domingo, 11 de octubre de 2015

El Ángel de la Muerte (27).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (26)].

Al día siguiente Leuche decidió dar una pequeña sorpresa a Tot. Tenía que demostrarle que tenía alma de Ángel de la Muerte. ¿La tenía? Sí, claro. Por algo llevaba tantas muertes violentas (propias y ajenas) en su curriculum vitae. No es que la muerte fuera su único interés, pero era de las cosas que más le atraían, eso era innegable. Así que decidió darlo todo para que no les expulsaran definitivamente del Departamento de los Ángeles de la Muerte, y la huelga a la japonesa era una buena forma de ejercer presión sobre Gehirn y sus superiores. Hizo sus tareas de pastor más rápido de lo normal, involucró a unos lugareños apareciéndose como un lindo angelito para que les vigilaran las cabras, “por orden del Altísimo, so pena de una plaga extendiéndose por sus aldeas”, y el resto del tiempo lo dedicó a organizar un puesto fronterizo obligatorio para las almas errantes entre el mundo astral y el espiritual. Suprimió todos los puntos del protocolo que le parecían inútiles y/o una pérdida de tiempo, y sembró el camino de señales para que todas llegaran al control. La escasez de personal en los últimos tiempos había hecho que la eficacia del Departamento disminuyera hasta límites inaceptables. El astral cada vez estaba más abarrotado de gente que ni siquiera sabía que estaba muerta, y aunque el espacio no fuera un problema en el astral, donde dejaba de existir, eso significaba menor mano de obra en el mundo espiritual y un estancamiento en la evolución de las almas. Un desastre, en pocas palabras.
Él sabía cómo arreglarlo. Con un poco de organización iba a demostrar que los Ángeles de la Muerte eran los mejores trabajadores de toda la plantilla. A los pocos minutos, la fila de almas errantes que esperaba su turno llegaba casi al bajo astral. Era como un encuentro de Santas Compañas procedentes de varios puntos del globo terráqueo. Pero como no se andaba con tantos miramientos, no pasaba más de medio minuto y ya todas tenían claro adónde tenían que dirigirse.
Tot llegó casi al anochecer, vistiendo su uniforme de Ángel de la Muerte impecable y pensando que iba a tener que patearle el trasero a su compañero para que se moviera en lugar de vaguear tanto. Se abrió paso entre la multitud que se agolpaba frente al puesto de control, farfullando por lo bajo, sin comprender a qué se debía tal acumulación de almas. Cuando por fin se detuvo y pudo mirar a Leuche cara a cara, su expresión no dejaba lugar a la duda: estaba profundamente irritado. Leuche estaba sentado tras una mesa estándar de despacho, rodeado de formularios: un montón grande a su derecha, y un montón aún más grande a su izquierda. El alma caritativa que estaba a su izquierda dejó que Tot se interpusiera entre los dos.

—¿Se puede saber para qué has puesto ese cartelito?
­—¿Cuál de ellos? ¿El de “Autopista hacia el cielo”?
—No.
­—¿El de “Camino hacia la luz”?
—No.
—¿El de “Las puertas de San Pedro”?
—No.
—¿El de “Si has sido bueno, sigue por aquí”?
—No.
—¿El de "Si has sido malo, este es tu sitio"?
—No.
—¡Aaah! Ya. ¿El de Darth Vader con una guitarra eléctrica invitándoles al lado oscuro?
—Sí, ese.
—Porque estamos escasos de personal y quizá alguien quiera hacerse voluntario antes de que llegue al mundo espiritual y le envíen a otro departamento. Tenemos que despertar vocación, ya sabes...
—¡Pero a mí no me gusta el heavy metal! Y además... eso va en contra de los normas —respondió Tot, con voz muy seria.
—¡Ah, bien! ¿Y organizar una huelga a la japonesa no?
—¿A esto le llamas una huelga a la japonesa?
Tot señaló con su brazo la fila interminable de espíritus que desaparecía en el infinito. Hacía siglos que no era testigo de tal atasco. Era como el metro de una gran ciudad en hora punta. Leuche se sintió irritado a su vez. Los jefes nunca aprecian el trabajo de los empleados... pero decidió mantener la calma.
—Sí, son muchos... Parece que mis llamadas a la atención han sido eficaces. ¿Ves esta montaña de papeles aquí a mi derecha? Son todos los que ya han cruzado al otro lado. Teniendo en cuenta que nuestro ritmo de trabajo antes de ser suspendidos era de tres o cuatro almas por noche, excepto en los casos de batallas o desastres multitudinarios, ya me contarás...

El humor de Tot cambió al instante. Entrecerró los ojos, observó con detenimiento el puesto de trabajo de su compañero, silbó con disimulo mientras rodeaba la mesa, examinó el estado del uniforme de su compañero, echó un rápido vistazo a los formularios, y finalmente dijo:
—Está bien. Hazme una demostración.
Leuche sonrió al alma caritativa que aún esperaba con paciencia y la invitó a avanzar un paso. Cogió un formulario y le hizo una serie de rápidas preguntas.
—Nombre.
—Donald Ferguson.
—Edad.
—Cincuenta y seis.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—No. Yo estaba haciéndome un café en la cocina y de pronto sentí un dolor en el pecho...
Leuche marcó la casilla de “Muerte natural” dentro del apartado “Causa de muerte”.
—Vale. Yo se lo digo: está muerto. ¿Sabe en qué año ocurrió?
—En 1856.
—¡Por favor! ¿Y dónde ha estado todo este tiempo?
—Pues en casa... la luz era extraña y ya nadie parecía oírme, pero yo quería seguir ocupándome del jardín.
—Vale, eso se acabó.
—¿Qué quiere decir?
—Que esa vida quedó atrás. Tiene que continuar por este camino, ¿ve? Hacia ese punto brillante del fondo, allí ya le dirán lo que tiene que hacer.
—¿No puedo quedarme?
—Sí, claro que puede. Aquí no obligamos a nadie a ir en contra de su voluntad. Pero si no va, no vivirá más vidas, no aprenderá nada nuevo, se aburrirá mogollón... Usted elige. Pero elija rápido que no damos abasto con tanto muerto despistado. Si se lo va a pensar, puede sentarse en la sala de espera.
Leuche marcó la casilla de “Alma confundida” dentro del apartado “Razón de permanencia en el astral” y dejó el papel a un lado hasta que el hombre decidiera qué iba a hacer. Normalmente la gente no se lo pensaba tanto.
—¡Siguiente!
Otra alma avanzó un puesto en la cola.
—Nombre.
—John F. Kennedy.
—Edad.
—Cuarenta y seis.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—Iba en el coche presidencial, oí un disparo y sentí un fuerte golpe en la cabeza. Enseguida vi el lío que se montaba, pero preferí volar un poco por la escena. Estuve un tiempo por allí en la Casablanca hasta que me aburrí de la política. Luego me dije: “Voy a ver a qué otra cosa me puedo dedicar..." y entonces me enteré de lo del túnel y la luz.
Leuche marcó la casilla de “Asesinato” dentro del apartado “Causa de muerte”.
—¿Sabe en qué año ocurrió?
—¿1962? ¿63?
—A mí no me pregunte que yo sí que me hago un lío con el tiempo.
—Sí, fue en 1963 —intervino Tot—. Por cierto, ¿sabe cuánto tiempo ha pasado desde entonces?
—No sé... ¿diez años?
—No, unos pocos más. Pero no importa. Le pregunto solo por cuestiones estadísticas... órdenes de arriba. Sigue, Leuche.
—Ya está, hemos acabado. Sigue hacia la luz, ¿verdad?
—Sí, claro.


