jueves, 9 de julio de 2015

El Ángel de la Muerte (21).

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (20): A state of grace].

Leuche disimuló un bostezo. La mañana había transcurrido exasperantemente lenta. La sesión de introducción al trabajo en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales habría aburrido hasta al mismo Jesucristo, cuya motivación no había disminuido ni un ápice y seguía presentándose voluntario para salvar a más humanidades en otros planetas. Para más inri ni siquiera habían tenido pausa para el café. Tot no había logrado disipar la nube gris que flotaba encima de su cabeza, consecuencia de su mal humor. Pero lo peor no había llegado aún. Conscientes de que estaban allí cumpliendo una condena por insumisos, los funcionarios del departamento y los jefes parecían empeñados en hacerles la vida (o la muerte) imposible. Querían comenzar las prácticas... YA.
Tot abrió unos ojos como platos cuando vio de qué guisa iba a lucir cuando se enfundara el uniforme de campaña.
―No... ¡No me pienso poner eso! ­―aseguró, con una voz tan seria que ni siquiera Leuche le había oído nunca.
―Si no se lo pone, tendremos que dar parte a las autoridades, y eso puede traer graves represalias.
Tot chasqueó la lengua... o al menos hizo un sonido como si la tuviera.
­―Me importan tres c...
­―¡Tot! ―le interrumpió Leuche―. ¿Qué problema hay con el traje? De acuerdo que no es tan elegante como nuestro uniforme, pero tampoco es tan grave la cosa.
Tot entrecerró los ojos, preguntándose si Leuche lo decía en serio o su única intención era que no acabaran inmovilizados en la prisión celestial. Leuche percibió su mirada furibunda y tragó saliva. Cuando Tot se cabreaba... no era bueno. No, nada bueno. Se tranquilizó un poco cuando Tot respiró profundamente, tratando de calmarse.

―Ese uniforme es de novato. Yo soy un Ángel de la Muerte con dilatada experiencia, tanto en el plano físico como en el etérico, y no estoy dispuesto a que me traten como a...
―Señor Tot...
―Herr Tot, si es tan amable.
―Herr Tot. Creo que aún no es consciente de su situación en estos momentos. Está aquí por violar al menos cuatro artículos del Código Deontológico de su departamento...
―¿Y qué sabe usted de mi departamento? Ocúpese de sus estrafalarios arbustos ardientes y déjeme a mí con lo mío.
―Eso, lamentablemente, no está en mi mano. Como usted, debo obedecer las órdenes de Gehirn, y ella tenía instrucciones precisas para mí. Por cierto, me advirtió de que posiblemente adoptaría esta actitud tan infantil.
Tot refunfuñó algo inaudible.
―¿Cómo dice?
―No es infantil... Es solo que aún me queda algo de dignidad.
―Pues debería habérselo pensado antes de infringir las normas de su departamento.
Tot volvió a refunfuñar. Leuche le observó consternado, deseando poder decir algo que le consolara. La verdad es que jamás habría esperado que aquella misión le fuera a resultar tan difícil a su compañero. No les pillaba por sorpresa. Aquello ya se lo esperaban. Sabían que tarde o temprano habrían tenido que participar en una misión rutinaria relacionada con la religión. Lo que no se esperaban es que fuera a ser tan pronto. Ni que los miles de humanidades desperdigadas por el universo tuvieran tanta necesidad de adoctrinamiento y/o salvación...
El silencio de Tot y Leuche hizo comprender a su superior que aceptaban su destino. La falta de colaboración podía llevarles por peores derroteros... y lo mejor era cumplir con el castigo y salir de allí cuanto antes. Siempre que Leuche no se dejara embaucar...
―Pero, ¿qué diablos estás haciendo? ―Tot había vuelto su cabeza hacia él. Sin apenas darse cuenta, Leuche comenzaba a parecerse a un monje. Un hábito grisáceo le cubría todo el cuerpo hasta los pies, y una tonsura dejaba ahora al aire la piel de su cráneo. Pero lo peor era que en sus manos tenía un libro antiguo manuscrito y estaba a punto de entonar un salmo, dirigiendo una mirada piadosa hacia los cielos. De pronto todo desapareció. Miró a Tot al tiempo que se sonrojaba.
―Perdón. Mi antiguo fervor religioso se apoderó de mí.
El jefe suspiró.
―No se confundan. No van como humanos en este viaje. En mi departamento actuamos como dioses.
―Y si actuamos como dioses, ¿por qué tenemos que llevar ese horrible uniforme? ―protestó de nuevo Tot.
―Porque ustedes son novatos aquí. Deben ayudar a la Divinidad. ¿No les parece ese un trabajo digno?

Tot no supo qué contestar. Después hundió su cara en su mano derecha y se puso a llorar desconsoladamente, para horror de Leuche, que no sabía qué decir para que se sintiera mejor.
―Vamos, Tot. Has representado a la Muerte en infinitas ocasiones. No puede haber nada peor que eso...
Tot se dejó conducir sumisamente. Los compañeros auxiliares le fueron pasando los accesorios. La peluca de rizos rubios no estaba mal. El arco y las flechas, eran pasables. La corona dorada, casi parecía la de un príncipe... no recordaba haber sido jamás un príncipe, excepto aquel príncipe sanguinario a quien le gustaba empalar a sus enemigos a la entrada del castillo. Las plumas en la espalda... bueno, vaya sorpresa, y qué poco originales. ¿Es que todos los ángeles eran iguales en ese departamento? Ni siquiera podía ir de adulto, tenía que adoptar la apariencia de un niño. Pero cuando le dieron los calzones... casi se le detiene el corazón, y no pudo reprimir por más tiempo los sollozos. Y lloró aún más cuando vio que Leuche iba a hacerse pasar por un inocente pastorcillo que se encargaría de convertir el agua en vino cuando llegara la ocasión.
Por todos los infiernos, ¡¡¡¿QUÉ HABÍA HECHO PARA MERECER TAL HUMILLACIÓN?!!! 
Se juró a sí mismo que si averiguaba cómo hacerlo iba a untar veneno en las puntas de esas flechas...

(continuará...)

viernes, 6 de marzo de 2015

Soy una intolerante.

A medida que me hago mayor me doy cuenta de que en lugar de pasar más de todo, me afectan más las cosas. Bueno, quizá la palabra “afectar” no sea la más adecuada. Creo que debería decir mejor: “En lugar de pasar más de todo, más cabreo interno me generan las cosas”. La experiencia es un grado, dicen. Yo, a pesar de ser relativamente joven, creo que ya tengo unas cuantas licenciaturas y un par de doctorados en cuando a experiencia se refiere. Experiencia de la vida. Por eso, si alguien trata de aprovecharse de mí, le cazo al vuelo antes de que haga el primer movimiento sospechoso. Si comienza una trifulca, soy capaz de intuir cómo van a reaccionar como si fuera Bruce Lee en un combate de kárate, y aunque me vea en medio de una lluvia de mamporros virtuales, soy capaz de aguantar los insultos sin despeinarme y sin una palabra fuera de tono. Eso sí, el cabreo interno no me lo quita nadie. Gracias a mi gran experiencia en meditación, he aprendido a que las malas emociones me resbalen, pero aún así siempre queda un poso desagradable.

