sábado, 27 de agosto de 2016

El Ángel de la Muerte (33).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (32)].

¡Pop! ¡Pop!
Los dos guías espirituales aparecieron como de la nada en cuanto los dos Ángeles de la Muerte se situaron frente a la pantalla doble 3D. Los dos últimos se indignaron tanto que estuvieron a punto de enviarles a la m...
—¡Ey! ¡Esto no vale! O sea, somos nosotros los que nos tragamos la cola interminable y ahora aparecéis aquí cuando ya está todo hecho, ¿no? —protestó Leuche.
Tot sonrió ante la inesperada vehemencia de su compañero. Sin duda había sido un buen maestro para él.
Los guías espirituales se miraron entre sí y sacudieron la cabeza. Menos mal que tenían paciencia para tratar con jóvenes inmaduros.
—Vuestra es la elección ­—respondió Han­—. Si así lo deseáis, nos vamos por donde venimos y ya os las arreglaréis con vuestra planificación.
—Así salen las cosas luego en la Tierra —apostilló Harry.
—Hasta las pelotas me tenéis con eso de que “vuestra es la elección”. Así todo es culpa nuestra, ¿no?
—Es que lo es —insistió Han—. Otra cosa es que queráis aceptarlo.
—“Otra cosa es que queráis aceptarlo” —repitió Leuche con voz burlona—. Hasta las pelotas...
—Os recuerdo que el tiempo para utilizar el Futuroscope es limitado... y ya se os ha pasado un buen rato con tanta cháchara —avisó Harry.
—¡Ajá! ¿Y eso de quién es culpa?
Harry y Han se volvieron a mirar entre sí, encogiéndose de hombros y dándolo por imposible. Cuando Leuche fue a protestar una vez más, el pellizco de Tot en la pierna le hizo dar un chillido. Por una vez cogió la indirecta.
Una vez tranquilos, comenzó la proyección.
—Dejaremos los detalles individuales para la próxima sesión —explicó Han—. Hoy solo vamos a ver fragmentos de los hechos que podríais vivir juntos para que podáis decidir si os podéis enfrentar a ello o no. ¿Listos?
Tot y Leuche asintieron.
Al principio la cosa no empezó mal. Eran escenas de infancia, siempre vistas en primera persona, por lo que no podían saber si se trataba de la próxima encarnación de Tot o de Leuche, ni podían ver su cuerpo físico salvo excepciones (aunque se lo podían imaginar). El planeta no tenía muy buen aspecto, eso era cierto, pero ya se habían venido acostumbrando a ello en sus últimas vidas. Los primeros años de juventud parecían bastante tranquilos y mundanos, incluyendo un poco de diversión. Pero en cuestión de minutos la excitación que sentían, como unos niños que van al cine por primera vez a ver La guerra de las galaxias, dio paso a un terror paralizante. Una gran explosión parecía dejar el mundo en una situación preapocalíptica, y todos los jóvenes en edad militar eran reclutados para luchar por su país. La única diferencia con una guerra clásica era que las fronteras ya no eran tan terrestres, los soldados eran trasladados a las bases secretas que había en varios planetas y la mayoría de las batallas se libraban en el espacio. No mucho más allá de Marte, porque aún no habían llegado tan lejos con sus naves espaciales. Sin embargo, aquello no parecía ni mucho menos tan divertido como volar en el Halcón Milenario de Han Solo. Quizá no había tanta sangre ni tantos higadillos como en las guerras que ellos habían vivido, pero podías ser desintegrado en un milisegundo y encima nadie te oiría gritar. Tot se preguntó si algún día le enviarían allí a recoger almas perdidas flotando entre Marte y el cinturón de asteroides.


Cuando la proyección acabó, los guías contestaron algunas de sus preguntas —solo aquellas que podían contestar— y luego los dejaron quince minutos a solas para que pudieran sopesarlo con cuidado. Algunas de las escenas los habían dejado bastante afectados. La destrucción parecía inmensa. Los daños al planeta, irreparables. Todo el progreso que habían vivido en sus últimas encarnaciones parecía perdido en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera los refugios espaciales parecían seguros. Nada de lo que habían experimentado en sus vidas anteriores era comparable a lo que se les avecinaba... si es que firmaban el nuevo contrato de reencarnación. Algo era seguro: sus nuevas vidas iban a ser un verdadero desafío para sus cuerpos y sus mentes. ¡No se lo podían perder! ¿O sí?
A Tot aún le preocupaba algo.
—Oye, una pregunta... ¿Tú pusiste en el cuestionario que vas a ser mujer?
—Espera... ­—Leuche intentó recordar, pero tuvo que hacer otra vez las cuentas con sus dedos­—: hombre-mujer-hombre-mujer-mujer-hombre-mujer... No, me toca hombre esta vez. Es que si elijo mujer se me a desequilibrar el asunto.
Tot se extrañó por su respuesta.
—Bueh, ¿cómo se te va a desequilibrar, si yo he sido hombre el 95% de las veces y aquí me ves, más feliz que unas castañuelas...?
—Ya, pero es que yo necesito cambiar, si no me aburro.
—¿Y has pensado a qué te quieres dedicar en esta vida?
—Piloto de caza espacial —una sonrisa soñadora apareció en su rostro—. O mecánico de naves intergalácticas. Así no me obligarán a luchar si yo no quiero... aunque por lo que hemos visto, quizá no tenga más remedio.  
—¿En qué bando vas a estar?
—En el de los perdedores, por supuesto. Siempre es más interesante.
—Y que lo digas...
Tot guardó silencio de nuevo. Pensaba qué preferiría ser esta vez, teniendo en cuenta que Leuche iba a ser hombre. Le era difícil imaginarse a Leuche siendo mujer, pero quizá así sería algo menos insoportable. ¿Y qué preferiría Leuche? En el fondo no importaba, porque el peligro de que hubiera sexo entre ellos estaría ahí de todas formas... Buajjj, mejor ni pensarlo, o acabaría quedándose en el plano espiritual. Mejor pensar en los desintegradores de partículas, siempre llevaría uno a manos por si fuera necesario defenderse de su amig... de su compañero. Su subordinado, seguramente. ¿Y si hacía un alarde de valentía y marcaba la casilla de “Me es indiferente”? Así lo dejaba en manos del Destino... es decir, de los cabrones que acabarían eligiendo por él.
Leuche interrumpió sus pensamientos.
—Entonces... Tot... en serio... ¿no te vendrías conmigo?
Tot hizo como que prestaba atención a algo que había quedado estático en la pantalla del Futuroscope. Toda esa sangre... todos esos cadáveres chamuscados. Esos instrumentos médicos de última generación, los cañones láser, los teletransportadores... Toda esa adrenalina corriendo otra vez por sus venas. Empezaba a sentirse algo mareado, casi como cuando tenía cuerpo y se había cogido una cogorza en alguna celebración.
­—Bueno, tal vez me lo piense. Pero no eches las campanas al vuelo todavía, ¿eh? No sea que tengas que irte tú solo...

(continuará...)

lunes, 1 de agosto de 2016

Sé vegano, amigo mío.

No se asuste el lector, que de momento no pienso convertir este blog literario en un blog vegano, para eso ya están otros que lo hacen mejor que yo. Pero como además de ser un blog literario también es un blog personal, y ahora mismo estoy que ardo con este tema, pues me apetece hablar de ello.

Aunque la verdad es que el lector no debería asustarse de lo que yo haga o deje de hacer, sino de lo que supone tener un filetito de ternera en su plato o ir al Foster Hollywood’s a comer unas ricas costillitas...

Advierto que las palabras que vienen a continuación pueden herir vuestra sensibilidad. Si queréis seguir viviendo engañados, consciente o inconscientemente, dejad de leer. AHORA.

Resulta que poco a poco los restaurantes veganos van esparciéndose lentamente por Madrid. Más lentamente de lo que a mí me gustaría, pero mejor Madrid que cualquier lugar fuera de sus fronteras, donde ya se hace totalmente imposible comer para un vegano a no ser que te lleves el tupper de casa. El otro día estuve en Rayén Vegano para desayunar (las tortitas están para morirse, en serio) y cuando fui al baño me encontré un par de folletos que me llevé a casa para estudiar. Un poco a regañadientes, es cierto, pero convencida de que debía hacerlo, para así tener cada día más y más argumentos con los que defenderme.

www.provegan.info

Tengo que decir que jamás he necesitado ver ningún reportaje tipo Earthlings para cambiar mi alimentación. Como expliqué en mi anterior entrada, eso fue fácil en cuanto conocí de primera mano lo que realmente significaba la producción animal y cómo se las gastaban en los mataderos, gracias a la fantástica (tono irónico) formación que recibí para ser veterinaria. Tomé mi decisión sin dudar y no necesité profundizar mucho más en la realidad que nadie nos cuenta, en las salvajadas que se cometen día a día en cada uno de los eslabones de la producción intensiva (y también en la extensiva, en la ecológica y en todo lo que implique matar o explotar un ser vivo). Pero lo cierto es que según mi conocimiento al respecto avanza, más me doy cuenta de que apenas conocía una parte. Las cosas son mucho peores de lo que imaginaba, y de ahí el paso definitivo al veganismo.

