domingo, 24 de agosto de 2014

El Ángel de la Muerte (15).

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (14)].

Tot depositó suavemente su Luger en la mesilla de noche y se tumbó en la cama con sus manos entrelazadas en la nuca. Sus ojos se reflejaban como dos pequeños círculos de luz en el techo que se encendían y se apagaban al tiempo que sus párpados se abrían y se cerraban.... hasta que se cansó y los dejó abiertos. Era solo una costumbre pero al no tener cuerpo físico los ojos ya no le escocían si no parpadeaba. Tampoco necesitaba cerrarlos para concentrarse en su pensamiento. Por culpa de ese cretino de Leuche a la mañana siguiente tendrían que dedicarse a algo que no le gustaba lo más mínimo... y además tendrían que obedecer las órdenes de otros. Y aún no podía entender por qué, pero en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales todos se creían unos iluminados en posesión de la verdad, las normas eran aún más estrictas que para los Ángeles de la Muerte, y era imposible ser un tipo original con ideas propias. Allí no valía haber sido un filósofo o un poeta, allí contaba más la experiencia terrenal como sacerdotisa del Antiguo Egipcio, brujo en una tribu de la Amazonia, haber sido considerado un dios como Viracocha o haber sido algún cura de alguna clase, o incluso papa... ni siquiera monje servía. Debía de ser porque prácticamente todos los espíritus en algún momento habían sido monjes, y por ello eso no daba puntos extra en el curriculum vitae. La vida en el Tíbet no había estado mal, pero claro, eso no te enseñaba apenas nada sobre cómo manipular a la gente y hacerles creer en pamplinas para que hicieran lo que se suponía que tenían que hacer. No podía creer que todavía existiera ese departamento. Habían estado a punto de eliminarlo a causa de los últimos recortes presupuestarios, pero los del Consejo dijeron que era necesario en algunos planetas primitivos, y al final acabaron recortando solo en esferas lumínicas, construcción de puertas interdimensionales y en... ah, sí, en Ángeles Anunciadores. Muchos habían tenido que ser recolocados. ¿Necesario? Bueh... ¿qué esnifarían los Ancianos del Consejo cuando se reunían en ese cónclave secreto?

La luz se hizo más fuerte en la habitación cuando involuntariamente abrió aún más los ojos... De pronto había recordado que por lo general los que trabajaban en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales salían en misiones que podían durar años terrestres, fueras a encarnar o no. Para encarnarte como avatar tenías que ser un alma muy, muy, muy experimentada, así que eso le salvaba de ese trabajo, pero aún así, todos los auxiliares tenían que hacer guardias y tenían que estar preparados para la intervención en cualquier momento... ¿y si les enviaban a la Tierra y tenían que quedarse allí durante cien o doscientos años? Maldición... eso le dejaba sin tiempo. Había prometido a Skel una incursión al astral, tenía que ser antes del cumpleaños del que había sido su novio en esa vida, y el tiempo se pasaría si no lo hacían ya. Al segundo siguiente se había incorporado, había adquirido la apariencia de un soldado vestido de camuflaje incluyendo la cara tiznada de negro, y se dispuso a abrir la puerta de su habitación sin acordarse de que podía atravesarla sin más. Le solía pasar cuando estaba excitado.

