuerzo que hay detrás de esas creaciones, o si lo son, les importa un comino. Creen que todo ello debe ser gratis. Que están en su derecho de poder descargarse todo de la red de manera gratuita, aunque luego lo dejen olvidado en un rincón. 

En otro de mis blogs estoy haciendo una encuesta. Publiqué un libro en papel y quería ver si me merecía la pena publicarlo también en formato electrónico. Pregunté qué precio estaría dispuesto a pagar el lector por él, teniendo en cuenta que la temática es muy específica y supuestamente el que busca un libro así es porque está de verdad interesado en ello. De momento la mayoría ha contestado que no pagaría más de 2 euros. ¡2 EUROS! Entonces es cuando pienso en los dos largos años que me llevó escribir ese libro y su homónimo en inglés, que también lo traduje yo. He de decir que se trata de un libro totalmente inédito y fruto de mi experiencia personal, no es un refrito como muchos de los artículos, blogs y libros de baja calidad que pueblan internet. Eso sin mencionar el largo trabajo de investigación e implicación personal que hay detrás de él. También pienso en el esfuerzo que me llevó aprender yo misma a hacer una portada más que decente para el libro, como las que el lector puede ver en esta misma página, las de mis novelas. Y en las horas que debo invertir publicitándolo, sin que haya notado ninguna diferencia en mis escasas ganancias. Es cuando me doy cuenta de lo poco que la gente valora la cultura y el conocimiento.


Para aquellos que no lo sepan, que supongo que son la mayoría, 2 euros es lo que debería costar leer UNO o menos de estos párrafos (en concreto, 40 palabras de cada párrafo). Si los redactores cobrasen precios decentes por sus artículos, yo no debería cobrar menos de 50 euros por ESTA ENTRADA DE BLOG (un artículo de unas 1000 palabras con foto). Así que imaginaros lo que debería cobrar por un libro de 500 páginas que me costó más de dos años escribir.

Sin embargo, parece que eso no es lo que percibe la mayoría de la población, que ya no da ningún valor a lo que hacemos los autores. No sé si me alegra o me hunde más en la miseria comprobar que el problema no es solo de los autores, sino de los creadores en general: músicos, pintores, artesanos... artistas que por lo visto no tenemos derecho a ganarnos la vida haciendo lo que mejor sabemos hacer. Parece que esto de escribir se ha convertido en un pasatiempo al que cualquiera se puede dedicar. Y por ello todo el mundo se puede dedicar a subir obras mal terminadas a plataformas como Amazon poniendo precios irrisorios, porque claro, si somos autores desconocidos o noveles, nadie va a comprar nuestros libros si los ponemos más caros. Y si queremos que nos conozcan, es mejor regalar el fruto de nuestro esfuerzo. Malgastamos nuestro tiempo REGALANDO nuestro trabajo en blogs y redes sociales, porque así nos damos a conocer... o eso nos han contado.  

¿Pues sabéis qué? ESO ES MENTIRA. Como bien dice Juan María Rodríguez en su artículo:

«Mucha web, mucho twitter, mucho facebook.... Pero contratos, ni uno». Todas las conversaciones que tengo con gente del negocio cultural acaban siempre en lo mismo. [...]
He hablado con unos chavales que tienen un negocio cultural sobre ruedas del que no para de hablarse en las redes sociales. Llevarán un año y aún no han visto ni un euro. Los plazos aprietan. Se resquebrajan las ambiciones. El voluntarismo flaquea. Alguna vez han conseguido que les paguen la gasolina, cuando manejan equipos que, por muy de pobres, cuestan miles de euros.
Así no hay manera. Si el dinero no fluye en todas direcciones, nadie saldrá vivo de ésta. Si nadie paga el concierto, el vídeo, la foto, el poema, la cosa, nadie podrá vivir de esto jamás. Hay que mandar la 'visibilidad' al reino de las tinieblas porque yo conozco a ningún frutero que intercambie tomates por visibilidad. No os engañéis, compañeros: creer que haciéndolo gratis os generará algún beneficio futuro es una trampa mortal. Creer que generar miles de likes es todo un éxito solo satisface una pueril vanidad digital.

Llevo tiempo sospechando que eso de "usar las redes sociales para promocionarte" no sirve absolutamente para nada. Bueno, sí, sirve para perder el tiempo. Pero nadie te va a compensar por tu esfuerzo. Nadie te va a dejar ni un mísero euro de donación, al menos aquí jamás nadie lo ha hecho. ¿Y los anuncios? ¿Creéis que se gana dinero con los anuncios de un blog? Sí, quizá si tienes veinte millones de visitas al mes y un gran porcentaje de los visitantes hace clic en el anuncio. Los demás, no vemos ni un euro. Lo mismo con los programas de afiliados. Aun si vendiera uno de esos libros que están en Amazon, ¿sabéis cuánto ganaría? Ni 3 euros por unidad, en papel. Si es en formato electrónico, echad las cuentas, porque si lo pongo a menos de 2 euros, ya me contaréis. Pero no importa, porque ya me he dado cuenta que escribir libros es como cultivar tomates o tener una ganadería lechera. Tú haces todo el esfuerzo pero eres el que menos gana. Algunos ni te dan las gracias en forma de comentario. Y cualquier día cerraré el chiringuito porque evidentemente me moriré de hambre bajo un puente. Lo peor es que eso ocurriría de todas formas aunque me hicieran un contrato de los actuales, tal y como está el mundo laboral. Pero eso es tema para otra entrada.

