miércoles, 14 de mayo de 2014

El Ángel de la Muerte (14).

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (13).]

Tot no podía apartar la mirada de los dedos de Gehirn golpeteando de manera rítmica sobre la mesa de su despacho, mientras los dos esperaban impacientemente a que llegara Leuche. Se esforzaba por no pensar... porque sabía que cualquier pensamiento indebido llegaría al cerebro... o mejor dicho, a la mente... o a lo que fuera que tuviera en la parte de la cabeza, su jefa.
Sí, su jefa... No, en realidad el jefe era Kette. Gehirn era la “súper-jefa”. Si les había llamado tan pronto por la mañana, era porque algo iba mal... muy mal. Gehirn solía tener un rostro impenetrable, que casi nunca dejaba traslucir sus emociones. Pero aquel día estaba más cenizo que de costumbre, y además no dejaba de tamborilear con sus dedos en la mesa de cristal. Si hubieran existido cigarrillos en aquel aburrido e insulso mundo espiritual, seguro que habría encendido uno.
Solo en una ocasión se habían cruzado sus miradas. Tot no pudo sostenerla más de un segundo... raro en él, que disfrutaba desafiando a la gente, cuando no acababan a mamporros en medio de un callejón oscuro. Su pierna derecha comenzó a moverse abajo y arriba sin control. Él también se estaba empezando a poner nervioso. “Cuando vea a ese maldito Leuche le voy a estrangular con mis pro...”
 ―¿Seguro que le habrá llegado la citación? ­―preguntó Gehirn.
―¡Claro! ­―se apresuró a contestar Tot, evocando en su memoria el post-it que le había dejado garrapateado y adherido con sumo cuidado al teléfono negro de la oficina que compartían... esta vez incluso se había molestado en escribírselo con un bolígrafo Bic... claro, que tal vez ése era el problema, porque su letra no la entendía ni su padre. Le había pasado en más de una vida...­ ―Debe ser que aún no se aclara con esto del tiempo, y mira que se lo he explicado veces... ―añadió con tono inocente.
No consiguió engañar a Gehirn. La súper-jefa era lista. Muy, muy lista...

De pronto vieron cómo una nube de humo se empezaba a materializar en la silla que estaba a la izquierda de Tot y poco a poco tomaba la forma de un jefe indio con un tocado de plumas espectacular en la cabeza. Profundas arrugas surcaban su rostro ya anciano, y empuñaba un tomahawk en su mano derecha. Parecía un poco confuso... Porque sabían que era Leuche, si no tal vez le habrían disparado con la Luger que a Tot aún le gustaba contemplar desde su cama, los días que sentía nostalgia por una de sus vidas pasadas.
Gehirn frunció el ceño. Tot sacudió la cabeza y dio un puñetazo con su brazo izquierdo a la figura del indio confuso. La figura vibró y por unos segundos solo fue una neblina de luz amorfa. Rápidamente adoptó la apariencia favorita de Leuche (la del caballero de época victoriana con sombrero de copa y melena), parpadeó varias veces y pareció darse cuenta de dónde estaba.
―Perdón por el retraso... ―trató de excusarse. Después se tapó la boca con una mano y susurró a Tot: ­―Pero ¿no decías que solo tenía que pensar “Los magos nunca llegan tarde, llegan exactamente cuando se lo proponen”?
Tot disimuló una sonrisa y dijo:
―¡Cállate! ¿No ves que la súper-jefa nos va a meter un paquete? Porque es por eso por lo que hemos venido, ¿no es así? ―al decir estas palabras miró a Gehirn. Siempre era así de directo.
Al menos Gehirn había dejado de dar golpecitos con sus dedos. Pero el color cenizo de su rostro seguía allí... y eso era bastante preocupante.
Cogió una hoja de papel que tenía sobre la mesa. Todos sabían que era el informe de los de Asuntos Internos. También llamados “Vigilantes Invisibles”. Siempre sabían lo que habías hecho... en cualquier lugar, ya fuera en el plano físico, en cualquiera de los tropecientos subplanos que había en el astral, o en las infinitas dimensiones del mundo espiritual. Para ellos, la palabra “privacidad” no existía. En resumen: eran unos tocahu...
―Veamos... ­―dijo Gehirn, al tiempo que se ajustaba sus pequeños anteojos sobre el puente de la nariz―. Mala aplicación del protocolo. Uso indebido del martillo de Thor... quiero decir, del martillo anti-pánico. Numerosos desperfectos en el vehículo de empresa... incluyendo la presencia de una masa negruzca que no ha podido ser debidamente identificada. Escuchar música en horas de trabajo... vale, eso lo puedo pasar por alto... ¡Pero causar un trauma adicional a un recién fallecido es simplemente IN-TO-LE-RA-BLE! ¡Y además era un suicida! ¡Sabéis que los suicidas necesitan un trato exquisito! ¿En qué estabais pensando?
El silencio era sepulcral.
―¿Alguno de los dos va a decir algo?
―¡Yo solo seguía órdenes de Tot! ―exclamó Leuche.
―¿Que tú qué...? Ven aquí que te meto...
Tot hizo un amago de coger por el cuello a Leuche y lanzarle un gancho, pero Gehirn fue más rápida y se interpuso entre los dos atravesando directamente la mesa que la separaba de los dos Ángeles de la Muerte. Y además les drenó su energía momentáneamente para inmovilizarlos. Después los observó un buen rato. Leuche vio que una de sus venas del cuello estaba a punto de estallar. Pero no lo hizo...
―Joder, Tot, me has decepcionado... Y tú, Leuche, realmente creíamos que podíamos contar contigo para este trabajo, pero tal vez nos equivocamos.
Leuche se esforzó por decir algo, pero aún se hallaba inmovilizado.
―No me dejáis otra alternativa...
Gehirn miró con tristeza a uno y a otro. Luego alargó la mano y arrancó la pegatina brillante del uniforme de Tot. Luego fue a hacer lo mismo con Leuche, pero se dio cuenta de que él no se había puesto el suyo, para variar...
―Acuérdate de entregar tu distintivo antes de la hora de la comida.
―¡Esto es completamente injusto! ―Leuche se levantó y dio un fuerte golpe en la mesa con el puño―. ¡Nuestro trabajo ya es suficientemente duro como para tener que aguantar este abuso de autoridad solo por un fallo sin importancia! ¡Yo solo soy un novato! Y Tot... Tot... Tot, ¡di algo!
El efecto paralizante ya había pasado, pero Tot aún no podía hablar. Aún contemplaba con lágrimas en los ojos la pegatina del ángel negro con alas... y aún no podía creer que Gehirn le estuviera suspendiendo de empleo y sueldo.
―No me mires así, Tot ―dijo Gehirn, con voz dura­―. Sabes que la calidad de tu trabajo ha empeorado mucho últimamente... y te lo hemos advertido ya varias veces. Esto no es el final... Pero creemos que tenéis que tomaros un tiempo y reflexionar si es esto lo que realmente queréis hacer. Para que lo averigüéis, os vamos a cambiar de destino por un tiempo. Vais a abandonar el Departamento de Ángeles de la Muerte, y os vais a incorporar al de Avatares y Apariciones Virginales.