Leuche depositó suavemente la cerveza Lager en la mesilla de noche y se tumbó en la cama con sus manos entrelazadas en la nuca. Mmm... cómo echaba de menos saborear una buena rubia en una Taverne de antaño. Sus ojos se reflejaban como dos pequeños círculos de luz en el techo que se encendían y se apagaban al tiempo que sus párpados se abrían y se cerraban... abrió el izquierdo y cerró el derecho, cerró el izquierdo y abrió el derecho, así un buen rato hasta que se cansó y los dejó cerrados... para qué malgastar energía. Entonces reparó en que sus pensamientos le estaban asaltando. El Departamento de Avatares y Apariciones Virginales... Sonaba aburrido de cojones. ¿Cuál sería el uniforme en ese departamento? ¿Una túnica naranja como las de los Hare Krisna? ¿Un hábito de monja? ¿Un traje negro con alzacuellos? Tal vez habría sido más divertido que ser un Ángel de la Muerte, solo que sus vidas religiosas le habían marcado profundamente y ahora no quería saber nada de avatares ni de ponerse alas en la espalda para engañar a los pobres humanos... Aún recordaba el fuego de las hogueras y a las damas de hierro, y las Cruzadas, y las persecuciones de hombres buenos. Solo en el Tíbet había conocido la paz... hasta que llegaron los chinos, claro.
Mmm... el Tíbet. A veces cuando había mirado los pies de Tot (¿qué estaría haciendo mirando los pies de Tot?... Ni idea, pero lo hacía a veces... bueno, con frecuencia) había creído ver por un segundo unas pobres sandalias, el borde de una túnica roja y un cuenco colgando de su cintura... pero no lograba ver nada más. Estaba seguro de que le había conocido en alguna parte, pero ¿dónde? Sabía que podía acudir a los archivos, pero las colas que se formaban allí siempre podían con su paciencia... Alguien le había dicho que últimamente hasta tenías que coger un numerito: D245. Y era mejor que te llevaras un libro electrónico para pasar el tiempo... que ahí sí que se hacía eterno, a pesar de no existir.

La luz se hizo más fuerte en la habitación cuando involuntariamente abrió aún más los ojos... De pronto había recordado en qué vida había coincidido con Tot. Estaba seguro... bueno, casi, pero tenía que decírselo de todas formas, seguro que él también se acordaría... Al segundo siguiente se había incorporado, había adquirido su apariencia habitual de caballero victoriano con levita y bastón y se dispuso a traspasar la puerta de su habitación, pero justo en ese momento se dio cuenta de que se le olvidaba el sombrero de copa, así que se detuvo, lo hizo aparecer en su cabeza, aplastó con él sus rizos castaños y desordenados y se teletransportó hasta el dormitorio de Tot.
Apenas sintieron cómo se atravesaban mutuamente... salvo por cierto picor generalizado y un viento desagradable en sus oídos inmateriales que les trajo una sensación parecida a cuando eres niño y tu hermano quiere darte un beso. “Quita, carapedo”. “Anda, orejas de soplillo, pues tú te lo pierdes”. “Piérdete tú, caraplátano”. “A ver si eres más original inventándote palabrotas”. “Que te pires”.
Lo malo es que eso no lo podían pensar en el mundo espiritual, porque ahí no puedes ocultar tus pensamientos. Eso sí, se dieron la vuelta y ambos parecieron alegrarse del encuentro. Bueno, a decir verdad, Tot no.
―¡Oh! Así que sales a estas horas de la madrugada ―preguntó Leuche, intrigado―. ¿Vas a ver a tu guía espiritual?
Tot frunció el ceño. Juraría que Leuche sabía que su guía espiritual había dormido en la estacada más de una vez.
―Y este aparataje soldadesco... ¿a qué se debe?
Tot le miró con trazas de ira en su rostro. No le había dado tiempo a cambiar de indumentaria. Ni siquiera la pintura negra de la cara... vamos, que le habían pillado in fraganti. Nada que no pudiera arreglarse.
―He quedado para una representación. No creo que te interese...
―¿Una representación teatral? ¡No sabía que teníamos grupo de teatro!
―No lo tenemos... es otra clase de representación. Es en la calle.
―Oh. ¿Y no puedo ir?
―No. Te tienen que invitar... y tú no estás invitado.
Leuche pareció decepcionado.
―Ya. Bueno... otro día será.
―Sí... otro día será.
Pero Leuche no se movía... y Tot no quería ser grosero.
―Oye, Tot... ¿puedo preguntarte una cosa? No tienes prisa, ¿no?
―Ya me has preguntado una, auf Wiedersehen!  
Y con un “plop” desapareció en el aire como si hubiera activado una bomba de humo.
Leuche entrecerró los ojos y cuando dejó de toser dio un profundo suspiro. Una lástima que Tot quisiera dejarle atrás. Sabía cuáles eran sus planes, la conexión mental entre ellos era mayor de lo que Tot podría llegar nunca a sospechar... Tot era muy listo, pero las últimas noticias no habían llegado aún a sus oídos: una nueva dotación de perros mutantes le había sido entregada al Cancerbero, y solo él en todo el mundo espiritual y parte del astral sabía qué había que hacer para evitar que se te tiraran a la yugular... en caso de que los habituales sobornos no funcionaran, claro está.