La verdad es que no sé adónde vamos a llegar. Sí, podéis decir que a mí nadie me pone una pistola en la cabeza para que tenga mi propio blog y me ponga a escribir gratis mis propias historias originales, aunque a este paso acabaré poniéndomela yo misma y apretando el gatillo. Tampoco es que esperara hacerme rica siendo escritora o veterinaria. Solo os pido un poco de por favor...

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Ser escritor es vocacional.

viernes, 5 de febrero de 2016

Releyendo... La Operación Fantasma.

No sé si queda muy bien decir que disfruto leyendo mis propios libros... pero es una realidad. Le iba a regalar un ejemplar a mi padre y hacía años que lo tenía olvidado, así que me puse a leerlo. Aparte de servirme para localizar algunas erratas (que parece que se reproducen cuando no estás mirando) y corregirlas, también me ha servido para darme cuenta de que... ¡coño, no escribo nada mal! No es que no lo sepa ya a estas alturas, pero siempre está bien sentarte como si fueras un lector más, olvidar quién es el autor, y sumergirte en la aventura para ver si de verdad es un libro con gancho... y vaya si lo es.

A veces me sorprendo de mí misma, más cuando recuerdo que lo empecé a escribir con trece añitos... ni más ni menos.

Un largo tiempo después, no voy a decir cuánto, estoy escribiendo una segunda parte... de hecho, llevo años escribiéndola. Esta era otra razón para volver a leerme el libro, a ver si me inspiraba para seguir con la historia. Y sí, tengo que continuarla... otra cosa es que acabe muriéndome y aún esté inacabada.



Además de ser una space opera en toda regla, llena de aventuras sin más pretensión que pasar un rato divertido, tiene un trasfondo emocional que a mí personalmente siempre me deja hecha polvo... porque sé de dónde provienen todas esas emociones. Como escritora, me siento orgullosa porque sé que si tantos años después sigue afectándome, es porque de verdad dejé un pedazo de mí en esas letras. Y por tanto, en teoría, es más probable que consiga emocionar a otro lector que no sea yo misma. La fuerza está ahí. La Fuerza también :-), puesto que crecí con Star Wars y la influencia es innegable, aunque "mi mundo" es mucho menos fantástico, es más cercano a esta galaxia y a este tiempo... de hecho, podría ser mi propio futuro. Que... quién sabe, si es verdad que tenemos un yo del futuro que influye en nosotros en el momento presente, ¿tal vez estoy escribiendo sobre ese futuro?

Bueno, en todo caso, para que sepáis de qué estoy hablando, os voy a dejar con un corto fragmento, aunque es difícil elegir. Como ya he puesto uno en mi blog de autora, aquí voy a poner un fragmento distinto. Y ya sabéis, si os apetece leerlo entero, en esta página tenéis más información. ​