Tampoco he tratado nunca de convencer a nadie de que se hiciera vegetariano. Me limitaba a sonreír cuando me preguntaban “¿Y tú por qué no comes carne? ¿Te dan pena los animalitos?” Sabía que era una batalla perdida, que la gente es feliz en su ignorancia, que es fácil encontrar millones de excusas para seguir siendo cómplice de algo que está mal, muy mal... y lo sabes, aunque no quieras verlo. Por desgracia, aquí me incluyo. Es una decisión personal, y cada uno lleva su ritmo, no puedes forzar a nadie o convertirte en un intolerante. Solo en los últimos tiempos he empezado a compartir más información en mis redes sociales relativas al veganismo, o a escribir artículos como este. Porque si algo soy, soy una divulgadora (aparte de escritora), y poco más puedo hacer si quiero cambiar el mundo.

Pero lo que me decidió a compartir esta vez fue encontrar en uno de esos folletos la historia de una veterinaria alemana que tuvo que hacer seis meses de prácticas en un matadero. Por suerte, yo no tuve que sufrir esa tortura, aunque lo poco que vi ya me convenció para siempre de que yo jamás me dedicaría a algo así. Lo triste es que he tenido que esperar más de veinte años para no sentirme sola, para no sentirme un bicho raro. Hace unos cinco años, cuando acabé un máster, aún tuve que soportar el típico comentario de un profesor: “En 1º de carrera muchos estudiantes vienen pensando que quieren tener una clínica y dedicarse a curar perros y gatos, pero luego se dan cuenta de que en realidad la carrera tiene muchas más salidas profesionales”. Sí, es verdad. Muchos veterinarios lo somos por vocación. Cuando empezamos pensamos que todos los veterinarios lo son porque quieren salvar vidas de animalitos. Yo pensaba que en la facultad me iba a encontrar con un montón de gente que pensaría igual que yo, que estaba allí por amor verdadero a los animales. No encontré a muchos, la verdad. De ahí que, vaya sorpresa, haya acabado profundamente decepcionada con la profesión. Y años después, sigo pensando que si algún día tuviera la oportunidad de volver, solo lo haría para seguir salvando vidas de animalitos. No para lo contrario. Debe de ser que sigo viviendo en los mundos de Yupi con cuarenta años, porque daba la impresión de que para ese profesor, dejar esa idea atrás era equivalente a madurar y crecer profesionalmente. Lo decía con una sonrisita condescendiente, como si pensara “Qué inocentes somos en nuestra juventud”. Sí, yo era bastante naïve. También pensaba que la gente que tiene perros y gatos es porque realmente ama los animales. Según pasan los años te das cuenta de que lo que reina en la sociedad, aunque no le guste a nadie oírlo, solo es: PURA HIPOCRESÍA.

No. Los jóvenes que queríamos (que quieren) ser veterinarios para salvar animalitos, no es que fuéramos unos pobres inocentes inmaduros. Lo que ocurre es que tenemos unos valores éticos superiores a los de los demás. A mí nunca me han valido esas otras "salidas profesionales" porque la mayoría suponía convertirte en cómplice de algún tipo de maltrato animal: zoos, inspección de alimentos, producción intensiva, explotación, uso de animales para carreras y apuestas... supongo que yo misma dinamité mi futuro, porque solo me quedaba la clínica, y la clínica fue bastante deprimente también. El problema no es que seamos adolescentes hipersensibles que no pueden soportar que miles de corderitos sean degollados todos los días. No es que no podamos aceptar que para tener una alimentación equilibrada la carne es indispensable y por tanto el sacrificio de esos animales es necesario. No, lo que ocurre es que para nosotros la vida tiene un valor que no la tiene para los demás. La vida en el sentido más extenso de la palabra. No la vida humana exclusivamente.


Y es que uno de los síntomas más evidentes de esa hipocresía es cómo cambia el concepto de vida o muerte cuando añades el adjetivo “animal”, o incluso cuando ese animal cambia y en vez de ser un cerdo o una vaca, es un perro, un gato o un delfín. A todos se nos caen las lagrimitas cuando alguien salva una ballena, porque por alguna razón parece que las ballenas merecen vivir más que las gallinas o los cerdos. A nadie le importa si miles de terneras mueren cada día en una sola provincia. “Ternera”, por cierto, no significa “carne de vaca”. Significa vaca joven. Porque si la carne es jugosa, suele ser de un animal muy joven. Si hiciéramos la conversión como con una de esas estúpidas escalas para saber cuántos años humanos tiene mi gato, saldría un bebé o un niño de 3 años. Pero a nadie le importa matar crías de animales para comer, porque tenemos que sacar las proteínas de algún sitio, ¿verdad? Eso sí, vemos un vídeo de Cuarto Milenio sobre un feto humano y el periodista que lo presenta nos hace creer que eso es una especie de milagro, que la vida humana tiene que ser preservada desde su concepción. Pero nadie piensa en los fetos que salen de las barrigas de las vacas sacrificadas, como vamos a ver a continuación. Me gustaría llenar internet con fotos de embriones animales y no decir nada, a ver cuántos son capaces de diferenciar un animal no humano de un humano. Es muy fácil decir que eres antiabortista, pero parece que la vida deja de ser sagrada cuando tenemos un entrecot en el plato.


Pero voy a ceder la palabra a la hoy veterinaria Christiane M. Haupt. Su experiencia en el matadero la dejó tan afectada que necesitó escribirlo para poder seguir viviendo. Comparto al cien por cien todo lo que dice. Yo no suelo leer este tipo de testimonios porque ya sé lo que hay. Pero, obviamente, hay otra razón por la que no lo suelo hacer: me sigue doliendo el alma. Me sigue doliendo el ser testigo de toda esa ignorancia e hipocresía que impiden que el mundo cambie. Por eso lo difundo, con la esperanza de tocar más consciencias y que poco a poco el veganismo se convierta en la nueva forma de vida de la humanidad entera. Porque aunque sé que la cosa está complicada, el mundo debe cambiar, y no cambiará mientras no cambiemos nosotros mismos. (La negrita es la original).