(continuará...)

viernes, 22 de agosto de 2014

El último amanecer.

De vez en cuando me gusta traer alguna muestra representativa de mis inicios como escritora. “El último amanecer” es un buen ejemplo, pues fui el primer relato corto que escribí. No sé exactamente cuándo lo hice, solo sé que tuvo que ser antes de 1994, y en el cuaderno donde los escribía, tengo apuntado que debió ser con 13 o 14 años. Algo que no deja de sorprenderme y estremecerme a partes iguales.

Hoy, más de treinta años después, me he dado cuenta de la trascendencia de este relato. He estado dudando dónde postearlo, porque es un (pequeño) trabajo literario, pero al mismo tiempo es mucho, mucho más. Casi nadie podría llegar a entender por qué significa tanto para mí, aunque se lo explicara y aunque supiera de verdad de lo que hablo. Pero como me ocurre con frecuencia cuando no sé dónde postear algo, al final acabo haciéndolo en todos los sitios, con diversos grados de intensidad y profundidad, porque es algo que me quema, porque es algo que me gustaría gritar a todos los vientos pero que por circunstancias diversas he de callarme, porque es como una de esas escenas de una película de terror que desearías no haber visto pero al mismo tiempo no puedes dejar de darle al rewind y luego al play, una y otra vez, una y otra vez..., porque es una de esas pequeñas pistas que tienes delante de tus ojos durante interminables años pero pasa el tiempo y la ceguera sigue ahí, haciéndote tantear las paredes de una habitación a oscuras hasta que comprendes que la única razón por la que no ves es que llevas puesta una venda sobre tus párpados.  

Está en la misma línea que “Más allá del horror”, aunque a diferencia de este último relato, es mucho más conciso, menos elaborado, más contundente, cambian los pequeños detalles, mi yo joven e inocente se resistía a abandonar las palabras “alegría” o “esperanza” que en realidad ya no existían, pero la escena está compuesta solo por unos pocos fotogramas que quedaron grabados en algún lugar del universo y que —parece ser— siempre estuvieron conmigo, como un microchip implantado en el cerebro o unos números tatuados en el antebrazo. También se lo dedico a Katrina. Para ella no fue exactamente su último amanecer, pero sí es verdad que desde aquel día ya estuvo muerta... por un tiempo.

Katrina siempre va asociada a una canción instrumental de Camel que me transmite todo lo que sentía ella: impotencia, rabia, tristeza, soledad... y unas terribles ganas de gritar que desgraciadamente acabaron convirtiéndose en un silencio casi eterno.

ICE



EL ÚLTIMO AMANECER.

Aquel amanecer no fue como cualquier otro. El Sol apenas se veía allá en el horizonte como una bola anaranjada parcialmente cubierta por las nubes, unas nubes esponjosas de un gris algodón que no permitían ver el azul del cielo. El viento soplaba como nunca lo había hecho en el transcurrir de los tiempos, y empujaba a las nubes hasta que desaparecían a lo lejos siendo reemplazadas por otras tan grises como ellas. Las olas del mar, embravecidas como no lo habían estado desde hacía años, arremetían brutalmente contra las rocas.

No había gaviotas surcando el aire en busca de comida. Tampoco nadaban peces en las revueltas aguas del mar, ni había cangrejos enterrados en la arena. Ni un solo ser viviente se veía por ninguna parte. La arena de la playa había aparecido aquella mañana totalmente limpia y pura. Sin conchas, sin algas... tan sólo arena.

El grito de las olas al chocar contra las rocas era el único sonido en aquel silencio, y el viento era ahora el amo de la Naturaleza, haciendo enojar al mar y arrastrando a las nubes tras de sí. Solamente quedaba la Tierra.

