lunes, 20 de julio de 2015

Ser escritor es vocacional.

He tenido la chiripa de encontrarme hoy con un viejo monólogo de Eva Hache y de pronto he atado cabos y lo he comprendido todo. Se ve que tengo pocas luces, porque me ha llevado casi cuarenta años darme cuenta de ello... y ya es mala suerte que elegí dos profesiones siendo chiquita, y las dos son vocacionales. 


Sí, ilusa de mí, cuando tenía diecisiete o dieciocho años pensaba que acabaría mi carrera, me montaría mi clínica, a los veinticinco ya tendría casa y novio, y una estupenda vida por delante, llena de desafíos. Tal inocencia me ha llevado a depender económicamente de otra persona, trabajar “por vocación” de ama de casa la mayor parte del tiempo y lamentarme, día sí día no, de no ganar un duro por no hacer nada de lo que estudié (y sigo estudiando, porque ahora se ve que hasta con sesenta años necesitas seguir “formándote”, por aquello de reciclarte y seguir haciéndote la ilusión de que un día te contratarán). O, en el mejor de los casos, haciéndolo mes y medio, porque más o menos ese es el tiempo que tardas en echar cuentas y ver que estás haciendo el panoli de nuevo porque un poco más y te toca pagar por trabajar.

Pero eso es lo que se lleva ahora, al menos en las profesiones vocacionales, como veterinaria y escritor. Como este blog es de una escritora desesperada, seguiré por ahí. Ayer me quedé estupefacta cuando me puse a investigar sobre una nueva “editorial” que está teniendo mucho éxito, dirigida a gente que como yo quiere autopublicar su libro. Vi que imprimir unos cincuenta ejemplares de quinientas páginas (que es lo que yo me suelo extender en mis obras) me saldría por mil euros... que es lo que yo considero que me deberían pagar a mí (como mínimo) por escribirla ya de entrada, por supuesto revisada y corregida, que por algo soy escritora profesional. Porque esa es otra historia... Hay “autores indies” por ahí que suben sus manuscritos a Amazon tal cual, llamándolos “novelas”, mientras acuden a clases de ortografía de nivel de 2º de EGB. Como si la palabra “escritor” se pudiera aplicar a cualquiera que coge un boli y te hace un garabato o un teclado y te escribe un párrafo. Bueno, dejando esto aparte, resulta que por unos mil módicos euros me enviaban los cincuenta libros a casa para que yo me dedique a venderlos de librería en librería. Y lo pintaban como una grandísima oferta que no podía rechazar. Porque todo el mundo sabe que llevándonos un 10% de cada libro que vendas (si es que lo vendes... y eso siendo muy generosos, porque lo normal es que ese porcentaje sea del 1 o el 2%) nos hacemos ricos en un plazo muy breve. O, si no nos hacemos ricos, al menos te da para vivir, lo que en nuestro caso se traduciría como "para subsistir mientras acabas de escribir el nuevo libro". Por aclarar conceptos, eso pueden ser varios meses si trabajas de escritor a tiempo completo, o unos cuantos años si lo haces cuando puedes (escribir, claro).

No me sorprende que los de la editorial se estén haciendo de oro. Lo que sí me sorprende es que haya gente que se preste a tal sinsentido.

Arturo Pérez-Reverte (últimamente le menciono mucho, porque admiro a todo aquel que no tiene pelos en la lengua) lo explica mucho mejor en este artículo que ya hace un tiempo me dejó en estado semicomatoso. Yo hablo de vez en cuando de ello, porque es algo que me quema en las venas.

No sé si eso de tener que pagar después de pasarte media vida escribiendo un libro (encima) es mejor o peor que tener que alquilar un “espacio” en un local para que tú puedas ejercer “vocacionalmente” la profesión que más amas en el mundo, la de salvar vidas de animalitos. Así, además de tener que pagar autónomos, adquirir tu propio material, “invertir en tu futuro” haciendo cursos de formación, trabajar en condiciones pésimas sin un mínimo de seguridad laboral, arriesgándote a que se te mueran los bichos a la mínima de cambio y meterte en un buen lío, y pagar religiosamente tus cuotas colegiales porque si no es como si fueras un delincuente ejerciendo esa profesión que tanto amas, tienes que aceptar que un buen porcentaje de tus ingresos van a ir a los bolsillos de un señor que no hace nada por ti. Bueno, sí, es un alma caritativa que te da un lugar donde poder trabajar y así no acabar desahuciado. Casi le tienes que estar agradecido para toda la eternidad.


Más o menos un editor hace lo mismo. Tú trabajas durante años en tu libro, que es como un hijo que has parido pero mucho más dilatado en el tiempo (quiero decir, le tienes mucho cariño y por él harías cualquier cosa, hasta morirte de hambre), él hace unos arreglitos que apuesto a que la mayor parte de las veces son en contra de tu voluntad (yo me negaría en rotundo, por eso prefiero seguir escribiendo burradas en el blog, aunque sea gratis), llega un tipo que te hace una gran portada (yo ya hago hasta mis propias portadas, por tanto ni siquiera sería necesario... lo gracioso es que este tipo se lleva su sueldo y yo no por escribir lo de dentro del libro, que ha llevado más tiempo y además ocupa más espacio), lo publicitan y lo distribuyen (si tienes suerte, porque he oído de todo), y por todo eso, ¡tú eres el que más pasta y esfuerzo pone! Pero, ¿en qué cabeza cabe?

En ambos casos la primera palabra que se me viene a la mente es “esclavitud”. Vale, si he de ser sincera, lo primero que se me viene a la mente es en realidad una frase algo más larga, que dice:

“Ya lo que nos faltaba, además de puta, pones la cama”. 

Pero esto suena un poco desagradable y no se debe decir... o eso dicen. Lo que debemos decir es que es guay que existan sitios como Amazon donde los escritores podemos ver nuestros sueños cumplidos. Lo guay es publicar en tu perfil de Facebook, entre cien y mil veces, que estás entre los diez primeros vendidos de Amazon, como si eso significara algo distinto a que tienes un buen puñado de amigos que te están haciendo el favor de gastarse un euro o dos por algo que debería valer —no en todos los casos— diez veces más. No el libro en sí, sino el tiempo y esfuerzo que el escritor ha invertido con cada página de ese libro, cada gota de sangre que ha perdido y que se detectaría con la ayuda de luminol si lo aplicáramos en el papel, cada minuto de vida perdido por intentar transmitir sus sentimientos, cada neurona que se muere con cada frase que logra acabar coherentemente. Lo guay es decir que eres escritor porque no puedes dejar de escribir, y por ello tienes que hacerlo gratis (o sea, por vocación) y dejar que los demás se aprovechen de ti.

Pero qué le vamos a hacer. Son los tiempos que corren... Nos creemos libres, pero día y noche vivimos atados a unas cadenas que nos pasan desapercibidas. Y nosotros tan felices.

jueves, 16 de julio de 2015

No hay palabras.

El otro día estuve viendo un documental de esos que te desgarran el alma. No voy a decir el título del documental, aunque es mi opinión que deberían ponerlo en todas las clases de historia, comenzando en el bachillerato, y acabando en programas divulgativos en los que tengan un mínimo respeto por la Verdad, que por desgracia no es que abunden actualmente. Este documental empezaba diciendo que no hay palabras para describir la barbarie que se vivió en toda Europa hace setenta años. Y acababa con las palabras “Never again”.