La razón por la que debo andar por la jungla de internet con un spray de pimienta en el bolso no es porque yo vaya buscando problemas. Es solo que internet no es más que un reflejo de la sociedad, por tanto también existen callejones oscuros, antros de mala muerte y lugares poco iluminados en los que tu vida corre peligro. También hay muchas personas que se refugian en su anonimato, y como a ti tampoco te conocen, quizá gustan de imaginarte como una pobre niña desvalida y sin un duro que sería capaz de vender su cuerpo por un mendrugo de pan. Algunos incluso afirman que su propósito es reunir fondos para luchar contra el tráfico de seres humanos, mientras que por otro lado tratan de aprovecharse de ti y de tu trabajo, esperando que tu tiempo y esfuerzo les salga gratis. Esto me pasaba en el mundo real, y ahora, también me pasa en el mundo virtual. No es que me pille de sorpresa, solo me corroe las entrañas. Tanto que estoy a punto de ir al médico por una úlcera en el estómago.


Soy una soñadora, no lo puedo evitar. Los lectores habituales del blog ya se habrán dado cuenta, y los que me conocen personalmente lo saben. También me gusta luchar por causas perdidas, soy así de idiota. Lo bueno (o lo malo) es que no tengo nada que perder. Y esto no es solo un dicho. que no tengo nada que perder. Eso me hace extremadamente peligrosa. Es un arma que intento no utilizar, pero si alguien me cabrea lo suficiente, la sangre (virtual) podría llegar al río. La culpa de todo la tiene mi intolerancia. Esa es mi principal enfermedad. No tolero las injusticias. Ni que me tomen el pelo. No tolero que me falten al respeto y pretendan degradarme, pensando que con vanas palabras me hundirán en la miseria, pataleando como un niño con una rabieta cuando ni siquiera me conocen y además lo único que he intentado es hacer valer mis derechos (y tal vez por ser más inteligente que ellos, que quizá es lo que más les duele). No sé si es que ya soy perra vieja, pero lo cierto es que me hacen sonreír. Mucho. Igual que si estuviera en el circo presenciando un espectáculo de fieras. Igual,  porque eso también dejó de divertirme hace tiempo. La sonrisa no es por lo agradable del espectáculo, sino porque lo he visto antes y sé lo que va a ocurrir. En el fondo no me hace gracia porque como intolerante que soy esas actitudes humanas me reconcomen por dentro y pueden sacar lo peor de mí. Cada vez me pasa menos, pero el riesgo está ahí latente, igual que late la vena del cuello a punto de reventar.

El otro día alguien decía que sentirte alienado de los demás —sí, eso también me ha pasado de toda la vida, porque soy así de rara— te podía llegar a hacer más tolerante. Yo al principio respondí medio en broma medio en serio que eso no era así, porque yo noto que cuanto más vieja soy, más intolerante me vuelvo. Pero luego comprendí que era cierto, solo que lo de volverse tolerante es muy a largo plazo. Quizá lo que ocurre es que hay varios tipos de intolerancia. Yo he llegado a un punto en el que no tolero apenas nada. Antes era joven e inocente, si alguien pretendía hacerme daño tendía a huir o a no protestar. El cabreo interno era el mismo, pero tenía cosas que perder... o eso creía entonces. Ahora lucho, y siempre lucharé, porque si no luchas el mundo nunca cambiará. Porque somos nosotros los que tenemos que cambiarlo, haciendo lo que sea que está en nuestras manos. Pero aunque luche, en realidad la lucha se ha convertido en algo más impersonal. No se trata de odiar a nadie en concreto ni de buscar venganza, sino de aceptar que hay un gran número de seres humanos que aún son como niños. O como animales domésticos, como decía mi amiga: no puedes pedirles más de lo que son capaces de dar, así que no tiene sentido echarles la culpa de nada. Al final te vuelves más tolerante con ellos porque acabas viendo que no merece la pena intentar cambiarlos. Como mucho puedes intentar que mejoren un poco, teniendo en cuenta que ese “poco” va a ser una cantidad mínima. Y la única forma de hacerlo es resistiéndote a sus intentos de humillarte. No puedes otorgarles el poder, o seguirán haciendo lo mismo una y otra vez. De hecho, ya lo hacen, porque por desgracia hay otra parte de la humanidad que sí piensa que tiene algo que perder y aceptan las reglas que otros han puesto porque piensan que no hay otra opción. Es entonces cuando me asalta otro tipo de instinto, el de protección hacia mis colegas. Una causa estúpida y destinada al fracaso. Estúpida, porque a mí nadie jamás me ha echado una mano (salvo muy contadas excepciones), y sin embargo, eso no me hace menos generosa. Y destinada al fracaso porque aquí, o te proteges tú mismo, o los palos te seguirán cayendo... pero no porque hagas algo mal, sino porque el mundo funciona así, y nosotros mismos lo permitimos. Pero me da igual. Aunque ahora mismo mis colegas o futuros colegas no sean más que caras invisibles y desconocidas, la solidaridad hacia ellos existe, porque por suerte algunos de ellos han abierto el camino, y si hay algo en lo que de verdad creo, es que hagamos lo que hagamos, tenemos que apoyarnos unos a otros. Si algunos se quedan callados, yo no pienso hacerlo.    

miércoles, 11 de febrero de 2015

El salto a... ¿la nada?

Bueno... espero que no. Resulta que después de un tiempo pensándomelo, he decidido hacerme redactora profesional y empezar POR FIN a cobrar por lo que escribo. No, no os asustéis, de momento este blog seguirá siendo gratuito (aunque no puedo prometer nada y no lo prometo), porque lo escribo por placer y para desahogarme. Pero viendo que en general los autores pecamos de tontos, no parece que tengamos intención de cambiar ni de unirnos para colaborar juntos, y por otro lado, cualquier día me veo obligada a pernoctar debajo de un puente, pues creo que ha llegado mi hora de dar el gran salto.

Estoy trabajando en ello. Mientras... como estaba aquí esperando algún encargo y las yemas de mis dedos comenzaban a añorar el tacto de las teclas, se me ha ocurrido escribir este post, que puede que sirva como una pequeña declaración de intenciones y para no echarme atrás si mañana me levanto con síntomas de arrepentimiento.

El caso es que estaba buscando citas con gancho para mi nuevo blog profesional (no os digo qué número hace en mi lista, pero quizá deberían declarar la “bloguitis” como nueva enfermedad mental), y encontré varias que me recordaron la razón por la que soy escritora: no puedo evitarlo. Creo que venía en mis genes. Bueno, no, que venía en mi alma, pues no es la primera vez que intento vivir de esto y muero en el intento.

Se me ocurrió publicar aquí esas citas y añadir algunos comentarios de mi cosecha:

“La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia”.

Richard North Patterson.