Pero entonces en la inmensidad de la playa surgió un punto que se movía aproximándose a la orilla. ¿Quién o qué podía estar vivo aún? Pronto llegó al agua, y siguió andando a lo largo de la orilla. Apenas se sostenía en pie. Su cuerpo, casi desnudo, iba cubierto por los restos de lo que había sido un sencillo pero bonito vestido. Su largo y oscuro cabello era maltratado por aquel horrible viento que a cada minuto se huracanaba más y más. Llevaba los zapatos colgados al hombro, atados entre sí para andar cómodamente por la arena. Sus piernas le fallaban a cada paso, y caía casi desvanecida a la arena temiendo no volver a levantarse jamás. Pero lo último que perdería sería la esperanza.


Sus ojos verdes miraban al infinito, y de vez en cuando dejaban resbalar una lágrima mitad coraje mitad tristeza. Hasta que su última gota de fuerza cayera rota en mil pedazos no se detendría. Tenía que alcanzar aquel lugar... sólo le quedaban unos metros. Había esperado aquel encuentro desde niña, y por fin había llegado el día en que habrían de encontrarse.

Una chispa brilló en sus ojos, y sus sonrosados labios dejaron escapar una triste sonrisa. Entonces se detuvo, y miró hacia la línea donde cielo y mar se unían.

De pronto las nubes se calmaron y desaparecieron abandonando en el cielo su color gris. El mar se tranquilizó y las olas formaron una capa de agua lisa y uniforme. El silencio se hizo por completo. Su corazón latió más despacio. El Sol desapareció, y con él la luz. A lo lejos retumbó un trueno y desde el fondo del mar comenzó a surgir un sordo murmullo, como el de una cascada al lanzarse al vacío.

Ella se desmayó a causa del miedo, la alegría y el cansancio. El murmullo creció... creció aún más, y entonces las aguas del mar fueron horadadas por una enorme luna cegadora que alumbraba cien mil veces más que el Sol. Aquella luz lo llenó todo: la playa, el cielo, el mar... Primero desapareció ella. Luego la luz se llevó todo lo demás. Y después la nada se llevó a la luz. El silencio y la oscuridad reinaron para siempre.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Un millón de caras.

Hace un rato estaba en mi cama reflexionando (sí, los escritores hacemos eso, entre otras muchas cosas), y he recordado algo que escribí hace mucho, mucho tiempo, en mi diario (sí, soy tan rara que eso era lo que hacía cuando era pequeña, escribir en mi diario en lugar de jugar a la comba en el parque). En concreto decía algo así como que lo que más me dolía de la vida era que hasta ese momento no había tenido la sensación de vivir como quería vivir, de hacer lo que yo quería hacer, de ser lo que quería ser... Después, mientras otra parte de mi cerebro se preguntaba si me echaba una siesta o me levantaba para hacer algo más productivo, recordé un viejo borrador de una entrada para el blog que nunca llegué a desarrollar (hasta hoy, de ahí el título, que no me he molestado en cambiar, es que me ha pillado el día chungo), que decía así:

“Me miro en el espejo y veo un millón de caras. No soy ninguna de ellas, pero tengo un poco de cada una. Algunas no me gustan mucho, otras son falsas, muchas ya no tienen arreglo, pero no me puedo deshacer de ninguna. Son parte de mí. Adoradas, odiadas, risueñas, tristes, van cambiando con cada segundo que pasa, igual que en una vida no hay ningún momento exactamente igual a otro”.

Entonces, como mi mente es así de caótica y le cuesta centrarse, recordé la eterna pregunta que todo ser humano que se precie (sí, vale, de esos hay pocos, pero digo yo que alguno habrá) se hace alguna vez en su vida, que viene a decir algo como esto:

“¿Quién soy?”

Y que suele ir seguida por esta otra:

“¿De dónde vengo?”

Y ya para rematar, una tercera cierra el cuestionario:

“¿A dónde voy?”