"Al llegar pudo por fin respirar con tranquilidad. Puso una de las pistolas-láser a buen recaudo, bien oculta pero a mano por si la necesitaba o debía ordenarme que la utilizara yo. De la otra no se separó. Tarde o temprano descubrirían lo que había hecho, y ese era su único seguro de vida. Después se sentó frotándose la herida, aún le producía dolor si la tenía que someter a un cierto esfuerzo, y reparó en mí, acurrucada en el camastro sin ninguna expresión en mis ojos, totalmente desconectada, involuntariamente, de la realidad. Se preguntó qué me había hecho seguirle hasta allí, cuando estaba claro que nunca debía haber vuelto a ponerme al alcance de Zarovnik. Por alguna razón, él también estaba obsesionado conmigo, hasta el punto de hacerle cometer errores fatales. No hacía mucho que yo había pasado por algo terrible que no había terminado de supe­rar… también Steve lo había insinuado, aunque no quiso entrar en detalle. ¿Cómo era de grave? Parecía haber mucho más de lo que parecía a primera vista, pero yo no quería hablar. Ian pensaba que había sido un poco egoísta al querer involucrarme en algo que ha­bía provocado él mismo. Nunca me habría pedido ayuda directamente, pero deseaba recuperar a Kyle a toda costa, y yo, sin duda alguna, podía ayudarle. Ahora no estaba seguro de haber hecho lo correcto. Pensaba que lo mismo que me hacía fuerte, me hacía vulnerable. Tal vez debía haberme escuchado mejor y partir en solitario. Ahora no solo Kyle estaba en grave peligro. Yo también estaba en el filo de la navaja.
Las horas siguientes transcurrieron exasperantemente lentas. Volvieron a por mí dos veces más. Ian se moría por averiguar en qué celda se encontraba Kyle, para que cuando llegaran los refuerzos pudieran escapar rápidamente, pero para ello tenía que fijar el descodificador en la puerta de cada una de ellas y esperar a que alguien la abriera, y luego recoger el aparato y efectuar la lectura. Escogió varias al azar, pero no tuvo éxito en todas, y las combinaciones que pudo averiguar no le sirvieron de nada, pues Kyle no se hallaba en ellas. Apenas se atrevía a cerrar los ojos, pues en cualquier momento podían irrumpir en la celda y acusarle de haber robado armas y haber destruido a un androide. Cualquier mínimo ruido le hacía sobresaltarse.
Al tercer día la puerta se abrió y apareció un hombre alto con perilla. Ian lo reconoció, y supo al instante a qué venía. Karl entró pisando con fuerza y no parecía que tuviese ganas de hacer amigos. Ian solo tuvo tiempo de levantarse y echarme un rápido vistazo antes de que las fuertes manos de Karl le cogieran del cuello y le empujaran contra la pared con gran violencia. Ian se golpeó el hombro y cayó sobre una de sus rodillas. Desde abajo, vio cómo Karl se aproximaba con actitud amenazante.
―Fuiste tú, ¿verdad?
Ian se incorporó con lentitud, contento de haber colocado su arma en la parte de atrás del cinturón. Le miró fingiendo extrañeza.
―Sí… ―repitió aquel hombre― tú, tú has destruido a uno de nuestros androides. No sé cómo lo hiciste, pero saliste de la celda, llegaste a la sala de control y disparaste al androide.
―¿Yo? ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Es imposible salir de aquí!
―¿Y quién si no?
―Tal vez algo ha ido mal con alguno de los prisioneros…
―No me tomes el pelo. Tú eres el único en toda la base que permanece lo suficientemente consciente como para poder pensar por sí mismo. Supe que era un peligro tenerte aquí en estas condiciones, pero no voy a permitir que salgas de aquí y lleves a tus superiores toda la información que has conseguido…
Con un gesto rápido sacó su arma y apuntó a Ian. Este miró fijamente el frío y oscuro cañón de la pistola que a solo un paso de él amenazaba con acabar con su vida.
―No te atreverás a disparar… ―dijo―. No a sangre fría.
―¿No? ¡No lo dudes! ―respondió Karl, con una irónica sonrisa en sus labios―. ¡Muévete!
―¿Y ella? ―dijo Ian refiriéndose a mí―. Si le digo que te mate te matará.
―Y si yo le digo que no lo haga, no lo hará. ¡Muévete!"

viernes, 8 de enero de 2016

Criogenizados.

Por fin pasaron las Fiestas... confesad, lo estabais deseando. Mi pareja no deja aún que mi mente se centre demasiado porque está de vacaciones y tenemos que aprovechar el tiempo divirtiéndonos, por ejemplo viendo una serie de televisión llamada The Killing que es de lo mejor que he visto últimamente (os la recomiendo). Aún así, ya he podido publicar mi último relato corto como os prometí en mi última entrada. Me gustaría dejaros otro fragmento pero me temo que al ser un relato corto eso ya sería contaros demasiado, así que ya sabéis, no me seáis rácanos y darle un gustazo a Amazon (porque el mío no será un gustazo propiamente dicho) adquiriendo el libro en el formato que prefiráis y leyéndolo cuando vayáis al trabajo en metro. Además tenéis las primeras páginas que podéis consultar haciendo clic en la foto de la portada, en la página de Amazon. El relato se lee en muy poco tiempo porque engancha desde el principio, y no lo digo solo porque yo sea la autora. Luego me podéis dejar un comentario y así habréis hecho vuestra buena obra del día, ayudando a una escritora desesperada a salir de la pobreza.

Si de verdad queréis que haya una novela que siga la trama, ¡hacédmelo saber! Porque si hay que hacerlo, se hace, pero hacerlo para nada, es tontería.

¡Que lo disfrutéis!


Recordad que si no estáis en España tenéis que cambiar amazon.es por amazon.com.

Criogenizados, de Mónica Manzanares.


martes, 22 de diciembre de 2015

En primicia: Criogenizados (fragmento).

[Escribí este relato para un concurso literario, pero desgraciadamente no lo he ganado, así que he decidido publicarlo por mi cuenta para deleite de mis lectores.

He de decir que estoy orgullosa de este trabajo. Lo escribí en apenas dos meses, bajo presión, con vacaciones de por medio y sin tener apenas tiempo para pensar en lo que iba a escribir o en cómo iba a terminar. Ahora creo que bien podría ser el inicio de una novela o una saga.

Mientras le doy los últimos retoques a la publicación, os dejo con un pequeño fragmento. Es uno de mis favoritos, aunque no tan bueno como lo que viene después...

En cuanto lo saque del horno, os diré dónde podéis adquirirlo, tanto en papel como en formato electrónico.]

Al principio, la Cámara de Renacimiento no parecía distinta a una prolongación de un Cementerio Helado común. Habían reunido allí los tanques. Los ocho cabían de pie en un espacio muy pequeño, y te podías deslizar entre ellos para chequear los controles e incluso echar un vistazo a los rostros de los individuos criogenizados, moviendo a un lado la tapa que cubría el visor. Esto se hacía fundamentalmente para los familiares. Cristina lo había hecho durante toda su vida por pura curiosidad, porque le fascinaba la muerte.