Creo que el consejo más valioso que he recibido alguna vez para ser escritora es “Escribe, escribe, escribe”. Da igual si tienes ganas o no. Da igual si te sientes inspirado o no. Escribe. O, en su defecto, lee, aunque sea un diccionario o el paquete de los cereales. Lee y escribe. Yo creo que por poco no nací escribiendo. A los doce años comencé a escribir mi diario personal, y ya no pude parar... hasta hoy. De hecho, igual que le pasa a un amigo mío también escritor, voy necesitando un ordenador que lea mis pensamientos para poder ir más rápido y poder transmitir todo lo que me gustaría decir. Voy tirando con todos mis blogs, varios foros, un diario personal para cada temática, y unos cuantos proyectos literarios... ¡pero nunca es suficiente! Todavía no me he acostumbrado a contar las palabras que escribo al día, pero si lo hiciera seguramente me caería de espaldas.

“Para mí, escribir no es una cuestión de libre albedrío, es un acto de supervivencia”.

Paul Auster.

Por fortuna hace un tiempo que me siento realmente viva, pero hubo un tiempo en el que necesitaba escribir igual que el aire que respiro. Tengo la mala costumbre de funcionar como una olla a presión, voy acumulando vapor hasta que exploto. Escribir es la válvula por la que dejo escapar un poco de ese vapor antes de que sea demasiado tarde. Aunque a veces exploto igual. Cuando eso ha ocurrido, he escrito los mejores pasajes de mis novelas, así que tal vez no sea tan mala costumbre. Al final hay que aprender a sacar provecho de cualquier circunstancia.


 “A lo mejor escribir no sea más que una de las formas de organizar la locura”.

Isidoro Blaisten.

Y este blog es la prueba. Suelo decir que los que parecemos locos somos en realidad los que menos locos estamos, pero quizá solo estamos menos locos porque escribimos. ¿Qué es la locura después de todo? ¿Es un estado mental permanente o transitorio? ¿Es el estado mental de las personas que se niegan a aceptar las costumbres, normas sociales y actitudes de aquellos que pretenden normalizarlo todo? Me voy a hacer la loca y no voy a responder a ninguna de estas preguntas... al menos no hoy, que tengo que ir hacerme la merienda.

“No hay leyes para escribir una novela. Nunca hubo ni habrá”.

Doris Lessing.

Leer esto me produjo un gran placer. No lo suelo decir mucho en público para pasar desapercibida (y porque así no interfiero en las ganancias de los que pretenden enseñarnos algo a los autores, al menos a los que ya sabemos escribir), pero eso es justamente lo que pienso. Y por mí no habría leyes para nada. Pero somos humanos y aún las necesitamos, por desgracia. Ahora, para ser escritor de verdad, estoy convencida de que solo necesitas escribir bien, que dicho sea de paso, no, no es nada fácil. Si es necesario, monto una revolución para extender esta idea. Pero me temo que tampoco será hoy.

“Sé tú mismo cuando escribes. Destacarás como una persona real entre robots”.

William Zinsser.

Por supuesto, esto es consecuencia de lo anterior, o sea, que la existencia de leyes hace que los escritores parezcamos robots y encima apenas nos paguen por escribir. La revolución hay que dirigirla a aquellos que pretenden hacer de los escritores una máquina de hacer dinero que publica siempre los mismos libros. Así se fabrican los best sellers, para los que no lo sepan. Lo malo es que luego hay gente que piensa que porque un libro es un best seller significa que es bueno, como una mujer que vi el otro día en la tele hablando sobre 50 sombras de Grey. A quién vamos a engañar, está claro que es una revolución perdida, porque en el fondo a muchos de nosotros nos gustaría hacernos ricos escribiendo. ¡Despertad, escritores! O seguid siendo robots, vosotros mismos...

“Escribir es una forma sofisticada de silencio”.

Alessandro Baricco.

Sí, esto me pega. A veces ni yo misma recuerdo el sonido de mi voz. Eso sí, en mi cabeza los diálogos son infinitos y alguno de ellos llegan a ser traspasados al papel, pero esos son los menos. Es una pena, porque el mundo se está perdiendo unos discursos que no tienen precio. Soy una autora muy, pero que muy sofisticada. Hace unos años que vengo diciendo que me cansé de ser tan callada. En realidad ahora sigo siendo igual de callada, pero solo porque ya hablo mucho a través de la palabra escrita. Las ganas de gritar son más o menos las mismas ahora que hace setenta años.

miércoles, 28 de enero de 2015

El Ángel de la Muerte (20): A state of grace.

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (19)].

Skel no podía borrar la sonrisa de su cara, apretujado en el asiento trasero de un Seat 600 de color amarillo, en medio de sus dos mejores amigos. Habían tenido la suerte de hacer autostop y haber encontrado rápidamente un alma caritativa que les llevaría de vuelta a casa. Estaba oscuro y el cansancio empezaba a hacer mella en sus cuerpos etéricos. Tot cabeceaba en el lado izquierdo, aunque despertaba sobresaltado cuando en sus sueños aparecían las fauces de un monstruo a punto de devorarle. Leuche iba perdido en pensamientos filosóficos en el lado derecho, contemplando las sombras entre sólidas y esponjosas que adornaban el tétrico paisaje de la noche astral. El conductor no era muy amigo de la música... aparte de ser extremadamente silencioso y aburrido. Cuando los había recogido ni siquiera había pronunciado una palabra, se había limitado a hacer un leve movimiento de cabeza. Llevaba la radio puesta, pero no hablaba ningún locutor. Solo se oía un silbido fantasmal que a Leuche le hacía pensar en contactos extraterrestres.
Era curioso el astral...
―Oye, Tot... ¿estás seguro de que llegaremos a tiempo para la sesión de presentación en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales?
Leuche solo recibió un ronquido por respuesta.
―Skel, ¿me haces un favor? ―dijo.
―Claro, para eso estamos los amigos.
―¿Le das un codazo a Tot para que me haga caso... y ya de paso deje de mover las piernas como si alguien le estuviera persiguiendo?
―Ahora mismo.
Skel concentró su fuerza un instante y le arreó a Tot un mamporro en los riñones. Tot despertó creyendo que había sido un bache y bostezó.
―Oye, Tot, ahora que estás despierto ―dijo Leuche―, ¿estás seguro de que llegaremos a tiempo para la sesión de presentación en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales?
Tot quiso moverse un poco para acurrucarse mejor contra la ventanilla, pero el espacio era demasiado reducido.
­―Pues claro... no te preocupes ―murmuró, sin darle importancia.
Leuche frunció el ceño.
―No sé... tengo la impresión de que ha pasado demasiado tiempo y se supone que solo teníamos una noche. Además no me cuadra que en casa no exista el tiempo... La próxima vez tienes que dejar que haga yo los cálculos temporales.
―No creo que puedas, es demasiado complicado ―Tot apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos. Pero la luz se seguía reflejando en el cristal. Cómo echaba de menos tener párpados...
Leuche habría contestado a eso si no hubiese estado de nuevo perdido en sus pensamientos. De pronto se le ocurrió otra pregunta.
­―Oye, Tot, tú que has viajado tanto por el astral por motivos de trabajo... ¿alguna vez te has topado con el Diablo?
Tot abrió los ojos y no pudo evitar una leve sonrisa.
―Montones de veces. El astral está plagado de diablos... cualquiera puede serlo, ¿no lo sabías? Incluso yo lo fui por un tiempo, pero me cansé de no ser útil para la Humanidad.
―Pero Leuche se refería al Diablo de verdad, ¿ese también existe? ―intervino Skel.
―No sé, ¿vosotros qué creéis?
―¡Nosotros preguntamos antes! ―se apresuró a contestar Leuche.