En efecto, yo, que soy escritora, aunque no de las mejores, no encuentro palabras. Sin embargo, creo que ni Pérez-Reverte las encontraría. Debería existir algún método alternativo al lenguaje humano, tan pobre, tan reduccionista, para expresar las emociones que se generaron en mi interior al ver el documental. Un sonido, tal vez, que permitiera transmitir todo el sufrimiento, todo el dolor y toda la rabia que aún perviven en mí después de tanto tiempo. Ciertas notas sostenidas en una guitarra eléctrica o ciertas melodías, creadas por maestros poco reconocidos en nuestra época por llevar melenas en lugar de traje y batuta, me sirven para descargar parte de esa rabia contenida. Del mismo modo, debería haber un sonido que pudiera grabarse en la mente del lector según descifra estas letras, para que supiera a qué tipo de dolor me estoy refiriendo. No es un dolor cualquiera. Es un dolor que solo puedes comprender cuando lo has vivido en tu propia piel. Como una amiga me dijo hace poco, son acontecimientos que matan el alma. Pero estas palabras no son suficientes para describirlo. Jamás lo serán. Lo irónico es que luego hay muchas personas que aún se preguntan cuál es el propósito de la vida (y la muerte), cuando no puede estar tan claro...

Como siempre, vivo en un frágil equilibrio entre el silencio, la congoja, la sensación de angustia en la garganta, y los deseos de gritar a los cuatro vientos que basta ya de tanta injusticia, tanta crueldad, tanta hipocresía y vanas palabras que no sirven de nada. En este mundo de internet nos creemos que hacemos algo si le damos a los “likes” y a los “compartir”, si firmamos en una “petición que está cogiendo fuerza” o si comentamos que se nos saltan las lágrimas al ver el miedo reflejado en los ojos de una pobre niña que levanta sus brazos ante una cámara. Nunca he entendido por qué la infancia es capaz de ablandar un corazón mientras que permanecemos impasibles ante el sufrimiento de cualquier adulto, como si un adulto fuera más culpable de las desgracias que sufre, como si cumplir años te hiciera inmune al miedo, el hambre o la desesperanza, como si la violencia estuviera justificada contra él más que en un niño. Mientras que nos convencemos a nosotros mismos de lo sensibles que somos y nos lamentamos de lo mal que está el mundo, la vida (y la muerte) continúa en la calle, dentro y fuera de nuestras fronteras. La historia, por tergiversada y olvidada, se sigue repitiendo día tras día. Los muros caen y otros se levantan, esta vez con cuchillas, para acabar de desangrar a los que ya no poseen nada. Se abole la esclavitud y aparece otro tipo de esclavos. Luchamos por nuestros derechos, con el coste de muchas vidas, solo para que sean oficial e impunemente pisoteados por los que nos gobiernan. Las cámaras registran todo ese sufrimiento igual que lo hacían hace cien años, pero no sirve de nada.


Vivir con el peso de varias vidas (y varias muertes) sobre ti no es nada fácil. El sentimiento es el mismo que me transmitieron los ojos de veteranos de guerra en otro documental que vi. No puedes hablar de ello, porque nadie te va a comprender. Puedes tratar de describir lo que supone vivir aterrorizado mañana y noche por el constante tronar de los aviones acercándose o las sirenas antiaéreas perforándote el cerebro, tal y como hoy en día sigue ocurriendo en lugares como Gaza. Puedes escribir una y mil veces cómo se rompe tu corazón cuando contemplas tu pueblo reducido a escombros. Puedes hacer de tripas corazón y tratar de explicar cómo te sientes cuando hombres que no conoces de nada te golpean y te tiran al suelo para violarte repetidas veces delante de tu propia familia, y después te abandonan para que mueras, sin ni siquiera molestarse en volarte la cabeza. Puedes hablar de la muerte e incluso dejar que piensen que estás un poco obsesionada con ese tema. Es normal, porque los escritores somos raros y solemos caer en la melancolía. Después de todo, qué más da, sabes que para los demás la muerte no es más que una decena de fotogramas en el telediario, donde se ven hombres que van a ser degollados. Les advierten de que las imágenes pueden herir su sensibilidad, pero aunque mantienen su mirada no sienten nada... ni siquiera les dejan sin apetito. Han olvidado lo que es la muerte. No lo han vivido (o revivido) en propia piel. Las verdades y las mentiras no les quitan el sueño, y lo que ven ahí les preocupa menos que la última película de Brad Pitt conduciendo un tanque. No son conscientes de lo que en realidad suponen esas imágenes, porque nunca han tenido la muerte cerca. Y creen que tú tampoco. Puedes disfrazar la realidad con ficción o usar la ficción para disimular la realidad. Puedes incluso contar la realidad y afirmar que es ficción. Nadie se dará cuenta. Vivimos en un eterno teatro, un teatro de títeres descabezados, sumergidos siempre en la duda de qué es en realidad la realidad.

No somos más que niños en un patio de colegio. Y estas palabras se perderán en internet como gotas de agua en un océano, puesto que las cosas están dispuestas para que todos sigamos dormidos, como un ejército de zombies que se creen vivos, pero jamás supieron lo que es la vida (ni la verdadera muerte)... o si lo supieron alguna vez, prefieren el olvido y la ignorancia.

Alguien que no conoce su propia historia, está condenado a repetirla. Pero parece que a nadie le importa.



I'M CRYING

Oo, I'm cryin', tears are fallin' down.
I'm cryin' the lonely tears of clowns.
I'm tryin' to wear a smilin' face.
It was just yesterday things then they felt okay.
Now that has all gone away.

Oo, I'm cryin' the lonely tears of clowns.
I'm tryin' tryin' and rain's fallin' down.
I'm cryin' and that's a lonely place.
If I could hide the pain, if I could stop the rain,
Then all my cryin' could be gone.

Oo, rain, who will stop the rain, the rain?
Oo, I'm cryin', the tears are fallin' down.
I'm tryin', the rain still beats the ground.
I'm cryin' those lonely tears of clowns.

Lonely, lonely tears.


lunes, 13 de julio de 2015

El Ángel de la Muerte (22).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (21)].

―Dame eso ahora mismo.
Leuche se detuvo justo cuando iba a sentarse en la mesa comunal, donde Tot ya hacía rato que había acabado con su Apfelstrudel. Llevaba un par de días con un humor de perros, y eso le hacía tener cierta avidez por la comida. Leuche llegó incluso a dudar si sentarse junto a él. Sus nuevos amigos eran más simpáticos... a pesar de que fueran un poco raros.
­―Ni lo sueñes, que mis tripas llevan rugiendo desde esta mañana ―contestó. Sabía a lo que se arriesgaba, pero también tenía ganas de hablar un rato con Tot. A los ángeles les enviaban a un lugar muy retirado de los pastorcillos y apenas sabía qué había sido de él en todo este tiempo.
―Pero qué tripas, si estamos muertos y no somos más que seres etéricos que solo creamos ilusiones para que parezca que estamos vivos...
Leuche suspiró y se le fue un poco el hambre. Pero su estómago volvió a rugir. Tal vez no era su estómago.
―¿Es Bratwurst?
―¿Brat qué?
―No me tomes el pelo, sabes perfectamente de lo que te estoy hablando. Y te he dicho antes que me des esa salchicha... entera. Por cierto, ¿no eras vegetariano?
―Depende de qué vida estemos hablando ―y haciendo caso omiso a Tot le dio un buen bocado, saboreando la carne.  
Leuche no había venido solo. En la mesa comunal también se habían sentado un profeta, un carpintero, varios niños, algunos pescadores, un rey, un juez, un ternero y un burro... vamos, que medio pueblo estaba metido en el ajo. Por suerte ellos parecían estar en otra onda y era como si hablaran otro idioma, así que sus voces se perdían como en un murmullo en sus cabezas y Leuche y Tot podían mantener una conversación privada... o casi. La pausa para la cena solo era de una hora, en teoría, así que debían ir al grano.
―Bueno, ¿qué tal te ha ido? ―preguntó Leuche cortésmente, al tiempo que se fijaba que uno de los tirantes del uniforme de Tot se había caído hacia un lado y lo ponía en su sitio de nuevo―. Te veo con mejor cara que el otro día... aunque aún tienes los ojos un poco enrojecidos. Este trabajo no está tan mal después de todo, ¿no?
Tot permaneció en silencio. Leuche comenzó a oír una respiración estertórica que le preocupó. Su voz se transformó en un tenue murmullo.
―¿No?
―¡¡¡¡Buuuuaaaa, buuuuaaaaa!!!!
―Bueno, va, te doy la Bratwurst.