“Una vez en casa me tumbo en la cama y me quedo mirando fijamente al techo. Horas y horas. Todos los días. Mi entorno reacciona con irritación. ‘No pongas esa cara de pocos amigos. Sonríe. Tú querías ser veterinaria por encima de todo.’ Veterinaria, no matarife. No puedo soportarlo más. Estos comentarios. Esta indiferencia. Esta naturalidad con que se acepta la muerte. Quisiera hablar, tengo que hablar, sacar lo que llevo dentro. Me ahogo. Quisiera hablar del cerdo que no podía seguir andando y estaba ahí tirado con las patas abiertas, y le dieron patadas y golpes hasta que lo metieron a palos en la celda de matanza. Más tarde lo examiné cuando pasó colgando a mi lado troceado: a ambos lados de los muslos tenía desgarres musculares. Fue el número 530 de las matanzas de aquel día, nunca olvidaré esta cifra. Quisiera hablar de los días en que sacrificaban a las vacas, de los mansos ojos castaños tan llenos de miedo. De los intentos de huida, de todos los golpes y maldiciones hasta que el pobre animal estaba preparado para recibir la descarga eléctrica en las jaulas de hierro con vista panorámica a la nave donde sus congéneres estaban siendo despellejados y descuartizados, – y entonces la descarga mortal, a continuación la cadena en la pata trasera, levantando al animal que cocea y se retuerce, mientras que en la parte de abajo ya le están separando la cabeza del cuerpo. Y lanzando chorros de sangre y sin cabeza, el cuerpo sigue encabritándose, las piernas se retuercen… Hablar sobre el ruido espantoso que hace la piel al ser arrancada del cuerpo, sobre los movimientos automáticos de los dedos del desollador al sacar los ojos de las órbitas – los ojos torcidos, rojos, saltados – y los arroja a un agujero que hay en el suelo, por el que desaparecen los ‘desechos’. Hablar de la rampa de aluminio a la que van a parar todas las vísceras que son arrancadas de los enormes cadáveres decapitados y que – exceptuando el hígado, el corazón los pulmones y la lengua, aptos para el consumo – desaparecen por una especie de tragadero de basura.
Quisiera contar que una y otra vez se podía encontrar un útero preñado en esta montaña sangrienta y pegajosa; que he encontrado pequeños fetos de todos los tamaños con aspecto de terneritos completos, delicados y desnudos y con los ojos cerrados, en su protectora bolsa amniótica que no pudo protegerlos – el más pequeño era tan diminuto como un gatito recién nacido y sin embargo realmente una vaca en miniatura, el mayor con un vello suave, marrón y blanco, y con largas y sedosas pestañas, pocos días antes de su nacimiento. ‘¿No es un milagro lo que crea la naturaleza?’ dice el veterinario que está de guardia este día, y arroja el útero, incluido el feto, en el borboteante tragadero de basura. Y yo sé con seguridad que no puede existir Dios porque no cae ningún rayo del cielo para vengar este sacrilegio que sigue repitiéndose interminablemente.
Tampoco hay un Dios para la pobre vaca flaca que se estremece compulsivamente tirada en el pasillo helado y expuesto a las corrientes de aire delante de la celda de matanza, cuando llego a las siete de la mañana, ni nadie que se compadezca de ella dándole un rápido tiro. Cuando me voy por la tarde sigue allí tirada y se estremece: nadie la ha librado de su sufrimiento a pesar de las repetidas órdenes. Yo he aflojado el cabestro – clavado sin piedad en su carne – y le he acariciado la frente. Ella me mira con sus enormes ojos, y yo siento que las vacas pueden llorar. La culpa de tener que mirar un crimen sin poder hacer nada me pesa tanto como cometerlo. Me siento tan infinitamente culpable.
Mis manos, mi bata, mi delantal y mis botas están embadurnadas de la sangre de sus congéneres. He pasado horas debajo de la cinta transportadora, he cortado corazones, pulmones e hígados. ‘Con las vacas se pone uno siempre perdido’, acaban de advertirme. Esto es lo que quisiera contar para no tener que soportarlo sola, – pero en el fondo nadie quiere escucharlo. No es que durante este tiempo nadie me haya preguntado con frecuencia. ‘¿Qué tal en el matadero? ¡Uy, yo no podría!’ Con las uñas me grabo profundas medias lunas en la palma de la mano para no abofetear esas caras de lástima, o para no lanzar el teléfono por la ventana, – me gustaría gritar, pero hace tiempo que todo eso que contemplo día a día ha ahogado los gritos en mi garganta. Nadie me ha preguntado si yo puedo. Las reacciones a cualquier respuesta, por corta que sea, revelan malestar respecto a este tema. ’Sí, todo eso es horrible, y nosotros también comemos muy poca carne’. Con frecuencia me pinchan: ‘¡Aprieta los dientes, tienes que pasar por eso, y ya mismo estarás lista!’. Este es uno de los comentarios peores, más crueles e ignorantes, porque la masacre sigue, día a día. Yo creo que nadie ha entendido que mi problema no consiste tanto en sobrevivir los seis meses, sino en que existe este monstruoso asesinato en masa, a millones, existe para cada persona que come carne. Especialmente los comedores de carne que afirman ser amigos de los animales son para mí unos impostores de los que desconfío.
¡Para, que me quitas el hambre!’ También con cosas así me han hecho callar brutalmente, seguido de la comparación: ‘¡Eres una terrorista! ¡Cualquier persona normal se reiría de ti!’ Qué sola se siente una en esos momentos. De vez en cuando miro el pequeño feto de vaca que me traje a casa y conservo en formalina. Memento mori. Deja reír a las ‘personas normales’.
Cuando una está rodeada de tanta muerte violenta cambian las perspectivas; la propia vida parece infinitamente sin importancia. Llega un momento en que miro las filas anónimas de cerdos descuartizados, que se mueven por la nave en forma de meandros, y me pregunto: ¿Sería diferente si aquí colgaran personas? Sobre todo la anatomía trasera de los animales muertos, gorda y llena de granos y manchitas rojas, me recuerda desconcertantemente a esa masa grasienta que se sale de los estrechos bañadores en las playas de vacaciones. También los chillidos interminables de los cerdos, que resuenan en las naves de matanza cuando los cerdos presienten su muerte, podrían provenir de mujeres o niños. No hay más remedio que embrutecerse. Llega un momento en que sólo pienso que tiene que parar, tiene que parar, ojalá que sea rápido con las tenazas eléctricas para que acabe de una vez. ‘Muchos cerdos no dicen ni mu’ dijo una vez una de las veterinarias. ‘Sin embargo otros se levantan y se ponen a chillar sin motivo alguno.’” 


Hay mucho más. Si quieres seguir, tienes el texto completo aquí.

Y después de todo esto tengo que soportar que me envíen periódicamente cierta revista de la Organización Colegial Veterinaria Española, llena de veterinarios a quienes les encanta la tauromaquia y veterinarios que trabajan en la explotación animal sin ruborizarse. Me ha llevado tiempo comprender por qué no existe un juramento veterinario como el hipocrático de los médicos. Ahora lo tengo claro. Sería el colmo de la hipocresía. Y tener que leer las distintas “Leyes de Protección Animal” ya es para ponerte a llorar.

Vivimos en una sociedad enferma, enferma de muerte. El Dr. Helmut Kaplan, psicólogo, en su ensayo “Traición a los animales”, comenta:

"El libro de Gail A. Eisnitz ‘Slaughterhouse’, para el que la autora entrevistó a trabajadores de mataderos con un total de dos millones de horas de experiencia en la celda de aturdimiento, demuestra que este horror sólo es la punta del iceberg de los crímenes que se cometen diariamente en el mundo en los mataderos de los países ‘civilizados’. Los siguientes extractos de entrevistas a trabajadores de mataderos fueron presentados públicamente el 18 de septiembre de 1999 en una presentación del libro:
‘Yo he visto carne viva de vaca, la he oído mugir cuando le hincaban el cuchillo y trataban de arrancarle la piel. Pienso que es terrible para el animal morir tan lentamente mientras cada uno hace su trabajo con él.’ ‘La mayor parte de las vacas que están colgadas viven todavía… Las abren. Las desollan. Siguen estando vivas. Les cortan las pezuñas. Ellas abren sus ojos desorbitados y lloran. Gritan, y puedes ver que casi se les salen los ojos.’
‘Un trabajador me contó que una vaca, a la que se le quedó atascada una pata en el suelo de un camión, se desmayó. ‘¿Cómo pudiste sacarla viva?’ le pregunté: ‘Oh’, dijo, ‘simplemente fuimos por debajo del camión y le cortamos la pata’. Cuando alguien te dice esto sabes que hay muchas cosas que nadie te cuenta.’
‘En otra ocasión se trataba de un cerdo vivo que no había hecho nada, ni siquiera había echado a correr. Cogí un tubo de un metro de largo y le golpeé hasta dejarlo casi muerto.’
‘Cuando tienes un cerdo que se niega a moverse, coges un gancho y se lo metes por el culo. (…) Luego tiras. Tiras de los cerdos mientras están vivos, con frecuencia se desgarra el ano al salirse el gancho.’

‘Una vez cogí mi cuchillo – que está bastante afilado – y le corte la nariz a un cerdo como si fuera un loncha de jamón para el desayuno. El cerdo se volvió loco durante unos segundos. Luego se sentó simplemente con pinta de tonto, así que cogí un puñado de sal y se lo restregué en la nariz. Entonces sí que flipaba el cerdo y metía la nariz por todas partes. Como me quedaba un poco de sal en la mano se la metí por el culo. El pobre cerdo ya no sabía si cagarse o volverse ciego.’
‘Llega un momento en que te vuelves insensible. (…) Si tienes un cerdo vivo no lo matas simplemente…, quieres que tenga dolores. Te echas encima con dureza, le destrozas la faringe, haces que se ahogue en su propia sangre. (…) Un cerdo vivo me miró y yo cogí un cuchillo y (…) le saqué el ojo mientras que él simplemente estaba allí sentado. Y el cerdo no hizo otra cosa que chillar.’"