Bien, aunque algunos lectores pensarán que soy muy arrogante, y otros que estoy como una regadera —conclusión a la cual no es muy complicado llegar dado que no hago más que repetirlo constantemente yo misma y además lo que escribo es prueba de ello— a estas alturas de mi vida he conseguido responder medianamente a las dos primeras preguntas. El porqué nunca lo diré a no ser que sea bajo tortura a estilo inquisitorial, porque no quiero que me vuelvan a encerrar allí de donde vengo, o sea, de Bedlam Fayre (he aquí la respuesta a la segunda pregunta). Y entonces, reflexionando, ya medio somnolienta, sobre la primera pregunta, me dije a mí misma cuán cierto es aquello de que tenemos varias caras, y esto es válido tanto en sentido figurado como en el sentido literal de la expresión, solo que el común de los mortales solo reconoce tener una. Y es que nos solemos comportar de manera distinta dependiendo de a quién tengamos delante. No sé, puede que solo sea nuestro instinto de supervivencia, porque es evidente que no puedes hacer las mismas sandeces delante de tus padres que delante de tus amigos, ya que en el primer caso te arriesgas a recibir un cachetazo y en el segundo a perder tu reputación... Si estás con tu pareja no vas a contestar del mismo modo que lo harías a un amigo si la otra persona te dice “Hey, mira qué bonita esa chica” —esto lo sé por experiencia, aunque aún no he logrado que mi chico me reconozca que con sus amigos reacciona de otra forma... puede que tal vez sea porque tiene pocos amigos—. Y, por supuesto, la actitud de la gente en general es totalmente distinta según la presencia/ausencia del jefe en la oficina... esto lo saben todos menos el jefe, que solo se lo puede imaginar... y no muy bien porque seguro que se equivoca en sus apreciaciones sobre quién es el más trabajador o quién es el que más le hace la pelota.

Llegados a este punto me pregunté: “Y entonces... ¿cuándo eres tú mismo? ¿Solo cuando estás solo?” Eso suena terriblemente triste. Aunque quizá, como estamos tan acostumbrados a renunciar a tantas cosas, ni siquiera nos damos cuenta de que estamos renunciando a ser nosotros mismos. Y es que ser tú mismo es muy complicado. Yo diría que prácticamente imposible... y si lo llegas a ser alguna vez es cuando ya has alcanzado la madurez y el mundo te importa tres c... tres cominos, eso ero lo que iba a decir. Es que soy escritora y tengo que mantener la compostura, que mi profesión es la misma que la de Camilo José Cela, pero yo soy una señorita y tengo una educación... El caso es que para ser tú mismo necesitas mucha valentía, y lo normal es que de joven seas un auténtico cobarde, para qué nos vamos a engañar. A mí me pasaba. Mucho. Aún lo soy, solo que me refugio en las letras y según algunos me escondo detrás de un nombre falso. Ésa es una acusación de la que aún no me he repuesto, pero la culpa es mía por haber escogido un nombre tan impronunciable como Eowyn en vez de Rosa García, nadie habría pensado que este nombre es falso también... Como decía, cuando eres joven es mucho más difícil ser tú mismo, al fin y al cabo tienes toda la vida por delante y tienes que hacer carrera, y no puedes ir haciendo el loco continuamente. Tal vez por eso los viejos, como están más cerca de la eternidad y además ya han echado por la borda su carrera y saben que ya no tienen tiempo de reconducirla, pueden ser más como son realmente y mandar al infierno a todo aquel que deseen... siempre que por ese entonces aún les queden fuerzas y no hayan sucumbido a la autoridad de los hijos, nietos y bisnietos, que hoy por hoy siguen pensando que a partir de los 60 eres un carroza que ya no sirve para nada.