Cuando el espíritu de Kennedy desapareció por el lado de la derecha, un nuevo espíritu ocupó su lugar frente al puesto de control. Este parecía una muerte reciente. La señora aún tenía sangre manchándole el camisón y no podía dejar de llorar.
—Nombre.
—Teresa Ramírez.
—Edad.
—Cincuenta y tres.
—¿Suicidio?
La señora reprimió un sollozo y echó un rápido vistazo a su camisón, preguntándose si es que las heridas podían hacer pensar en otra cosa.
—¡No! ¡Mi marido! Que se volvió loco y cogió la escopeta...
­­—¿Su marido es ese de ahí? —Leuche apuntó a un hombre que iba cinco puestos por detrás, con un ojo colgándole y un boquete en la sien derecha que dejaba ver parte de sus sesos.
—¡Manuel! Pero ¿cómo se te ocurre hacerme esto?
—Pues... es que estaba desesperado, no encontraba trabajo, nos iban a desahuciar, ¡tu hijo nos maltrataba!
—A ver, a ver... no me obstruyan el flujo de almas —protestó Leuche—. Si tienen problemas que resolver, los resuelven cuando vuelvan a reencarnar, aquí todo carece de importancia. ¡Sigan a la luz, sigan!
Se fueron los dos juntos, aún discutiendo, y un nuevo espíritu avanzó en la fila, que seguía siendo interminable.
—¡Vaya! —exclamó Leuche. Por alguna razón reconoció al siguiente, pero no se saltó el protocolo—. ¿Nombre?
—Ted Bundy.
—¿Edad?
—Cuarenta y tres.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—¡Como para no saberlo!
Leuche se rió.
—Sí, eso de ser electrocutado es casi como morir en un incendio, ¿verdad?
—¿Así que también me he hecho famoso aquí?
—No, es que aquí tenemos muy buenos archivos de todo lo que pasa en el plano físico. ¿Y cómo es que es ahora cuando has decidido seguir hacia la luz?
—No sé, es que perseguir mujeres ya no es lo mismo desde el astral. La mayoría ni siquiera se dan cuenta de que voy tras ellas, y cuando intento matarlas, ya no puedo... Me llevó un tiempo descubrirlo, pero cuando lo...
—Basta ya de cháchara, no estamos interesados en datos superfluos —intervino Tot. Leuche se sintió decepcionado. No todos los días podías hablar con un asesino en serie que había acabado ejecutado en la silla eléctrica.
—Ya has oído al jefe. Si eso ya hablamos cuando acabemos aquí. ¡A seguir bien!
—¡Gracias!
Cuando ya había despachado a una docena o así, se volvió hacia Tot y le preguntó qué pensaba. Aunque Tot trató de permanecer rígido y serio, no pudo ocultar una leve sonrisa de satisfacción.
—Hmm... Creo que podrías utilizar algo más de tu sensibilidad innata y yo podría perfeccionar las preguntas del cuestionario, pero sin duda con este método vamos a cumplir nuestros objetivos...
Leuche sonrió.
­—¿Apostamos sobre cuántos días nos quedan en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales?

(continuará...)

viernes, 2 de octubre de 2015

A vueltas con las redes sociales.

Sí, sé que algunos no vais a creer esto que os voy a contar, aunque espero que seáis pocos porque confío en que mis lectores son inteligentes. Me he dado cuenta de que las redes sociales son un timo. Y con “redes sociales” me refiero fundamentalmente a Facebook, claro, porque de momento es casi la única que me atrevo a utilizar. Estoy harta de oír en los últimos tiempos que si no estás en las redes sociales es como si no existieras. Es necesario, casi obligatorio, tener un perfil público (con tu nombre real, por supuesto), ya no solo en Facebook, sino también en Twitter, Google+, Pinterest, LiveJournal, Instagram y Linkedin... por lo menos. Si no, nadie te va a encontrar, nadie te va a contratar, nadie va a saber de ti. Y si quieres promocionar algo, ya sea tu currículum, los artículos de tu negocio o tus propias creaciones (literarias o no), no llegarás a ningún sitio si no tienes “presencia en redes sociales”.

Pues... ¿a que no lo adivinas? Eso es MENTIRA. Yo lo he comprobado recientemente. Podéis decir: “Claro, pero eso es porque uno tiene que saber cómo hacerlo. Hay que escribir muchos posts, publicarlos de manera regular, tener una estrategia de marketing, saber a qué público llegar, saber cómo posicionarte en los buscadores...” Sí, eso es lo que pensé yo. Ya llevaba mucho tiempo sospechando que las páginas de Facebook solo sirven para perder el tiempo, pero como soy buena quise darle una última oportunidad. Tal vez a mí no me funcionan las redes sociales porque no sé gestionarlas. Es cierto que mis habilidades sociales dejan bastante que desear, porque tiendo a decir siempre lo que pienso. Al fin y al cabo, tengo una licenciatura, un máster y varios cursos de especialización, hablo dos idiomas, casi tres, pero no, no soy una community manager de esas...


Vale. Me propuse ser constante y meter un poco de caña a mis 199 seguidores de la página. Me fui de vacaciones, sí, pero dejé programadas una serie de publicaciones de lo más interesantes. Por algo soy escritora profesional, tengo material e inventiva para aburrir. Cuando volví de vacaciones hice una comparativa de estadísticas. Las cosas no habían cambiado mucho. Ahora tenía 200 seguidores, lo que significa que el ritmo de crecimiento era el mismo que cuando no publicaba nada en la página. El número de miembros en el lugar que realmente me interesa promocionar era el mismo. Y cuando me fui a uno de mis blogs, al que hice constante referencia en esas publicaciones, comprobé empíricamente que ni Dios había llegado al blog desde la página de Facebook. La gente de Facebook es tan vaga que ni hace click en el enlace para ver si su cerebro podrá leer más de un párrafo seguido. Y por si esto fuera poco, el número de “likes” que obtuve en total fue infinitamente menor (más de cien veces, os lo puedo asegurar) que los “likes” que obtuve con aquella foto graciosa del gatito hablando del tema que nos ocupa.

Me parto de la risa de la publicidad en redes sociales. De verdad, el que crea que va a conseguir algo así es que está dormido, muy dormido. Y ya para rematar el otro día vi un documental en La 2 que me acabó de abrir los ojos.

No os engañéis. Facebook solo os quiere para tener vuestros datos y obtener dinero gracias a los anuncios. ¿Que os hacen campañas de publicidad por un módico precio? Un pimiento en vinagre. El precio es irrisorio para una gran empresa, pero no para el común de los mortales. ¿Uno o tres euros al día? ¡Eso no es nada! Es verdad, yo vendo mis libros, el trabajo de varios años de mi vida, a 1’49 euros en Amazon (vale, yo en concreto no, porque me niego, pero sé de muchos que sí lo hacen). Y según he oído por ahí, para que una campaña como esa te sea rentable necesitas tener unos 10.000 “likes”, porque solo el 1% de la gente (o menos) comprará tu libro. Creo que no me salen las cuentas. Y esto es solo por poner un ejemplo.

En serio, si quiero hacer una campaña de publicidad como es debido, me voy al Congreso de los Diputados y hago un femen con el título de mi libro grabado en mis pechos. Que me sale gratis y eso sí que me catapulta a la fama (y a la cárcel también, pero bueno, al final acabaría compensando porque entre ventas de libros y entrevistas en Sálvame... sobre todo esto último, al menos ya habría ganado algo). Y si no lo hago es porque una tiene ya una edad y mis pechos andan algo caídos, que si no, otro gallo cantaría.

Aún me parto de la risa (sí, otra vez) cuando algún individuo que conocí hace tiempo se jactaba ante mí de que tenía 15.000 seguidores (o por ahí, la memoria me falla) en su página. Casi me daba vergüenza tener que explicarle que eso no significa que le sigan 15.000 personas, ni mucho menos que lean algo de lo que escribe. Lo único que significa es que 14.995 son demasiado vagos hasta para borrarse de una página que hace tiempo olvidaron. Pero hay algunos que son felices haciéndose ese tipo de ilusiones... Se había creído de verdad eso de que si no estás en Facebook, no eres nadie.

Bueno, yo, por simple inercia, actualizaré mi página en cuanto acabe de escribir esta entrada. Ahora que ya tengo una conexión ADSL puedo hacerlo. Y además así siento que hago algo productivo entre vídeo y vídeo de monísimos gatos durmiendo con bebés. Que para eso sí que están bien las redes sociales, porque eso es lo que quieren que hagamos: perder el tiempo y neuronas en lugar de salir a la calle a protestar y a cambiar el mundo como se ha hecho toda la vida: cortando cabezas.