Según el médico Dr. Ernst Walter Henrich, creador de la página web www.provegan.info, de la que he sacado toda esta información: 
“Innumerables grabaciones (filmadas de forma abierta y encubierta) de mataderos en todo el mundo demuestran que los animales no sólo están expuestos a inevitables horrores y tormentos de la cría de ganado intensiva y a la matanza, sino que son torturados a propósito por los trabajadores de la industria animal y empleados de mataderos, por sadismo u otros bajos instintos. A mí, que soy médico con conocimientos de psicología y psiquiatría, la crueldad extrema en los mataderos y ganaderías no me sorprende. Después de evaluar numerosas grabaciones, tengo la impresión que las ganaderías y los mataderos son los lugares ideales en los que vivir perversiones sádicas (casi siempre con impunidad). Esto también debería tenerlo claro cualquier consumidor de productos de origen animal. Por cierto, las vacas lecheras y las gallinas ponedoras se sacrifican en los mismos mataderos cuando están exhaustas y ya no dan beneficios. Por lo tanto, en última instancia no existe ninguna diferencia ética entre el consumo de carne, leche y huevos.”


Ahora, si sabes todo esto, ¿realmente quieres seguir comiendo carne o bebiendo una leche que NO necesitamos para vivir? ¿Realmente te consideras humano?

El veganismo no es un capricho, no es una moda. Es una necesidad.

Be vegan, my friend.

viernes, 15 de julio de 2016

Sobre la muerte de Lorenzo.

Normalmente no hablo de estos temas, porque no tengo ganas de meterme en berenjenales. Una ya tiene una edad y prefiero tomarme las cosas con calma. Pero esta vez voy a hacer una excepción y voy a contar lo que pienso sobre la que se ha montado con respecto a la muerte de un torero. Eso sí, voy a desactivar los comentarios porque no me apetece discutir con nadie.

Si eres lo suficientemente curioso y te has leído las entradas más antiguas de mi blog, te habrás dado cuenta de que soy vegetariana. Bueno, ya no, ahora soy vegana. En mi casa aún entra algún derivado lácteo, porque mi novio es vegetariano y aún no se ha decidido a dar el paso al veganismo. No le puedo culpar. Él decidió dejar de tomar carne hace algo menos de un año y por razones de salud, no como yo, que voy mucho más allá. Él tiene la suerte de que ahora la oferta vegetariana y vegana en nuestra ciudad es mucho más amplia de lo que era allá por los años 90, cuando yo decidí que no iba a tomar más carne y me fui a un Mc.Donald’s cien por cien segura de que aquella iba a ser la última hamburguesa (cárnica) de mi vida. Lo he cumplido. Pero por un tiempo cometí el error que cometen muchos vegetarianos principiantes. En aquella época había mucha menos información que ahora, no existía internet, nadie sabía lo que era el seitán y la soja sonaba a algo chino. Las leches vegetales tampoco existían o te costaban un riñón. Como consecuencia mi dieta no era todo lo sana que debería. Con el tiempo he ido aprendiendo y mi novio, que aun siendo carnívoro comía más fruta que yo, fue una gran ayuda para llegar a donde estamos ahora. En cuanto he averiguado cómo sustituir huevos y algún que otro alimento de origen animal en lo que como, y en cuanto se me han ido todos los miedos sobre el peligro de sufrir ciertas deficiencias vitamínicas, por fin pude dar el paso definitivo. Y por mi parte ojalá lo hubiera hecho antes...

El veganismo no tiene que ver mucho con la tauromaquia, por desgracia. Pero hablo de ello porque a los veganos/vegetarianos, con el tiempo, nos crece una pátina por todo el cuerpo hecha a partir de comentarios absurdos, ataques personales, juicios sobre nuestra forma de alimentación y miradas de lástima porque nos consideran o bien personas demasiado sensibles (o sea, ñoñas) o bien que te ha dado un ataque de locura transitoria o algo y ya se te pasará, por eso tu padre no deja de preguntarte todas las noches si no quieres filete, a pesar de que ya le has dicho más de mil veces que no, que ya no comes ningún bicho muerto. Al principio todo esto te irrita bastante, pero como digo luego te empieza a salir una pátina por la que te resbala todo. Los que hayan pasado por esto saben que los veganos/vegetarianos somos probablemente el nicho de población que más sabe de alimentación sana. Y día tras día, en cualquier conversación casual que surge en la oficina, con familiares o con amigos, tienes que escuchar miles de sandeces y sonreír en silencio, a no ser que decidas correr el riesgo de responder y verte enzarzado en una discusión sin sentido que puede durar horas. Esta es una de las razones por las que me hace bastante gracia ver cómo los toreros se ofenden tanto cuando reciben ataques verbales de animalistas... que para dejarlo claro desde ya, ni los comparto ni los justifico, pero creo que hay cosas bastante peores que los insultos.

Yo en mis tiempos de facultad.
Pero vayamos más atrás en el tiempo...

Me cuesta bastante imaginarme cómo es que en cierto momento de su vida un niño decide que quiere ser torero. He leído algunos comentarios en redes sociales que aseguran que en muchos casos son los padres los que empujan a ese niño a entrenarse para ello, ávidos de fama y dinero, como en muchos otros casos de explotación infantil que se dan por ejemplo en el cine. La verdad es que no me extrañaría, porque quiero creer que un niño no es violento por naturaleza, mucho menos contra un ser vivo indefenso. Un niño crece repitiendo lo que ve, absorbiendo lo que le cuentan, creyendo que los adultos siempre dicen la verdad. Dicen que la tauromaquia es una tradición en España y por eso no debería desaparecer. Sí, en mi familia los toros se veían. Por fortuna no en directo, porque vivo en una gran ciudad y mis padres tampoco fueron nunca grandes aficionados, pero recuerdo como si fuera ayer cómo mi madre, a eso de las 5, venía toda contenta y decía: “¡Hoy hay corrida! Corre, ven, vamos a ver los toros...” Debe ser que los adultos piensan que a todos los niños nos gustan los animalitos... sí, nos suelen gustar. Vivos. Yo, no sé con qué edad, tal vez cinco, seis años, en esa época en la que solo había dos cadenas de televisión, TVE1 y TVE2, me sentaba en el suelo con la merienda. Escuchaba las trompetas o como se llamen, veía los trajes de luz y los capotes, los caballos, las banderillas... el brillante espectáculo que tanto parece atraer a los turistas. Poco después preguntaba a alguien cómo se llamaban esos palos tan afilados que le clavaban al toro, y para qué le hacían eso. Pero no sé si me escuchaban, entre tanto “¡Olé!” y tanta “maestría”. Y cuando la sangre llegaba y veía jadear al toro me empezaba a preguntar dónde estaba la diversión aquí, dónde estaba el arte, si el animal no se podía ni defender y empezaba a suplicar con su mirada que acabaran de una vez. Mis ojos no podían despegarse de la pantalla mientras mi madre no dejaba de repetir palabras extrañas como "puya" o “puntilla”, pero sin duda lo peor era ver aquella larga espada atravesar al pobre animal y verle desplomarse, para acto seguido ser testigo de cómo era arrastrado ya convertido en una masa informe de carne, dejando un rastro de sangre en la arena.

Para entonces ya apenas veía algo, porque mis ojos estaban arrasados de lágrimas y no quería que me vieran llorar. Dicen que no deberían poner corridas en horario infantil. Yo creo que discrepo. La solución no es ocultar la verdad a los niños. Más bien al contrario: yo les pondría corridas de toro y también les llevaría a mataderos. Eso sí, les explicaría por qué ninguna de las dos cosas está bien... aunque no haría falta porque ya lo estarían viendo con sus propios ojos, y yo no intentaría lavarles el cerebro como hacen esos padres que he mencionado antes. A mí no me produjo ningún trauma psicológico ver corridas. Solo me hizo ser consciente repentinamente del mundo tan cruel en el que había nacido. Por más que pensaba, no conseguía comprender lo que había visto. Según me fui haciendo mayor la incomprensión y el leve aturdimiento se convirtieron en lástima, en resignación, en asco, en vergüenza, en furia. Protestábamos en alto mi hermano pequeño y yo, decíamos que no nos gustaban los toros, y mi madre parecía algo triste porque no compartíamos su afición, pero ahí seguía ella pegada cada vez que había corrida, y nosotros teníamos que irnos de la habitación para no tener que contemplar el salvaje espectáculo. Yo hacía números: seis toros por corrida, ¿cuántos toros son esos, en cada pueblo, en cada fiesta, en toda España? Me pasa hoy algo similar cuando veo todos esos jamones colgados en las jamonerías, cuando pienso: “¿Cuántos cerdos habrán matado para hacer todos estos jamones?” No son miles. Son miles de millones. Pero eso a nadie parece importarle, salvo a gente “sensiblera” como yo.