Tot se removió inquieto, pues prefería que sus compañeros descubrieran esas cosas por sí mismos. Solo accedió a hablar porque en el fondo... muy en el fondo, Leuche le caía bien. Y además había hecho una buena pregunta.
―Existir existe... en las mentes de los que creen en él. Luego en el astral aparece todo lo que la gente ha pensado o ha imaginado alguna vez, y como la mayoría de la gente vive en un estado de imbec... *ejem*, de confusión absoluta, siguen pensando que el Diablo existe de verdad. Algunos pueden tirarse media eternidad viviendo en esa especie de realidades paralelas. De hecho, en la Tierra también lo hacen constantemente. Luego, hay otros que se aprovechan de la situación. Se retroalimentan unos a otros. ¿Queréis que os lleve a ver a un viejo amigo mío que sigue viviendo en una de esas realidades paralelas? ―Tot consultó su reloj atómico de precisión, válido para todas las esferas terrestres―. Aún tenemos tiempo.
Leuche se sacudió el cansancio (ni siquiera se había percatado del asombroso reloj que poseía Tot) y se mostró encantado con la proposición. Skel seguía con la sonrisa en su cara, le podían llevar a donde quisieran.
―¡Vale! ―respondieron el unísono.
―Bien. ¡Hey, conductor! ¿Nos lleva al distrito 356 del plano astral 23? Queda aquí al lado...
Unos ojos entre verdosos y amarillentos se reflejaron en el espejo retrovisor y el conductor hizo una señal afirmativa. Incluso pudieron convencerlo para que les esperara. Sin duda tenían una noche de suerte.
Cuando llegaron a la plazoleta en medio de la nada, Leuche dudó si no habían vuelto al plano físico. Una fila de almas encapuchadas iba en procesión en medio de la niebla. No se les veía las caras, y algunos portaban unos faroles con luces macilentas de color rojo como el fuego. Hacían ruido de cadenas al avanzar. Avanzaron un poco junto a ellas, y entonces entre la niebla comenzaron a divisar una tétrica torre cuadrangular de iglesia, acabada en un campanario y un tejado negro puntiagudo con una cruz en lo alto. Solo que la cruz estaba dada la vuelta. Aparte de eso, el lugar emanaba una paz casi mágica. Había almas de cigüeñas negras construyendo nidos en el tejado. Los tres sintieron una irresistible atracción hacia el lugar.


Dentro el ambiente era idéntico al de cualquier iglesia o catedral gótica que hubiesen conocido en vida. Las cristaleras eran espectaculares. Bajo sus pies, baldosas blancas y negras cual tablero de ajedrez, brillantes, daban ganas de arrodillarse y comenzar a rezar. Los bancos de madera estaban llenos de gente con la mirada perdida, murmurando oraciones ininteligibles. En el púlpito, alguien con aspecto de monje piadoso pero un tanto inquietante por sus ropas oscuras y su cabello largo grisáceo, ceniciento, les atravesó con la mirada y los siguió hasta que se situaron en los primeros bancos. Parecía que no querían perderse ni una sola palabra del sermón que había preparado. Los tres Ángeles de la Muerte permanecieron de pie, embriagados por el incienso y el aire de espiritualidad que se respiraba. El supuesto diablo posó sus ojos rojizos en Tot, pareció reconocerle y sonrió con ironía y algo de arrogancia. Le guiñó un ojo a modo de saludo, consciente de que a él no podía engañarle y que había venido de visita. Solo esperaba que después de la misa no tratara de convencerlo una vez más de que dejara esa forma de vida, ahora que la parroquia había alcanzado más de dos mil trescientas almas, según el último censo. Después pareció olvidarse de él y procedió a iniciar el canto. Un canto glorioso e hipnotizador que le parecía llenar de un placer inconmensurable, al comprobar lo fácil que era mantener controladas a un grupo de almas, sin tan siquiera intentar engañarles hablándoles del paraíso eterno. Ya tenían la inmortalidad, pero estaban tan dormidos que no se habían dado cuenta aún. ¡Creían que aún estaban vivos y que podían morir! Y otros, algo más despiertos, pero no mucho más, sin duda preferían la oscuridad, el pecado, la codicia, la crueldad, la venganza y las promesas de alcanzar un poder con el que todos aún soñaban, incluso después de muertos. Y lo más gracioso es que en la Tierra seguía habiendo gente que aún estaba convencida de que la muerte cambiaba algo.
Tot pensó que aquello iba a ser una buena introducción para el trabajo que iban a tener que realizar próximamente. Siempre que consiguiera que sus compañeros no acabaran dominados también por el fervor religioso... La música era pegadiza después de todo. Él se hubiese quedado con un órgano gótico, pero seguro que para Leuche la sección de guitarras eléctricas era casi celestial. 


A STATE OF GRACE

Thinly veiled, a cruel disguise,
vengeance lies behind these eyes
Glaring from the pulpit
as the Fallen Angels follow me
Plageristic sermons hiding voyeuristic undertones
Foolishly they will embrace
and ignorant they follow me

You’ve never truly known the kind of place
that I come from
You turned your back on all the signs
that bore the words of warning

Come to me my simple child,
tear apart your innocence
Pray with me beloved son
and I will help you find a way
Think before you throw yourself
upon the tables and the merchants
Are you sure this temple isn’t just
another cruel perversion?

You’ve never truly known the kind of place
that I come from
You turned your back on all the signs
that bore the words of warning

Don’t look for comfort in this house of mine
Don’t ask for mercy at my image or my shrine
Don’t seek forgiveness at this house of mine
Don’t build a temple here and
wait for me to walk into the fire

I will make this promise now
A simple thing, a sacred vow
Come with me my pretty Angel
I will show you how to fly
We will fall together
into unforgiving night we plunge!
Chained by sin and clothed by guilt
We will be as one forever

Don’t look for comfort in this house of mine
Don’t ask for mercy at my image or my shrine
Don’t look for comfort in this house of mine
Don’t break the Holy bread
or drink the Holy wine
Don’t seek forgiveness at this house of mine
Don’t build a temple here
and wait for me to walk into the fire
the fire, the fire
        
―Recordad que esta realidad es falsa, falsa, ¡FALSA! ―trató de hacerse oír Tot por encima del volumen de la música―. Esto es lo que ocurre en el astral. Los humanos se aferran a sus deseos, se aferran a sus creencias. Son víctimas de su propia estupidez.
―Pues a mí me mola este tipo... ―dijo Leuche―. ¿Podría ser como él en mi próxima vida?
Tot sacudió la cabeza y luego se encogió de hombros.
―Por mí como si te quieres tirar por un puente.
Leuche sonrió. Parecía que Tot no había captado su tono de broma.
―Por cierto, no olvides que me tienes que contar eso de que tú también fuiste un diablo por un tiempo.
―Ni lo sueñes.
―A mí me lincharon una vez... bueno, varias veces, por crímenes varios, ¿eso cuenta?
―No, no cuenta.
―¿Y qué es lo que hacías tú para que te llamaran diablo?
―Que te calles.
―...
―¡¡Que te calles!!
Leuche le obedeció, al tiempo que arrojaba su sombrero de copa entre la multitud y se ponía a mover sus melenas de caballero victoriano como si no fuera a haber mañana.