Leuche se sintió confuso... otra vez. Miró a Tot en busca de una explicación. Tot parecía hundirse más y más en su asiento...
―¿Eso qué es, Tot?
Tot le miró de mal humor. Pero no contestó. En su lugar, miró desafiante a Gehirn.
―Es una broma, ¿no? ―dijo.
Leuche le imitó, algo esperanzado.
―Eso es... esto es una broma, ¿no?
Gehirn les miró a los dos, de nuevo con tristeza.
―Yo no estoy preparado para eso ­―dijo Tot.
―¿No? Es bastante más sencillo que ser Ángel de la Muerte... con unas pocas vidas en un planeta primitivo ya eres un experto en la creación de mitos, en la adoración de la naturaleza y demás deidades que surcan el cielo, en el surgimiento de figuras que pretenden ser adorados por todos para así tener el poder sobre ellos, en la escritura de mandamientos que todos tienen que cumplir, en el control del pueblo mediante el miedo, en los martillos de brujas, en ser perseguido por hereje, en ser quemado en la hoguera, en la planificación de asesinatos de papas, en el Cielo y el Infierno... ¿no has vivido ya todo eso, Tot?
Tot desvió su mirada, incómodo... Farfulló un “sí” casi inaudible. Leuche le miraba a su vez con los ojos muy abiertos.
―¿Y tú, Leuche? ¿No lo has vivido también?
Leuche sintió un escalofrío al sentir el escrutinio de Gehirn en el fondo de su alma. Y volvió a rebelarse.
―¡No quiero ser parte de ese engranaje... nunca más!
―Vuestra falta de seriedad os ha arrebatado la libertad de elegir. No tengo más que decir. Mañana presentaros en el departamento correspondiente... y sed puntuales. Y antes que preguntéis... sí, seguís siendo compañeros. Responderéis los dos de las faltas del otro. ¿Entendido?
Aquella noche, mientras Leuche intentaba conciliar el sueño, vio una Luger flotar en el medio de su habitación. Fue avanzando lentamente, como un Zeppelin surcando el cielo, hasta situarse justo enfrente de él, a la altura de la cabeza. Entonces se aproximó a sus ojos y sintió cómo el cañón le rozaba la frente... y después presionaba con un poco de fuerza. De pronto oyó un disparo... y vio caer un retal de tela con la palabra “Bang!” escrita en rojo sangre sobre él. Supo al instante que era un mensaje "subliminal" de Tot. Supo al instante que Tot bromeaba. Seguro que estaba bromeando...
¿No era así?

jueves, 8 de mayo de 2014

Ocean Cloud.

Hacía mucho que no escuchaba esta canción de Marillion, de su álbum “Marbles” (2004), y el otro día, cuando empezó a sonar en el coche, pensé que tenía que dedicarle una entrada en mi blog. ¿Por qué? Bueno, por varias razones. Una de las más importantes es porque parte de mi alma es un alma de marino, de alguien que sabe muy bien lo que es cruzar el Océano Atlántico varias veces, en condiciones no tan seguras como las de hoy en día... Otra de las razones es porque esa canción me impresionó muchísimo cuando la escuché por primera vez. El cantante, Steve Hogarth, nos deleitaba con un registro al que no nos tenía acostumbrados, y oírle gritar con tal fuerza en la parte de la tormenta “Watch me. Watch me. God above!” me ponía la carne de gallina. Por otra parte... ha habido épocas en mi vida en la que me he sentido muy identificada con los sentimientos que transmite en la canción.

“Ocean Cloud” está inspirada en la historia real de otro hombre que despierta en mí una gran admiración: Don Allum. Fue el primer marino que consiguió cruzar el Atlántico de un lado a otro en solitario, sin navegación por satélite, sin ningún sistema de comunicación, ni siquiera bote salvavidas. En uno de sus viajes tuvo que pasar los últimos quince días sin aprovisionamiento de agua, lo que le produjo alteraciones renales fatales, y esto finalmente le llevó a perder la vida a causa de un fallo cardíaco. En sus últimos días, ya sospechando que le quedaba poco para morir, se negó a recibir tratamiento, porque consideraba que había hecho todo lo que quería hacer. Murió poco después con 44 años.

No sé hasta qué punto la interpretación de Hogarth en sus letras refleja los verdaderos pensamientos de este magnífico y valiente hombre que se embarcó en tamaña aventura. Pero a mí me inspira en gran parte lo que le inspiró a Hogarth: un irresistible deseo de separarte del mundo, de estar solo, de no querer saber nada de la humanidad y dedicarte a medirte única y exclusivamente con una naturaleza cuya fuerza sabes que es invencible y que va a poder contigo tarde o temprano. En definitiva, veo cierto instinto suicida en esos viajes en solitario, una cierta forma romántica de poner fin a tu vida, luchando hasta el final, pero sabiendo que tienes la batalla perdida. También veo mucha valentía (que algunos llamarían llana estupidez) por tener muy claro lo que quieres hacer y hacerlo sin importarte lo más mínimo lo que los demás piensen. Una actitud algo egoísta, quizá, pero que para mí solo es reflejo de la libertad de elección que todos deberíamos tener en la vida.

Muchas veces he llegado a sentir ese hastío que para mí representan las palabras “I’ve seen too much of life”, y la resignación a tener que seguir viviendo en un mundo que no entiendes y del que no puedes escapar. Un mundo en el que nadie escucha y al que no le importa cómo te sientes... y la profunda necesidad de liberar esas emociones te lleva a querer extenuar tu cuerpo y a sentir cómo sangran esas heridas que llevas en el alma y que nadie puede ver...

“I don’t wanna remember... when I was alive”. Está diciendo que ya está muerto. Y sin embargo, pienso que ese hombre, luchando en medio de esa tormenta, en una insignificante embarcación a merced del majestuoso y poderoso mar, está más vivo que muchos de los que caminan por los pasillos del metro día tras otro como zombificados por una sociedad que les hace creer que llevan una vida plena.

Sencillamente impresionante.



OCEAN CLOUD

He's seen too much of life
And there's no going back
The loneliness calls him
And the edge which must be sharpened
He's losing it. And he knows.
But there's a fighter in his mind and his body's tough
The years have been unkind but kind enough

The smell of the earth
It's his favourite smell
But he's somehow compelled to the stinging salt hell
To the place where he hurts and he's scared
And there's no one to tell
And no one who doesn't listen

"You can take all the boys and the girls in the world
And I'll trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen too much of life
So the sea is my wife and a sweet Ocean Cloud is a mistress I'm allowed
for now."

"You can take all the boys and the girls in the world
I wouldn't trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen too much of life
So the sea is my wife and a sweet ocean cloud is a mistress I'm allowed
for now."

"Only me and the sea
We will do as we please."

He remembers the day he was marched to the front
By the physical knuckle head teacher of games
“Look lads” he declared, "This boy's a cream puff
No guts and no muscles
No spine and no stuffing"
The whole schoolroom sniggered
And silently thanked God it wasn't them..