Pero ahora el cementerio se iba a convertir en una especie de cálido útero del que volvería a surgir la vida, y por eso poco a poco habían comenzado a referirse a él como Cámara de Renacimiento. Con independencia del nombre que le pusieran, Cris no había podido resistirse a visitar la cámara fría cuando la falta de sueño la había sorprendido en medio de la noche. Siempre podía echarle la culpa a su gran celo profesional por estar allí a esas horas de la madrugada, cuando los sistemas temporales automáticos establecían una menor intensidad de luz y sonidos ambientales de efecto calmante. La gente normal se retiraba a descansar. Con frecuencia ella aprovechaba para realizar otro tipo de actividad que la distrajera de su rutina diaria, pero ¿dormir? Eso le parecía malgastar el tiempo. Últimamente vivía para el proyecto. Y no podía dejar de admirar todo el trabajo que tanto ella como sus antecesores habían llevado a cabo a lo largo de los años. Evan Cooper, uno de los primeros en proponer que un ser vivo podía ser criogenizado y después revivido, tenía que haber estado allí. Robert Ettinger, autor de un libro que la había fascinado desde niña, se merecía ocupar uno de los asientos en primera fila. Los fundadores de Alcor tenían que haber sido invitados de honor. Era una pena que no todos hubieran elegido la criogenización como método de conservación de sus cuerpos... aunque la verdad es que las técnicas primitivas de entonces quizá no habrían sido suficientes para culminar con éxito el proceso de resucitación. De algún modo sentía que todos esos hombres y mujeres pioneros en su campo estaban allí a su lado, testigos mudos de lo que estaba a punto de ocurrir: la victoria de la vida sobre la muerte. 

Andreas Hoffer y Patricia Ullman no habían sido científicos de renombre asociados a la criogenia. Eran personas anónimas, con vidas desconocidas para el público, pero para Cris eran casi como miembros de su familia. Andreas tenía treinta y siete años cuando murió ahogado tras el hundimiento de un barco en el Atlántico. Pudieron recuperar su cuerpo a tiempo y criogenizarlo antes de enviarlo a la colonia lunar, donde ya se hallaban una abuela y un primo almacenados. Andreas pertenecía al grupo A1, el que en teoría debía causar menos complicaciones. Llevaba muerto la friolera (nunca mejor dicho) de cincuenta y ocho años, lo que en criogenia era poco más que un suspiro. Cris tenía grandes esperanzas con este sujeto, por su buena condición física en el momento del fallecimiento. Patricia, por el contrario, podía dar más problemas. Pertenecía al grupo B2. Solo llevaba criogenizada diez años, pero su edad era avanzada. La causa de su muerte había sido un fallo renal agudo. Con las técnicas de regeneración ultramicroscópica que conocían habían conseguido rejuvenecer el tejido renal. No parecía haber ningún impedimento para que este volviera a funcionar correctamente, pero aún así eran de esperar algunas complicaciones. El cuerpo de Patricia no tenía un aspecto tan saludable, a pesar de que los pliegues de envejecimiento habían sido reducidos al mínimo y para nada parecían pertenecer a una persona cercana a los noventa años. Era un caso interesante de todos modos. Iban a tener ocasión de probar más de un método experimental relacionado con los telómeros. Quizá la criogenización resultaría más eficaz que cualquier tratamiento estándar de belleza, y Patricia se alegraría de haber regresado.


En el ambiente de penumbra de la Cámara de Renacimiento, Cris había sonreído. Los tanques, aún en posición vertical, metálicos, fríos al tacto, producían una extraña sensación. Jamás había puesto el pie en un cementerio antiguo, donde los huesos se desintegraban poco a poco —decían— en el interior de osarios o, aún peor, cajas de madera que acababan pudriéndose. No podía ni tan siquiera imaginar qué habría sentido al caminar entre aquellas tumbas que adornaban con losas de piedra, a menudo grabadas con epitafios, repletas de figuras angélicas o esculturas que evocaban la existencia de otros mundos. No comprendía cómo podía haber tanta superstición junta. Y sin embargo, aun cuando aquellas escenas de dolor y muerte le resultaban tan extrañas y distantes, no podía dejar de percibir un algo perturbador en la proximidad de aquellos cuerpos inertes, que parecían vivos pero no lo estaban, paralizados, suspendidos, esperando quizá a que alguien como ella les devolviera lo que habían perdido.

Se había situado frente al cristal y había mirado fija, profundamente, en lo más hondo de los ojos de aquellos... cadáveres, aunque se resistiera a llamarlos así. Hacía tiempo que esa palabra sonaba desfasada, anticuada. Había de­saparecido casi por completo de los libros de medicina. Ser un cadáver era sinónimo de estar muerto para siempre, y eso, según la criogenia estaba demostrando, era ya un sinsentido. Los cadáveres pertenecían a una época pasada, oscura. Una etapa en la historia de la humanidad en la que se temía que la muerte fuera el fin. La muerte aterraba tanto a los seres humanos que se había convertido en un tema tabú. Nadie quería hablar de ello, nadie llegaba preparado al momento del deceso. Las religiones y otras formas de espiritualidad no habían hecho más que empeorar la situación, dando falsas esperanzas a la gente, que no sabía cómo aceptar que un día ya no verían nada más, no sentirían nada más. Se sumergirían en el sueño eterno, hasta que la Ciencia pudiera sacarlos de él. Menos mal que ya habían sido desterradas por completo de la sociedad. Esa etapa tan nefasta estaba a punto de acabar.