Tot miró a Leuche con un profundo, insondable, odio en sus ojos.
―Ya no la quiero. Bueno, sí ―y se la arrebató de las manos a Leuche justo cuando este iba a darle otro mordisco. Le dejó que se la acabara, mientras hacía aparecer una gran jarra de Weihenstephaner con la esperanza de que eso también levantara el ánimo de su compañero.
―Veamos, Tot, hablar le sienta bien a todo el mundo. ¿Por qué no me cuentas cómo te sientes?
Leuche recordó que esa no era una buena táctica. Carraspeó y continuó hablando.
―¿Por qué no tratas de adaptarte? Vale que esto no mola tanto como asistir a uno que se tira de un rascacielos... pero tampoco está tan mal. Abrimos mares, multiplicamos peces, damos Tablas de la Ley para que la gente se haga un poco más sensata, y... ¡ah! ¿Sabes qué? Ayer resucitamos a un moribundo, ¿qué te parece? Eso no es tan distinto a lo que hacemos en nuestro departamento, ¿no te parece? Lo que no me gusta mucho es que tenemos que estar todo el tiempo materializándonos y desmaterializándonos, ya sabes que eso cansa un rato, pero quitando esa inconveniencia, esto tiene sus alicientes.
Las pestañas de Tot se movieron lentamente arriba y abajo, arriba y abajo... Su mirada parecía perdida en otro mundo. Cogió la jarra de cerveza y la contempló largamente, como si en el cristal se viera reflejada su vida pasada como Ángel de la Muerte, cuando tenía un oficio que amaba con pasión. De pronto pareció despertar y dirigió una mirada extraña a Leuche.
―No puedo creerlo. Tú mismo le dijiste el otro día a Gehirn que no querías ser parte de ese engranaje, jamás... y mírate ahora, disfrutando de multiplicar pececillos y escribir estúpidas Tablas de la Ley...
―Bueno... sabes que siempre me ha gustado escribir.
―Excusas. No lo empeores aún más. Si te gusta este asco de departamento quédate con ellos y ya está. Eres un traidor.
Esas palabras le dolieron profundamente a Leuche. No eran verdad... ni lo que había dicho Tot ni lo que había dicho él mismo, no. Solo estaba intentando animarle. En el fondo a él le importaban un comino las resurrecciones. Sabía que eran una ilusión. Sabía que la Muerte no lo era. Pero ahora temía que no iba a poder arreglar las cosas. Tot estaba demasiado serio y deprimido como hacerle razonar. Tal vez era mejor dejar que la cerveza expandiera sus partículas elementales y aumentara su nivel de consciencia durante la noche. Y mañana ya hablarían...
Aunque Tot parecía de nuevo perdido en sus pensamientos, Leuche quiso aclarar algo antes de retirarse a descansar a su choza en medio de la montaña y las cabras.
―Yo no soy un traidor, Tot. Simplemente... me gusta probar otras cosas. Odio la rutina. No te lo había dicho hasta ahora, pero trabajando contigo me di cuenta de que yo... yo también tengo alma de Ángel de la Muerte.
Como su compañero no decía nada, Leuche se despidió con un “gute Nacht”.
―Eso tendrás que demostrarlo ­―le pareció oír según se alejaba.

(continuará...)

jueves, 9 de julio de 2015

El Ángel de la Muerte (21).

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (20): A state of grace].

Leuche disimuló un bostezo. La mañana había transcurrido exasperantemente lenta. La sesión de introducción al trabajo en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales habría aburrido hasta al mismo Jesucristo, cuya motivación no había disminuido ni un ápice y seguía presentándose voluntario para salvar a más humanidades en otros planetas. Para más inri ni siquiera habían tenido pausa para el café. Tot no había logrado disipar la nube gris que flotaba encima de su cabeza, consecuencia de su mal humor. Pero lo peor no había llegado aún. Conscientes de que estaban allí cumpliendo una condena por insumisos, los funcionarios del departamento y los jefes parecían empeñados en hacerles la vida (o la muerte) imposible. Querían comenzar las prácticas... YA.
Tot abrió unos ojos como platos cuando vio de qué guisa iba a lucir cuando se enfundara el uniforme de campaña.
―No... ¡No me pienso poner eso! ­―aseguró, con una voz tan seria que ni siquiera Leuche le había oído nunca.
―Si no se lo pone, tendremos que dar parte a las autoridades, y eso puede traer graves represalias.
Tot chasqueó la lengua... o al menos hizo un sonido como si la tuviera.
­―Me importan tres c...
­―¡Tot! ―le interrumpió Leuche―. ¿Qué problema hay con el traje? De acuerdo que no es tan elegante como nuestro uniforme, pero tampoco es tan grave la cosa.
Tot entrecerró los ojos, preguntándose si Leuche lo decía en serio o su única intención era que no acabaran inmovilizados en la prisión celestial. Leuche percibió su mirada furibunda y tragó saliva. Cuando Tot se cabreaba... no era bueno. No, nada bueno. Se tranquilizó un poco cuando Tot respiró profundamente, tratando de calmarse.

―Ese uniforme es de novato. Yo soy un Ángel de la Muerte con dilatada experiencia, tanto en el plano físico como en el etérico, y no estoy dispuesto a que me traten como a...
―Señor Tot...
―Herr Tot, si es tan amable.
―Herr Tot. Creo que aún no es consciente de su situación en estos momentos. Está aquí por violar al menos cuatro artículos del Código Deontológico de su departamento...
―¿Y qué sabe usted de mi departamento? Ocúpese de sus estrafalarios arbustos ardientes y déjeme a mí con lo mío.
―Eso, lamentablemente, no está en mi mano. Como usted, debo obedecer las órdenes de Gehirn, y ella tenía instrucciones precisas para mí. Por cierto, me advirtió de que posiblemente adoptaría esta actitud tan infantil.
Tot refunfuñó algo inaudible.
―¿Cómo dice?
―No es infantil... Es solo que aún me queda algo de dignidad.
―Pues debería habérselo pensado antes de infringir las normas de su departamento.
Tot volvió a refunfuñar. Leuche le observó consternado, deseando poder decir algo que le consolara. La verdad es que jamás habría esperado que aquella misión le fuera a resultar tan difícil a su compañero. No les pillaba por sorpresa. Aquello ya se lo esperaban. Sabían que tarde o temprano habrían tenido que participar en una misión rutinaria relacionada con la religión. Lo que no se esperaban es que fuera a ser tan pronto. Ni que los miles de humanidades desperdigadas por el universo tuvieran tanta necesidad de adoctrinamiento y/o salvación...
El silencio de Tot y Leuche hizo comprender a su superior que aceptaban su destino. La falta de colaboración podía llevarles por peores derroteros... y lo mejor era cumplir con el castigo y salir de allí cuanto antes. Siempre que Leuche no se dejara embaucar...
―Pero, ¿qué diablos estás haciendo? ―Tot había vuelto su cabeza hacia él. Sin apenas darse cuenta, Leuche comenzaba a parecerse a un monje. Un hábito grisáceo le cubría todo el cuerpo hasta los pies, y una tonsura dejaba ahora al aire la piel de su cráneo. Pero lo peor era que en sus manos tenía un libro antiguo manuscrito y estaba a punto de entonar un salmo, dirigiendo una mirada piadosa hacia los cielos. De pronto todo desapareció. Miró a Tot al tiempo que se sonrojaba.
―Perdón. Mi antiguo fervor religioso se apoderó de mí.
El jefe suspiró.
―No se confundan. No van como humanos en este viaje. En mi departamento actuamos como dioses.
―Y si actuamos como dioses, ¿por qué tenemos que llevar ese horrible uniforme? ―protestó de nuevo Tot.
―Porque ustedes son novatos aquí. Deben ayudar a la Divinidad. ¿No les parece ese un trabajo digno?