Por esa época a mí tampoco me importaba lo de comer carne, es cierto. Me contaron que la carne era necesaria para vivir, y yo me lo creí. Después de todo, en el supermercado las bandejas de animal muerto no tienen ojos, ni suave pelaje que acariciar, ni tampoco te cuentan de dónde viene, cuánto chillaba cuando le degollaron o cómo le arrancaron con un mes o dos de edad de las tetas de su madre. Tampoco te imaginas cómo hacen el chorizo o la chistorra. En todas las comidas había carne: filete de ternera, filete de pollo, libritos de cerdo con queso, lenguado, gallo, calamares, pollo asado los fines de semana... Me resulta muy curioso cuando la gente me dice que la comida vegetariana no sabe a nada. Nunca he visto nada tan tieso e insípido como un filete de ternera, incluso empanado como los que llevábamos a la Casa de Campo. No hay mucha diferencia con una suela de zapato. Pero como es eso a lo que estás acostumbrado, no pones pegas.

¿Realmente somos conscientes del sufrimiento que hay detrás de una bandeja de carne?

El verdadero cambio comenzó cuando llegué a la Facultad de Veterinaria y comencé a diseccionar perros muertos en las clases prácticas de Anatomía. Me di cuenta de que los músculos que cortaba eran exactamente iguales a los filetes de ternera. Y el olor a formol se te metía en la nariz y ya no te abandonaba durante días. Cada vez que comía un filete, me acordaba del perro muerto que nos había tocado en nuestro grupo, el perro que teníamos que sacar de la piscina de formol entre tres o cuatro (según el tamaño del perro) para estudiar de qué estaba compuesto. El pobre perro —que según la leyenda eran seguramente perros callejeros a los que habían inyectado una sustancia en las venas— se iba convirtiendo en un amasijo de músculos, ya sin fascias y sin piel, y cuando ya no quedaba nada de él, supongo que lo llevaban a incinerar. Nos contaron que era necesario para que aprendiéramos, y yo me lo creí. En el examen práctico me preguntaron por el nervio músculo-cutáneo. No recordaba que nadie me lo hubiese señalado en el cadáver del perro, y hoy en día sigo preguntándome dónde coño está. Y puedo asegurar que en los tristes diez años que trabajé en mi profesión jamás he necesitado saberlo. Ni tampoco cuántos lóbulos tiene el hígado ni dónde se inserta cada músculo. No importa mucho, porque por lo visto muy pocos se preguntan cuántos perros callejeros son aniquilados para servir a la ciencia.

Yo dejé de comer filetes de ternera por aquel entonces, al tiempo que muy ocasionalmente me quedaba en el comedor de la facultad (nunca a comer) y observaba apesadumbrada que todos allí seguían comiendo sus filetes y sus cocidos con todo tipo de huesos, sin ningún tipo de remordimiento, sabiendo lo que sabían. Que sí, todos ponían cara de pena cuando había que diseccionar una trucha, una gallina o un gato, y siempre era el mismo valiente el que se decidía a meter el bisturí, pero luego bien que seguían comiendo carne como campeones. Yo, poco a poco y sin que se notara mucho, empecé a dejar de comer otros tipos de filete. Creo que primero fue el cerdo, luego el pollo... pero seguía comiendo croquetas de jamón, empanadillas de atún, y pescado de vez en cuando, no sea que cogiera alguna anemia. Como los peces no son mamíferos parece que dan algo menos de lástima, pero la sangre es la misma, la crueldad también. Ah, y por cierto, sí, son carne también.

En segundo de carrera, un día llegó el catedrático de Anatomía y nos contó con todo lujo de detalles, desde el punto de vista fisiológico y anatómico, lo que supone la lidia para un toro. Aunque sea difícil de creer, entre los propios veterinarios hay gente aficionada a la lidia, y por aquel entonces creo que había cierta controversia porque había algunas voces (como la del Dr. Juan Carlos Illera en 2007, entonces Jefe del Departamento de Fisiología, que por cierto los debía tener bien puestos, pero esto debió ser posterior a lo que aquí relato) que decían que los toros no sienten el dolor ni sufren durante la corrida. Cojones que no. La clase fue la contundente respuesta a esa afirmación sin sentido. Nos habló de los desgarros musculares que producen las banderillas en la cruz del toro, de la longitud de los arpones, los cuales se hunden en los músculos y se van moviendo arriba y abajo con cada paso del toro, de modo que se produce una carnicería absoluta, dando lugar a que poco a poco se descuelgue la caja torácica y le cueste cada vez más respirar. Nos habló de cuál es el punto por donde tiene que entrar el estoque, cuyo fin es lesionar los grandes vasos de la caja torácica, pero lo normal es que acaben provocando lesiones en nervios laterales a la médula, produciendo aún mayor dificultad respiratoria. El descabello se hace con una espada similar al estoque, pero se introduce entre la primera y segunda vértebra cervical, lo que da lugar a la tetraplejia. No, cuando el animal se desploma no es porque esté agotado y ya no pueda más. Es porque lo han dejado paralítico. Eso si se hace limpiamente. Si no, tienen que seccionarle la médula a mano, o para ser más exactos, el bulbo raquídeo, que es justo lo que queda por encima, con la puntilla. Pero aun después de eso, el toro no muere inmediatamente, al contrario de la creencia popular. La muerte es por asfixia. Puede permanecer consciente unos minutos más, sintiendo cómo lo arrastran. Si quieres aún más detalles, consulta esta página. O esta, si aún dudas si el toro sufre o no.  

Anatomía del sufrimiento de un toro de lidia.

Sin embargo, el golpe definitivo que me hizo vegetariana ya para siempre fue cuando en cuarto de carrera fuimos a visitar una industria cárnica y un matadero. Me río de los documentales que sacan ahora sobre cómo se hace el jamón de York o la mortadela. Verle la cara a mi novio no tiene precio, eso es verdad, igual que decirle: “Chavalito, que eso ya lo vi yo hace años... en vivo y en directo. ¿Por qué te crees que me hice vegetariana?” Saber de qué está hecho en realidad el “saníssimo” pavo en lonchas sin pizca de grasa te cambia la percepción de las cosas. Tener una asignatura que se llama “Nutrición animal”, que tú piensas “Qué guay, me van a enseñar cómo alimentar correctamente a un perro” y luego te encuentras con que en realidad te van a enseñar cómo cebar a los cerdos para que se puedan matar a los dos años y qué antibióticos tienes que echar al pienso para que crezcan más rápidamente, eso también te cambia. Pero lo que te abre de verdad los ojos es ver en directo el rito Halal, o sea, la manera que tienen los musulmanes de matar a las vacas, que consiste en meterlas vivitas, coleando y generalmente mugiendo de puro miedo en una máquina que les deja la cabeza fuera, darles la vuelta, y pasarles una cuchilla por el cuello para que se desangren, así sin anestesia ni aturdimiento ni hostias. Y a esto lo llaman “sacrificio humanitario”. Y encima es legal, porque si no los musulmanes no pueden comer carne de vaca, por cuestiones religiosas. Aún así, que quede claro que matar no es nunca humanitario, sea cual sea el método que elijas para hacerlo.

Sin embargo, en esta vida creces lleno de contradicciones. Primero te dicen que matar es malo y que no debes hacerlo. Pero luego vienen las excepciones.

“Bueno, si tienes que comer, sí puedes hacerlo.”
“Bueno, si es porque está sufriendo, también puedes hacerlo... pero solo los animales, ¿eh? La eutanasia en humanos, no por Dios, eso es distinto.”
“Bueno, si es el perro de un cazador, está viejo y ya no puede cazar, sí, puedes matarlo, aunque no tenga ninguna enfermedad grave que le esté haciendo sufrir, sobre todo si el cazador te lo pide y es un cliente tuyo. Es tu trabajo.”
“No, tampoco puedes matar a un embrión, cómo puedes pensar eso, un embrión es una persona y está por encima de los deseos y la vida de la madre. Tienes que dejarle nacer, aunque luego la sociedad convierta al bebé en un desgraciado o muera de hambre en un rincón." 
¿Huevos? ¡Qué ricos! Son óvulos de gallina que se pasan toda su vida poniéndolos antes de morir degolladas en condiciones deplorables, pero no, no están fecundados así que no son lo mismo que un embrión. Y los pollitos machos que se trituran nada más nacer... ¿dónde has visto eso, en una película de terror?”
“No, apalear a un perro no está bien. Pero degollar a un cerdo en la matanza de los pueblos... eso es una tradición y una fiesta.”
“¡Dios, mira lo que hacen en esa tribu del Amazonas! Matan a los monos de los árboles con flechas envenenadas y luego se los comen. Mira que están atrasados los pobrecillos...”
“Y matan a los tigres porque en los testículos hay sustancias afrodisiacas.”
“Y en China matan a los tiburones solo para hacer sopa de aleta de tiburón. Cómo pueden ser tan bestias.”