But time is revenge. All the bullies grow weak
And must live with faithless women who despise them
I'll be in Barbados in a couple of weeks
With a rum on the table and yarns by the yard
A story to tell and a story to save
...unless she changes her mind
I'll trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen to much of life so the sea is my wife
And the sweet ocean clouds will look down on my boat tonight

The wind changed
I felt it run beneath my ear
Like silk drawn across my neck
A dream of your legs
Defying gravity in love

The medium wave
Brought signals here from far away
Your tender voice riding on the sea spray
Something in the air
For those who know the signs
Something in the air
A storm...

When I was alive
When I was alive
Don't wanna remember
When I was alive

Watch me watch me
Paint this picture
Stretchin Hurtin Cursin
Watch me
Takin it Takin it Takin it Takin it....
Watch me. Watch me. God above..

Between two planets
In between the points of light
Between two distant shorelines
Here am I

Between two planets
In the black daylight of space
Between two heavenly bodies
The invisible man.
Ripping out the radio
I want to be alone

"You can take all the boys and the girls in the world
I wouldn't trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen too much of life
So the sea is my wife and a sweet Ocean Cloud is a mistress I'm allowed
I've seen too much of life
So the sea is my wife
And the sweet ocean clouds will look down on my bones tonight. 



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miércoles, 7 de mayo de 2014

Locked out: Hoy hice lo más loco de mi vida.

Hoy traigo un poco de humor al blog, que últimamente estaba demasiado seria y abatida por problemas personales y diversas comidas de coco.

Me pasó esta tarde esto que voy a contar y lo escribí en inglés para un foro en el que participo... me quedó tan gracioso que he decidido escribir la versión en español. No me hago responsable del resultado, yo lo advierto...

Por cierto, “locked out” es la expresión inglesa para decir que te has quedado fuera de casa sin llaves y no puedes entrar. Sí... por lo general prefiero el español para expresarme, sobre todo para mi trabajo literario, pero hay palabras que son mucho más específicas en inglés. Empiezo...

“Dos días atrás mi madre me dijo por teléfono que tenía que regar una planta concreta del porche del chalet en el que vivimos. De pronto me acordé y pensé que era hora de hacerlo, no fuera que la dichosa planta fuera a morirse por mi culpa (siendo vegetariana eso me traería un gran remordimiento de conciencia). Así que, justo después de meter mi estupendo bizcocho de naranja y chocolate en el horno, cogí la regadera, la llené de agua, y me dispuse a salir al porche. Tenemos dos puertas: la gorda blindada y la de fuera que es de color blanco con cristales cuadrados que normalmente no cerramos con llave. Al salir, mi gata se vino detrás de mí y quería escabullirse fuera, así que la dejé porque en esa zona no hay peligro, hay un largo pasillo hasta la puerta metálica de entrada, y de todas formas no se va muy lejos porque es una miedica. Regué la planta y después me fui al jardín trasero a regar más plantas. Como todavía me quedaba algo de agua, decidí vaciarla en la misma planta del porche, y ya de paso darle a un toque a la gata para que se metiera en casa. Noté que hacía algo de viento y podía haber corriente, así que cerré la puerta blanca. O eso creí. Por alguna extraña razón (nunca la he visto así), mi gata estaba paralizada en la mitad del pasillo, asustada por los ladridos del perro del vecino. Así que acabé de regar la planta y me dispuse a ir a por ella. Justo en ese momento oí un ruido a mi espalda y al volverme vi que la puerta se había abierto (sí, sucede a veces, pero yo pensé que la había cerrado con la fuerza suficiente). Sin tiempo ni para pestañear, la otra puerta (la gorda) hizo “¡BUM!” y se cerró también.


En ese momento, palidecí... o al menos sentí toda la sangre de mi cuerpo irse a los pies... o más lejos. Durante unos eternos minutos estuve pensando en qué hacer a continuación. Tal vez pueda abrir la puerta del garaje... mala suerte, el mando del garaje que tengo en el coche (aparcado en la calle) es el antiguo, y de todas formas no tengo las llaves del coche. Intenté hacerlo manualmente de todos modos, pensando que por alguna especie de milagro podría abrirla, pero lamentablemente no se me concedió la fuerza de Ironman. Miré en mis bolsillos, “¿Seguro que no has cogido las llaves (como he hecho otras veces)?” Mala suerte... Quizá pueda hacer un viaje astral, atravesar la pared y abrir la puerta del otro lado... ah, no, que desde el astral no puedo tocar las cosas, o al menos no aún, con toda la energía que hay que reunir para hacer eso (vale, esto no lo pensé en su momento, es el producto de mi imaginación según escribo esto).

Así que... casi enjugándome las lágrimas y aceptando tal infortunio, tuve que recurrir a la única alternativa que me quedaba: pedir ayuda a mi vecina. Sí, esa vecina que todos tenemos y simplemente odiamos sin una razón especial, más que por tener a alguien a quien ni siquiera conocemos para criticar... ahora va a tener ella una razón para reírse de mí durante años, ¡maldita sea! Una rubia de bote cuya edad ronda los 60... largos, (aunque las arrugas en su cara bien podrían ser la prueba de que es mucho más vieja) se asoma a la ventana, preguntándose quién llama al interfono, mientras su perro sigue ladrando. Le digo por gestos que baje porque tengo un problema. Temo que mi nerviosa gata se escape, esta vez a la calle, pero por fortuna continúa paralizada, así que cierro la puerta metálica de entrada también, después de contarle mi problema a la vecina y decirle que tal vez pueda encontrar la forma de saltar desde el jardín.  

Esto es posible porque tenemos un jardín trasero comunal, y más puertas metálicas en la parte de atrás. Alrededor de mi jardín trasero hay una valla metálica que mis padres limpiaron de enredaderas hace tiempo. Mientras mi vecina va a por una escalera de mano contemplo el enrejado de alambre y pienso “Bueno, he visto a Scully escalar vallas similares, no veo por qué yo no podría hacer lo mismo, zapatillas de estar por casa incluidas...” Analizando la situación, decido que la mejor parte para intentarlo es por la puerta metálica verde, porque por la parte de dentro tiene como unas cornisas donde puedo apoyar el pie. Mi vecina pone la escalera justo al lado de la puerta, yo subo al punto más alto y vuelvo a mirar hacia arriba: “Dios, sigue estando demasiado alto”.


―¿Qué, cómo lo ves? ―pregunta mi vecina. Como otros aventureros que se hayan quedado encerrados dentro o fuera de casa saben, en esos momentos toda tu vida pasa por delante de tus ojos. “¿Qué otra opción me queda?”, pienso. La perspectiva de llamar a un cerrajero que sonreirá y mirará con lascivia mis piernas (llevo puesto unos pantalones cortos, calcetines y zapatillas, y ya está resultando bastante difícil esconder mi vergüenza ante la rubia) es realmente aterradora... los bomberos viniendo porque mi estúpido bizcocho empieza a arder es aún más aterrador (ahora que pienso con calma sobre esto, mi padre me dijo que el nuevo horno se apagaba automáticamente cuando pasaba el tiempo programado, así que quizá era poco probable que eso pasara... pero claro, ponte a pensar con frialdad cuando sabes que tienes papeletas para que las cosas vayan aún peor)... y mi gata siendo engullida por el perro de mi vecina... ¡eso nunca me lo podría perdonar!