Tot no supo qué contestar. Después hundió su cara en su mano derecha y se puso a llorar desconsoladamente, para horror de Leuche, que no sabía qué decir para que se sintiera mejor.
―Vamos, Tot. Has representado a la Muerte en infinitas ocasiones. No puede haber nada peor que eso...
Tot se dejó conducir sumisamente. Los compañeros auxiliares le fueron pasando los accesorios. La peluca de rizos rubios no estaba mal. El arco y las flechas, eran pasables. La corona dorada, casi parecía la de un príncipe... no recordaba haber sido jamás un príncipe, excepto aquel príncipe sanguinario a quien le gustaba empalar a sus enemigos a la entrada del castillo. Las plumas en la espalda... bueno, vaya sorpresa, y qué poco originales. ¿Es que todos los ángeles eran iguales en ese departamento? Ni siquiera podía ir de adulto, tenía que adoptar la apariencia de un niño. Pero cuando le dieron los calzones... casi se le detiene el corazón, y no pudo reprimir por más tiempo los sollozos. Y lloró aún más cuando vio que Leuche iba a hacerse pasar por un inocente pastorcillo que se encargaría de convertir el agua en vino cuando llegara la ocasión.
Por todos los infiernos, ¡¡¡¿QUÉ HABÍA HECHO PARA MERECER TAL HUMILLACIÓN?!!! 
Se juró a sí mismo que si averiguaba cómo hacerlo iba a untar veneno en las puntas de esas flechas...

(continuará...)

viernes, 6 de marzo de 2015

Soy una intolerante.

A medida que me hago mayor me doy cuenta de que en lugar de pasar más de todo, me afectan más las cosas. Bueno, quizá la palabra “afectar” no sea la más adecuada. Creo que debería decir mejor: “En lugar de pasar más de todo, más cabreo interno me generan las cosas”. La experiencia es un grado, dicen. Yo, a pesar de ser relativamente joven, creo que ya tengo unas cuantas licenciaturas y un par de doctorados en cuando a experiencia se refiere. Experiencia de la vida. Por eso, si alguien trata de aprovecharse de mí, le cazo al vuelo antes de que haga el primer movimiento sospechoso. Si comienza una trifulca, soy capaz de intuir cómo van a reaccionar como si fuera Bruce Lee en un combate de kárate, y aunque me vea en medio de una lluvia de mamporros virtuales, soy capaz de aguantar los insultos sin despeinarme y sin una palabra fuera de tono. Eso sí, el cabreo interno no me lo quita nadie. Gracias a mi gran experiencia en meditación, he aprendido a que las malas emociones me resbalen, pero aún así siempre queda un poso desagradable.

La razón por la que debo andar por la jungla de internet con un spray de pimienta en el bolso no es porque yo vaya buscando problemas. Es solo que internet no es más que un reflejo de la sociedad, por tanto también existen callejones oscuros, antros de mala muerte y lugares poco iluminados en los que tu vida corre peligro. También hay muchas personas que se refugian en su anonimato, y como a ti tampoco te conocen, quizá gustan de imaginarte como una pobre niña desvalida y sin un duro que sería capaz de vender su cuerpo por un mendrugo de pan. Algunos incluso afirman que su propósito es reunir fondos para luchar contra el tráfico de seres humanos, mientras que por otro lado tratan de aprovecharse de ti y de tu trabajo, esperando que tu tiempo y esfuerzo les salga gratis. Esto me pasaba en el mundo real, y ahora, también me pasa en el mundo virtual. No es que me pille de sorpresa, solo me corroe las entrañas. Tanto que estoy a punto de ir al médico por una úlcera en el estómago.


Soy una soñadora, no lo puedo evitar. Los lectores habituales del blog ya se habrán dado cuenta, y los que me conocen personalmente lo saben. También me gusta luchar por causas perdidas, soy así de idiota. Lo bueno (o lo malo) es que no tengo nada que perder. Y esto no es solo un dicho. que no tengo nada que perder. Eso me hace extremadamente peligrosa. Es un arma que intento no utilizar, pero si alguien me cabrea lo suficiente, la sangre (virtual) podría llegar al río. La culpa de todo la tiene mi intolerancia. Esa es mi principal enfermedad. No tolero las injusticias. Ni que me tomen el pelo. No tolero que me falten al respeto y pretendan degradarme, pensando que con vanas palabras me hundirán en la miseria, pataleando como un niño con una rabieta cuando ni siquiera me conocen y además lo único que he intentado es hacer valer mis derechos (y tal vez por ser más inteligente que ellos, que quizá es lo que más les duele). No sé si es que ya soy perra vieja, pero lo cierto es que me hacen sonreír. Mucho. Igual que si estuviera en el circo presenciando un espectáculo de fieras. Igual,  porque eso también dejó de divertirme hace tiempo. La sonrisa no es por lo agradable del espectáculo, sino porque lo he visto antes y sé lo que va a ocurrir. En el fondo no me hace gracia porque como intolerante que soy esas actitudes humanas me reconcomen por dentro y pueden sacar lo peor de mí. Cada vez me pasa menos, pero el riesgo está ahí latente, igual que late la vena del cuello a punto de reventar.

El otro día alguien decía que sentirte alienado de los demás —sí, eso también me ha pasado de toda la vida, porque soy así de rara— te podía llegar a hacer más tolerante. Yo al principio respondí medio en broma medio en serio que eso no era así, porque yo noto que cuanto más vieja soy, más intolerante me vuelvo. Pero luego comprendí que era cierto, solo que lo de volverse tolerante es muy a largo plazo. Quizá lo que ocurre es que hay varios tipos de intolerancia. Yo he llegado a un punto en el que no tolero apenas nada. Antes era joven e inocente, si alguien pretendía hacerme daño tendía a huir o a no protestar. El cabreo interno era el mismo, pero tenía cosas que perder... o eso creía entonces. Ahora lucho, y siempre lucharé, porque si no luchas el mundo nunca cambiará. Porque somos nosotros los que tenemos que cambiarlo, haciendo lo que sea que está en nuestras manos. Pero aunque luche, en realidad la lucha se ha convertido en algo más impersonal. No se trata de odiar a nadie en concreto ni de buscar venganza, sino de aceptar que hay un gran número de seres humanos que aún son como niños. O como animales domésticos, como decía mi amiga: no puedes pedirles más de lo que son capaces de dar, así que no tiene sentido echarles la culpa de nada. Al final te vuelves más tolerante con ellos porque acabas viendo que no merece la pena intentar cambiarlos. Como mucho puedes intentar que mejoren un poco, teniendo en cuenta que ese “poco” va a ser una cantidad mínima. Y la única forma de hacerlo es resistiéndote a sus intentos de humillarte. No puedes otorgarles el poder, o seguirán haciendo lo mismo una y otra vez. De hecho, ya lo hacen, porque por desgracia hay otra parte de la humanidad que sí piensa que tiene algo que perder y aceptan las reglas que otros han puesto porque piensan que no hay otra opción. Es entonces cuando me asalta otro tipo de instinto, el de protección hacia mis colegas. Una causa estúpida y destinada al fracaso. Estúpida, porque a mí nadie jamás me ha echado una mano (salvo muy contadas excepciones), y sin embargo, eso no me hace menos generosa. Y destinada al fracaso porque aquí, o te proteges tú mismo, o los palos te seguirán cayendo... pero no porque hagas algo mal, sino porque el mundo funciona así, y nosotros mismos lo permitimos. Pero me da igual. Aunque ahora mismo mis colegas o futuros colegas no sean más que caras invisibles y desconocidas, la solidaridad hacia ellos existe, porque por suerte algunos de ellos han abierto el camino, y si hay algo en lo que de verdad creo, es que hagamos lo que hagamos, tenemos que apoyarnos unos a otros. Si algunos se quedan callados, yo no pienso hacerlo.    

miércoles, 11 de febrero de 2015

El salto a... ¿la nada?