Esto te lo dice gente que jamás ha pisado un matadero y piensa que el pollo que se está comiendo ha sido sacrificado “humanitariamente” y con su consentimiento, dando su vida con toda generosidad para que ellos puedan vivir.

Y mientras te ves obligado a vivir en esta sociedad “tan civilizada” en el que la gente realmente disfruta comiendo cochinillos —que por si alguien no lo sabe, son crías lactantes de cerdo (o sea, bebés), uno de los animales más parecidos fisiológicamente al hombre—, chuletas y demás, y no parece que les suponga ningún conflicto moral, porque claro, la carne es imprescindible para sobrevivir, entonces llega un día en el que un torero muere por una cornada en el corazón. Un torero. En 25 años. La gente que está en contra de las corridas de toros dice abiertamente lo que piensa. Y los toreros se indignan. “Qué monstruos son los animalistas, que se alegran de la muerte de un ser humano, que ponen por encima la vida de los animales antes que las personas. Qué mal está el mundo... Pues no, no nos van a prohibir que sigamos haciendo lo que hacemos”. Y sin saber cómo, el foco de atención se desplaza a la falta de educación de los animalistas, sin que ni uno solo de los toreros admita que la muerte de un torero solo es culpa de ellos mismos, gracias a que en pleno siglo XXI sigue existiendo tal aberración como es la tauromaquia. Los verdugos se convierten súbitamente en pobres víctimas vilipendiadas por esos desalmados sensibleros que defienden a los animales que Dios creó para morir en las plazas, porque si no estarían extinguidos, todo el mundo lo sabe. Panda de irracionales...


Lorenzo. Uno de más de los millones de toros asesinados en el mundo.

En este punto tengo que decir que yo no me alegro de la muerte de un torero. Tampoco me alegré cuando murió Paquirri, algo que aún tengo grabado en la retina porque también lo vi siendo una niña, algo que toda España vivió también casi en directo, en aquellos tiempos en los que solo podíamos elegir entre TVE1 y TVE2. Pero si he de ser sincera, tampoco me entristece. Es parecido a cuando un alpinista muere subiendo el Everest. Sabe a lo que se arriesga, nadie le obliga a subir al Everest. Aunque, ahora que lo pienso... sí, la muerte de un alpinista sí que me entristece. La diferencia es que al menos el alpinista no está haciendo daño a nadie. No es que nadie se merezca morir por ser mala persona, eso tampoco, o estaríamos todos en el corredor de la muerte por una razón u otra... pero lo que es innegable es que el torero ha hecho daño, mucho daño. En su haber lleva una ristra de animales a los que asesinó vilmente, en inferioridad de condiciones, con alevosía, haciendo sufrir. Lorenzo solo quería vivir, solo pretendía defenderse. Es entonces cuando me pongo a hacer números de nuevo: si un torero mata a seis toros por corrida, ¿cuántas vidas se ha llevado por delante? Pero eso no le importa a nadie, porque las vidas animales no cuentan, ¿verdad?... aunque sí se apresuran a maldecir y a llamar asesino al pobre toro. Esta vez fue Lorenzo, el de la foto, la verdadera víctima, por eso le he dedicado a él esta entrada. La verdad es que no sé por qué le ponen nombre, cuando ni siquiera le consideran “alguien”, cuando en las ganaderías todos llevan un número que les cosifica. Es como otra terrible burla de aquellos que se creen superiores al resto de seres vivos. Porque sí, señores, la vida humana NO es superior a la vida animal. Sé que cuesta aceptarlo, cuando vivimos en una sociedad antroponcentrista como la nuestra. Pero es la realidad. Como he leído alguna vez respecto al veganismo: los veganos no nos consideramos superiores a nadie, precisamente somos veganos porque no nos consideramos superiores a los demás. Y sí, señores toreros: alguien que se pasa la vida matando a otros seres vivos por pura diversión no se merece ningún respeto, ni siquiera en la hora de su muerte. El torero al que no he nombrado no merece ser recordado de ninguna manera, igual que tratamos de olvidar a los protagonistas de la historia infame de nuestro país. Tampoco está bien alegrarse del sufrimiento de sus familiares, pero la verdad es que moralmente creo que es mucho peor dedicarte a torturar animales y sentirte orgulloso de ello, por muy aceptado que esté en determinados círculos que además se lucran económicamente gracias a todos los que van a las corridas ávidos de morbo, sangre y sufrimiento ajeno.

Después vienen los comentarios estúpidos que tan hartos estamos los veganos/vegetarianos de leer. Acusaciones de unos a otros tratando de justificar un comportamiento que saben que está mal, en distintos grados, pero aún así saben que no cambiarán. Los que defienden los toros atacan a los que están en contra de los toros. Algunos que están en contra de los toros y además son coherentes con sus pensamientos y son veganos/vegetarianos, condenarán la hipocresía de los que están en contra de los toros pero son carnívoros. Sí, algunos condenan la tauromaquia pero siguen comiendo carne, como si morir en un matadero fuera menos tortura que morir en una plaza. Es una de esas contradicciones de la vida. Yo también considero que es una hipocresía, pero eso es algo que no puedes decir muy alto, y de todas formas comprendo que cada uno lleva su ritmo, igual que yo he estado años comiendo yogur y queso cuando podía haberlo evitado. Así que la tolerancia debe estar siempre presente, por mucho que nos duela y nos frustre no poder cambiar las cosas YA. Solo podemos protestar, escribir entradas como esta, contribuir con nuestras pequeñas acciones a construir ese mundo que queremos, en la medida de nuestras posibilidades. El odio nunca lleva a ninguna parte. Quiero pensar que muchos continúan comiendo carne porque no son conscientes de la realidad, que aún están atrapados en las mismas mentiras que me contaron a mí cuando era más joven. Probablemente me estoy autoengañando, pero mejor estar en contra de la tauromaquia y ser carnívoro que ser un torero o ser cómplice de alguna manera de la mal llamada fiesta nacional.

Uno de los pocos héroes verdaderos que tenemos en España.

Educar a un niño en la violencia para que perpetúe una “tradición” tan cruel, tan inhumana, tan sangrienta, me parece propio de una sociedad realmente enferma. Lo más triste es que la tauromaquia no es lo peor que existe. La producción animal es aún más aberrante, pero permanece aún oculta y será mucho más difícil de erradicar. Por cada toro que muere en la plaza, hay millones de animales que mueren en mataderos, después de llevar vidas horribles. No puedes mirar a una vaca a los ojos y pensar que es distinta que un perro o un gato. La gente se escandaliza cuando ven a chinos despellejar y descuartizar perros en el festival de Yulin, pero permanecen indiferentes a la barbarie que se produce todos los días a unos pocos kilómetros de su casa, solo porque piensan que los cerdos y las vacas “son criadas para el consumo humano”, y que necesitamos la carne para tener una nutrición equilibrada, probablemente una de las grandes mentiras más extendidas en todo el mundo.

La ignorancia hace la felicidad, dicen. Y en este caso es totalmente cierto.

Acabo con las palabras de un técnico de sonido de televisión, José Sepúlveda, testigo directo de lo que pocos se atreven a contar:

"En mi caso, que me ha tocado participar en el sonido de alguna retransmisión televisiva, siempre he comentado, que si en lugar de la mezcla de sonido de la banda de música, aplausos, bravos, olessss y demás... el sonido fuera el que capta el Sennheiser 816 (micrófono que capta a gran distancia y buena calidad) a pie de ruedo, donde se escucha perfectamente el sonido de la banderillas al entrar en la piel, los mugidos de dolor que da el animal a cada tortura a la que se somete... y además lo acompañáramos de primeros planos de las heridas que lleva, de los coágulos como la palma de una mano, de la sangre que le brota acompasada al latir del corazón o la mirada que pone en animal antes de que le den la estocada final, creo que el 90% apagaría el televisor al presenciar semejante carnicería a ritmo de pasodoble.
Yo, personalmente pedí el dejar de hacer ese tipo de trabajo, precisamente un día que en Castellón me tocó estar en el callejón y me cabreé mucho al escuchar a un toro, al cual el torero falló cuatro veces con el estoque y harto de escuchar al pobre animal me quité los auriculares...
No tuve bastante, que mientras agonizaba, escupía, se ahogaba en su sangre, se vino a morir justo pegado a mí, apoyado sobre las maderas mientras daba pasmos y su mirada ensangrentada y con lágrimas, sí lágrimas, sean o no sean de dolor, se cruzó con la mía y no nos la perdimos hasta que un inútil hijo de... falló dos veces con el descabello, al que le dije de todo.
Ahí acabó mi temporada torera de por vida.
Son sentimientos personales y lo más probable es que a un amante de ‘la fiesta’ le parezcan ridículos, pero más ridículo es, cuando después de semejante carnicería, giras la vista al público y los ves allí aplaudiendo, comiendo su bocata sin inmutarse, sin haber visto y oído lo que yo."