(continuará...)

jueves, 15 de enero de 2015

Reflexiones de Haldor.

—Cuanto antes lo aceptes, mejor.
—Eso no va a pasar nunca, maestro.
—Pues entonces la losa pesará siempre sobre tus hombros.
Haldor volvió la mirada a las llamas, esperando en vano que sus manos dejaran de estar heladas. Tal vez el problema estaba en su corazón, a veces le parecía que se estaba volviendo frío como el más cruel de los inviernos. Pero no. Su corazón siempre se hallaba rodeado de llamas, idénticas a las que contemplaba frente a él, envuelto en su gruesa capa de lana oscura, tratando de comprender el mundo en el que vivía.
Sentía la losa que su maestro Hathaur mencionaba, algo que con frecuencia le hacía desear caminar solo entre las sombras del bosque o esconder su rostro bajo la capucha mientras la lluvia caía dulce y gris sobre su cabeza. Pero lo que más pesaba era conocer la Verdad y no poder utilizarla para el bien común. No poder evitar la desgracia y la locura reinante allá donde fuera, siempre que había seres humanos de por medio.

Haldor era obstinado. Por eso llevaba la contraria siempre que podía a Hathaur. El pobre viejo era un pozo eterno de sabiduría, pero toda esa sabiduría no le servía de nada cuando se trataba de resolver cuestiones prácticas. Siempre había alguna ley natural que no se debía romper o algún poder ancestral ligado a la tierra que era mejor no desafiar. Y mientras, la gente moría a su alrededor sin mover un dedo por evitarlo. La gente mataba por un pedazo de pan o por una disputa sobre qué dios era mejor adorar. Las niñas eran vendidas, los niños esclavizados y reducidos a esqueletos andantes en un par de lunas. Los hombres pedían ser ajusticiados antes de ser enviados a las mazmorras donde la muerte era igual de segura pero mucho más lenta. Los que trataban de sobrevivir sin hacer mal a nadie perdían las cosechas año tras año o se las robaban directamente.
Él había hecho crecer un brote de cereal solo con el poder de sus manos. Pero no era capaz de cambiar el mundo. Él había visto a Hathaur reparar heridas mortales llenas de líquido pestilente con poco más que unas plantas y el poder de su pensamiento. Pero no era capaz de cambiar el mundo. Él había viajado por mundos que otros consideran irreales y había visto con sus propios ojos cómo la existencia de lugares sin oscuridad ni maldad no solo es posible, sino que están al alcance de todos nosotros. Pero no era capaz de cambiar el mundo.
Eso era lo que no podía llegar a aceptar.
Lo había intentado en varias ocasiones y siempre había salido mal, eso era cierto. Pero se negaba a darle la razón a su maestro porque no entendía que los misterios de la especie humana no fueran ya misterios para él y tuviera que seguir siendo testigo de la ceguera y la desolación de la vida cotidiana de aquellos que compartían la tierra que pisaba.
—¿De qué sirve el conocimiento entonces, maestro? —le había preguntado tantas veces mientras Hathaur preparaba esos guisos con setas que le volvían loco.
—¿Servir? ¿Es que tiene que servir para algo? ¿Sirve de algo que un nogal crezca en el bosque? ¿Sirve de algo que una ardilla haga su casa en el tronco del nogal? ¿Sirve de algo que un cervatillo nazca? ¿Sirve de algo que haya estrellas en el cielo? Las cosas son porque son. Existen independientemente de que tú existas o no. Y no tienen por qué girar a tu alrededor ni servirte de algo. Eres tú el que decide qué valor tienen. Para otros puede no significar nada. Y están en su derecho.
—¿Por qué yo sé y otros no?
—¿Por qué algunos nacen ciegos y otros sordomudos? ¿Acaso saben menos por percibir el mundo de otra manera?
—Me gustaría que al menos alguna vez no me respondieses con preguntas.
Hathaur soltó una sonora carcajada.
­—Muchacho, ya deberías saber que yo nunca te voy a dar las respuestas... porque no las tengo.
—¿Entonces no sirve de nada?
El hechicero se volvió hacia él. Algo en su tono de voz le dijo que Haldor se hallaba en un callejón de salida, y no le gustaba verlo atrapado sin posibilidad de salvación. Después de tantos años, le había cogido cariño. Haldor se había sentado en el taburete de madera y parecía encogido bajo el peso de esa losa que —sabía— siempre llevaría a cuestas. Cuando se dio cuenta que al verlo así sus ojos se habían llenado de lágrimas dio un respingo y se acordó de que tenía que remover el guiso. El silencio también parecía haberse hecho sólido. Le ofreció una escudilla con una ración generosa del manjar que acababa de preparar y luego se sirvió un poco él. Se sentó enfrente de su discípulo y comprobó que su mirada aún continuaba perdida.

—Haldor... El conocimiento otorga poder. Pero ese poder puede ser bueno o malo, depende del uso que tú quieras darle. No es la primera vez que veo esa mirada de determinación en alguien... estás seguro de lo que sabes, y eso me hace sentir orgulloso, porque gran parte te lo enseñé yo. Y lo hice por una razón: porque sabía que tú sabrías cómo sacarle partido. Muchos creen saberlo, pero acaban dominados por sus aires de grandeza, se creen especiales, superiores a los demás, creen que ya lo han aprendido todo, se creen incluso capaces de despreciar aquello que no encaja en su propia concepción artificial del mundo que se han creado... ¿Quieres que te diga cómo acabaron algunos de ellos? Los verdaderos sabios no lo parecen. Los verdaderos magos no llevan ningún distintivo que los delate, y los verdaderos maestros surgen en cualquier lugar, cuando menos te lo esperas, y pueden estar envueltos en harapos o tener apariencia de joven ingenua. Las personas están tan ciegas que ni siquiera son capaces de reconocer a los verdaderos maestros, aquellos que según saben más y más, se van haciendo más pequeños y pasan más desapercibidos. ¿Sabes por qué pasan más desapercibidos? Porque su sabiduría les ha hecho comprender que hay cosas que no necesitan ser cambiadas. Por mucho que les duela. Por mucho que les cueste conciliar el sueño por las noches, cuando el resto del mundo duerme ajeno a lo que individuos como tú saben. Es un sentimiento amargo... lo sé. Pero créeme, aprenderás a vivir con ello. Y ahora, come. No quiero que tu cuerpo físico se desintegre antes de tiempo.  
Haldor trató de obedecerle, pero el nudo en su estómago se lo impidió. No sabía cómo, pero tenía que encontrar la forma de rebelarse a aquellas palabras.

[Haldor y Hathaur son personajes de mi novela La espiral de marfil. Tal vez algún día me ponga a escribir otro libro sobre ellos... pero temo que no será hoy].

martes, 30 de diciembre de 2014

Cómo hacer que una panda de gañanes se ponga a trabajar.