Bueno... espero que no. Resulta que después de un tiempo pensándomelo, he decidido hacerme redactora profesional y empezar POR FIN a cobrar por lo que escribo. No, no os asustéis, de momento este blog seguirá siendo gratuito (aunque no puedo prometer nada y no lo prometo), porque lo escribo por placer y para desahogarme. Pero viendo que en general los autores pecamos de tontos, no parece que tengamos intención de cambiar ni de unirnos para colaborar juntos, y por otro lado, cualquier día me veo obligada a pernoctar debajo de un puente, pues creo que ha llegado mi hora de dar el gran salto.

Estoy trabajando en ello. Mientras... como estaba aquí esperando algún encargo y las yemas de mis dedos comenzaban a añorar el tacto de las teclas, se me ha ocurrido escribir este post, que puede que sirva como una pequeña declaración de intenciones y para no echarme atrás si mañana me levanto con síntomas de arrepentimiento.

El caso es que estaba buscando citas con gancho para mi nuevo blog profesional (no os digo qué número hace en mi lista, pero quizá deberían declarar la “bloguitis” como nueva enfermedad mental), y encontré varias que me recordaron la razón por la que soy escritora: no puedo evitarlo. Creo que venía en mis genes. Bueno, no, que venía en mi alma, pues no es la primera vez que intento vivir de esto y muero en el intento.

Se me ocurrió publicar aquí esas citas y añadir algunos comentarios de mi cosecha:

“La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia”.

Richard North Patterson.

Creo que el consejo más valioso que he recibido alguna vez para ser escritora es “Escribe, escribe, escribe”. Da igual si tienes ganas o no. Da igual si te sientes inspirado o no. Escribe. O, en su defecto, lee, aunque sea un diccionario o el paquete de los cereales. Lee y escribe. Yo creo que por poco no nací escribiendo. A los doce años comencé a escribir mi diario personal, y ya no pude parar... hasta hoy. De hecho, igual que le pasa a un amigo mío también escritor, voy necesitando un ordenador que lea mis pensamientos para poder ir más rápido y poder transmitir todo lo que me gustaría decir. Voy tirando con todos mis blogs, varios foros, un diario personal para cada temática, y unos cuantos proyectos literarios... ¡pero nunca es suficiente! Todavía no me he acostumbrado a contar las palabras que escribo al día, pero si lo hiciera seguramente me caería de espaldas.

“Para mí, escribir no es una cuestión de libre albedrío, es un acto de supervivencia”.

Paul Auster.

Por fortuna hace un tiempo que me siento realmente viva, pero hubo un tiempo en el que necesitaba escribir igual que el aire que respiro. Tengo la mala costumbre de funcionar como una olla a presión, voy acumulando vapor hasta que exploto. Escribir es la válvula por la que dejo escapar un poco de ese vapor antes de que sea demasiado tarde. Aunque a veces exploto igual. Cuando eso ha ocurrido, he escrito los mejores pasajes de mis novelas, así que tal vez no sea tan mala costumbre. Al final hay que aprender a sacar provecho de cualquier circunstancia.


 “A lo mejor escribir no sea más que una de las formas de organizar la locura”.

Isidoro Blaisten.

Y este blog es la prueba. Suelo decir que los que parecemos locos somos en realidad los que menos locos estamos, pero quizá solo estamos menos locos porque escribimos. ¿Qué es la locura después de todo? ¿Es un estado mental permanente o transitorio? ¿Es el estado mental de las personas que se niegan a aceptar las costumbres, normas sociales y actitudes de aquellos que pretenden normalizarlo todo? Me voy a hacer la loca y no voy a responder a ninguna de estas preguntas... al menos no hoy, que tengo que ir hacerme la merienda.

“No hay leyes para escribir una novela. Nunca hubo ni habrá”.

Doris Lessing.

Leer esto me produjo un gran placer. No lo suelo decir mucho en público para pasar desapercibida (y porque así no interfiero en las ganancias de los que pretenden enseñarnos algo a los autores, al menos a los que ya sabemos escribir), pero eso es justamente lo que pienso. Y por mí no habría leyes para nada. Pero somos humanos y aún las necesitamos, por desgracia. Ahora, para ser escritor de verdad, estoy convencida de que solo necesitas escribir bien, que dicho sea de paso, no, no es nada fácil. Si es necesario, monto una revolución para extender esta idea. Pero me temo que tampoco será hoy.

“Sé tú mismo cuando escribes. Destacarás como una persona real entre robots”.

William Zinsser.

Por supuesto, esto es consecuencia de lo anterior, o sea, que la existencia de leyes hace que los escritores parezcamos robots y encima apenas nos paguen por escribir. La revolución hay que dirigirla a aquellos que pretenden hacer de los escritores una máquina de hacer dinero que publica siempre los mismos libros. Así se fabrican los best sellers, para los que no lo sepan. Lo malo es que luego hay gente que piensa que porque un libro es un best seller significa que es bueno, como una mujer que vi el otro día en la tele hablando sobre 50 sombras de Grey. A quién vamos a engañar, está claro que es una revolución perdida, porque en el fondo a muchos de nosotros nos gustaría hacernos ricos escribiendo. ¡Despertad, escritores! O seguid siendo robots, vosotros mismos...

“Escribir es una forma sofisticada de silencio”.

Alessandro Baricco.

Sí, esto me pega. A veces ni yo misma recuerdo el sonido de mi voz. Eso sí, en mi cabeza los diálogos son infinitos y alguno de ellos llegan a ser traspasados al papel, pero esos son los menos. Es una pena, porque el mundo se está perdiendo unos discursos que no tienen precio. Soy una autora muy, pero que muy sofisticada. Hace unos años que vengo diciendo que me cansé de ser tan callada. En realidad ahora sigo siendo igual de callada, pero solo porque ya hablo mucho a través de la palabra escrita. Las ganas de gritar son más o menos las mismas ahora que hace setenta años.

miércoles, 28 de enero de 2015

El Ángel de la Muerte (20): A state of grace.

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (19)].