Me decidí en unos dos segundos. Temiendo que me iba a matar o que al menos me rompería una pierna, obligué a mi pierna derecha a levantarse y la coloqué sobre la valla, ante la perpleja mirada de mi vecina. Después conseguí elevar el resto de mi cuerpo y me coloqué a horcajadas sobre la valla. La peor parte estaba hecha. Entonces comencé a bajar mi pie lentamente hasta alcanzar la primera cornisa. Mi zapatilla derecha se cayó antes de que llegara a posar el pie... y temí resbalarme con mi calcetín sobre el metal. Finalmente conseguí apoyar los dos pies.

―Chica valiente ―dijo mi vecina. Nunca me podría haber imaginado que estaba en tan buena forma como para hacer eso. Pero reconozco que le eché un par de... vale, diré de ovarios pero en realidad tengo en la cabeza los atributos masculinos. Temblando, le di las gracias a mi vecina y bajé totalmente. Tuve la grandísima suerte de que había dejado una ventana abierta en el jardín, si no sí que me habría quedado fuera de verdad. Corrí a la puerta de entrada, encontré a la gata, comprobé que el bizcocho estaba perfectamente y subiendo que daba gusto, y di un fuerte suspiro de alivio...

Ahora el aspecto de mi pierna izquierda parece indicar que mi gata y yo tuvimos la peor pelea de nuestras vidas... y no tengo ni idea de cómo me hice esos otros arañazos en algún que otro lugar innombrable de mi piel... y ahora sé por qué los guerreros no sienten las heridas cuando están en combate, y sé cómo pude hacer ciertas locuras en otros tiempos... ¡La h***!   

La verdad es que si pienso que esto es lo más loco que he hecho en mi vida, me dan ganas de llorar..."

martes, 29 de abril de 2014

Esclavo.

Despertó tumbado boca abajo sobre la tabla de madera, semidesnudo, el cuerpo tenso y magullado, las manos con restos de sangre que el agua fría no había arrastrado consigo, el ojo derecho hinchado y pegajoso debido a las costras de suciedad y pus que se habían formado. Se sorprendió de que no le hubieran molestado... supuso que no es que les importara mucho si vivía o moría, tal vez solo sabían que se encontraba demasiado débil y enfermo como para poder levantar el martillo con el que rompía las rocas de la cantera. Un esclavo vivo siempre era más útil que un esclavo muerto.

También se sorprendió de haber sobrevivido a la noche. Sus heridas no eran muy profundas, pero la voluntad de vivir menguaba cada día igual que los músculos de sus brazos, tan fuertes y poderosos en un tiempo que cada vez era más difícil traer a su memoria. Había descubierto que la falta de voluntad no mataba, al menos no rápidamente. Y día tras día sus ojos se abrían a un mundo en el que ya no se reconocía a sí mismo, en el que no sabía quién era... Le habían permitido conservar su nombre (Nicodemus), pero eso era lo único que le quedaba...

Tal vez habría sido mejor que el filo de la espada hubiese acabado su trabajo. De rodillas en la tierra, con su cabeza fuertemente sostenida por alguien a quien no podía ver, tirándole de los cabellos hacia atrás para exponer su cuello... aún podía sentir la presión de la hoja sobre su piel, aún podía escuchar los gritos de la muchedumbre convertidos en sordo murmullo en sus oídos, aún percibía el tiempo detenido en el aire. Solo era plenamente consciente de que entre la muerte y él no había nada. No entendía muy bien qué había pasado. Se sentía al borde del desmayo y las voces de los hombres que discutían sobre qué hacer se habían convertido en palabras ininteligibles. No recordaba muy bien cuáles habían sido sus pensamientos en esos momentos. No quería morir... pero tampoco le hubiese importado mucho perder la vida. Solo sabía que la torre rubia que medía una cabeza más que él y tenía un aspecto mucho más saludable, le había vencido. Había llegado unos días atrás, confuso y cabizbajo como todos, mirando embobado las cadenas de hierro como si no supiera cómo habían llegado hasta ahí... Llegó a pensar que se suicidaría, o que se revolvería contra los captores pensando que su fortaleza le iba a servir para algo. Pero posiblemente era más inteligente de lo que parecía... o más cobarde. Sus ojos azules siempre le habían mirado desafiante, y Nicodemus siempre había evitado esa mirada. A pesar de no sentir ninguna simpatía hacia él (solo era alguien más con quien repartir las escasas raciones de comida), tampoco había sentido ninguna necesidad de luchar contra él. Pero él no había tenido ningún poder de decisión sobre ello. Ya no podía decidir sobre nada.

Una vez que la torre rubia le hubo derribado y estaba a punto de darle el último golpe que le dejaría inconsciente (muerto no, porque con aquellas armas habría necesitado algo más de tiempo, unas cuantas estocadas más, y mucho más estómago), unos hombres le apartaron y trataron de aplacar sus ansias de muerte, cegado por el fervor del combate, mientras que a Nicodemus le rodearon en parte para protegerlo, y en parte para dejar que otros decidieran si le había llegado o no la hora. Le sostuvieron de los brazos y le obligaron a incorporarse, y uno de ellos parecía dispuesto a cortarle el cuello si así se lo ordenaban.

Nunca supo qué es lo que le salvó... o lo que le condenó a seguir viviendo una vida en la que se veía obligado a arrastrarse sin cesar, en la que se levantaba y se acostaba por inercia, y daba gracias a los dioses por la inconsciencia que el sueño le otorgaba cada noche, si es que el hambre o el frío le permitían dormir. La escasa luz que atravesaba la ventana del dormitorio le deslumbró, y al ponerse en pie avanzó tambaleándose hasta el recipiente con agua que había sobre una repisa en el rincón. Las cadenas de los tobillos parecían pesar diez veces más que cualquier otro día. No recordaba cuándo se las habían vuelto a poner... tampoco recordaba cómo había llegado al catre. Agradeció la soledad. Intentó deshacerse de la suciedad y las costras, pero allí no había agua suficiente para reblandecerlas. Notaba los embates de la fiebre... y sabía que si alguien no cuidaba de sus heridas como era debido, evitarle la muerte el día anterior solo habría sido una pérdida de tiempo. Una vez más, se preguntó qué sentido tenía todo aquello. Qué sentido tenía seguir viviendo...

¿Acaso debía tener sentido? ¿Lo había tenido alguna vez? Si se esforzaba por ver a través de la bruma, aún podía traer a su memoria un pasado no mucho más brillante, no mucho más alentador... pero al menos sabía por qué luchaba, y se sentía orgulloso de hacerlo. Ni siquiera los guerreros a caballo le habían amedrentado, y entre el chocar de aceros y la resistencia que habían presentado bajo sus escudos, había llegado a pensar que si aquél iba a ser el fin, se iría con una sonrisa en sus labios, pues había hecho todo lo que había estado en sus manos por defender su tierra y a los suyos. Lo que no sabía entonces es que hay tragos más amargos que la muerte, y la esclavitud es uno de ellos. La maza le podía haber hundido su cráneo y acabar con todo sufrimiento. En su lugar se encontró con pies y manos inmovilizados, el miedo constante a ser dolorosamente castigado, y una terrible sucesión de días y noches vacíos de la más mínima piedad como única expectativa. Aún así no podía de dejar de aceptar el cuenco con esa masa blancuzca y aguada que le ofrecían cada noche... como si prolongar aquella eterna agonía fuera más aceptable que abandonarse a la muerte por inanición. Elegir entre el miedo a morir o el miedo a vivir nunca fue fácil, pero el instinto de supervivencia de un cuerpo tangible siempre fue más fuerte que las escenas oníricas que los sacerdotes representaban en sus templos de un más allá del que nadie había vuelto... que él supiera. A veces se preguntaba si eso significaba que aún le quedaba alguna esperanza de recobrar la libertad... por nimia que fuera. Pero un rápido vistazo a las cadenas que erosionaban su piel de las muñecas y a los cadáveres que se balanceaban a la entrada de la ciudad, compañeros convertidos en carroña para los buitres, le recordaba que no podía tener esperanza. Hasta de ella le habían despojado.

sábado, 5 de abril de 2014

Vida rota.