Ojalá pronto vivamos en un mundo en el que respeto a la vida, el verdadero respeto universal, prime sobre todas las cosas.



domingo, 19 de junio de 2016

El Ángel de la Muerte (32).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (31)].

—Perdone, señor, ¿es usted el último en la cola?
—Así es, joven.
Leuche dirigió la mirada al horizonte y comprendió que la espera les iba a llevar unas horas. La cola daba vuelta y media a la manzana donde se encontraba el Futuroscope. Y ya podía empezar a rezar para que no se quedaran sin número. Tot llegó poco después con un bollo relleno de nata en la mano. Aquella mañana aún no había desayunado. Las malas noticias no le produjeron más frustración de la que ya sentía. Se limitó a tomar aire, asentir con la cabeza mientras saboreaba la nata, y ofrecer un bocado a Leuche. Pasados unos minutos, se encogió de hombros.
—Hmm… solo en momentos como este siento que el tiempo es eterno aquí arriba —murmuró.
—¿Decías…? —preguntó Leuche, ansioso por unirse a una protesta a dúo. Tot se hizo el despistado.
—Oh… nada. No sé, tal vez deberíamos volver otro día.
—Ni lo sueñes. Ya oíste a nuestros guías. No podemos esperar mucho.
—¿Tú crees? Dicen que existen vórtices espacio-temporales en el astral. Tal vez podamos encontrar uno en el que retrocedamos en el tiempo y así cuando regresemos aquí será como si el tiempo no hubiera transcurrido… incluso si llegamos un poco antes, tal vez nos ahorraremos esta cola infinita.
—No creo que eso funcione. Ya averigüé que del tiempo se encarga el Departamento de los Agujeros de Gusano y a nosotros no nos cuentan nada nunca. Eso sí, hace un buen rato que sospecho que tú tampoco sabes cómo funciona, y no es verdad que el tiempo no exista aquí arriba. ¿Por qué si no iba a llegar siempre tarde… bueno, casi siempre?  
Mientras hablaban la cola ya había avanzado un poco, así que al menos eso les animaba un poco.
—Bueno, vale, me quedaré —aseguró Tot—. Pero no te hagas ilusiones. Aún no estoy muy seguro sobre eso de reencarnar…
—Tú te lo pierdes.
Leuche miró hacia otro lado y fingió indiferencia, aunque en el fondo de su corazón supiera que el viaje iba a ser mucho menos divertido sin Tot.


—Sí, es cierto. Me voy a perder tener que nacer de nuevo medio asfixiado después de haber estado atrapado en la oscuridad durante meses (terrenales), aprender otra vez a andar, a hablar un lenguaje burdo, grosero y malsonante (con lo cómodo que es hablar sin tener que pronunciar sonidos), crecer con vete tú a saber qué familia (que los últimos que me tocaron no había quién les entendiera), ir a la escuela, ganarme la vida, tener sueños para que luego todo se tuerza, trabajar, trabajar y trabajar… y encima parece que en este caso poner en peligro mi vida luchando en otra guerra más, sin saber si moriré joven o viejo ni de qué moriré. Llámame loco, pero tal vez… solo TAL VEZ, prefiera quedarme aquí. Al menos soy un Ángel de la Muerte medio veterano, respetado y con un futuro estable en el departamento. Si crees que me vas a echar de menos, mira… quizá le pida a mi guía que me deje hacer prácticas de guía espiritual para ti. Puedo visitarte mientras duermes y susurrarte algún consejo que otro, ¿no te gustaría eso?
Solo estas últimas palabras sorprendieron suficientemente a Leuche como para hacerle abandonar su fingida actitud indiferente y volverse hacia él con un brillo de esperanza en sus ojos.
—¿De veras harías eso?
La sonrisa que tenía Tot en sus labios le hizo saber que había caído en la trampa. Recuperó su seriedad y volvió a mirar al frente. Avanzó unos pasos que les acercaban a la entrada del Futuroscope.
—¿No te fiarías de mí? —preguntó Tot con ironía, continuando con la broma. Leuche le ignoró.
El silencio se prolongó durante unos largos instantes. Tot solo veía la espalda y las melenas rizadas de Leuche. Casi llegó a sentirse culpable, pensando que quizá había herido de verdad a Leuche. Después de todo, él también sabía lo duro que era reencarnar con almas extrañas con las que no se comparten vínculos de vidas anteriores. Era solo que a veces… no comprendía por qué Leuche le tenía tanto afecto. Finalmente, optó por darle unos golpecitos con el dedo en su hombro derecho.
—¿Hay alguien ahí?
Leuche trató de hacerse el duro, pero no pudo resistirse y se dio la vuelta.
—Sí, sí me fiaría de ti, Tot. Siempre. El problema es… que si fueras mi guía, no sería igual. Apenas podría verte, ni escucharte, no serías más que una voz extraña en mi pensamiento. Uno de mis grandes amigos ya hizo eso una vez, y me pasé media vida esperando que reencarnaría y echándole de menos. No quiero que vuelva a pasar… al menos no en este viaje. En una guerra siempre quieres tener a los mejores cerca.
Tot pestañeó repetidas veces como si se le hubiera metido una mota de polvo en el ojo. Hizo amago de sonreír pero solo consiguió una mueca absurda que no parecía transmitir ni alegría ni tristeza. Por suerte, Leuche intuyó que no iba a contestar y le volvió a dar la espalda. 
Tot quedó pensativo. El argumento no podía haber sido mejor. Sabía por experiencia que observar a otros vivir y morir en la Tierra no solo era aburrido y de cobardes. Al final acababas echando de menos a la gente estuvieras donde estuvieras… y cuando volvían solo podías escuchar sus aventuras sin sentirte parte de ella. Era como quedarte en el banquillo durante un partido de fútbol. ¿No podría aceptar al menos un papel breve pero importante? ¿Morir joven pero ser recordado por toda la eternidad… a ser posible por algo bueno esta vez? ¿Salvarle la vida a Leuche en una contienda…? Bueno, quien dice Leuche, dice cualquier otro, claro… ¿Y si fuera médico de nuevo? ¿Médico en una nave espacial? Eso no estaría mal del todo… ah, no, que habían dicho los guías que las naves espaciales aún no habían llegado. Bueno, a ver qué se iban a encontrar en los visores del futuro. El funcionario ya les estaba asignando un puesto doble. Unos minutos más y sabrían qué les esperaría allá abajo... al menos una pequeña parte.

(continuará…)     

viernes, 3 de junio de 2016

El Ángel de la Muerte (31).

Por fin... ¡el esperado nuevo capítulo de... el Ángel de la Muerte!

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (30)].