Cris se preguntaba qué le diría Andreas Hoffer cuando lo tuviera frente a ella, sorprendido de haber vuelto a la vida, sorprendido de haberse creído perdido para siempre en ese mar que le había arrastrado a su muerte. Cris se preguntaba lo fantástico que sería ver otra vez el brillo de la vida en esos grandes ojos oscuros, aunque ahora algo neblinosos, al decir, confundido: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y ella le respondería: “Había mucha oscuridad. Ahora hay luz”.

© Todos los derechos reservados.

martes, 24 de noviembre de 2015

El Ángel de la Muerte (30).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (29)].

—Pues no lo voy a hacer —dijo Tot.
La puerta del despacho se había incrustado contra la pared del fuerte mamporro que le había propinado Tot al entrar, sobresaltando a Leuche. Por una vez este había llegado temprano a trabajar y se puso recto en la silla frente al segundo ordenador, el que compartía con los demás Ángeles de la Muerte de la oficina nº 3176-80, algo anticuado en relación al de Tot.
­—Que no vas a hacer... ¿el qué? —preguntó Leuche soltando el ratón disimuladamente y mirándole con una sonrisa y fingido interés.
—No voy a buscar criaturas de ningún tipo al astral. Estoy harto de tener que ocuparme de misiones que no nos corresponden. ¿Dónde están los Ángeles del Infierno? ¿Dónde están los Ángeles de la Guarda Nocturna?
­—Hmm... creo recordar que los Ángeles del Infierno fueron enviados a reencarnar y lo último que se sabía de ellos es que estaban siendo perseguidos por la justicia humana. Y los Ángeles de la Guarda Nocturna... ¿de veras crees que están cualificados para tratar con criaturas del astral? ¿No se ocupaban de bebés humanos?
Tot se quedó distraído y no dijo nada por un instante, como si no le hubiera oído. Leuche aprovechó para mover lentamente su mano hacia el ratón, pero de pronto Tot se volvió hacia él. Parecía seguir a su bola.
—Me da igual lo que diga Gehirn. Ya nos castigó suficientemente obligándonos a colaborar con ese Departamento de cuyo nombre no me quiero acordar. Ya le demostramos de qué madera estamos hechos, y estoy harto de que aquí los Ángeles de la Muerte seamos los únicos que valemos igual para un roto que para un descosido. Claro, como se supone que somos los que más sabemos de la muerte, somos también los que mejor nos movemos por el astral, pero si necesitan a gente que sepa moverse en el astral, que organicen los cursos de formación necesarios, ¡nosotros ya tenemos nuestro trabajo! ¡Y si andamos escasos de personal no podemos estar haciendo el trabajo de otros! ¿Tú qué dices?
Leuche tenía la mirada fija en la pantalla y tardó en contestar. Lo hizo en cuanto reparó que Tot estaba esperando por algo.
—¿Cómo? ¿Que qué digo? ¿Sobre qué?
—Sobre rebelarnos y plantar cara a Gehirn.
—Ya sabes que si se trata de armar una revolución, puedes contar conmigo.
Sin embargo, el tono que había usado Leuche hizo que su respuesta se pareciera más a: “¿Por qué no dejas de parlotear que estoy ocupado con este jueguecito?” Tot puso toda su concentración y energía en desmaterializarse y materializarse justo al lado de Leuche, pero Leuche captó sus intenciones y en menos de una milésima de segundo hizo que la pantalla se desintegrara solo con su esfuerzo mental. Cuando llegó Tot solo pudo ver una especie de nube de humo en lugar de la pantalla. Tot no podía creer lo que había hecho su compañero. ¿Estaba tratando de engañarle?
—Un momento, ¿qué acabas de esconder?
—Eh... ¿esconder? ¿Cómo que esconder? Yo jamás te oculto nada... Espera, ¿qué estás haciendo? Eso no puedes hacerlo. Quita...
Leuche trató de taparse la cara con las manos, de esquivar la penetrante mirada de Tot. Pero él se había sentado justo enfrente de él, al otro lado de su escritorio. Había puesto sus codos sobre la mesa y sus grandes ojos negros se habían abierto de par en par, de modo que parecían dos espirales negras y blancas dando vueltas sin fin. Eso sí que era una mirada hipnotizadora. Y Leuche no se pudo resistir.
—Está bien... Aquí tienes.
Dejó que el ordenador se materializara otra vez, desmontó la pantalla y se la pasó. En ella había un cuestionario que estaba rellenando justo antes de que Tot le sorprendiese. El día anterior su guía espiritual le había llamado para una reunión urgente, y aunque aún no había decidido nada, estaba dándole vueltas en su mente a un asunto que no le había dejado dormir... al menos durante media hora.
Tot leyó en silencio y frunció el ceño. Quiso disimular su decepción, pero le fue difícil hacerlo.