Una gota de sangre resbaló por su antebrazo y terminó por caer en el agua, dispersándose y haciéndose invisible entre miles de gotas transparentes. El vapor ascendía desde la superficie, la jarra de agua que habían vertido en la bañera estaba bien caliente cuando la habían retirado del fuego, como ella había ordenado. Después de que su criada se hubiese retirado, fue cuando dejó que todas las barreras cayeran y las lágrimas comenzaron a brotar. No es que el servicio doméstico no estuviese al corriente de la situación, pero se habían acostumbrado a vivir en un silencio cómodo para todos, acompañado a veces de compasión, una compasión fría e inútil que se reflejaba en las miradas huidizas que la dirigían en presencia de su marido, el señor de la casa, aquél al que todos debían respeto y obediencia... incluida ella, claro está, devota y fiel esposa del hombre que habían elegido para ella.

Y el alfiler que utilizaba para sujetarse el moño, tirante y perfectamente sujeto, para no dejar ni un solo mechón de cabello negro y rebelde a su antojo, había resultado muy útil para...

¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Qué pretendía infligiéndose ella misma ese corte en su antebrazo izquierdo? ¿Deseaba morir? ¿O quería demostrase a sí misma que aún estaba viva? ¿Era su llamada desesperada de auxilio, el último grito que se atrevía a proferir, aun sabiendo que nadie a su alrededor la escucharía o acudiría para salvarla?

¿De qué iban a salvarla? Después de todo vivía con un hombre elegante y educado, de buena familia, que gozaba de gran prestigio en la ciudad y que había procurado que no le faltase de nada. No tenía razón alguna para estar descontenta o desear estar en otro sitio.

Y sin embargo... se había sentido como en una prisión desde el día que atravesó el umbral de aquella casa. La casa de sus sueños, con un porche en la parte trasera y un columpio en el que pasar las horas muertas tomando un té con pastas, cosiendo las iniciales de su amado en los calcetines y en otras prendas íntimas... o simplemente observando al perrillo de lana blanca juguetear en el jardín. Había paseado bajo una sombrilla con sus amigas en las tardes de primavera, y todas le habían asegurado que había tenido mucha suerte el día en que su futuro marido la vio bajar del coche de caballos y dirigirse al club donde las señoritas de su edad se reunían para charlar. Se había quedado prendado de ella, sin ni siquiera saber que aquella joven de apenas quince años era la hija de uno de sus mejores clientes. Y su padre no pudo declinar la tentadora oferta... Aunque ella hubiese preferido ser la prometida de un joven estudiante al que hacía tiempo le había echado el ojo, y aunque le disgustó sobremanera no tener ningún poder de decisión, acabó por aceptar su destino. Después de todo, los mayores sabían lo que hacían...

El sueño se rompió la misma noche de bodas. Y los días que siguieron fueron oscureciéndose más y más, al mismo ritmo con el que crecían sus ansias de libertad y el número de círculos amoratados en su piel. Las sombras grises bajo sus ojos ya eran imposibles de disimular bajo el maquillaje, y cuando acudía a la iglesia los domingos apenas se atrevía a alzar su cabeza aun cuando llevase el velo que cubría gran parte de su rostro. Pero el silencio de los que la rodeaban, y la soledad que la acompañaba día y noche, dolían más que cualquiera de sus golpes.

Aquel día dejó que el vapor de agua la envolviera y dejó correr la sangre como si así el dolor fuera a hacerse más débil. Eso era lo que hacían los doctores cuando el cuerpo sufría de algún mal desconocido, ¿no era así? Tal vez ella también padecía de algún mal, una enfermedad maldita que le impedía aceptar el papel que la habían impuesto y que le impedía alcanzar la felicidad que con frecuencia percibía en los pálidos rostros de las mujeres que empujaban sus carritos con sus bebés recién nacidos por el parque. Puede ser que aquel día tomara una decisión, pero el tiempo transcurrido y la bruma que hacía borrosos sus recuerdos no le permitían saberlo con seguridad. También pudo ser en algún otro momento de desesperación, encerrada entre cuatro paredes por haber sonreído al panadero y cansada de golpear la puerta con los puños.


Ahora sus manos se hallaban inmovilizadas por las muñecas, aunque el carcelero, a quien conocía bien después de meses trayéndole el almuerzo y la cena, había tenido la gentileza de no atar las cuerdas con demasiada fuerza. Su viejo y raído vestido negro hacía juego con la capucha que iban a utilizar para cubrir su cabeza. Su indiferencia y desprecio hacia las vacías palabras del sacerdote habían pasado desapercibidas para todos, y su aparente calma y la tímida mirada que le había dirigido durante la charla les hicieron creer a todos que su arrepentimiento era sincero.

Pero no, no se arrepentía. No se arrepentía ni de una sola de las muertes que había provocado. Solo podía pensar en lo que podría haber sido su vida y en lo que acabó convirtiéndose. Y tampoco podía olvidar a las decenas de mujeres que había conocido que habían tenido que pasar por lo mismo que ella. Los médicos y el juez podían decir lo que quisieran, pero ella era una mujer inocente. Una mujer destruida por el sufrimiento y los crímenes cometidos por hombres que jamás fueron mejores que ella, pero que nunca iban a ser castigados como habían decidido que le correspondía a ella ser castigada. Ya nada importaba. Había tenido tiempo suficiente para aceptar que el mundo era injusto y ella ya había hecho lo que había venido a hacer.

La horca la estaba esperando. Su muerte fue rápida y poco dolorosa, posiblemente decepcionante para todos los que habían acudido ávidos por presenciar un buen espectáculo. Pero para ella fue un mero trámite que la liberó de años de angustia y desolación, aunque no fue el final. Por suerte o por desgracia, la muerte nunca es el final.

jueves, 3 de abril de 2014

El amor tiene fecha de caducidad.

“No el amor verdadero”, me he dicho a mí misma... Pero, en realidad, ¿existe el amor verdadero? ¿Qué es al amor verdadero?

“Creo en la vida eterna”, me he vuelto a decir a mí misma... Por tanto, ¿no debería creer también en el amor eterno? He creído siempre, desde que era una inocente jovencita que soñaba con su príncipe azul, solo para estrellarme una y otra vez contra la realidad, para ver cómo los sueños se rompen uno tras otro, porque lo cierto es que el amor no dura para siempre...