Posiblemente ser tú mismo implica un gran grado de rebeldía. No la rebeldía de los jovenzuelos como James Dean que creen que ser rebelde es llevar la contraria a tus viejos (dejo claro que jamás he visto una película de James Dean, por tanto que nadie se sienta ofendido si James Dean era otro tipo de rebelde). No, yo me refiero a la rebeldía de verdad que implica que un día te veas en el calabozo por haber impregnado toda tu piel con sangre falsa y haber pasado un par de horas junto a otros cuerpos desnudos en plena Puerta del Sol para protestar contra la crueldad humana contra los animales; o la rebeldía que llevó a algunos de nuestros mayores a correr frente a los grises por gritar en contra de un dictador; o la rebeldía que te lleva a arriesgar tu vida por algo en lo que crees. Yo me las doy de rebelde, pero en el fondo no lo soy... o mejor dicho, no lo he sido en los últimos cuarenta años...  Bueno, va, lo he sido pero solo un poco y no se me ha notado mucho. Aunque tiendo a ser confundida por una niña, en realidad me siento como Matusalén con una larga barba de tres kilómetros, sentada en la cima de una montaña, preguntándome “¿Acabará esto algún día?” Aunque en el fondo sé que no va a acabar... o al menos no tiene pinta.


Lo que quería decir es que a nadie le gusta poner su vida en peligro, aunque solo sea un poco. Y la razón fundamental es que tenemos mucho miedo. Pero mucho, mucho. Y una de las razones por las que lo tenemos, aunque no es de las más importantes (hoy no me apetece hablar de ésas, que en cuanto termine el párrafo me voy a volver al catre), es porque nos da miedo lo que piensen de nosotros, incluso cuando ese algo que no dejamos ver a los demás podría ser algo de lo que podríamos sentirnos orgullosos. En este sentido, siempre me acuerdo de la canción de Marillion “Beatiful”, que dice al final:

You strong enough to be
why don’t you stand up and say
give yourself a break
they’ll laugh at you anyway
so why don’t you stand up and be
beautiful
Black white red gold and brown
we’re stuck in this world
nowhere to go
turn it around
What are you so afraid of
show us what you’re made of
be yourself and be beautiful
Why don’t you stand up and say
“I’m beautiful!”

Para que nos entendamos, o tienes lo que hay que tener, o no te levantas ni de coña, aunque te guste ser distinto, aunque te reconozcas como un rebelde, o aunque sepas que llevas la razón, porque en el fondo... a día de hoy y a la hora en la que estamos, no merece la pena. Yo puedo ser todo lo beautiful que quiera pero los feos me comen como ose levantar la voz en público, te lo puedo asegurar. Así que lo práctico... o quizá sea la inercia, quién sabe, hace que todos nosotros, me atrevería a decir que sin excepción —incluido Mario Vaquerizo que por muy natural que parezca que es, nadie se creería que él es así de verdad, aunque me puedo equivocar— vayamos por la vida cambiando constantemente de cara, fingiendo ser lo que no somos, sonriendo cuando lo único que nos apetece es soltar unas cuantas barbaridades por la boca, siendo políticamente correctos para que no te tachen de antisemita en países como Estados Unidos, o poniendo cara de no haber roto un plato en casa de tus suegros cuando en tu grupo de amigas tienes fama de liarla parda si te pilla el día torcido.

Es muy complicado saber quién eres... como creo que he dicho antes. Pero dudo que haya mucha gente interesada en saberlo. En general vamos a lo fácil, aceptamos el nombre que nos pusieron al nacer y si dudas enseñas el carnet de identidad, como si el nombre que viene ahí significara algo. Siempre he deseado que me hubieran puesto un nombre indio, por supuesto nada de ponérmelo al nacer, cuando todos somos una masa más o menos informe de carne blandita y huesos frágiles sin cerrar que lo único que hace es berrear y tragar lo que le den, sino cuando ya empiezas a ser tú mismo —pero tú mismo de verdad... o sea, que tendría que ser antes de los cuatro años, que es cuando te mandan a la escuela— y tu brillante personalidad empieza a despuntar. A mí me habrían puesto “Silent Cat”. O quizá “Niña que siempre tiene la cabeza en las nubes y se pasa el día fantaseando” (que en indio sería mucho más corto). O también “Inquietantes ojos que todo lo observan y traspasan el alma”. Por desgracia me pusieron un nombre normal y corriente de niña occidental. Lo bueno es que me gusta bastante y no es muy frecuente, y además tuve la fortuna de que no iba acompañado de María ni nada parecido. Pero aún así, y a pesar de que según su etimología significa “solitaria”, que da bastante en el clavo... no tiene la profundidad que debería tener. Pero supongo que no podría ser de otra forma, porque como la mayoría de la gente nunca llega a saber quién es, tampoco se le podría encontrar un nombre apropiado de verdad, y algunos morirían y en su tumba pondría “Sin nombre pero con número 1.243.742”. Y eso es tal vez más triste... 