 CUESTIONARIO SOBRE SUS PREFERENCIAS PARA LA PRÓXIMA ENCARNACIÓN.
Por favor, conteste a las preguntas de la forma más concreta posible y marque la casilla correspondiente.
1. ¿Qué sexo biológico le gustaría tener en su próxima vida?
o   Hombre.
o   Mujer.
o   Algo intermedio.
o   NS/NC.
2. ¿En qué lugar le gustaría nacer?
o   Cerca de donde morí la última vez.
o   Lejos de donde morí la última vez.
o   Me da igual con tal de que no haya mar a 500 Km a la redonda.
o   Me da igual con tal de que el clima sea templado.
3. ¿En qué hemisferio le gustaría nacer?
o   En el norte.
o   En el sur.
4. ¿Prefiere una vida fácil, regular, o complicada?
o   Fácil.
o   Regular, tampoco quiero aburrirme.
o   Complicada.
o   Que sea una pesadilla, quiero ganar puntos.
5. ¿Qué tipo de familia quiere tener?
o   Normal.
o   Anormal.
o   Prefiero ser adoptado.
6. ¿A qué edad quiere regresar?
o   De niño.
o   Joven.
o   Edad madura.
o   Anciano.
7. ¿Qué tipo de muerte le gustaría experimentar?
o   Apacible.
o   Accidente.
o   Asesinato.
o   Ejecución.
Gracias por sus respuestas. Recuerde que intentaremos complacer sus deseos, pero la disponibilidad de nuestros servicios está sujeta a imprevistos y puede que tenga que contentarse con lo que haya. En caso de no estar conforme con sus condiciones, siempre puede recurrir a la muerte voluntaria temprana, pero no nos hacemos responsables de las pérdidas que esto pueda ocasionar.

—Así que... ¿estás planeando reencarnar? —preguntó Tot a Leuche, en un tono neutral tirando a tristón.
—Yo... No, ¡esto NO es lo que parece!
Tot dio un profundo suspiro. Parecía dolido.
—Psé. Y yo que pensaba que por fin había encontrado un nuevo Ángel de la Muerte merecedor de ese nombre...
Sacudió la cabeza y se arrastró tristemente hasta su puesto. Solo sentía ganas de jugar con los soldaditos de plástico verdes y grises que tenía guardados en el cajón.

(continuará...)

viernes, 6 de noviembre de 2015

El Ángel de la Muerte (29).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (28)].

Se reencontraron a la hora del almuerzo. Venían los dos arrastrando los pies como si fueran plomo y sin intercambiar una sola palabra cogieron sus bandejas metálicas, pasaron por delante del cocinero para que les sirviera el rancho, y luego se sentaron en el banco uno a cada lado. Hasta la salchicha blanca de Tot tenía aspecto abatido.
—¿Algún muerto hoy? —preguntó Leuche.
El sonido que emitió Tot se parecía ligeramente a un “no” entremezclado con un sollozo.
—¿Alguna alma errante?
Tot negó con la cabeza y dio un mordisco a la salchicha.
—¿Un poco de sangre al menos? ¿Trozos de higadillo? ¿Algún sacrificio humano? Aquí y en esta época aún son corrientes, ¿no?
Tot le dirigió una mirada lánguida llena de melancolía.
Leuche suspiró. Tot perdía energía por momentos. Si continuaba así a lo mejor iba a tener que pedir la baja laboral... ¡y él se quedaría solo en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales! Y además tendría que hacer doble turno en sus asuntillos nocturnos de estrangis... Las cosas se estaban poniendo cada vez más feas.
Sus intentos de animarle durante la comida fueron infructuosos. Cada vez se parecían más a dos ángeles alicaídos. Después de una breve sobremesa se volvieron a levantar para continuar con su trabajo, y al salir del comedor se toparon de frente con una figura de brazos cruzados que daba golpecitos en el suelo con uno de sus pies. Los dos se detuvieron de sopetón.
—No os cojo de las orejas porque no son lo suficientemente sólidas, pero anda que contenta me tenéis.
Era Gehirn. Había venido en persona... a no ser que fuera una transmisión holográfica del pensamiento, pero ni Tot ni Leuche estaban por la labor de comprobarlo tocándola con un dedo. Eso significaba que el asunto debía ser grave.
—Yo diría algo para protestar, pero estoy agotado de tanto trabajo... —dijo Leuche.
—Silencio. Ya habrá tiempo de explicaciones en la oficina. De momento volvéis al Departamento de Ángeles de la Muerte. Hay un asunto urgente que requiere de... de vuestra presencia —Gehirn pronunció las últimas palabras casi refunfuñando. Le costaba admitir que los necesitaba. Había empleados con más experiencia que Tot, pero pocos alcanzaban su nivel de excelencia, errores incluidos.
—¿Y tiene que ser ahora? ¿No nos merecemos un fin de semana de relax después de haber descolapsado el astral?
Gehirn contempló largamente a Leuche como si le estuviera gastando una broma.