Quizá el problema es que estoy mezclando el amor humano con el Amor con mayúsculas, y así solo cabe la decepción, porque los seres humanos nos vemos obligados a vivir por un tiempo más o menos largo en un mundo finito, donde nos acostumbramos a ver cómo todo lo material nace y muere, nace y muere... y el amor no iba a ser menos. Especialmente cuando se mezcla con hormonas, atracción física, y una serie de emociones exclusivas humanas como son la necesidad de afecto,  la comprensión, el apoyo mutuo... pero también los celos, los deseos de independencia, el querer compartir tu vida con otra persona pero no con toda su familia... qué os voy a contar. Pero al final, como con muchas otras cosas, hay que mirarlo desde otra perspectiva. Mientras somos humanos viviendo en cuerpos humanos, no nos damos cuenta de que todas las experiencias están ahí por algo. Cuando se acaba, se acaba... igual que una vuelta en la montaña rusa. Has pasado vértigo, miedo, te has querido bajar, pero en el fondo, has disfrutado. Y puede que pase un tiempo antes de que te vuelvas a subir, pero lo volverás a hacer. Igual que la vida.


Lo bueno es que nada se acaba, aunque nos lo parezca. El amor y el odio son emociones humanas, y aunque ahora parezca complicado, un día cuando miremos atrás recordaremos solo los buenos momentos, y quizá esperaremos reencontrarnos en un futuro lejano, muy lejano... Los amigos van y vienen, los amantes van y vienen, y los enemigos también. Y lo mejor es que fuera de esta ilusión terrestre, el Amor con mayúsculas es el que prevalece, y ahí fuera nos da igual (o al menos tiene menos importancia) lo mal que lo hayamos pasado. Estoy segura de que todo tiene un porqué, de que nuestros ojos humanos nos engañan continuamente, y de que algún día lo comprenderé.

O, tal vez, solo estoy tratando de consolarme a mí misma. Porque, pensándolo bien, ahora mismo estoy jodida. Aunque posiblemente no por las razones que serían de esperar. En todo caso, pasará. Esta vez no me va a llevar más de doscientos años, lo prometo.

viernes, 21 de marzo de 2014

Publicando en Amazon (2).

Como prometí, aquí están las fotos de mi primera novela, "La Operación Fantasma", con la portada nueva y definitiva (al menos mientras no se haga una nueva edición). He de decir que me ha quedado realmente espectacular, las fotos no le hacen justicia...

¡Ya me siento realizada como escritora!






sábado, 1 de marzo de 2014

Publicando en Amazon.

O, lo que es lo mismo, autopublicándonos, que es casi la única alternativa que nos queda a los autores noveles para ver nuestro libro impreso (la otra alternativa es tirarnos por un precipicio, pero eso no va a solucionar nada, podéis creerme).

Los seguidores habituales del blog habréis notado cómo ahora sigo estando desesperada, pero al menos ya tengo mis novelas publicadas, lo que da una gran satisfacción personal, aunque dinero, no mucho... al menos de momento. Dicen que es cuestión de paciencia... y moverte un poco, porque si no publicitas, no haces contactos, no haces... algo, poco vas a vender. Aunque, yo, con mi habitual visión pesimista de la vida, he de decir que dudo mucho que moverse sirva para algo, viendo lo que he visto en algunas redes sociales y en el propio foro de Amazon para escritores desesperados, donde pocos hay que digan “¡Qué pelotazo ha sido publicar en Amazon!” Pero bueno, al menos nos ha salido gratis (o casi), y no hemos tenido que aceptar las irrisorias (irrisorias por no ponerte a llorar) ofertas que hacen algunas editoriales a los que estamos empezando.

En realidad, llevo con ganas de despotricar sobre las editoriales desde que abrí el blog, pero como entonces no tenía muy claro qué iba a pasar y aún tenía la remota esperanza de que alguna editorial se interesaría por mi magnífica obra, me parecía un poco como cavar mi propia tumba... o mejor, morder la mano del que me iba a dar de comer. Ahora, francamente, ya me da igual. He decidido retomar mi espíritu rebelde (lo cierto es que no lo perdí nunca... si acaso se hace más fuerte con los años) y despotricar contra quien haga falta. Después de todo parece que el rollito Risto Mejide suele tener éxito en la televisión, a pesar de que a mí ese tipo no me termina de caer nada bien, sea o no un personaje que se ha montado. Como muchas otras cosas en la vida, parece que todo se reduce a estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado... y con los padrinos adecuados. Aunque... si he de ser sincera, a mí me da igual llegar a diez lectores o llegar a diez millones. Ya sé que no me voy a hacer rica con esto, o al menos, la probabilidad de hacerme rica escribiendo es la misma que la probabilidad de que me toque la lotería o la de encontrar un trabajo decente en España en estos momentos. Con que esos diez lectores disfruten leyendo lo que escribo, me es suficiente. Y la independencia tiene un precio, además de ser algo solitaria...


Pero no quería ponerme muy negativa hoy, que ya llevo negatividad suficiente en mis entrañas como para construirme mi propio infierno. Hoy solo quería contar cómo ha sido el proceso de publicar mis novelas y animar a todos los escritores desesperados que caigan por aquí a hacer lo mismo con sus obras. Primero, porque aprendes y creces un montón como escritor durante el proceso, si lo haces bien y con responsabilidad. Y segundo, porque el resultado merece mucho la pena, consigas venderlo o no.

Todo empezó cuando, visto el entusiasmo desmedido que habían mostrado la veintena de editoriales a las que había enviado mis manuscritos, decidí tirarme a la piscina y hacerlo yo misma. Yo misma de verdad... porque antes de considerar esta opción, tienes la de engañabobos de las susodichas editoriales que te hacen una estupenda oferta de “autopublicación” que consiste nada más y nada menos en gastarte medio sueldo (bueno, casi un sueldo ahora que cada vez ganamos menos) en editar los libros que quieras para que luego te los envíen en una bonita caja de cartón y te los comas todos con patatas. Para ello intentan aprovecharse de tu desmesurada ilusión por ver tu libro publicado, porque ellos piensan que ésa es la ilusión de todo escritor... cuando no, señores editores: la ilusión de todo escritor es ganarse la vida escribiendo. Esto, llevo comprobado ya en varias vidas, es solo un sueño utópico que muy pocos alcanzan (me imagino que hay un calvo como el de la lotería que te va tocando con una varita mágica y operando el milagro)... pero bueno, por intentarlo que no quede. Eso sí, yo recomendaría que te andes ojo avizor y que no se te ocurra doblar las rodillas ante ese tipo de ofertas, solo porque “tu ilusión es ver tu libro publicado”.   