PD: Me acabo de enterar de que Facebook va a crear el botón de “No me gusta”. ¡¡¡¡Por fiiiiinnn!!!! Hasta la saciedad lo voy a utilizar.

Más información:

La Noche Temática: Disparates de Facebook.

ACTUALIZACIÓN (15-10-2015).

Me congratula comprobar que no soy la única que se da cuenta de estas cosillas...

sábado, 12 de septiembre de 2015

El Ángel de la Muerte (26).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (25)].

El día había sido agotador. Apenas se habían podido detener a hablar de sus planes. Recibían órdenes constantes por el Wassap incorporado en la nubecilla densa de desplazamiento, y la mayoría eran urgentes: que si llevad cicatrizante celestial de efecto rápido a tal sanador; que si anunciad a la hija del panadero que se ha quedado embarazada y no fue porque la drogaron en la taberna; id a avisar a los cuidadores de langostas que ya pueden enviar una nueva plaga; que si convocad a los que manejan los ventiladores para abrir las aguas de tal mar antes de las cinco de la tarde; haceros pasar por invitados en cierta boda y dad el cambiazo de agua por sidra… Para que luego digan que llevar mensajes es fácil. No era sorprendente que muchos de los Ángeles a Secas tuvieran un pasado terrestre como carteros, vigilantes de diligencia, secretarios, espías o teleoperadores. Pero de muerte, nada. Incluso Leuche se empezaba a aburrir, y eso le traía malas ideas a la cabeza…
—Oye, Tot, ¿tú estás seguro de que no podemos hacer nada con estas flechas de punta embadurnada de esta sustancia negruzca?
Tot negaba con la cabeza una y otra vez.
—Entiendo tu fascinación por lo venenos, pero no te hagas ilusiones. Desde el astral no podemos matar a nadie. Y de todas formas, esa no es nuestra misión como Ángeles de la Muerte, ya deberías saberlo.
La decepción en la cara de Leuche era evidente.
—Sí, si lo sé… Pero ya he vuelto a perder la motivación que tenía cuando nos transfirieron al Departamento de Avatares y Apariciones Virginales. Ya ni siquiera me hace gracia tu uniforme…
—Eso es porque no la tiene.
Tot se hallaba recostado en el suelo de la pequeña cabaña de cabrero que aún ocupaba Leuche por las noches. Tenía sus manos colocadas en la nuca y una pierna cruzada sobre la otra. En contra de su costumbre había venido a visitar a Leuche después de la cena. Leuche sabía que algo rondaba en la cabeza de Tot, pero también sabía que no le diría qué hasta que él lo decidiera así.
—Oye, Tot… ¿tú también tienes ganas de volver a ser un Ángel de la Muerte?
Tot se incorporó súbitamente y un relámpago brotó de sus ojos antes de contestar a su compañero.
—¿Ves? ¡Eso es lo que molesta de ti!
Leuche había dado un respingo, sorprendido por la reacción de Tot y preguntándose qué había dicho o hecho mal.
—¿El qué? ¿El qué?
—¡Yo nunca he dejado de ser un Ángel de la Muerte! ¡O lo eres o no lo eres! ¡O lo sientes o no lo sientes! ¡Pero no puedes andarte con medias tintas! La Muerte es algo serio, muy serio. Si aún dudas de si eres un Ángel de la Muerte, tal vez deberías dedicarte a otra cosa…
Leuche frunció el ceño. Las palabras de Tot le hicieron reflexionar. ¿Qué quería hacer él en la vida? En la de verdad, claro…
—Yo… no he dicho que dude, Tot. Quizá no me expresé bien. Echo de menos trabajar como Ángel de la Muerte. Esto no está mal, es entretenido… pero me siento como si estuviéramos engañando constantemente al personal, los tratamos como niños. En cambio, cuando mueren… es como transformar la oscuridad en luz. Es presentarles las cosas tal y como son, no como lo que han creído durante todas sus vidas. Es ayudarles a recuperar lo que son de verdad, lo que siempre fueron y habían olvidado. Es mucho más satisfactorio que traer bebés al mundo… Tú también lo has hecho y sabes la diferencia, ¿no estás de acuerdo?


La leve sonrisa que había aparecido en el rostro de Tot desapareció cuando Leuche se volvió a mirarle.
—Err… sí, puede ser —carraspeó.
—¿Tú también lo echas de menos?
—Yo echo de menos mi Volkswagen. Y llevar un uniforme decente, con una insignia a la altura del servicio que ofrecemos.
—¿Y qué vamos a hacer para que nos devuelvan nuestros puestos? —la voz de Leuche sonaba algo triste y desesperada ahora.
—Tranquilo, estoy en ello —contestó Tot. Un brillo de esperanza iluminó los ojos de Leuche. Confiaba en que su compañero daría con la clave—. Si te callas de una vez y me dejas pensar seguro que encontraré la forma de demostrar a Gehirn que los Ángeles de la Muerte nacemos, no nos hacemos. Ya puedes disfrazarnos de tiernos angelitos que jamás podrás impedir que cumplamos con nuestra misión.
—¿Y cuál es nuestra misión?
—¿Te lo tengo que volver a repetir?
—Pues…
—Cállate, que estoy pensando.
Leuche se puso a jugar a Gothic 2 con la Playstation mientras Tot pensaba. Así por lo menos podía elegir flechas envenenadas con las que equipar a su avatar. El arco élfico que había encontrado después de saquear a un orco muerto no estaba mal, pero tendría que llevarlo a una carpintería para que lo arreglaran, y si podía pedirle a su maestro que le ayudara a perfeccionar la técnica, así ganaría puntos de daño en su próximo combate…
—¡Ya está, lo tengo!
—¿De veras? —dijo Leuche mientras mantenía una conversación virtual con una enana con pinta de pícara. Miró de soslayo a Tot, que ahora estaba aún tumbado en el suelo, pero boca abajo, y parecía estar estudiando unos cálculos que había garabateado a lápiz en un papel. Le vio ajustarse sobre el puente de la nariz unas gafitas redondas a lo Harry Potter y después levantó su mirada hacia él con aire interesante.
—Sí. Vamos a iniciar una huelga a la japonesa.
Leuche tuvo que pausar el juego para poder pensar con claridad. ¿A la japonesa? ¿Había oído bien?
—Esto… Tot, creo que tu idea es impracticable —dijo, con el tono más serio que pudo conseguir—. Sabes, yo ya tengo una lista interminable de tareas para mañana: sacar las cabras al monte, ordeñarlas, meter la leche en pellejos, ponerla a cuajar… y luego encima tengo que transformarme en angelito y salir contigo a cumplir con las obligaciones del puesto que nos ha sido asignado. O sea, ¿realmente estás hablando de trabajar más? —el tono de incredulidad y desgana no pasó desapercibido a Tot.
—Pero, ¿no me acabas de decir que echabas de menos ser un Ángel de la Muerte?
—Sí, pero una cosa es tener una ilusión en la vida y otra dejarte explotar también en el mundo espiritual, que demasiado tuve ya en la Tierra como para seguir haciendo el panoli… Además, ¿no crees que si vamos a la huelga nos vamos a buscar más problemas con Gehirn?
Tot no supo qué decir, y dio unos golpecitos nerviosos con el lápiz en el cuaderno. La falta de disciplina de Leuche hacía que le hirviera la sangre en las venas, pero no podía negar que tenía parte de razón. A él no le costaba tanto sacrificarse por un bien mayor, pero era cierto que el tema de las horas extra era un cachondeo en el Departamento… sobre todo cuando se suponía que estaban suspendidos de empleo como Ángeles de la Muerte y lo suyo ni siquiera iba a entrar dentro de la definición de “horas extra”. Lo valoró unos minutos y acabó por ceder. Pero solo un poco.
—Bueno, ya veremos… hoy te dejo que sigas jugando, pero mañana prepárate porque va a ser un día movido. Yo que tú me desayunaba tres tazas de cacao puro —y no dio opción de responder a Leuche. Tot prácticamente se esfumó en el aire mientras Leuche se quedaba paralizado.
Sacudió las pieles que iba a utilizar para taparse mientras dormía y suspiró con resignación, temiendo que al final se arrepentiría de no aceptar un contrato indefinido como Ángel a Secas. Después de todo, los ricitos pelirrojos no le quedaban tan mal. ¡Y además tenía un arco!