(Hacía mucho que no publicaba un relato. Pido disculpas con antelación, pero esto es lo mejor que he podido escribir en estas fiestas tan abur... señaladas).

El humo ascendía en volutas hacia el fluorescente ubicado en el centro geométrico del techo de la sala de reuniones. Las zapatillas Geox de última generación con suela de goma hacían un sonido chirriante si se frotaban contra la madera lacada de la larga mesa que ocupaba la mayor parte de la habitación. Por eso María posaba sus pies en ella con infinito cuidado, puesto que no quería que nada perturbara su pensamiento, ni siquiera la música que provenía del Windows Media. Hasta el ordenador de sobremesa estaba apagado. Había algo que preocupaba a María... y no era el menú de Nochevieja que iba a tener que preparar en menos de veinticuatro horas, puesto que iba a repetir exactamente los mismos platos que en Nochebuena, incluidos los langostinos con salsa holandesa que tanto éxito habían tenido (a pesar de ser langostinos congelados y haber sido la primera vez que hacía salsa holandesa... de todas formas, ¿alguien sabía cuál era la diferencia entre salsa holandesa y mayonesa?). No, lo que más le preocupaba era la escasa actividad que había en la oficina y el alto nivel de escaqueo de sus compañeros. Carlos se iba a hacer dominadas al parque de dos manzanas más allá en cuanto llegaba la pausa del café que teóricamente era de quince minutos pero que parecía cundirle bastante a juzgar por el grado en que se le marcaban los músculos dorsales en su camiseta. Alfonso se movía con sigilo y ni siquiera te enterabas cuándo iba al baño, pero curiosamente nadie parecía estar seguro de qué aportaba al grupo, si es que alguien se acordaba de él. A Soraya le sonaba el wassap cada dos segundos y medio, y cuando no le sonaba era porque estaba twitteando algo... Y Martín siempre decía que andaba ocupado, cuando en realidad lo que miraba con cara de interesante en la pantalla de su portátil eran las noticias de El Mundo.
Las gráficas no dejaban lugar a la duda: el rendimiento del grupo estaba bajo mínimos. Si hubieran tenido un Psyleron en la oficina la línea no se habría desviado hacia abajo indicando que el mal rollito se extendía entre los trabajadores, sino que directamente el pico negativo habría bloqueado el programa y tal vez alguien habría acabado matando a alguien. ¿Quizá Martín a Soraya? Se comentaba en los desayunos que aún estaba dolido por haberle dejado, pero no... aquello no tenía nada que ver con amor o sexo, sino con pura dejadez, frustración y el elevado grado de sociopatía que presentaban los que ejercían la profesión de escritor, según el último estudio del Instituto para la Salud Laboral en Ambientes Virtuales. Además había quedado demostrado que ni la medicación ni el rellenar varios folios con la palabra REDRUM separada por un espacio tenía efectos positivos en la conducta de estos profesionales.
Unos pasos silenciosos se acercaron atravesando la moqueta grisácea de la sala de reuniones y María protestó al sentir que alguien le daba una colleja.


—Coño, María, ¿no te dije que está prohibido fumar en el despacho?
—Pues no sé, me estarías hablando mientras intentaba formatear mi última novela, porque no me acuerdo... Ya sabes que las tareas que exigen una inteligencia sobrehumana no me dejan neuronas suficientes para recordarlo todo. Además estoy pensando.
—¡Oh! ¿De veras? ¿Y en qué piensas?
—¿Aparte de cómo deshacerme de mi jefe sin dejar huellas?
—Claro. Ya sé que eso es lo que ronda tu cabeza desde que nos conocimos, pero la última vez no tuviste suerte con lo de los frenos...
—Fue culpa del mozo del taller. Tal vez sea mejor trabajar sola.
—Bueno, todo depende de cuáles sean tus intereses, ¿no?
—Tal vez.
­—Bueno, ¿y qué pensabas? Porque sé que nunca jamás has fumado, ¿qué te pensabas? Conozco a mis empleados, ¿sabes?
­—Ok. Te lo voy a decir ­—María bajó los pies de la mesa y se incorporó en su silla, enseñando un esquema garabateado en una libreta que había pedido prestado a la secretaria—. ¿Ves esto?
—Sí.
­—He estado dándole vueltas a por qué cada vez que vengo a la oficina no tengo ningún correo en la bandeja de entrada, ni hay ningún comentario nuevo en ninguno de mis blogs, ni tampoco nadie me ha pedido una solicitud de amistad en el Facebook, ni por qué nadie escucha a nadie en las reuniones de vecinos de mi comunidad. Pero enseguida noté cierto dolor en mi sien izquierda que me hizo recordar que la caldera sigue parándose después de hacer un ruido como de succión, sabes, como si fuera a explotar... No tengo dinero para pagar al técnico así que pregunté a un vecino, me cogí un destornillador y me propuse arreglarla yo misma, más que nada porque cuando salgo de la ducha tengo las pestañas escarchadas... pero no como las frutas, sino con hielo de verdad, el congelado. Así que corté el agua y empecé a destornillar todo aquello que podía acoplar con el destornillador, y fui poniendo las piezas una a una cuidadosamente ordenadas en el suelo. Saqué una rata muerta de una de las tuberías y pensé que ya lo había solucionado, pero al ir montar otra vez la caldera, me di cuenta de que me sobraban piezas... y eso que había hecho un esquema para no despistarme. Eso que puedes ver son las tripas de mi caldera. Me preguntaba si alguna vez viste la tuya, así quizá me podrías echar una mano...
El jefe echó un rápido vistazo al esquema y no, no la reconoció. Bueno, por un segundo pareció que sí porque se rascó el mentón y adelantó un dedo como si fuera a decir algo, pero después frunció el entrecejo y no dijo nada.
Aún absorto, se levantó y caminó lentamente hasta la máquina de café, se sirvió una taza con dos terroncitos de azúcar, continuó hasta su despacho, se sentó en su sillón de jefe, abrió un documento de Word y tecleó, entre sorbo y sorbo al café:

“TAREA URGENTE: Mis empleados se dispersan. Nadie está en lo que tiene que estar. Todos se quejan, pero aquí nadie hace nada. Hay que parar esto... al menos antes de que llegue el fin de Enero, porque entonces el presidente de la corporación me pedirá las cuentas y entonces se nos va a caer el pelo y no se va a salvar ni el Tato del E.R.E.”.

Mientras pensaba qué hacer para poner a trabajar a su panda de gañanes, su mano derecha se movió inconscientemente al ratón y de pronto se maximizó la pantalla de los Lemmings, nivel 42, ese en el que solo tienes un escalador, un cavador y un paracaidista para salvar a treinta de los tuyos. Era el decimotercer intento y todavía no había conseguido meterlos a todos en la madriguera. Se iban a enterar esos muñequitos.

viernes, 5 de diciembre de 2014

El Ángel de la Muerte (19).

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (18).]