Así que, al final solo te queda hacerlo tú mismo. He de decir que no es tremendamente fácil, pero sí que es más fácil que escribir una novela de quinientas páginas, eso está claro. Y, aunque con sus luces y sus sombras, hay que reconocer que la plataforma de Amazon CreateSpace (y supongo que habrá más, si no ahora, ya surgirán en el futuro) nos lo pone bastante fácil si nunca has creado tu propia portada o nunca has formateado tu propio libro. No voy a poner las páginas que yo utilicé como base, con un montón de consejos útiles, porque con una sencilla búsqueda en internet podéis encontrar toneladas de información... y además luego me di cuenta de que en el propio CreateSpace ya tenía todo lo que necesitaba (o casi). Así que adelante, solo tenéis que abriros una cuenta y empezar... siempre que tengáis el libro bien acabado, corregido y releído al menos doscientas veces, y unas cuantas más por lectores invitados como un hermano o un amigo que se haya presentado voluntario (cualquiera sirve siempre que no le importe poner tu libro a caer de un burro, preferimos la sinceridad a que no digan lo que piensan por no quedar mal). Vale, esto depende del nivel de perfeccionismo de cada uno, y yo soy muy perfeccionista. Además siempre se me dio bien la redacción y la ortografía... recuerdo que cuando era niña me dijeron que escribía oraciones muy largas, eso fue lo peor que me dijeron. Y a veces lo sigo haciendo, solo por llevar la contraria... aunque luego cuando lo reviso al final claudico y sustituyo comas por puntos, porque reconozco que a veces se hace difícil seguir el hilo. Se me olvidaba que también es conveniente que tu libro esté inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual que más cercano te quede de casa... porque siempre puede ocurrir que no te hayas dado cuenta del enorme potencial de lo que has escrito y que algún caradura se lo quiera atribuir como propio, con el sudor y las lágrimas que te ha costado sacar todo eso de dentro.

Ah, no he dicho que antes de llegar a CreateSpace, mi idea era publicar las novelas solo en formato electrónico. De hecho, ni siquiera había pensado en Amazon. La idea era subirlo de alguna forma a mi blog para que los lectores pudieran adquirirlo por un módico precio. Esto exigía hacer determinados arreglos informáticos que no controlaba bien... y eso de “subirlo” a la red no me daba muy buenas garantías en cuanto a la piratería. Pero cuando empecé a investigar, encontré lo de los libros electrónicos de Amazon, y más adelante a una autora de novela romántica que hablaba muy bien de CreateSpace... y por otra parte, yo siempre he pensado que muchos lectores siguen prefiriendo el libro en papel, mi ilusión era tener el libro en mis manos, no un archivo pdf, que para eso ya tengo el mío (y mucho más bonito), y además, al estar disponible en dos formatos, tendría más posibilidades de darle salida. Leí que era algo más complicado... pero no, la verdad es que cualquiera puede hacerlo, aunque al principio te suponga unos pocos quebraderos de cabeza. Así que al final decidí probar.


Básicamente, lo primero que tienes que hacer es elegir el tamaño del libro y el acabado de la portada. Luego subes el interior y ellos te lo corrigen casi al momento. Puedes descargarte unas plantillas en función del tamaño y ahí copias tu texto. Y si quieres puedes añadir algunos adornos básicos a poco que sepas del Word. Cuanto más básicos mejor, sobre todo si quieres publicarlo luego en ebook, porque ahí todos esos adornos solo te van a molestar y tendrás que quitarlos. Pero bueno, para mí lo más importante era el libro impreso, así que no me compliqué mucho pero al menos le puse unas fuentes chulas. Y a pesar de lo perfeccionista que soy, me tocó corregir algunas erratas y volverlo a enviar unas cuantas veces, así que el resultado final depende solo de lo precipitado/descuidado/vago que seas y de tu nivel de exigencia. Yo esto lo cuidaría mucho porque por algo queremos que nos consideren profesionales, y porque pienso que la calidad de los libros autopublicados es fundamental a la hora de que los lectores los valoren o no, pero bueno, esto escapa a mi control, así que cada uno actúe como crea conveniente.

El diseño de la portada es sin duda lo más complicado. Si no te gusta nada el diseño o eres muy torpe manejando programas informáticos tipo Photoshop o GIMP, es mejor que se lo encargues a alguien. Yo me descargué el GIMP y me busqué la vida, así directamente. Las primeras portadas que hice fueron siguiendo las indicaciones de alguien en su blog para libros en formato electrónico... pero básicamente me sirvieron para lo que pedían luego en CreateSpace. Durante el transcurso de una semana estuve probando y probando, averiguando cómo se utilizaba el programa, porque nunca antes había utilizado nada similar. Me busqué unas fotos acordes con el contenido de la novela, y conseguí acabar varias portadas. Como poco a poco mi técnica iba mejorando, y además caí en la cuenta de que no podía utilizar cualquier foto, sino solo aquellas sin copyright, a no ser que consiguiera el permiso del autor, tuve que cambiarlas varias veces. Pero creo que al final el resultado ha merecido la pena. Para alguien que nunca había hecho portadas antes, no están mal, ¿no? Aunque, claro, también es cierto que poseo un sentido artístico innato que muchos quisieran para sí... (es broma).

Una vez que los de CreateSpace dan su visto bueno, que es todo bastante rápido, tienes que volver a revisarlo online, y si quieres, pedir una prueba impresa por si hay algún error que se te haya pasado desapercibido... y sí, por muy bien que creas que lo hayas hecho, siempre hay alguno. Esto es lo que más tiempo lleva. Tanto que mientras esperaba a recibir el libro (me pilló en medio de las fiestas navideñas y por eso se retrasó un poco más), aproveché para publicarlo en formato electrónico, que ya no tiene nada que ver, porque es mucho más fácil y rápido. La portada te sirve igual, y en el interior solo tienes que eliminar todos los adornos innecesarios... aunque ellos mismos lo adaptan y tal vez no tengas ni que tocarlo. ¡Y ya está! Ahora a esperar que alguien se interese... el marketing es aburrido y no voy a aprender nunca, así que de eso no voy a decir nada.


La emoción al recibir el libro por fin impreso es indescriptible... Cuando recibí mi primera prueba de “La Operación Fantasma”, el tamaño de la letra me pareció un poco pequeño... y como por ese entonces había recibido respuesta de un ilustrador diciendo que podía utilizar su dibujo sin problemas (se había retrasado un poco y por eso había enviado esa otra portada), decidí cambiarlo todo otra vez: agrandé el tamaño de la letra, y le puse una nueva espectacular portada... Aún no sé cómo habrá quedado, pero estoy segura de que cuando la vea se me van a caer las... bueno, algo se me va a caer. Mientras, esto es lo que podéis ver: miradlo bien porque puede que dentro de veinte años sea un preciado tesoro de coleccionista y alcance un precio desorbitado en ebay, ya que va a ser el único ejemplar existente de “La Operación Fantasma” con una portada alternativa.



Y, a pesar de ser la segunda novela, recibir “La Espiral de Marfil” fue aún más emocionante. Como ya me sabía lo de la letra, la puse con el tamaño adecuado desde el principio, y la portada parece aún más profesional... estoy realmente orgullosa del resultado:




Y esto es todo... Estoy deseando firmar ejemplares en la próxima Feria del Libro, así que si no me patrocina nadie, no sé, a lo mejor me monto mi propio puestecillo de estrangis y aguanto hasta que la poli me eche... Eso sí, tendréis que encargarme antes los libros o traeros el vuestro propio para que yo os lo dedique.

Y si hay algún escritor desesperado por ahí que quiera contratarme para hacer su portada o corregir su manuscrito, que me deje su dirección de correo electrónico y quizá podamos llegar a un acuerdo. No soy el equipo A pero soy casi igual de multifacética...