Yo seguiré levantándome por las mañanas y eligiendo la careta que me quiero poner ese día, según mi estado de ánimo y mis ganas de mandar a todos a freír espárragos. Tal vez vuelva a explicar por enésima vez que el atún es un bicho muerto y por eso no lo como o tal vez pasaré de todo y haré como que no he oído nada... También es probable que resista mis impulsos de tirar la televisión por la ventana, aunque si no lo hago es porque hay que llevarla a reciclar, no porque merezca la pena conservarla. Me resistiré a llamar a todos ciegos borregos porque no quiero volver a acabar en la horca, aunque esta vez sea una horca en sentido figurado. Y seguiré siendo lo que me convenga en cada momento aunque en el fondo me gustaría ser yo misma. Con el tiempo lo voy haciendo mejor y me da menos miedo, pero hay días que cuesta, cuesta mucho... después de todo si no te arriesgas, no ganas nada, pero tampoco te cortan la cabeza, que de momento la necesito para escribir.

O sea, que es algo inquietante cuando alguien te dice que te conoce muy bien y que se ha decepcionado, o algo así, porque la verdad es que ni siquiera tú te conoces a ti mismo, y lo más seguro es que la forma en que te ven tus amigos difiere mucho de la forma en que te ve tu pareja o la forma en que te ven tus padres... Y desde luego, la forma en que el lector se imaginará a la escritora desesperada que creó este blog, no tendrá nada en común con la realidad. Yo lo advierto...

Por cierto, en cuanto a la tercera pregunta, ni idea. Porque aún no sé cómo adivinar el futuro y porque aún no sé ni lo que voy a cenar esta noche, como para saber dónde estaré mañana o adónde iré cuando me haya muerto... ¿a quién le importa?

jueves, 24 de julio de 2014

Vida rota (2).

[En capítulos anteriores... Vida rota.]

¿Y qué quieres que te cuente? Vienes aquí todos los días, finges preocuparte por mi salud, y esperas que el hambre y el encierro hayan ya quebrado mis defensas y confiese lo que estás esperando escuchar, porque así tú consciencia quedará más tranquila, y sabrás que no enviaste a una mujer inocente a la horca. Pero diga lo que diga, ¿cambiará algo? ¿Cambiará tu mirada de compasión, tu mirada de eterna duda, preguntándote si de verdad soy un monstruo o si tuve alguna razón para hacerlo? ¿Tú qué crees?

Que confiese dices... y me traes ese arrugado papel lleno de palabras que yo nunca dije para que lo firme y que el juez lo lea, para que se apiade de mí. ¿De verdad esperas que lo haga? Estuvieron a punto de lincharme en mi propia casa, y dicen que hay pruebas contra mí, ¿y de verdad piensas que el juez sentirá algo de piedad? Abre los ojos: ya me han condenado. Todo el pueblo me ha condenado, sin ni siquiera conocer mi verdadero nombre, sin saber de dónde vengo, sin interesarse por las marcas en mi piel ni por las heridas en mi alma. Ya pasé por lo mismo, y ya sé lo que me espera después de lo que llaman absolución: una vida rota huyendo de todos, huyendo de la vergüenza, de mi pasado, escuchando cómo profanan mi nombre, observando cómo mi familia oculta los lazos de sangre que se suponía que nos unían, sin poder olvidar que mi hija crece en la ignorancia de que su verdadera madre siempre la quiso y que ella es lo único que me mantuvo viva hasta hoy... Huyendo de mí misma. Pero ahora ni siquiera eso podré hacer, porque si confieso y finjo arrepentimiento, cambiaré la horca por una sentencia a una muerte en vida, encerrada entre cuatro paredes, en una cárcel donde moriré de tuberculosis o en un sanatorio para enfermos mentales donde yo misma acabaré abriéndome la cabeza contra la pared. ¿Y quieres que confiese? Puedes llamarme loca si así te quedas más tranquilo, pero aún conservo la suficiente cordura como para saber lo que más me conviene.