Skel no podía borrar la sonrisa de su cara, apretujado en el asiento trasero de un Seat 600 de color amarillo, en medio de sus dos mejores amigos. Habían tenido la suerte de hacer autostop y haber encontrado rápidamente un alma caritativa que les llevaría de vuelta a casa. Estaba oscuro y el cansancio empezaba a hacer mella en sus cuerpos etéricos. Tot cabeceaba en el lado izquierdo, aunque despertaba sobresaltado cuando en sus sueños aparecían las fauces de un monstruo a punto de devorarle. Leuche iba perdido en pensamientos filosóficos en el lado derecho, contemplando las sombras entre sólidas y esponjosas que adornaban el tétrico paisaje de la noche astral. El conductor no era muy amigo de la música... aparte de ser extremadamente silencioso y aburrido. Cuando los había recogido ni siquiera había pronunciado una palabra, se había limitado a hacer un leve movimiento de cabeza. Llevaba la radio puesta, pero no hablaba ningún locutor. Solo se oía un silbido fantasmal que a Leuche le hacía pensar en contactos extraterrestres.
Era curioso el astral...
―Oye, Tot... ¿estás seguro de que llegaremos a tiempo para la sesión de presentación en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales?
Leuche solo recibió un ronquido por respuesta.
―Skel, ¿me haces un favor? ―dijo.
―Claro, para eso estamos los amigos.
―¿Le das un codazo a Tot para que me haga caso... y ya de paso deje de mover las piernas como si alguien le estuviera persiguiendo?
―Ahora mismo.
Skel concentró su fuerza un instante y le arreó a Tot un mamporro en los riñones. Tot despertó creyendo que había sido un bache y bostezó.
―Oye, Tot, ahora que estás despierto ―dijo Leuche―, ¿estás seguro de que llegaremos a tiempo para la sesión de presentación en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales?
Tot quiso moverse un poco para acurrucarse mejor contra la ventanilla, pero el espacio era demasiado reducido.
­―Pues claro... no te preocupes ―murmuró, sin darle importancia.
Leuche frunció el ceño.
―No sé... tengo la impresión de que ha pasado demasiado tiempo y se supone que solo teníamos una noche. Además no me cuadra que en casa no exista el tiempo... La próxima vez tienes que dejar que haga yo los cálculos temporales.
―No creo que puedas, es demasiado complicado ―Tot apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos. Pero la luz se seguía reflejando en el cristal. Cómo echaba de menos tener párpados...
Leuche habría contestado a eso si no hubiese estado de nuevo perdido en sus pensamientos. De pronto se le ocurrió otra pregunta.
­―Oye, Tot, tú que has viajado tanto por el astral por motivos de trabajo... ¿alguna vez te has topado con el Diablo?
Tot abrió los ojos y no pudo evitar una leve sonrisa.
―Montones de veces. El astral está plagado de diablos... cualquiera puede serlo, ¿no lo sabías? Incluso yo lo fui por un tiempo, pero me cansé de no ser útil para la Humanidad.
―Pero Leuche se refería al Diablo de verdad, ¿ese también existe? ―intervino Skel.
―No sé, ¿vosotros qué creéis?
―¡Nosotros preguntamos antes! ―se apresuró a contestar Leuche.


Tot se removió inquieto, pues prefería que sus compañeros descubrieran esas cosas por sí mismos. Solo accedió a hablar porque en el fondo... muy en el fondo, Leuche le caía bien. Y además había hecho una buena pregunta.
―Existir existe... en las mentes de los que creen en él. Luego en el astral aparece todo lo que la gente ha pensado o ha imaginado alguna vez, y como la mayoría de la gente vive en un estado de imbec... *ejem*, de confusión absoluta, siguen pensando que el Diablo existe de verdad. Algunos pueden tirarse media eternidad viviendo en esa especie de realidades paralelas. De hecho, en la Tierra también lo hacen constantemente. Luego, hay otros que se aprovechan de la situación. Se retroalimentan unos a otros. ¿Queréis que os lleve a ver a un viejo amigo mío que sigue viviendo en una de esas realidades paralelas? ―Tot consultó su reloj atómico de precisión, válido para todas las esferas terrestres―. Aún tenemos tiempo.
Leuche se sacudió el cansancio (ni siquiera se había percatado del asombroso reloj que poseía Tot) y se mostró encantado con la proposición. Skel seguía con la sonrisa en su cara, le podían llevar a donde quisieran.
―¡Vale! ―respondieron el unísono.
―Bien. ¡Hey, conductor! ¿Nos lleva al distrito 356 del plano astral 23? Queda aquí al lado...
Unos ojos entre verdosos y amarillentos se reflejaron en el espejo retrovisor y el conductor hizo una señal afirmativa. Incluso pudieron convencerlo para que les esperara. Sin duda tenían una noche de suerte.
Cuando llegaron a la plazoleta en medio de la nada, Leuche dudó si no habían vuelto al plano físico. Una fila de almas encapuchadas iba en procesión en medio de la niebla. No se les veía las caras, y algunos portaban unos faroles con luces macilentas de color rojo como el fuego. Hacían ruido de cadenas al avanzar. Avanzaron un poco junto a ellas, y entonces entre la niebla comenzaron a divisar una tétrica torre cuadrangular de iglesia, acabada en un campanario y un tejado negro puntiagudo con una cruz en lo alto. Solo que la cruz estaba dada la vuelta. Aparte de eso, el lugar emanaba una paz casi mágica. Había almas de cigüeñas negras construyendo nidos en el tejado. Los tres sintieron una irresistible atracción hacia el lugar.


Dentro el ambiente era idéntico al de cualquier iglesia o catedral gótica que hubiesen conocido en vida. Las cristaleras eran espectaculares. Bajo sus pies, baldosas blancas y negras cual tablero de ajedrez, brillantes, daban ganas de arrodillarse y comenzar a rezar. Los bancos de madera estaban llenos de gente con la mirada perdida, murmurando oraciones ininteligibles. En el púlpito, alguien con aspecto de monje piadoso pero un tanto inquietante por sus ropas oscuras y su cabello largo grisáceo, ceniciento, les atravesó con la mirada y los siguió hasta que se situaron en los primeros bancos. Parecía que no querían perderse ni una sola palabra del sermón que había preparado. Los tres Ángeles de la Muerte permanecieron de pie, embriagados por el incienso y el aire de espiritualidad que se respiraba. El supuesto diablo posó sus ojos rojizos en Tot, pareció reconocerle y sonrió con ironía y algo de arrogancia. Le guiñó un ojo a modo de saludo, consciente de que a él no podía engañarle y que había venido de visita. Solo esperaba que después de la misa no tratara de convencerlo una vez más de que dejara esa forma de vida, ahora que la parroquia había alcanzado más de dos mil trescientas almas, según el último censo. Después pareció olvidarse de él y procedió a iniciar el canto. Un canto glorioso e hipnotizador que le parecía llenar de un placer inconmensurable, al comprobar lo fácil que era mantener controladas a un grupo de almas, sin tan siquiera intentar engañarles hablándoles del paraíso eterno. Ya tenían la inmortalidad, pero estaban tan dormidos que no se habían dado cuenta aún. ¡Creían que aún estaban vivos y que podían morir! Y otros, algo más despiertos, pero no mucho más, sin duda preferían la oscuridad, el pecado, la codicia, la crueldad, la venganza y las promesas de alcanzar un poder con el que todos aún soñaban, incluso después de muertos. Y lo más gracioso es que en la Tierra seguía habiendo gente que aún estaba convencida de que la muerte cambiaba algo.
Tot pensó que aquello iba a ser una buena introducción para el trabajo que iban a tener que realizar próximamente. Siempre que consiguiera que sus compañeros no acabaran dominados también por el fervor religioso... La música era pegadiza después de todo. Él se hubiese quedado con un órgano gótico, pero seguro que para Leuche la sección de guitarras eléctricas era casi celestial. 


A STATE OF GRACE

Thinly veiled, a cruel disguise,
vengeance lies behind these eyes
Glaring from the pulpit
as the Fallen Angels follow me
Plageristic sermons hiding voyeuristic undertones
Foolishly they will embrace
and ignorant they follow me

You’ve never truly known the kind of place
that I come from
You turned your back on all the signs
that bore the words of warning

Come to me my simple child,
tear apart your innocence
Pray with me beloved son
and I will help you find a way
Think before you throw yourself
upon the tables and the merchants
Are you sure this temple isn’t just
another cruel perversion?