Los que quieran leer mis novelas, las tenéis aquí.

Y si queréis echar una mano a un grupo de Indies desesperados, visitad LetraHeridos y leed (y comentad en Amazon) alguna novela. ¡Os lo agradeceremos!

jueves, 20 de febrero de 2014

Dying.


Music fading, bombs exploding
Fire burning, souls are crying
The street lights are not enough
The sounds of night are not enough
I wish I could forget
But the corpses… they’re all there

Silent screams stalk me in my dreams
Make me weep and I can’t sleep
Emptiness has dragged me here
And now I can’t escape from fear
Don’t want to feel
Don’t want to live

Hollow voices… they say nothing
Ghostly faces… they see nothing
Disturbing eyes… they feel like ice
Darkness and numbness,
come along with my silence

In a world of madness,
you can only embrace sadness
When life is meaningless,
you’d better lose consciousness
When death is a precious gift
you can’t resist… and you go for it

The needle pricks...  and I get my wish
Peace is flowing through my veins
No more terror, no more blood
One more shot… and my heart stops

You can’t die...
when you are dead.


Fuentes de inspiración: 
Marillion's "Fugazi" and "The Opium Den"... and, of course, Fritz.

martes, 18 de febrero de 2014

El Ángel de la Muerte (13).

Tot le pasó el martillo de brujas para que lo guardara en la caja de herramientas y Leuche lo observó un momento maravillado de lo que era capaz de hacer.
―Se parece al martillo de Thor ―dijo con una voz llena de admiración―. Me enseñarás a utilizarlo, ¿verdad?
―De verdad, eres como un niño, Leuche. ¡No lo manosees más, eso no es un juguete! Y no somos superhéroes que vamos por ahí salvando vidas de... de... bueno, salvando vidas.
―¿Eso crees?
Por un milisegundo Leuche pensó que su compañero iba a sonreír... pero no lo hizo. Aún así, juraría que el brillo en sus ojos había sido de orgullo.
―Bueno, vale... pero ¿me enseñarás?
―Ya veremos.
Tot ya se alejaba hacia la portezuela del acompañante, mientras Leuche se aseguraba de que la caja de herramientas quedaba bien sujeta y el cuerpo etérico del suicida no se había movido de donde lo habían dejado. Luego se metió en el coche, arrancó y metió la primera marcha. Tot programó el GPS para que no le fuera difícil encontrar el camino a casa a través de los siete planos del astral y los innumerables subplanos.
Al principio no hablaron mucho. Las voces de las almas atormentadas, la atmósfera lóbrega de las alcantarillas y sobre todo el estado de ánimo que aún envolvía al muerto y que invadía todo el interior del automóvil, pesaban sobre sus corazones. Los suicidios nunca eran fáciles... y eso que este no había sido de los peores. Tenían ganas de salir de allí y olvidar el mal trago. Al cabo de un rato Leuche decidió decir algo para alejar las malas sensaciones.
―Oye, Tot, si fueras a reencarnar, ¿qué te gustaría ser esta vez? ―al decir esto encendió la radio y movió el dial hasta encontrar una canción de rock... necesitaba relajarse. Y entonces comenzó a agitar la cabeza rítmicamente. "The trooper" de los Iron Maiden era como una inyección de adrenalina en las venas...
Tot le miró con el ceño fruncido y volvió a mover el dial a la posición donde estaba antes. Una preciosa composición a piano de Chopin comenzó a sonar. En ningún momento desvió la atención de los posibles bucles espacio-temporales en los que podían quedar atrapados en el astral. No se acababa de fiar de la forma de conducción de Leuche.
―Pues... no sé. He sido ya tantas cosas... ―su voz sonó algo cansada.
―Bueno, pero seguro que podrías encontrar algo...
―No sé... me da un poco de pereza empezar otra vez desde el principio: elegir la vida que voy a llevar, seleccionar a mis padres, volver a nacer, estar allá abajo sin saber de qué va la historia...
―Pero es divertido, ¿no?
―¡Cuidado!


Leuche tuvo que dar un volantazo para evitar una masa gigante de elemental del pensamiento con la que estuvieron a punto de chocar. En cuanto se recuperó del susto, Leuche aprovechó que Tot aún no había recuperado el color y cambió una vez más la emisora. Sonrió al reconocer la melodía de “Highway to Hell” de ACDC. Era una de sus canciones favoritas... aunque no tanto como “Burning down” de Arena. Ésta todavía le producía escalofríos... a pesar de que lo lógico hubiese sido lo contrario. Un momento. ¿Qué era lo contrario a un escalofrío? ¿Un escalocaliente? ¿Tal vez llamas de fuego lamiendo tu piel? Se sacudió el pensamiento y recordó la pregunta que le había hecho a su compañero.
―¿No es divertido?
Tot se encogió de hombros.
―Psé... Supongo que sí, a veces...
―Bueno, ¿y qué serías? Así, sin pensar mucho.
―Me dedicaría a buscar una ciudad perdida en la selva.
―¿De veras? ―Leuche sonrió. Nunca se habría imaginado a Tot a lo Indiana Jones intentando ahuyentar a un grupo de serpientes con un látigo―. ¿La selva del Amazonas? Creo recordar que no quedaba mucho de ella en una de mis últimas vidas...
―El siglo XXI fue una ruina para todos.
Un gruñido les llegó desde los asientos traseros... o quizá del maletero. Tal vez el muerto se estaba despertando por fin.
―Mira a ver qué le ocurre a ese. Espera que te sujeto el volante ―le ordenó Tot. Y cuando Leuche se estiró hacia atrás para ver qué pasaba, Tot aprovechó para cambiar con la otra mano a Chopin.
―No, está bien ―contestó Leuche―. Debió ser el bache de energía negativa condensada.
Recuperó su posición y notó que algo había cambiado, pero no cayó en la cuenta de qué era.
―Así que explorador... ―dijo―. Yo una vez viví en la selva, pero me arrancaron el corazón y me arrojaron a un pozo negro que parecía no tener fondo, aunque estaba hasta arriba de huesos...
De pronto reparó en el piano que sonaba y adelantó la mano para...
―¡¡Ay!!
A pesar de tener una mano inmaterial el golpe sonó como un auténtico cachetazo en la mejilla.
―A ver, que te quede bien clara una cosa ―anunció Tot, todo serio―. Mientras yo sea el veterano aquí, yo elijo la música que escuchamos.
―De eso nada, el que conduce es el que elige la música.
―¿Cómo que de eso nada? ¡Elige el jefe!
―Como aparezca el verdadero jefe, le contaré lo de tus soldaditos en horas de trabajo.
―¿Qué le contarás qué?
En los minutos que siguieron pareció que en lugar de en un Volkswagen iban en la vaina de Anakin Skywalker, asediados por rivales a ambos costados que les hacían perder estabilidad y girar en todas direcciones. Los gruñidos (ahora más bien quejidos) que procedían del maletero aumentaron en intensidad pero ninguno de los dos pudo oírlos, estaban demasiado ocupados tratando de zafarse el uno del otro... Menos mal que estaban en el astral y no era posible morir en un accidente de tráfico.  

(continuará...)
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