―¿Es este el número? ―preguntó Tot.
Skel lo volvió a comprobar.
­―El 245 de Willow Lane, sí, es este.
―¿Estás seguro? A ver si le vamos a dar el susto al vecino y no a tu antiguo novio...
―Que no, Tot, viví aquí durante catorce años, ¿sabes? Puede que sea algo simplón pero no soy tonto.
―Yo no dije eso, Skel, no te enfades conmigo...
―Perdón, es que estoy nervioso, digo nerviosa... o nervioso, no sé, hace tanto que no le veo...
―Por cierto, ¿por qué te has puesto así de mamarracho?
―¡Es el vestido que me puse en la boda de mi hermana! Mira qué color púrpura tiene... y las lentejuelas, cómo brillan a la luz de la luna. Mira, mira qué vuelo más delicado ―y Skel giró sobre sí mismo para demostrárselo―. El escote enseña solo lo justo y los finos tirantes resaltan el atractivo de mis hombros. A Rudy le encantó tanto que no pudo esperar a la noche para...
―¡No hace falta que nos cuentes los detalles! ―intervino Leuche al ver lo pálido que se estaba poniendo Tot.
Los tres estaban de pie de espaldas a la carretera, un camino con curvas que iba bordeando unas bonitas zonas ajardinadas con las típicas casas americanas de dos pisos y garaje, con un buzón en la puerta y un vecino que te daba la bienvenida con una cesta de flores y dulces. Así, a lo Poltergeist. En la parte de atrás había sitio para construir una piscina en la que acabarían saliendo esqueletos por haber sido construida la urbanización sobre un cementerio.


―Por cierto, bonita casa ―añadió Leuche―. Aunque coincido en lo del vestido. ¿No tenías uno con menos floripondios?
―Que os zurzan a los dos ―replicó Skel―. No me vais a amargar mi momento... Bueno, ¿entramos o no?
Tot consultó su reloj. Si habían hecho bien los cálculos y los vórtices temporales no les habían desviado mucho de su trayecto, el marido de Skel estaba a punto de aparecer en su Pontiac rojo de cambio automático. Sonrió. Le encantaba la puntualidad.
―Entremos... no sin antes repasar el plan. Recordad: ante todo, mucha lógica y precisión. Tú al dormitorio sin vacilar. Yo al salón a...
―¡Ejem! ¿Pero no ibas tú a la cocina? ―preguntó Leuche.
―¿Yo? ¿A la cocina yo? No... esto... bueno, vale, al final he encontrado algo que podrías hacer tú: un bizcocho de chocolate, o sea, imitar el olor que tiene justo cuando lo sacas del horno...
Leuche frunció el ceño. Si eso era todo, menudo aburrimiento.
―Ya. Y tú... ¿de qué te ibas a encargar exactamente?
―Todo lo demás. ¿Te parece poco? La música, los efectos electromagnéticos... los juegos de luces... No quiero recordarte que si no fuera por ti aún conservaríamos un puesto en el Departamento de Ángeles de la Muerte y no necesitaríamos estar aquí arriesgando nuestros pellejos para que Skel pueda visitar a su querido marido.
―¿Ah, sí? ¿Y he de recordarte yo que gracias a mí no serviste de aperitivo a una jauría de perros mutantes?
―Seguro que me habría desecho igual de ellos sin ti...
―Pues no era eso lo que parecías pensar cuando el tierno animalito se estaba relamiendo su hocico.
Skel les hizo callar a los dos clavándoles los tacones de sus zapatos en cada uno de sus ojos. A Tot en el derecho, y a Leuche en el izquierdo, siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, ya que él estaba en medio de los dos, echándose el perfume Coco Chanel número 5 en los lóbulos de las orejas y perfilándose los labios. Luego tiró de ellos para sacarlos, hicieron un sonido parecido a “blop” y se los puso de nuevo en los pies, apoyándose levemente en Tot.
―Desde luego, no contéis conmigo para volver a bajar al astral de manera subrepticia, para esto mejor contrataré a los de la mafia fronteriza la próxima vez ―dijo Skel con aire desdeñoso mientras se acababa de retocar mirándose en un espejo de mano. Después lo cerró con un clic y atravesó la puerta de entrada sin más. 
Tot y Leuche se miraron. Leuche sacudió la cabeza. No sabía por qué pero por alguna razón disfrutaba haciendo de rabiar a Tot... y sospechaba que Tot también disfrutaba haciendo lo mismo con él. No tenían arreglo.
―Anda, tira ―dijo Leuche.
―No, tú primero.
Leuche vaciló un instante, temiendo alguna otra jugarreta de Tot.
―Vale, pero porque soy un caballero...
―Como tú digas.
El ruido de un motor en la lejanía y las luces reflejándose en las ventanas de la casa de al lado les obligó a apresurar el paso... o el deslizamiento mejor dicho. Se situaron en los puntos estratégicos de la casa y esperaron a escuchar el ruido de la llave en la cerradura. Rudy era un hombre en la cincuentena con aspecto algo cansado que solo parecía desear una cena recalentada en el microondas y un último vistazo a las noticias de la CNN antes de irse a la cama. Skel les había contado que Rudy era muy, muy escéptico. Tenían que asegurarse de actuar antes de que se bebiera su copita de coñac o se tomara su pastilla para dormir, porque si ese era el caso, ya tenía una buena excusa para hacerse a creer a sí mismo que todo habían sido alucinaciones... y no, eso no se lo podían permitir, después de todo lo que les había costado atravesar los numerosos planos del astral sin el Volkswagen. También era esa la razón por la que se habían decidido por una aparición en toda regla en lugar de un sueño. El sueño era diez veces más fácil y requería menos energía. El problema era que Rudy casi nunca recordaba sus sueños, y para él los sueños solo eran sueños... “Además, ¿cuántas veces habrá soñado que te ve pasear por la casa en camisón?”, había señalado Leuche, con toda la razón. No, necesitaban algo más contundente.

―¡¡¡Mmrrrraaamiaaauuuu!!!
Un gato blanco y gris con el lomo erizado descendió las escaleras como alma que lleva el diablo y desapareció por la gatera de la puerta de entrada, dejando a Rudy anonadado.
―¡Tot, joder, luego me dices que no juegue con los gatos cuando hacemos una salida! ―exclamó Leuche desde la cocina. Mentalmente se trasladó al salón y, en efecto, pudo ver a Tot aún agachado cerca del borde del sofá de tres plazas con cheslong, mirando fijamente a los ojos de algo que ya se había esfumado dejando una silueta felina en el éter. Tot dejó escapar una risita.
―Que yo lo haga no significa que tú debas hacerlo.
―¡Silencio, cáspita! Que nos va a oír... ―susurró Skel.
―Bueh, permíteme que lo dude, a no ser que tu novio/marido fuera clarividente no se va a enterar de ná ―dijo Tot.
―¿Cuándo comienza la función? ―preguntó Leuche.
―Quedamos en que Skel daría la señal, ¿o es que ya se te ha olvidado, cenut...?
―Sshhh...
Rudy ya había entrado, había visto a un ser extraño corriendo por todo el pasillo y desaparecer por la gatera, había dejado las llaves y el periódico doblado en la mesita del recibidor y estaba atravesando el salón. Cuando comenzó a subir las escaleras hacia la segunda planta la vieja cadena musical se encendió sola y una melodía comenzó a sonar.