—Los procedimientos ilegales no constan en vuestros expedientes oficiales. Si te estás refiriendo a cierta huelga ILEGAL que se promovió y llevó a cabo ILEGALMENTE por dos Ángeles de la Muerte que ya habían sido sancionados por incumplir los protocolos de actuación, os tengo que informar que a consecuencia de vuestra iniciativa ahora lo que está colapsado es el Consejo de Ancianos, que no da abasto para atender tanta demanda de enjuiciamiento y vuelta a la sensatez. Se ha tenido que solicitar personal jubilado de varias residencias de almas para que se presenten voluntarios y el otro día uno de los ancianos se desmayó en plena sesión por falta de energía... ¡Menuda la habéis armado!
Tot no se sentía culpable ante la reprimenda de su superiora. Más bien al contrario. Se había puesto a silbar despreocupadamente mientras miraba hacia otro lado. Parecía orgulloso de lo que habían conseguido.
—Pero como digo no tenemos tiempo de ocuparnos de esto ahora. Tenéis que volver al astral. Se ha detectado actividad ilegal de ciertas criaturas que se hacen pasar por miembros de la Santa Compaña y tratan de engañar a los difuntos conduciéndolos a los planos inferiores en lugar de a la luz. Han llegado a usurpar vuestros antiguos uniformes de esqueleto con guadaña de uso exclusivo y campan a sus anchas en busca de incautos por todo el astral. Tenemos que detenerlos.
—Pero eso de la Santa Compaña, ¿no había desaparecido ya?
—Estábamos en ello. La modernización de vuestros uniformes y el cambio en la organización de los Ángeles de la Muerte era un primer paso en esa dirección. Pero parece que va a costar más de lo que creíamos. Está habiendo una evolución en la forma de conducirse de los jóvenes terrestres. Después de generalizarse Halloween ya casi nada les daba miedo. Habían olvidado a la Santa Compaña y algunas criaturas astrales preferían disfrazarse de Freddy Kruger, Ghostface o la niña del exorcista para asustar a las almas... que no sé lo que es peor. Pero algunas se dieron cuenta de que eso ya no funcionaba porque los difuntos se empeñaban en darles golosinas creyendo que así se irían. No les tomaban en serio, así que estas criaturas astrales han vuelto a adoptar la forma de encapuchados con farolillos. Parece que eso produce escalofríos a cualquiera... Y eso va en contra de la nueva filosofía que queremos implantar en el Departamento: tenemos que normalizar la muerte y eliminar el miedo a la transición.
Leuche iba a decir algo pero se había quedado con un dedo levantado, pensando en lo que acababa de escuchar. Se había perdido después de la palabra “organización”. Asintió igualmente cuando Gehirn preguntó si lo habían entendido.
—¿Estáis preparados para vuestra nueva misión?
Los dos dijeron que sí. Cualquier cosa era mejor que seguir surcando los cielos en nubecillas voladoras, con pelucas de rizos rubios.
Leuche trotó detrás de Tot, que apenas había dicho nada pero el cambio en su humor era evidente. Al mirarle no se le escapó la sonrisa que Tot llevaba en su cara. Hasta su cuerpo astral se había expandido tres cuartas por todo alrededor. Según caminaban su uniforme se fue transformando en un conjunto de pantalones grises y camiseta negra, con una insignia fardona bordada en el bolsillo izquierdo que mostraba un impresionante ángel de alas negras. Los colores cambiaban según cómo le daba la luz. Y cuando vio el Volkswagen recién salido del taller y el túnel de lavado, casi se le caían las lágrimas de alegría. Hasta tentado estuvo de ponerse de rodillas en el suelo y dar gracias a Dios. Pero por supuesto que eso no lo iba a hacer. Iba en contra de su dignidad como Ángel de la Muerte. 

(continuará...) 

domingo, 1 de noviembre de 2015

El Ángel de la Muerte (28).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (27)].