Tot avanzaba silbando por el corredor que llevaba a su despacho. Cabizbajo y sin ninguna prisa por llegar a su destino, arrastraba los pies como correspondía en un lunes a las 8 de la mañana. Bueno, exactamente, a las 7:57. Su reloj cuántico apenas fallaba, solo cuando había tormentas electromagnéticas o se juntaban los espíritus sanadores esos y se ponían a enviar ondas de energía a tutiplén. Su vida era un poco gris últimamente. La vuelta al Departamento de los Ángeles de la Muerte había sido estimulante. Ahora apreciaba aún más su Volkswagen y rellenar formularios no le parecía tan aburrido. Había asistido con un entusiasmo casi desmedido al “Curso sobre manejo de almas errantes: cómo convencerles de que el retorno les conviene”. Pero ahora todo había vuelto a la rutina de nuevo. Incluso Leuche iba progresando más rápido de lo que esperaba. Seguía llegando al trabajo con el uniforme sin planchar y sin recogerse el pelo —a veces hasta se olvidaba su sombrero de copa puesto— pero su labor era casi impoluta, eso no podía negarlo. ¿Tal vez podía recomendarle para un ascenso y así se libraría de él? Pero no... seguramente le mandarían a otro novato, y no le apetecía tener que enseñarle todo otra vez. Además se lo pasaba bien con Leuche. Bueno, a veces. No cuando se ponía sentimental. ¿Que habían compartido alguna que otra vida pasada? Bueno, ¿y qué? Lo raro era no haberla compartido, al menos en este plano del mundo espiritual, donde todos vibraban con frecuencias similares como resultado de sus experiencias. 
Se detuvo en seco cuando levantó la vista y vio que había una luz encendida en el despacho. Parpadeó varias veces. No era posible. ¿Habría descubierto Leuche el secreto del tiempo y habría conseguido ser puntual por una vez? Giró la manilla de la puerta y la empujó levemente. Los goznes chirriaron como en una película de miedo. Pero la escena que vio a continuación sí que era terrorífica.
La oficina nº 3176-80 estaba ocupada por tres impresentables: Leuche con un ser algo más etéreo que ellos, vestido de marinero mercante del siglo XIX, con su piel tiznada algo de azul, y al otro lado de la mesa, en su propia silla, su guía espiritual, con apariencia de joven estudioso con gafitas redondas y un birrete negro. El listillo que siempre estaba dándole consejos inútiles sobre cómo vivir sus vidas.
Quiso salir corriendo, pero antes de que pudiera moverse Harry ya le había paralizado de cintura para abajo con uno de sus estúpidos conjuros. Y eso ya le puso de una mala h...
—Dime que no será necesario utilizar la fuerza bruta —dijo Harry.
­—Esto ya es utilizar la fuerza bruta —respondió Tot—. Y luego bien que venís con esas historias del libre albedrío.
—Si te suelto, ¿prometes sentarte aquí a mi lado y al menos escucharnos?
Tot miró de un lado a otro de mal humor, refunfuñó algo y asintió con la cabeza. Casi instantáneamente se vio a sí mismo sentado junto a su guía, con los brazos cruzados y actitud desdeñosa. Justo enfrente estaba Leuche. Le envió un pensamiento: “Tú eres el culpable de todo esto, ¿verdad?” Leuche puso cara de inocente, pero a él nadie podía engañarle.
—Creo que ya conoces a Han —dijo Harry, señalando al que suponía era el guía espiritual de Leuche. En ocasiones Leuche le había hablado de él. Le tenía bastante aprecio, algo que él no podía llegar a comprender. Todos los guías eran iguales. No paraban de tocar los c...
Han hizo un leve movimiento de cabeza. Seguro que le había oído, pero daba igual. Los guías siempre se las arreglaban para ignorarte aunque les llamaras de todo por no ayudarte como les habías pedido. Eran muy suyos los guías.
—Vayamos al grano. ¿Qué significa todo esto? —dijo Tot, y traspasó a Leuche con su mirada—: Déjame que lo adivine. Ya es definitivo, ¿no? ¿Vas a reencarnar?
Leuche bajó su mirada, sin saber qué decir.    
—Pues... no era mi intención, pero es que Han se me presentó el otro día y me dijo que va a haber una nueva guerra mundial... y no sé, ya he vivido unas cuantas, pero es que en esta va a haber láseres y naves intergalácticas, y nuevas máquinas de tortura, y teletransportadores, y cazas imperiales, y...
Las pupilas se le habían dilatado e iluminado mientras hablaba, pero volvieron a la normalidad al ver la expresión taciturna de Tot. Parecía decepcionado. Tot miró a los guías con los ojos entrecerrados.


—¿Qué proporción exacta de eso es cierta?
Han y Harry intercambiaron miradas, también con expresión inocente. Harry carraspeó.
­—Bueno, lo de la guerra mundial es verdad. Y lo de los láseres.
­—Y lo de las torturas...—añadió Han­—. Para la teletransportación habrá que esperar. El resto es producto de la imaginación de Leuche. O sea, más o menos lo de siempre en una guerra. Ya tenéis experiencia, ¿de qué os sorprendéis?
—No, si no me sorprendo —soltó Tot—. Pero ¿podéis decirme para qué diablos necesito esta vez más guerras y torturas? Y no me vengáis con el mismo rollo de siempre de que es por mi evolución espiritual. Que ya no soy un alma pura e inocente y ya no me trago esas bobadas... Además, ahora tengo un puesto estable y bien remunerado en el que incluso tengo alguna que otra satisfacción. Espero que tengáis mejores razones para convencerme.
—Podrás hacer cosas que nunca hiciste antes en una guerra, ¿no te parece razón suficiente?
—Si te refieres a desintegrar enemigos en lugar de volarles la cabeza con un rifle, no sé... lo veo demasiado aburrido sin sangre ni higadillos. Los viejos tiempos siempre fueron mejores.
­—En realidad me refería a utilizar el láser para cerrar heridas, pero tú mismo.
—¡Oh! ¿De veras? No había pensado en eso... En mi época no teníamos ni gases anestésicos y las suturas eran de tripa de gato, si es que había alguno cerca.
Por un leve instante Tot miró sonriendo a Leuche, para comprobar si había entendido la broma, pero enseguida se tornó serio otra vez. ¿Regresar otra vez? Dios, qué pereza le daba...
—Además hemos pensado que os iría bien reencarnar juntos —dijo Han­—. Hace mucho de la última vez, habéis vuelto a ser unos desconocidos y eso no está bien.
Tot miró de reojo a Leuche mientras Leuche miraba de reojo a Tot.
—¿Y qué necesidad tengo yo de conocer más a este espécimen? —le espetó Tot a su compañero. Leuche no pudo quedarse callado.
—Que sepas que te arrepentirás de tus palabras cuando estemos allá abajo.
Tot se rió.
—¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer, traicionarme como la última vez?
—O algo peor.
—¡Miedo me das!
—Y además no fue la última, que no tienes memoria.
Los dos guías espirituales se miraron entre sí y suspiraron.
—YA. BASTA.
—Aunque penséis lo contrario, no estamos aquí para presionaros —dijo Han—. Bueno, tal vez Harry sí, sabe lo tozudo que es Tot, y cómo en su última encarnación tuvo que cerrarle las puertas del cielo y darle un puntapié porque si no, una vez dentro, no habría vuelto jamás a salir... Pero en fin, esperamos que eso fuera solo una circunstancia aislada. Ahora habéis tenido tiempo de descansar, y sabéis que la decisión es vuestra.
—¿Descansar? —dijo Leuche con un relámpago en sus ojos—. Que yo sepa no recibí ningún tratamiento reparador, ni físico ni espiritual, después de haber sido quemado hasta las cejas. ¡Enseguida a trabajar, y encima en un departamento que era nuevo para mí!
Tot observó a su compañero sacudiendo la cabeza. “Mira que es perezoso y debilucho... Como si morir achicharrado no fuera algo habitual...” De algún modo Leuche captó su pensamiento y alargó una mano para agarrarle del pescuezo.
—¡Y tú te reíste!
Los guías corrieron a separarlos y volvieron a gritar:
—¡¡YA BASTA!!
Tot y Leuche callaron. Tot tenía una sonrisa irónica en sus labios mientras se hacía el despistado. Leuche comenzó a mover su pie nerviosamente. En realidad la discusión era para esconder la inquietud que les provocaba la inminente partida. Viajar al astral siempre era una aventura arriesgada, pero era divertido. Encarnar en el plano terrenal eran palabras mayores. No molaba lo más mínimo: las sensaciones eran mucho más intensas, el dolor era de verdad, la sangre también. Pero negarse a hacerlo era de cobardes. Te quedabas atrás como un niño enfadado en el aula mientras los demás jugaban en el patio del colegio... y al final te acababas arrepintiendo.
En el fondo ambos sabían la razón por la que debían reencarnar. En el mundo espiritual no existen los secretos. No eran tan distintos como pensaban. Y aunque trataban de ocultar sus verdaderos sentimientos mediante las bromas y los aparentes ataques personales, sabían muy bien que lo que proponían sus guías era algo tremendamente serio. Las guerras no eran para cualquiera. Muchos Ángeles de la Muerte se congregarían una vez más en la Tierra, cada uno en su papel, cada uno con su nueva misión casi imposible de cumplir. En tiempos de guerra el trabajo se multiplicaba también para los Ángeles de la Muerte no encarnados, pero sin duda no era lo mismo para unos y para otros. Y sin duda el Departamento no se iría a la ruina sin ellos.
—Sé que necesitáis tiempo para pensarlo —dijo Harry—. Y ya sabéis que tenéis el Futuroscope para considerarlo. Esperaremos una semana, y entonces nos daréis una respuesta.
Los guías se desmaterializaron en el aire dejando a Tot y a Leuche pensativos y preocupados.  

(continuará...)             

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