(continuará...)

domingo, 16 de agosto de 2015

El Ángel de la Muerte (25).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (24)].

Al despuntar el alba, el canto de un gallo le despertó. Estar solo medio materializado no le permitía experimentar la vida física al cien por cien, pero aquello se le parecía bastante. Aún era capaz de recordarlo. El canto del gallo era poco más que un eco cercano. El viento frío que entraba por la ventana de la pobre construcción de piedra no llegaba a erizar el vello de su cuerpo. Los alimentos no sabían a nada, eso se lo tenía que seguir imaginando. Los olores eran algo más perceptibles, pero por mucho que inspiraba el aire no sentía que nada llegara a sus pulmones y mucho menos a su pituitaria. Juraría que ahí estaba tirando de recuerdos. Aunque por otro lado esto lo agradecía... apenas lavaba sus ropas de pastor, y las cabras, el queso y todo lo demás, debían desprender un intenso aroma a humanidad. Al cerrar los ojos casi se sintió en la Tierra de nuevo. Incluso los sueños eran igual de reales. O irreales, según se mirase.
Decidió levantarse al fin. Se desperezó, cogió la gorra y el cayado, y se dirigió a tomar el desayuno con los demás compañeros del Departamento de Avatares y Apariciones Virginales. En la mesa comunal había un grupo que se acababa de sentar y parecía muy excitado. Según lo que pudo entreoír, habían estado de guardia toda la noche, comunicando con el piloto de un vehículo espacial para que consiguiera situarlo justo encima de una cueva donde iba a nacer no sé quién. Por lo visto creían que se habían equivocado al poner las coordenadas del GPS y casi habían acabado pifiándola. Al final consiguieron aclarar que en realidad se habían olvidado de que no estaban en la Tierra y no habían cambiado la configuración del aparato.
En el otro extremo de la mesa, Leuche reparó en una figura sombría, solitaria, que observaba en la distancia. Al acercarse vio que en realidad no era tan sombría. Al contrario, aquella mañana Tot parecía rodeado de un halo especial. El rubio de sus rizos parecía más brillante. El rubor en sus mejillas era igualito al de un bebé. El calzón lucía impecable, con su imperdible de plata finamente labrado justo en su sitio. Las alas parecían hechas de un algodón puro y suave. Daban ganas de pasar los dedos por él y acariciarlas... Todo esto contrastaba con el habitual humor de perros que (casi) siempre le acompañaba. Y Leuche tampoco se sentía muy animado. Se sentó junto a él y se sirvió lentamente medio vaso de leche de avena con cinco o seis cucharadas colmadas de cacao instantáneo del bueno, del que se disuelve sin problemas y no deja burbujitas. Necesitaba un buen chute de algún estimulante... aun sabiendo que aquello no le iba a hacer ningún efecto, principalmente porque carecía de cuerpo físico.


Tot masticaba sin muchas ganas una tostada de pan payés con manteca, con cuidado de que no le cayera ni una sola miga.
―Hey, tienes buen aspecto hoy ―le dijo Leuche­―. Este líquido negruzco que baña la punta de las flechas... no es nada raro, ¿verdad?
―No para un Ángel de la Muerte.
―Ya. Pero hoy no trabajas de Ángel de la Muerte.
―Yo trabajo de lo que me apetece. Otra cosa es que me lo vayan a pagar o a reconocer de alguna manera. Además, aquí estoy para que evalúen mi trabajo como Ángel a Secas, y como muestra de mi buena predisposición ya has visto que hoy luzco un uniforme impoluto.
Leuche sabía que eso no significaba nada, pero no quería seguir importunando más a Tot. Y en su cabeza revoloteaba otra cuestión. Después de dar un sorbo a su bebida chocolateada, dijo:
―Oye, Tot, el otro día, cuando me dijiste que era un traidor... no lo decías en serio, ¿no?
―Yo siempre hablo en serio.
―Pero, si hemos de analizar los hechos objetivamente y con lógica, como sin duda haces siempre, yo no he hecho nada como para que me llames traidor así sin más, al menos no desde que nos conocemos. ¿Estás de acuerdo?
―No. Nos conocemos de mucho antes que te presentaras en mi oficina oliendo a chamuscado. Tú mismo lo presentías...
―¡Ah, es cierto! ―fingió acordarse Leuche.
Tot le miró extrañado. Esta mañana Leuche se comportaba de una manera muy rara.
―Te voy a ahorrar un poco de sufrimiento ―dijo Tot.
―¿De veras? Qué atento eres... ―respondió Leuche, con una media sonrisa y temiéndose algo realmente malo.
―Sí, bueno, yo siempre soy así de amable. Yo también he tenido un sueño esta noche.
―¡No!
―Sí.
―Entonces... entonces... ¿ya sabes dónde nos conocimos?
―Sí.
―¿Quiénes éramos?
―Yep.
―¿Lo que pasó luego?
―Hasta el preciso momento en el que me trai-cio-nas-te.
―Glup.
Tot acabó su tostada y bebió un trago de su café solo con hielo. Luego buscó en la cesta de pan otra tostada y comenzó a untarle mantequilla. Cuanto más lentamente untaba, más nervioso se ponía Leuche.
―Esto... una pregunta ―dijo al fin―. ¿Saliste de aquella?
―Sí, claro que salí. Después de que me descuartizaran y repartieran mis pedacitos entre otros ladrones del gremio. Bueno, para ser exactos, salí un poco antes de que eso ocurriera. Por suerte pude contemplar desde fuera cómo lo hacían. ¿Y tú? ¿Tú saliste de aquello?
―Pues... creo que llegué dos o tres callejones más allá. Después alguien me apuñaló y me abandonaron cerca del antiguo penal. Las ratas se dieron un pequeño festín con mi cadáver. La policía ni siquiera pudo identificarme, aunque algo sospecharon por las ropas que llevaba puestas.
Tot asintió en silencio. Leuche se echó otra cucharada de cacao. Se preguntó si Tot estaba aún medio dormido o solo demasiado cansado de la misión como para reaccionar.
―Entonces, ¿estamos en paz? ―aventuró, con la mejor de sus sonrisas.
―Tú y yo nunca estaremos en paz ―la voz de Tot sonó tan fría que Leuche sintió que se le helaba el corazón. Aún así, intentó no hacer un drama.
―¿Con “nunca” te refieres a toda la eternidad?
―No, solo hasta que te mate dos o tres veces.
Leuche trató de sonreír, pero ya le fue imposible.
―Estás bromeando, ¿no? Si tú no querías reencarnar...
―Bueno, tal vez lo haga. Y enviaré un comunicado al Departamento de Deudas Kármicas para que te citen a una próxima encarnación conmigo y así podremos resolver nuestros asuntos pendientes. O sea, te dejas matar y ya está, consideraré saldada la deuda.
―¿Cómo? ¿Por qué no resolvemos nuestros problemas aquí y ahora?
―Vamos, no me digas que no lo sabes. Aquí no es lo mismo... Aquí no me produciría ningún placer matarte, ni a ti ningún sufrimiento. Ya estamos muertos.
―Pero eso no es nada civilizado, Tot. Yo creo que en cuestión de resolver nuestros asuntos pendientes, es lo mismo. Tú me perdonas, yo te perdono...
―Tú no tienes nada que perdonarme a mí. Y sigo diciendo que estando muertos ya no tiene gracia perdonar o no. Es mucho más fácil sabiendo que no tenemos nada que perder.
―¿Llamamos a un guía espiritual para que nos lo aclare?
―Yo no me hablo con el mío. Además, ¿por qué lo van a saber ellos mejor que nosotros?
―Algo más habrán estudiado, digo yo...
―Pamplinas.
Leuche suspiró. Empezaba a verlo un poco negro. Eso de volver para que Tot le matara en venganza o como una especie de justicia cósmica sonaba más propio de un alma principiante que de todo un Ángel de la Muerte. Dio un par de sorbos más a su bebida y se decidió a probar un panecillo con nueces. De pronto recordó cómo se habían reído una noche que habían salido con un Ángel novato después del trabajo, haciéndole creer que tenía que presentarse en el Departamento de Deudas Kármicas para dar cuenta de algunos de sus “errores” del pasado. Era un alma tan inocente que aún creía que en el mundo espiritual había señores con toga y peluca que te juzgaban por tus crímenes y decidían sobre las penurias que deberías sufrir en tu próxima vida para avanzar en la también inexistente escala de perfección. Ni siquiera al levantarse el velo se había dado cuenta aún del engaño. Inocente, pero... ¡pero seguro que tenía mejor memoria que él! ¡Maldita sea! Abrió unos ojos como platos y contempló a su compañero, aún aparentando indiferencia y rigidez. ¿Por qué se dejaba siempre engañar tan fácilmente por Tot? Fue entonces cuando apareció su sonrisa pícara. Y los dos se echaron a reír a carcajadas. Y justo en ese momento llamaron para que se pusieran a trabajar.