Oh, oh, my love
Oh my darling
I’ve hungered for your touch
A long and lonely time

Rudy se detuvo a la mitad de las escaleras, descendió y apagó la cadena extrañado. Después, comenzó a subir de nuevo. Y se volvió a detener. Bajó hasta el salón y se acercó al termostato de la calefacción. Se había dado cuenta de que hacía un frío gélido. En efecto, marcaba 56º F (unos 13º C). Encogiéndose de hombros, giró un poco la ruedecilla hacia la derecha y volvió a subir las escaleras.
Mientras, Tot y Skel trataban de poner la cadena en marcha de nuevo, pero no lo conseguían.
―Skel, ya lo hago yo, quita.
―Ya te he dejado y no has podido.
―Porque me he quedado sin energía... pero enseguida me recargo, ¿ves? ―le enseñó el dedo corazón y era verdad, había un halo de luz azulada en la punta.
­―A ver, prueba.
Tot acercó el dedo al botón de play pero aquello no funcionaba.
―¿Cómo lo hiciste antes?
―¡Sin nadie que me distrajera! Oye, ¿no deberías estar en el baño haciendo lo del espejo?
―¡¡Pero es que tiene que sonar la música!!

My friends are gonna be there too, yeah
I’m on the highway to Hell
Highway to Hell...

Un estruendo comenzó a sonar en toda la habitación, los bafles que había colgados en la pared vibrando a cada nota como si fueran a reventar. Tot juró y perjuró que no había sido él... De pronto, silencio.
Leuche se materializó junto a la cadena musical, justo delante de Tot y Skel.
­―Sois unos aficionados en esto de los poltergeists, perdonad que os lo diga. Skel, tranquilízate y sube a hacer lo tuyo ―al ver que abría la boca para protestar, se apresuró a añadir―: ¡Obedece! Y no te tropieces con el vestido al pisar en los escalones. Y tú, Tot, ¿qué haces con el dedito? ¡Es todo mental! ¡¡MENTAL!!
Cerró los ojos para darle un poco de efecto, pero en realidad era suficiente con pensar en la dichosa canción y proyectar sus deseos a través de ondas electromagnéticas a los circuitos electrónicos de la cadena. Si hubiera estado enchufada a la corriente habría sido más fácil, pero no iba a ser todo un camino de rosas.

Oh, oh, my love
Oh my Darling
I’ve hungered for your touch
A long and lonely time

And time goes by
so slowy
and time can do so much
Are you still mine?
Oh, ho

Después corrió a la cocina y se imaginó un delicioso bizcocho de chocolate en el horno, subiendo, subiendo... impregnando toda la casa con ese aroma que tanto añoraba de sus vidas en el mundo físico. Tot reaccionó y decidió ir a ayudar a Skel, y cuando iba flotando a media altura por el tramo de escaleras, Rudy apareció y se lo tragó entero... es decir, lo atravesó de parte a parte. ¡Buajjj! Se sacudió las impurezas físicas y la desagradable sensación que siempre le producía atravesar material biológico que no fuera el suyo propio y siguió su camino sin preocuparse en demasía. Rudy también había notado algo extraño, una especie de escalofrío... pero no le dio importancia. Ya se había dado cuenta de que algo extraño pasaba, solo que no sabía aún si llamar a la policía o buscar una cámara oculta. ¿Quién se había colado en su cocina?
―¡Ahora, Skel, aprovecha, haz lo del espejo!
­―Pero si todavía no se ha duchado...
―No importa. Leuche dice que es suficiente con imaginártelo.
―Eso ya lo sabía...
―¿De veras?
―Vale, no funciona ―admitió después de mirar fijamente el espejo durante unos cuarenta segundos.
―¿Me necesitabais, chicos? ―se materializó Leuche una vez más. La sonrisa de satisfacción que había en su rostro comenzaba a irritar a Tot.
―No, no te necesitábamos.
Tot se puso a mirar el espejo fijamente y allí nada sucedió.
―Con convicción, Tot.
―¡Con convicción, Tot...! ―repitió Tot con voz de burla. Pero aún así le hizo caso y lo volvió a intentar. Skel también parecía concentrado y finalmente vieron aparecer una neblina en la superficie del espejo. Dejaron a Skel el honor de dibujar un corazón enorme.
―Corre, nosotros nos encargamos de que no se borre.
De un salto Skel se tiró en la cama de matrimonio, adoptó una postura lo más sexy que pudo (le costó bastante porque hacía tiempo que no tenía cuerpo material) y reservó la energía para cuando su marido apareciera por la puerta. Lo primero que hizo Rudy fue quitarse la chaqueta y descalzarse. Después se acercó el baño y cuando vio el corazón dibujado en el espejo del lavabo se le paró la respiración. Tuvo que sentarse en la tapa del váter con una mano en el pecho, temeroso de que fuera a sufrir un infarto. No sabía qué pensar... pero ahora ya había recordado que en dos días cumpliría cincuenta y cuatro años. Sabía cuál era su canción favorita, la que Margaret siempre se empeñaba en poner mientras hacían el amor. Sabía cómo le gustaba preparar ricas tartas caseras para las celebraciones familiares... y siempre había sonreído cuando al salir de la ducha aún podía distinguir la huella de un corazón dibujado en el cristal con un dedo, a veces atravesado por una flecha. Pero Margaret había fallecido doce años atrás en un accidente de tráfico. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Era posible que...?

Se puso en pie con las piernas temblando y pasó al dormitorio. ¿Era su imaginación o parecía que en el edredón se podía distinguir la silueta de una persona? Unos zapatos de tacón... unas piernas esbeltas de mujer... No, allí no había nada. Entonces vio los pechos. Se frotó los ojos, pero ahí seguían. Eran inconfundibles... y ahora veía el vestido morado de lentejuelas que aún guardaba en una funda en el desván. No podía ser... Pero finalmente apareció su rostro, su cabello rizado de color miel, sus ojos con aquella mirada tan dulce.
―Margaret...
―Solo quería decirte que tengas un cumpleaños muy feliz, cariño. No te preocupes por mí. Échame de menos, pero no dejes de vivir. Estoy muy bien aquí. Nos volveremos a ver.
Tot y Leuche observaban preocupados a Skel. Había parte de su ser que se había hecho algo borrosa y difuminada... Primero habían sido las piernas. Luego de la cintura para arriba.
―¿Crees que lo está consiguiendo? ―preguntó Tot.
―Sin duda. No tienes más que ver la cara que tiene este hombre. Creo que no lo ha flipado más en su vida.
Tot hizo un movimiento como si se sintiera inquieto.
―No me siento cómodo sin el uniforme ―comentó Tot―. Es como si no debiéramos estar haciendo esto...
―Es que no debemos.
―Pero ¿por qué? Les estamos haciendo un bien a los dos.
―Pues no sé... imagina que le da un pasmo y nos lo tenemos que llevar de vuelta con nosotros... antes de tiempo. ¿Crees que nos lo perdonarían?
Tot tragó saliva y pensó unos instantes.
―Perdonarnos sí. Ahora, tal vez nos obligarían a reencarnar en cucarachas.
―¿Tú crees? Si eso es un mito, ¿no?
Tot sonrió, pero no dijo nada.
―¿No?

(continuará...)
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