Un día más el amanecer llegó al planeta en el que los dos ex-Ángeles de la Muerte estaban destinados. Un tímido rayo de sol se coló por el hueco que hacía de ventana en la cueva de Leuche, quien a esas tempranas horas dormitaba bajo el peso de tres mantas de lana y un gorro multicolor de croché. Había estado experimentando con los tintes y ese había sido el resultado. Algunos los estaba vendiendo a otros pastorcillos. Otro rayo de sol fue a posarse sobre la mejilla sonrosada de Tot. La noche anterior había acabado tan cansado que había decidido irse a la cama con el uniforme correspondiente para no tener que cambiarse. Los últimos días habían sido tan ajetreados que cada vez se le olvidaba con más frecuencia. Una vez había ido a comunicar a un pescador que debía dejarlo todo y seguir al nuevo mesías, y se había sorprendido cuando el hombre se puso firmes y le hizo un saludo militar mientras temblaba de miedo. Luego recordó que aquella noche había soñado con su vida pasada de oficial en el ejército y ni siquiera había reparado en su apariencia al levantarse. El pescador debió de creer que venía a alistarle forzosamente. En otra ocasión le habían confundido con el niño Jesús en el astral y las pasó canutas para convencer al difunto de que Jesús no estaba como para pasearse en pañales por ningún lado... Se empezaba a hacer todo muy confuso. Así que aquella mañana se concentró para parecer un bebé con corona dorada nada más levantarse. Lo consiguió... a medias. Las ojeras y la cara de mala hostia le hacían parecer más bien Chucky, el muñeco diabólico. Ya habían pasado por lo menos diez días (se preguntó a cuántos días terrestres equivaldría eso, para hacerse una idea) desde que habían empezado la huelga a la japonesa y no habían recibido ninguna notificación de sus superiores. ¿Es que no les llegaban las noticias allá arriba? Tal vez debían cambiar de estrategia.
Encontrarse con Leuche en el desayuno le hizo sentir aún peor.
—¿Quién me debe diez celesteuros más?
Su compañero extendía su palma de la mano con una sonrisa burlona y él le miró con odio. Habían apostado un día más... y había vuelto a perder. Ya estaba harto.
—Ya te dije que cuando volvamos te extiendo un cheque.
—Clingtilicling, cling, cling... —Leuche imitó el ruido de una caja registradora—. Al final este nuevo trabajo me va a salir más rentable que ser un Ángel de la Muerte.
—El dinero no es lo que más importa en un trabajo...
—Sí, lo sé, sobre todo cuando estás muerto... pero cuando necesites sobornar a un cancerbero ya vendrás a pedirme ayuda, ¿a que sí?
Tot gruñó algo por lo bajo y sorbió de su taza de café. Se sintió tentado de echarle la culpa a Leuche por la ausencia de resultados, pero la verdad es que había demostrado en estos diez días que si quería trabajar, trabajaba. Y bastante bien, además... No estaban como para permitirse el lujo de prescindir de empleados como él en el Departamento de los Ángeles de la Muerte, así que tenía que ser amable. Leuche también estaba cansado, lo sabía, y aún así no se quejaba... excepto cuando le despertaba por las mañanas antes de que se saliese el sol. Pero es que a veces la muerte no podía esperar.


—Y bien, ¿cuáles son los planes para hoy? —preguntó su compañero—. ¿Hay hoy templos que destruir, ciudades que incendiar, más ahogamientos en mares que se abren y luego se vuelven a cerrar? Cuanto más activo está el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales, más tenemos que trabajar como Ángeles de la Muerte después... que por mí vale, ¿eh? Estoy acumulando mucha experiencia. Pero por otro lado... esto es un sinvivir. ¿No crees?
Tot le tuvo que reconocer que sí, algo así creía.
—Estás muy callado hoy. ¿Todo bien? —insistió Leuche.
Tot apoyó los codos sobre la mesa y suspiró.
—No sé... Tengo la sensación de que no vamos a ningún sitio con esto de la huelga. Y a ti te veo disfrutar y no sé si quizás te gustaría quedarte por aquí un tiempo más...
—¿Estás loco? No, no, no. No te puedo negar que lo del arco y las flechas no estuvo mal, pero prefiero el chute de adrenalina que me proporcionan los suicidios, por poner un ejemplo...
—Te recuerdo que siendo un ente espiritual la adrenalina no te produce ningún efecto físico.
—Bueno, pero habrá un equivalente para los canales energéticos de mi cuerpo astral, ¿no?
—Eso aún no está demostrado.
—Pero eso no significa que no exista.
—No voy a discutir contigo sobre esto. La cuestión es... ¡este departamento me toca las narices y quiero volveeeeeerrrrrr!
Leuche se asustó ante el desproporcionado volumen que había alcanzado la voz de Tot y miró inquieto a su alrededor. Por fortuna hacía tiempo que eran los raros que se sentaban solos en una esquina del comedor comunal y nadie parecía haberle escuchado.
—¡Tot, por todos los diablos! ¡Un poco de calma! Si quieres que pongamos unas bombas en el Departamento y volarlo por los aires, yo lo hago. Después de todo, siempre están amenazando con el apocalipsis  y luego que demuestren que hemos sido nosotros, pero tendrá que haber alguna otra solución, ¿no? ¿No se te ocurre un plan alternativo?
El aire deprimido y desesperado de Tot le hizo comprender que no. Y pensar que era él el que llevaba mejor las cuestiones religiosas...
—¡Hey! ¡No puedes ir a trabajar así hoy! Tómate esto y ya hablamos más tarde. Ya se me ocurrirá algo.
Leuche hizo aparecer una inmensa jarra de cerveza negra alemana en el centro de la mesa y se la acercó a Tot. Vio cómo se le iluminaban los ojillos y la atraía hacia sí, pero aún así no pareció animarle mucho. Se la bebió en un par de tragos y juntos abandonaron el comedor dispuestos a enfrentarse a una nueva jornada laboral: un bebé beodo con rizos rubios y un pastorcillo con gorro de croché, ambos deseosos de recuperar su trabajo vocacional. Una idea apareció en la mente de Leuche según dejaba a Tot en su nubecilla voladora, tan distinta al Volkswagen destartalado pero molón a más no poder con el que habían llegado casi a los confines del astral. ¿Aceptaría Gehirn un soborno?

(continuará...)


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