You’ve never truly known the kind of place
that I come from
You turned your back on all the signs
that bore the words of warning

Don’t look for comfort in this house of mine
Don’t ask for mercy at my image or my shrine
Don’t seek forgiveness at this house of mine
Don’t build a temple here and
wait for me to walk into the fire

I will make this promise now
A simple thing, a sacred vow
Come with me my pretty Angel
I will show you how to fly
We will fall together
into unforgiving night we plunge!
Chained by sin and clothed by guilt
We will be as one forever

Don’t look for comfort in this house of mine
Don’t ask for mercy at my image or my shrine
Don’t look for comfort in this house of mine
Don’t break the Holy bread
or drink the Holy wine
Don’t seek forgiveness at this house of mine
Don’t build a temple here
and wait for me to walk into the fire
the fire, the fire
        
―Recordad que esta realidad es falsa, falsa, ¡FALSA! ―trató de hacerse oír Tot por encima del volumen de la música―. Esto es lo que ocurre en el astral. Los humanos se aferran a sus deseos, se aferran a sus creencias. Son víctimas de su propia estupidez.
―Pues a mí me mola este tipo... ―dijo Leuche―. ¿Podría ser como él en mi próxima vida?
Tot sacudió la cabeza y luego se encogió de hombros.
―Por mí como si te quieres tirar por un puente.
Leuche sonrió. Parecía que Tot no había captado su tono de broma.
―Por cierto, no olvides que me tienes que contar eso de que tú también fuiste un diablo por un tiempo.
―Ni lo sueñes.
―A mí me lincharon una vez... bueno, varias veces, por crímenes varios, ¿eso cuenta?
―No, no cuenta.
―¿Y qué es lo que hacías tú para que te llamaran diablo?
―Que te calles.
―...
―¡¡Que te calles!!
Leuche le obedeció, al tiempo que arrojaba su sombrero de copa entre la multitud y se ponía a mover sus melenas de caballero victoriano como si no fuera a haber mañana.

(continuará...)

jueves, 15 de enero de 2015

Reflexiones de Haldor.

—Cuanto antes lo aceptes, mejor.
—Eso no va a pasar nunca, maestro.
—Pues entonces la losa pesará siempre sobre tus hombros.
Haldor volvió la mirada a las llamas, esperando en vano que sus manos dejaran de estar heladas. Tal vez el problema estaba en su corazón, a veces le parecía que se estaba volviendo frío como el más cruel de los inviernos. Pero no. Su corazón siempre se hallaba rodeado de llamas, idénticas a las que contemplaba frente a él, envuelto en su gruesa capa de lana oscura, tratando de comprender el mundo en el que vivía.
Sentía la losa que su maestro Hathaur mencionaba, algo que con frecuencia le hacía desear caminar solo entre las sombras del bosque o esconder su rostro bajo la capucha mientras la lluvia caía dulce y gris sobre su cabeza. Pero lo que más pesaba era conocer la Verdad y no poder utilizarla para el bien común. No poder evitar la desgracia y la locura reinante allá donde fuera, siempre que había seres humanos de por medio.

Haldor era obstinado. Por eso llevaba la contraria siempre que podía a Hathaur. El pobre viejo era un pozo eterno de sabiduría, pero toda esa sabiduría no le servía de nada cuando se trataba de resolver cuestiones prácticas. Siempre había alguna ley natural que no se debía romper o algún poder ancestral ligado a la tierra que era mejor no desafiar. Y mientras, la gente moría a su alrededor sin mover un dedo por evitarlo. La gente mataba por un pedazo de pan o por una disputa sobre qué dios era mejor adorar. Las niñas eran vendidas, los niños esclavizados y reducidos a esqueletos andantes en un par de lunas. Los hombres pedían ser ajusticiados antes de ser enviados a las mazmorras donde la muerte era igual de segura pero mucho más lenta. Los que trataban de sobrevivir sin hacer mal a nadie perdían las cosechas año tras año o se las robaban directamente.
Él había hecho crecer un brote de cereal solo con el poder de sus manos. Pero no era capaz de cambiar el mundo. Él había visto a Hathaur reparar heridas mortales llenas de líquido pestilente con poco más que unas plantas y el poder de su pensamiento. Pero no era capaz de cambiar el mundo. Él había viajado por mundos que otros consideran irreales y había visto con sus propios ojos cómo la existencia de lugares sin oscuridad ni maldad no solo es posible, sino que están al alcance de todos nosotros. Pero no era capaz de cambiar el mundo.
Eso era lo que no podía llegar a aceptar.
Lo había intentado en varias ocasiones y siempre había salido mal, eso era cierto. Pero se negaba a darle la razón a su maestro porque no entendía que los misterios de la especie humana no fueran ya misterios para él y tuviera que seguir siendo testigo de la ceguera y la desolación de la vida cotidiana de aquellos que compartían la tierra que pisaba.
—¿De qué sirve el conocimiento entonces, maestro? —le había preguntado tantas veces mientras Hathaur preparaba esos guisos con setas que le volvían loco.
—¿Servir? ¿Es que tiene que servir para algo? ¿Sirve de algo que un nogal crezca en el bosque? ¿Sirve de algo que una ardilla haga su casa en el tronco del nogal? ¿Sirve de algo que un cervatillo nazca? ¿Sirve de algo que haya estrellas en el cielo? Las cosas son porque son. Existen independientemente de que tú existas o no. Y no tienen por qué girar a tu alrededor ni servirte de algo. Eres tú el que decide qué valor tienen. Para otros puede no significar nada. Y están en su derecho.
—¿Por qué yo sé y otros no?
—¿Por qué algunos nacen ciegos y otros sordomudos? ¿Acaso saben menos por percibir el mundo de otra manera?
—Me gustaría que al menos alguna vez no me respondieses con preguntas.
Hathaur soltó una sonora carcajada.
­—Muchacho, ya deberías saber que yo nunca te voy a dar las respuestas... porque no las tengo.
—¿Entonces no sirve de nada?
El hechicero se volvió hacia él. Algo en su tono de voz le dijo que Haldor se hallaba en un callejón de salida, y no le gustaba verlo atrapado sin posibilidad de salvación. Después de tantos años, le había cogido cariño. Haldor se había sentado en el taburete de madera y parecía encogido bajo el peso de esa losa que —sabía— siempre llevaría a cuestas. Cuando se dio cuenta que al verlo así sus ojos se habían llenado de lágrimas dio un respingo y se acordó de que tenía que remover el guiso. El silencio también parecía haberse hecho sólido. Le ofreció una escudilla con una ración generosa del manjar que acababa de preparar y luego se sirvió un poco él. Se sentó enfrente de su discípulo y comprobó que su mirada aún continuaba perdida.

—Haldor... El conocimiento otorga poder. Pero ese poder puede ser bueno o malo, depende del uso que tú quieras darle. No es la primera vez que veo esa mirada de determinación en alguien... estás seguro de lo que sabes, y eso me hace sentir orgulloso, porque gran parte te lo enseñé yo. Y lo hice por una razón: porque sabía que tú sabrías cómo sacarle partido. Muchos creen saberlo, pero acaban dominados por sus aires de grandeza, se creen especiales, superiores a los demás, creen que ya lo han aprendido todo, se creen incluso capaces de despreciar aquello que no encaja en su propia concepción artificial del mundo que se han creado... ¿Quieres que te diga cómo acabaron algunos de ellos? Los verdaderos sabios no lo parecen. Los verdaderos magos no llevan ningún distintivo que los delate, y los verdaderos maestros surgen en cualquier lugar, cuando menos te lo esperas, y pueden estar envueltos en harapos o tener apariencia de joven ingenua. Las personas están tan ciegas que ni siquiera son capaces de reconocer a los verdaderos maestros, aquellos que según saben más y más, se van haciendo más pequeños y pasan más desapercibidos. ¿Sabes por qué pasan más desapercibidos? Porque su sabiduría les ha hecho comprender que hay cosas que no necesitan ser cambiadas. Por mucho que les duela. Por mucho que les cueste conciliar el sueño por las noches, cuando el resto del mundo duerme ajeno a lo que individuos como tú saben. Es un sentimiento amargo... lo sé. Pero créeme, aprenderás a vivir con ello. Y ahora, come. No quiero que tu cuerpo físico se desintegre antes de tiempo.  
Haldor trató de obedecerle, pero el nudo en su estómago se lo impidió. No sabía cómo, pero tenía que encontrar la forma de rebelarse a aquellas palabras.