Según se levantaban de la mesa, Leuche dijo, solo para asegurarse:
―No hay rencores, ¿no?
―Claro que no. Pero sabes que los Ángeles a Secas no tenemos muy buena puntería, ¿verdad?
―Bueno, estoy tranquilo, porque como mucho tu veneno me quitará algo de energía para trabajar.
―No me refería a eso. Le he dicho a nuestro encargado que necesito un compañero para llevar tantos mensajes de aquí para allá...
―No.
―Sabía que te iba a encantar volver a trabajar conmigo: aquí tienes tu nuevo uniforme. Y asegúrate de que esté siempre inmaculado.
Esta vez fue Leuche el que casi rompe en llanto. Su peluca era pelirroja, con una corona de florecillas blancas rodeándola. Por lo demás, los siguientes días iba a tener que vestir un calzón como el de Tot y utilizar una nubecilla densa como medio de transporte. Tot no pudo evitar una sonrisa de satisfacción al ver la cara de su compañero.
―Recuerda que aún tienes que demostrarme que tienes corazón de Ángel de la Muerte.
―Pero, Tot... ¡no puedes hacerme esto! ¡Tú no eres el jefe aquí! ¡Tengo cabras que cuidar! ¡Queso por hacer! ¡Mañana me pare una cabrita! ¡Tot! ¡Tooooooooot!

(continuará...)

lunes, 3 de agosto de 2015

El Ángel de la Muerte (24).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (23)].

―¡Señoras y señores! ¿Quieren alegrarse el día? ¿Una libra extra con la que darse un capricho? ¿Comer un buen estofado de carne tal vez? ¡Venga, es fácil! ¡Adivine dónde está el joker! La probabilidad de equivocarse es solo de una entre tres... ¿Quiere probar, señor?
Augustus se acercó tímidamente como hacía siempre y se dispuso a jugar un poco para atraer a los verdaderos clientes. Esta parte era un poco aburrida, pero casi nunca la podían pasar por alto, sobre todo cuando cambiaban de esquina.
Pronto la habitual multitud de curiosos se fue agolpando alrededor de los dos hombres. Pero la diversión no duró mucho. Thomas disminuyó el ritmo de su prestidigitación cuando vio llegar el vehículo con el distintivo de la policía londinense. Del pescante se bajó un oficial con aspecto iracundo. Hacía tiempo que andaba tras ellos. Por suerte aún no había probado la dureza de su porra. Sin prisa, comenzó a recoger los bártulos.
―Me temo que hoy no hay tiempo para más. ¡Señoras y señores, gracias por su atención y tengan un buen día!
Cuando se dio la vuelta se dio un encontronazo con otro agente que ya blandía una porra en su mano y con ella daba golpecitos en su otra mano.
―¡Señorita! ¿A dónde cree que va? ―escuchó algo más allá. Por todos los infiernos, también habían cogido a Bonnie.
El agente carraspeó y el oficial que había descendido del pescante sonreía levemente por debajo de su bigote.
―Veamos, Mister Longhands, ¿cuántas veces le he dicho que abandonara la ciudad si no quería acabar tras unos barrotes?
―¿Cómo? ¿Está insinuando que estoy haciendo algo ilegal?
―Da la casualidad de que tenemos en comisaría varias denuncias de personas que afirman haber sido víctimas de sustracciones mientras contemplaban su degradante representación... y le vamos a conducir a las dependencias policiales para que nos aclare este hecho.
­―Verá, me encantaría obedecer sus órdenes, pero me llaman otras obligaciones que no puedo des...
En ese momento alguien comenzó a vociferar entre la multitud de curiosos.
―¡Vamos, suélteme!


El hombre que así protestaba recibió un tremendo puñetazo. Se oyeron gritos de mujeres, los curiosos corrieron para allá y los desconcertados agentes acudieron a ver qué pasaba. Bonnie se escabulló dándole un puntapié al agente que la retenía y Thomas echó a correr aprovechando la confusión. La gente en la calle iba en dirección contraria y eso les facilitó la escapada.
Los dos corrieron como alma que lleva el diablo, atropellando peatones por el camino y destrozando puestos callejeros de frutas y verduras. Atravesaron angostos callejones y dejaron atrás la algarabía. Corrieron hasta que se toparon con un saco de ciego y dos rufianes que carecían de la elegancia que solía caracterizar a los agentes de policía. Empujaron a Bonnie contra unas cajas desvencijadas de madera y se enfrentaron a él con unos palos gruesos con pinta de bates de cricket que bien podían reventar la cabeza a un hombre. Thomas tragó saliva. Quiso avanzar hacia Bonnie, pero uno de aquellos canallas se interpuso.
―Sabemos que sois unos traidores.
―¿Y qué si lo somos? No iréis a hacerle daño... Es solo una niña.
Sabía que eso no les importaba lo más mínimo, pero necesitaba ganar tiempo. Guardaba su puñal en el interior de sus mil veces remendada chaqueta, pero temía que cualquier movimiento hiciera perder los nervios a sus atacantes.
―Tenemos órdenes muy claras... y una recompensa esperándonos.
Thomas oyó un ruido a su espalda. Había más acechando en las sombras.
―Vamos, acércate más. Pónmelo fácil.
Thomas observó a Bonnie encogida en el suelo, aterrorizada. Quiso incorporarse, pero el hombre que la vigilaba la tumbó de una bofetada. Bonnie se llevó la mano a los labios, manchados ahora de sangre, emitió un sonido sordo y comenzó a sollozar.
―De acuerdo, ¿qué es lo que queréis? ¿La queréis a ella? Ya la tenéis. Yo... nosotros podemos hacer un trato.
Thomas comenzó a retroceder de forma instintiva. Su espalda tropezó con algo. Al darse la vuelta se encontró con un machete bien afilado capaz de rebanarle el pescuezo en un solo golpe.
―¿Un trato? ―repitió el que parecía el cabecilla―. Sí, hagamos un trato. ¿Qué tal si echas a correr y nosotros te damos caza? Ya que te gustan tanto las apuestas, apuesto a que no llegas ni al final del callejón.
El hombre del sombrero de copa trató de calcular la distancia que le separaba del final del callejón. Ciertamente parecía estar como a dos millas. Los hombres que le rodeaban se apartaron un poco, dejándole el camino libre. Bajaron sus armas y esperaron.
―Si logras escapar, ganarás la apuesta. Y entonces tal vez escucharemos lo que tengas que decir acerca de un trato beneficioso para ambas partes. ¿Qué te parece?
Sin quererlo sus ojos se dirigieron a la pequeña Bonnie, que observaba la escena con grandes surcos negros recorriendo sus pálidas mejillas.
―Ella no entra en el trato. Ella es nuestra.
Thomas parpadeó. Y acabó por tomar una decisión.
Correr. Sin mirar atrás.



¡¡¡TRAAIIIIDOOOOORRRRR!!!

Justo en ese instante, Leuche despertó... no bañado en sudor, porque era un espíritu inmaterial parcialmente materializado descansando en un lecho de paja rodeado de cabras. Pero sí que notaba algo palpitante a la altura del pecho, como un mini-quásar pulsante de color amarillo pálido. Y también notaba una sensación muy desagradable en el estómago... o lo que fuera que tuviera en esa parte del cuerpo.

La palabra le estuvo resonando en los oídos al menos hasta la hora del desayuno. Era la voz de Bonnie. Pero tenía la vibración de Tot.

(continuará...)

viernes, 31 de julio de 2015

El Ángel de la Muerte (23).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (22)].

Londres, 1856.

La joven de las caderas contoneantes se apresuró por el estrecho callejón sorteando los charcos de inmundicias, hasta llegar a la esquina de la calle Gloucester. Ya se habían congregado unos cuantos viandantes alrededor del hombre de las cartas, y su vestido negro la ayudó a pasar desapercibida entre la multitud, a pesar de su belleza. Su cabello negro caía en tirabuzones por la espalda. Su pálida tez hacía sospechar que no había comido mucho en los últimos días, pero eso no era nada fuera de lo corriente en aquellos tiempos de pobreza y miseria. Debía estar cerca de los quince años, pero su baja estatura y su extrema delgadez la hacían parecer casi una niña. Sus delicados movimientos y su poder seductor pronto hacían olvidar ese detalle a los pretendientes que se le acercaban.
El caballero del sombrero de copa que había organizado el espectáculo tenía mucha labia y sabía cómo encandilar al público. Les había hecho creer que era fácil descubrir al joker entre tanto diamante. Luego con un movimiento rápido de su mano lo hacía desaparecer entre sus mangas y nadie se daba cuenta si sabías atrapar su atención en otro lado. Lo había hecho desde niño. La gente apostaba y él los dejaba pelados. Ya era tan natural como respirar. Se había convertido en un arte.
Cuando vio a la dama poniéndose en puntillas para poder observar con detalle sus manos, la saludó con un leve movimiento de cabeza. La dama volvió a su estatura habitual y la vio escabullirse por detrás como un ratoncillo corriendo en una cocina. Sus pies eran silenciosos. Sus dedos, pequeños y hábiles, apenas rozaban la ropa cuando se adentraban sigilosos en los bolsillos de los espectadores. El caballero sonrió. Era buena la condenada.


Aún recordaba la conversación que habían tenido el día anterior, mientras hacían recuento de lo que habían recaudado.
―No te estarás quedando con nada, ¿verdad? Mira que el jefe se da cuenta de esas cosas...
―Por supuesto que no, ¿por quién me has tomado?
A pesar de sus palabras, desviaba su mirada hacia un lado al decirlo, y eso le hacía sospechar que estaba mintiendo. No es que la hubiese tomado cariño, pero sabía más de un diablillo que había sido encontrado flotando en el río después de haber sido cogido con las manos en la masa... o en la caja de caudales. Lo malo es que a ella tal vez la violarían antes.
―Además... ―añadió la mujercilla con una sonrisa― siempre sabría cómo compensar el error.
―¿Ah, sí? ―contestó, distraído. Estaba contando el dinero, y necesitaba concentración. “45, 46, 47, 48...” Hoy no había sido un buen día. ―Sabes, yo que tú tendría cuidado. Al jefe no le gustan los que se pasan de listos.
―Entonces deberías dejar de engañarle con la recaudación.
Thomas dejó de contar y miró amenazadoramente a la niña. Tuvo que controlar su puño derecho para que no golpeara contra la mesa de madera.
­―No seas bocazas, mocosa. Ni siquiera sabes contar.
―Eso es lo que dicen... ―contestó, tratando de disimular su frustración y mirando de reojo el dinero que Thomas manejaba. Esta vez no pudo contenerse. Se levantó y estrujó la hermosa cara de la pequeña Bonnie con sus manos sucias y fuertes. La dura de Bonnie no varió su expresión ni se puso más pálida de lo que ya estaba.
―Escúchame bien. Vuelve a insinuar algo como eso y seré yo mismo quien te estrangule y eche tu cadáver al río, ¿me has oído? Ya te he protegido más de una vez de esos rufianes... y algún día podría dejar de hacerlo.
Recuperó su posición, dio un trago al vino aguado y continuó contando. Aunque habían acordado un reparto equitativo de las ganancias, le dio menos de lo que le correspondía.
―Aquí tienes tus treinta y siete chelines. Ahora, agua.
Bonnie se levantó y cogió las monedas con desgana.
―Con esto no tengo ni para el pan.
―Pues vete a darte un paseo por el East End.
La mujercilla le echó una mirada llena de odio y se alejó corriendo. El falso caballero inglés con sombrero de copa sacudió la cabeza con desprecio y murmuró:
―Chiquillas...

(continuará...) 

lunes, 20 de julio de 2015

Ser escritor es vocacional.

He tenido la chiripa de encontrarme hoy con un viejo monólogo de Eva Hache y de pronto he atado cabos y lo he comprendido todo. Se ve que tengo pocas luces, porque me ha llevado casi cuarenta años darme cuenta de ello... y ya es mala suerte que elegí dos profesiones siendo chiquita, y las dos son vocacionales. 


Sí, ilusa de mí, cuando tenía diecisiete o dieciocho años pensaba que acabaría mi carrera, me montaría mi clínica, a los veinticinco ya tendría casa y novio, y una estupenda vida por delante, llena de desafíos. Tal inocencia me ha llevado a depender económicamente de otra persona, trabajar “por vocación” de ama de casa la mayor parte del tiempo y lamentarme, día sí día no, de no ganar un duro por no hacer nada de lo que estudié (y sigo estudiando, porque ahora se ve que hasta con sesenta años necesitas seguir “formándote”, por aquello de reciclarte y seguir haciéndote la ilusión de que un día te contratarán). O, en el mejor de los casos, haciéndolo mes y medio, porque más o menos ese es el tiempo que tardas en echar cuentas y ver que estás haciendo el panoli de nuevo porque un poco más y te toca pagar por trabajar.

Pero eso es lo que se lleva ahora, al menos en las profesiones vocacionales, como veterinaria y escritor. Como este blog es de una escritora desesperada, seguiré por ahí. Ayer me quedé estupefacta cuando me puse a investigar sobre una nueva “editorial” que está teniendo mucho éxito, dirigida a gente que como yo quiere autopublicar su libro. Vi que imprimir unos cincuenta ejemplares de quinientas páginas (que es lo que yo me suelo extender en mis obras) me saldría por mil euros... que es lo que yo considero que me deberían pagar a mí (como mínimo) por escribirla ya de entrada, por supuesto revisada y corregida, que por algo soy escritora profesional. Porque esa es otra historia... Hay “autores indies” por ahí que suben sus manuscritos a Amazon tal cual, llamándolos “novelas”, mientras acuden a clases de ortografía de nivel de 2º de EGB. Como si la palabra “escritor” se pudiera aplicar a cualquiera que coge un boli y te hace un garabato o un teclado y te escribe un párrafo. Bueno, dejando esto aparte, resulta que por unos mil módicos euros me enviaban los cincuenta libros a casa para que yo me dedique a venderlos de librería en librería. Y lo pintaban como una grandísima oferta que no podía rechazar. Porque todo el mundo sabe que llevándonos un 10% de cada libro que vendas (si es que lo vendes... y eso siendo muy generosos, porque lo normal es que ese porcentaje sea del 1 o el 2%) nos hacemos ricos en un plazo muy breve. O, si no nos hacemos ricos, al menos te da para vivir, lo que en nuestro caso se traduciría como "para subsistir mientras acabas de escribir el nuevo libro". Por aclarar conceptos, eso pueden ser varios meses si trabajas de escritor a tiempo completo, o unos cuantos años si lo haces cuando puedes (escribir, claro).