[Haldor y Hathaur son personajes de mi novela La espiral de marfil. Tal vez algún día me ponga a escribir otro libro sobre ellos... pero temo que no será hoy].

martes, 30 de diciembre de 2014

Cómo hacer que una panda de gañanes se ponga a trabajar.

(Hacía mucho que no publicaba un relato. Pido disculpas con antelación, pero esto es lo mejor que he podido escribir en estas fiestas tan abur... señaladas).

El humo ascendía en volutas hacia el fluorescente ubicado en el centro geométrico del techo de la sala de reuniones. Las zapatillas Geox de última generación con suela de goma hacían un sonido chirriante si se frotaban contra la madera lacada de la larga mesa que ocupaba la mayor parte de la habitación. Por eso María posaba sus pies en ella con infinito cuidado, puesto que no quería que nada perturbara su pensamiento, ni siquiera la música que provenía del Windows Media. Hasta el ordenador de sobremesa estaba apagado. Había algo que preocupaba a María... y no era el menú de Nochevieja que iba a tener que preparar en menos de veinticuatro horas, puesto que iba a repetir exactamente los mismos platos que en Nochebuena, incluidos los langostinos con salsa holandesa que tanto éxito habían tenido (a pesar de ser langostinos congelados y haber sido la primera vez que hacía salsa holandesa... de todas formas, ¿alguien sabía cuál era la diferencia entre salsa holandesa y mayonesa?). No, lo que más le preocupaba era la escasa actividad que había en la oficina y el alto nivel de escaqueo de sus compañeros. Carlos se iba a hacer dominadas al parque de dos manzanas más allá en cuanto llegaba la pausa del café que teóricamente era de quince minutos pero que parecía cundirle bastante a juzgar por el grado en que se le marcaban los músculos dorsales en su camiseta. Alfonso se movía con sigilo y ni siquiera te enterabas cuándo iba al baño, pero curiosamente nadie parecía estar seguro de qué aportaba al grupo, si es que alguien se acordaba de él. A Soraya le sonaba el wassap cada dos segundos y medio, y cuando no le sonaba era porque estaba twitteando algo... Y Martín siempre decía que andaba ocupado, cuando en realidad lo que miraba con cara de interesante en la pantalla de su portátil eran las noticias de El Mundo.
Las gráficas no dejaban lugar a la duda: el rendimiento del grupo estaba bajo mínimos. Si hubieran tenido un Psyleron en la oficina la línea no se habría desviado hacia abajo indicando que el mal rollito se extendía entre los trabajadores, sino que directamente el pico negativo habría bloqueado el programa y tal vez alguien habría acabado matando a alguien. ¿Quizá Martín a Soraya? Se comentaba en los desayunos que aún estaba dolido por haberle dejado, pero no... aquello no tenía nada que ver con amor o sexo, sino con pura dejadez, frustración y el elevado grado de sociopatía que presentaban los que ejercían la profesión de escritor, según el último estudio del Instituto para la Salud Laboral en Ambientes Virtuales. Además había quedado demostrado que ni la medicación ni el rellenar varios folios con la palabra REDRUM separada por un espacio tenía efectos positivos en la conducta de estos profesionales.
Unos pasos silenciosos se acercaron atravesando la moqueta grisácea de la sala de reuniones y María protestó al sentir que alguien le daba una colleja.


—Coño, María, ¿no te dije que está prohibido fumar en el despacho?
—Pues no sé, me estarías hablando mientras intentaba formatear mi última novela, porque no me acuerdo... Ya sabes que las tareas que exigen una inteligencia sobrehumana no me dejan neuronas suficientes para recordarlo todo. Además estoy pensando.
—¡Oh! ¿De veras? ¿Y en qué piensas?
—¿Aparte de cómo deshacerme de mi jefe sin dejar huellas?
—Claro. Ya sé que eso es lo que ronda tu cabeza desde que nos conocimos, pero la última vez no tuviste suerte con lo de los frenos...
—Fue culpa del mozo del taller. Tal vez sea mejor trabajar sola.
—Bueno, todo depende de cuáles sean tus intereses, ¿no?
—Tal vez.
­—Bueno, ¿y qué pensabas? Porque sé que nunca jamás has fumado, ¿qué te pensabas? Conozco a mis empleados, ¿sabes?
­—Ok. Te lo voy a decir ­—María bajó los pies de la mesa y se incorporó en su silla, enseñando un esquema garabateado en una libreta que había pedido prestado a la secretaria—. ¿Ves esto?
—Sí.
­—He estado dándole vueltas a por qué cada vez que vengo a la oficina no tengo ningún correo en la bandeja de entrada, ni hay ningún comentario nuevo en ninguno de mis blogs, ni tampoco nadie me ha pedido una solicitud de amistad en el Facebook, ni por qué nadie escucha a nadie en las reuniones de vecinos de mi comunidad. Pero enseguida noté cierto dolor en mi sien izquierda que me hizo recordar que la caldera sigue parándose después de hacer un ruido como de succión, sabes, como si fuera a explotar... No tengo dinero para pagar al técnico así que pregunté a un vecino, me cogí un destornillador y me propuse arreglarla yo misma, más que nada porque cuando salgo de la ducha tengo las pestañas escarchadas... pero no como las frutas, sino con hielo de verdad, el congelado. Así que corté el agua y empecé a destornillar todo aquello que podía acoplar con el destornillador, y fui poniendo las piezas una a una cuidadosamente ordenadas en el suelo. Saqué una rata muerta de una de las tuberías y pensé que ya lo había solucionado, pero al ir montar otra vez la caldera, me di cuenta de que me sobraban piezas... y eso que había hecho un esquema para no despistarme. Eso que puedes ver son las tripas de mi caldera. Me preguntaba si alguna vez viste la tuya, así quizá me podrías echar una mano...
El jefe echó un rápido vistazo al esquema y no, no la reconoció. Bueno, por un segundo pareció que sí porque se rascó el mentón y adelantó un dedo como si fuera a decir algo, pero después frunció el entrecejo y no dijo nada.
Aún absorto, se levantó y caminó lentamente hasta la máquina de café, se sirvió una taza con dos terroncitos de azúcar, continuó hasta su despacho, se sentó en su sillón de jefe, abrió un documento de Word y tecleó, entre sorbo y sorbo al café:

“TAREA URGENTE: Mis empleados se dispersan. Nadie está en lo que tiene que estar. Todos se quejan, pero aquí nadie hace nada. Hay que parar esto... al menos antes de que llegue el fin de Enero, porque entonces el presidente de la corporación me pedirá las cuentas y entonces se nos va a caer el pelo y no se va a salvar ni el Tato del E.R.E.”.

Mientras pensaba qué hacer para poner a trabajar a su panda de gañanes, su mano derecha se movió inconscientemente al ratón y de pronto se maximizó la pantalla de los Lemmings, nivel 42, ese en el que solo tienes un escalador, un cavador y un paracaidista para salvar a treinta de los tuyos. Era el decimotercer intento y todavía no había conseguido meterlos a todos en la madriguera. Se iban a enterar esos muñequitos.
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