No me sorprende que los de la editorial se estén haciendo de oro. Lo que sí me sorprende es que haya gente que se preste a tal sinsentido.

Arturo Pérez-Reverte (últimamente le menciono mucho, porque admiro a todo aquel que no tiene pelos en la lengua) lo explica mucho mejor en este artículo que ya hace un tiempo me dejó en estado semicomatoso. Yo hablo de vez en cuando de ello, porque es algo que me quema en las venas.

No sé si eso de tener que pagar después de pasarte media vida escribiendo un libro (encima) es mejor o peor que tener que alquilar un “espacio” en un local para que tú puedas ejercer “vocacionalmente” la profesión que más amas en el mundo, la de salvar vidas de animalitos. Así, además de tener que pagar autónomos, adquirir tu propio material, “invertir en tu futuro” haciendo cursos de formación, trabajar en condiciones pésimas sin un mínimo de seguridad laboral, arriesgándote a que se te mueran los bichos a la mínima de cambio y meterte en un buen lío, y pagar religiosamente tus cuotas colegiales porque si no es como si fueras un delincuente ejerciendo esa profesión que tanto amas, tienes que aceptar que un buen porcentaje de tus ingresos van a ir a los bolsillos de un señor que no hace nada por ti. Bueno, sí, es un alma caritativa que te da un lugar donde poder trabajar y así no acabar desahuciado. Casi le tienes que estar agradecido para toda la eternidad.


Más o menos un editor hace lo mismo. Tú trabajas durante años en tu libro, que es como un hijo que has parido pero mucho más dilatado en el tiempo (quiero decir, le tienes mucho cariño y por él harías cualquier cosa, hasta morirte de hambre), él hace unos arreglitos que apuesto a que la mayor parte de las veces son en contra de tu voluntad (yo me negaría en rotundo, por eso prefiero seguir escribiendo burradas en el blog, aunque sea gratis), llega un tipo que te hace una gran portada (yo ya hago hasta mis propias portadas, por tanto ni siquiera sería necesario... lo gracioso es que este tipo se lleva su sueldo y yo no por escribir lo de dentro del libro, que ha llevado más tiempo y además ocupa más espacio), lo publicitan y lo distribuyen (si tienes suerte, porque he oído de todo), y por todo eso, ¡tú eres el que más pasta y esfuerzo pone! Pero, ¿en qué cabeza cabe?

En ambos casos la primera palabra que se me viene a la mente es “esclavitud”. Vale, si he de ser sincera, lo primero que se me viene a la mente es en realidad una frase algo más larga, que dice:

“Ya lo que nos faltaba, además de puta, pones la cama”. 

Pero esto suena un poco desagradable y no se debe decir... o eso dicen. Lo que debemos decir es que es guay que existan sitios como Amazon donde los escritores podemos ver nuestros sueños cumplidos. Lo guay es publicar en tu perfil de Facebook, entre cien y mil veces, que estás entre los diez primeros vendidos de Amazon, como si eso significara algo distinto a que tienes un buen puñado de amigos que te están haciendo el favor de gastarse un euro o dos por algo que debería valer —no en todos los casos— diez veces más. No el libro en sí, sino el tiempo y esfuerzo que el escritor ha invertido con cada página de ese libro, cada gota de sangre que ha perdido y que se detectaría con la ayuda de luminol si lo aplicáramos en el papel, cada minuto de vida perdido por intentar transmitir sus sentimientos, cada neurona que se muere con cada frase que logra acabar coherentemente. Lo guay es decir que eres escritor porque no puedes dejar de escribir, y por ello tienes que hacerlo gratis (o sea, por vocación) y dejar que los demás se aprovechen de ti.

Pero qué le vamos a hacer. Son los tiempos que corren... Nos creemos libres, pero día y noche vivimos atados a unas cadenas que nos pasan desapercibidas. Y nosotros tan felices.

jueves, 16 de julio de 2015

No hay palabras.

El otro día estuve viendo un documental de esos que te desgarran el alma. No voy a decir el título del documental, aunque es mi opinión que deberían ponerlo en todas las clases de historia, comenzando en el bachillerato, y acabando en programas divulgativos en los que tengan un mínimo respeto por la Verdad, que por desgracia no es que abunden actualmente. Este documental empezaba diciendo que no hay palabras para describir la barbarie que se vivió en toda Europa hace setenta años. Y acababa con las palabras “Never again”.

En efecto, yo, que soy escritora, aunque no de las mejores, no encuentro palabras. Sin embargo, creo que ni Pérez-Reverte las encontraría. Debería existir algún método alternativo al lenguaje humano, tan pobre, tan reduccionista, para expresar las emociones que se generaron en mi interior al ver el documental. Un sonido, tal vez, que permitiera transmitir todo el sufrimiento, todo el dolor y toda la rabia que aún perviven en mí después de tanto tiempo. Ciertas notas sostenidas en una guitarra eléctrica o ciertas melodías, creadas por maestros poco reconocidos en nuestra época por llevar melenas en lugar de traje y batuta, me sirven para descargar parte de esa rabia contenida. Del mismo modo, debería haber un sonido que pudiera grabarse en la mente del lector según descifra estas letras, para que supiera a qué tipo de dolor me estoy refiriendo. No es un dolor cualquiera. Es un dolor que solo puedes comprender cuando lo has vivido en tu propia piel. Como una amiga me dijo hace poco, son acontecimientos que matan el alma. Pero estas palabras no son suficientes para describirlo. Jamás lo serán. Lo irónico es que luego hay muchas personas que aún se preguntan cuál es el propósito de la vida (y la muerte), cuando no puede estar tan claro...

Como siempre, vivo en un frágil equilibrio entre el silencio, la congoja, la sensación de angustia en la garganta, y los deseos de gritar a los cuatro vientos que basta ya de tanta injusticia, tanta crueldad, tanta hipocresía y vanas palabras que no sirven de nada. En este mundo de internet nos creemos que hacemos algo si le damos a los “likes” y a los “compartir”, si firmamos en una “petición que está cogiendo fuerza” o si comentamos que se nos saltan las lágrimas al ver el miedo reflejado en los ojos de una pobre niña que levanta sus brazos ante una cámara. Nunca he entendido por qué la infancia es capaz de ablandar un corazón mientras que permanecemos impasibles ante el sufrimiento de cualquier adulto, como si un adulto fuera más culpable de las desgracias que sufre, como si cumplir años te hiciera inmune al miedo, el hambre o la desesperanza, como si la violencia estuviera justificada contra él más que en un niño. Mientras que nos convencemos a nosotros mismos de lo sensibles que somos y nos lamentamos de lo mal que está el mundo, la vida (y la muerte) continúa en la calle, dentro y fuera de nuestras fronteras. La historia, por tergiversada y olvidada, se sigue repitiendo día tras día. Los muros caen y otros se levantan, esta vez con cuchillas, para acabar de desangrar a los que ya no poseen nada. Se abole la esclavitud y aparece otro tipo de esclavos. Luchamos por nuestros derechos, con el coste de muchas vidas, solo para que sean oficial e impunemente pisoteados por los que nos gobiernan. Las cámaras registran todo ese sufrimiento igual que lo hacían hace cien años, pero no sirve de nada.


Vivir con el peso de varias vidas (y varias muertes) sobre ti no es nada fácil. El sentimiento es el mismo que me transmitieron los ojos de veteranos de guerra en otro documental que vi. No puedes hablar de ello, porque nadie te va a comprender. Puedes tratar de describir lo que supone vivir aterrorizado mañana y noche por el constante tronar de los aviones acercándose o las sirenas antiaéreas perforándote el cerebro, tal y como hoy en día sigue ocurriendo en lugares como Gaza. Puedes escribir una y mil veces cómo se rompe tu corazón cuando contemplas tu pueblo reducido a escombros. Puedes hacer de tripas corazón y tratar de explicar cómo te sientes cuando hombres que no conoces de nada te golpean y te tiran al suelo para violarte repetidas veces delante de tu propia familia, y después te abandonan para que mueras, sin ni siquiera molestarse en volarte la cabeza. Puedes hablar de la muerte e incluso dejar que piensen que estás un poco obsesionada con ese tema. Es normal, porque los escritores somos raros y solemos caer en la melancolía. Después de todo, qué más da, sabes que para los demás la muerte no es más que una decena de fotogramas en el telediario, donde se ven hombres que van a ser degollados. Les advierten de que las imágenes pueden herir su sensibilidad, pero aunque mantienen su mirada no sienten nada... ni siquiera les dejan sin apetito. Han olvidado lo que es la muerte. No lo han vivido (o revivido) en propia piel. Las verdades y las mentiras no les quitan el sueño, y lo que ven ahí les preocupa menos que la última película de Brad Pitt conduciendo un tanque. No son conscientes de lo que en realidad suponen esas imágenes, porque nunca han tenido la muerte cerca. Y creen que tú tampoco. Puedes disfrazar la realidad con ficción o usar la ficción para disimular la realidad. Puedes incluso contar la realidad y afirmar que es ficción. Nadie se dará cuenta. Vivimos en un eterno teatro, un teatro de títeres descabezados, sumergidos siempre en la duda de qué es en realidad la realidad.

No somos más que niños en un patio de colegio. Y estas palabras se perderán en internet como gotas de agua en un océano, puesto que las cosas están dispuestas para que todos sigamos dormidos, como un ejército de zombies que se creen vivos, pero jamás supieron lo que es la vida (ni la verdadera muerte)... o si lo supieron alguna vez, prefieren el olvido y la ignorancia.

Alguien que no conoce su propia historia, está condenado a repetirla. Pero parece que a nadie le importa.



I'M CRYING

Oo, I'm cryin', tears are fallin' down.
I'm cryin' the lonely tears of clowns.
I'm tryin' to wear a smilin' face.
It was just yesterday things then they felt okay.
Now that has all gone away.

Oo, I'm cryin' the lonely tears of clowns.
I'm tryin' tryin' and rain's fallin' down.
I'm cryin' and that's a lonely place.
If I could hide the pain, if I could stop the rain,
Then all my cryin' could be gone.

Oo, rain, who will stop the rain, the rain?
Oo, I'm cryin', the tears are fallin' down.
I'm tryin', the rain still beats the ground.
I'm cryin' those lonely tears of clowns.

Lonely, lonely tears.


lunes, 13 de julio de 2015

El Ángel de la Muerte (22).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (21)].

―Dame eso ahora mismo.
Leuche se detuvo justo cuando iba a sentarse en la mesa comunal, donde Tot ya hacía rato que había acabado con su Apfelstrudel. Llevaba un par de días con un humor de perros, y eso le hacía tener cierta avidez por la comida. Leuche llegó incluso a dudar si sentarse junto a él. Sus nuevos amigos eran más simpáticos... a pesar de que fueran un poco raros.
­―Ni lo sueñes, que mis tripas llevan rugiendo desde esta mañana ―contestó. Sabía a lo que se arriesgaba, pero también tenía ganas de hablar un rato con Tot. A los ángeles les enviaban a un lugar muy retirado de los pastorcillos y apenas sabía qué había sido de él en todo este tiempo.
―Pero qué tripas, si estamos muertos y no somos más que seres etéricos que solo creamos ilusiones para que parezca que estamos vivos...
Leuche suspiró y se le fue un poco el hambre. Pero su estómago volvió a rugir. Tal vez no era su estómago.
―¿Es Bratwurst?
―¿Brat qué?
―No me tomes el pelo, sabes perfectamente de lo que te estoy hablando. Y te he dicho antes que me des esa salchicha... entera. Por cierto, ¿no eras vegetariano?
―Depende de qué vida estemos hablando ―y haciendo caso omiso a Tot le dio un buen bocado, saboreando la carne.  
Leuche no había venido solo. En la mesa comunal también se habían sentado un profeta, un carpintero, varios niños, algunos pescadores, un rey, un juez, un ternero y un burro... vamos, que medio pueblo estaba metido en el ajo. Por suerte ellos parecían estar en otra onda y era como si hablaran otro idioma, así que sus voces se perdían como en un murmullo en sus cabezas y Leuche y Tot podían mantener una conversación privada... o casi. La pausa para la cena solo era de una hora, en teoría, así que debían ir al grano.
―Bueno, ¿qué tal te ha ido? ―preguntó Leuche cortésmente, al tiempo que se fijaba que uno de los tirantes del uniforme de Tot se había caído hacia un lado y lo ponía en su sitio de nuevo―. Te veo con mejor cara que el otro día... aunque aún tienes los ojos un poco enrojecidos. Este trabajo no está tan mal después de todo, ¿no?
Tot permaneció en silencio. Leuche comenzó a oír una respiración estertórica que le preocupó. Su voz se transformó en un tenue murmullo.
―¿No?
―¡¡¡¡Buuuuaaaa, buuuuaaaaa!!!!
―Bueno, va, te doy la Bratwurst.


Tot miró a Leuche con un profundo, insondable, odio en sus ojos.
―Ya no la quiero. Bueno, sí ―y se la arrebató de las manos a Leuche justo cuando este iba a darle otro mordisco. Le dejó que se la acabara, mientras hacía aparecer una gran jarra de Weihenstephaner con la esperanza de que eso también levantara el ánimo de su compañero.
―Veamos, Tot, hablar le sienta bien a todo el mundo. ¿Por qué no me cuentas cómo te sientes?
Leuche recordó que esa no era una buena táctica. Carraspeó y continuó hablando.
―¿Por qué no tratas de adaptarte? Vale que esto no mola tanto como asistir a uno que se tira de un rascacielos... pero tampoco está tan mal. Abrimos mares, multiplicamos peces, damos Tablas de la Ley para que la gente se haga un poco más sensata, y... ¡ah! ¿Sabes qué? Ayer resucitamos a un moribundo, ¿qué te parece? Eso no es tan distinto a lo que hacemos en nuestro departamento, ¿no te parece? Lo que no me gusta mucho es que tenemos que estar todo el tiempo materializándonos y desmaterializándonos, ya sabes que eso cansa un rato, pero quitando esa inconveniencia, esto tiene sus alicientes.
Las pestañas de Tot se movieron lentamente arriba y abajo, arriba y abajo... Su mirada parecía perdida en otro mundo. Cogió la jarra de cerveza y la contempló largamente, como si en el cristal se viera reflejada su vida pasada como Ángel de la Muerte, cuando tenía un oficio que amaba con pasión. De pronto pareció despertar y dirigió una mirada extraña a Leuche.
―No puedo creerlo. Tú mismo le dijiste el otro día a Gehirn que no querías ser parte de ese engranaje, jamás... y mírate ahora, disfrutando de multiplicar pececillos y escribir estúpidas Tablas de la Ley...
―Bueno... sabes que siempre me ha gustado escribir.
―Excusas. No lo empeores aún más. Si te gusta este asco de departamento quédate con ellos y ya está. Eres un traidor.
Esas palabras le dolieron profundamente a Leuche. No eran verdad... ni lo que había dicho Tot ni lo que había dicho él mismo, no. Solo estaba intentando animarle. En el fondo a él le importaban un comino las resurrecciones. Sabía que eran una ilusión. Sabía que la Muerte no lo era. Pero ahora temía que no iba a poder arreglar las cosas. Tot estaba demasiado serio y deprimido como hacerle razonar. Tal vez era mejor dejar que la cerveza expandiera sus partículas elementales y aumentara su nivel de consciencia durante la noche. Y mañana ya hablarían...
Aunque Tot parecía de nuevo perdido en sus pensamientos, Leuche quiso aclarar algo antes de retirarse a descansar a su choza en medio de la montaña y las cabras.
―Yo no soy un traidor, Tot. Simplemente... me gusta probar otras cosas. Odio la rutina. No te lo había dicho hasta ahora, pero trabajando contigo me di cuenta de que yo... yo también tengo alma de Ángel de la Muerte.
Como su compañero no decía nada, Leuche se despidió con un “gute Nacht”.
―Eso tendrás que demostrarlo ­―le pareció oír según se alejaba.

(continuará...)

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