Ya lo intenté, ¿sabes? No eres el primero que me mira con esos ojos. En aquel entonces no tenía pruebas de lo que había pasado, pero sí tenía testigos... testigos que no pudieron ser localizados, y lo poco que sabían otros testigos no fue suficiente para contrarrestar el veneno en las lenguas de los demás testigos. Me hablas de justicia, pero ¿cómo va a haber justicia si es mi palabra contra la de todos ellos? ¿Cómo va a haber justicia si lo que dice una mujer tan alterada como yo se atribuye a la histeria que acompaña a mi condición femenina? La palabra de un hombre vale mil veces más que la mía... y más si es un respetado farmacéutico que me vendió el raticida. Que lo quieres saber todo, dices... ¿Y de qué serviría? ¿Por dónde podría empezar? Quizá por aquella vez que me dio un bofetón por hablar demasiado con sus colegas en la reunión de negocios que organizó para festejar el aumento de sus ventas. O tal vez aquella vez que me caí por la escalera y mi ojo dio justo con la barandilla. O el día que vino el doctor a verme porque me había caído del caballo y me había roto un par de costillas. El que arregla los pianos tuvo que salir despavorido de casa cuando oyó entrar a mi marido y escuchó cómo se dirigía a mí cuando me vio bromeando con él... tal vez se habría desmayado si hubiera presenciado lo que pasó luego. Mira... aquí tienes otro testigo de esos que luego desaparecen como entre las brumas de un escenario. No merece la pena. Yo lo sé... y tú lo sabes. Son solo palabras. Las palabras se las lleva el viento, y el juez solo quiere pruebas.

Mi alma hace tiempo que se rompió, y solo ha logrado llegar hasta aquí porque no era consciente de que ya había muerto. Duerme tranquilo esta noche, y las noches que vendrán, porque no vas a enviar a una mujer a la horca, sino a una sombra de lo que pudo haber sido. Tú no eres el culpable, ni siquiera eres un cómplice. No sabes lo que pasó, nadie sabe lo que pasó, excepto él y yo. Algunos pagan por sus crímenes, otros no. Y no intentes consolarte pensando que pude tener una razón, porque lo cierto es que no la tuve. Me rompieron por dentro y yo misma hice lo demás, así que no te engañes, porque lo que ven tus ojos quizá sea solo lo que tú quieres ver, lo que estás dispuesto a ver... 

No llores por mí. Guarda tus inútiles lágrimas para alguien que se lo merezca más que yo.

lunes, 21 de julio de 2014

Un día en la funeraria.

El accidente fue mortal de necesidad. Cero posibilidades de supervivencia. Ni siquiera fui consciente de la transición, como otras veces... Un segundo estaba dentro, conduciendo a 130 km/h por la autopista, mientras escuchaba a todo volumen la canción “Ascension” de Arena, y al segundo siguiente ya estaba fuera, después de empotrarme contra la mediana, dar varias vueltas de campana en el aire y dejar mi pobre vehículo azul metalizado como un acordeón. Al menos elegí un buen momento, cuando no venía nadie por detrás ni por el carril contrario, que yo estuviese deseando dejar esta mierda de vida no era razón para llevarme a nadie más por delante... Fue fácil hacerlo, solo tuve que soltar el volante un breve instante cuando llegó la curva, en lugar de girarlo casi de forma instintiva, como había aprendido hacía más de diez años. De lo único que me lamento es que aún quedaba más de la mitad de la canción... y enseguida me di cuenta de que desde el otro lado la música no se oye igual de bien, claro que... a lo mejor era porque el coche se quedó sin sistema eléctrico por el golpe.

En fin. Evité mirar el cadáver. Prefería recordarme como había sido en vida, no como quedé después de reventarme la cabeza contra el parabrisas y perder varios miembros en el asfalto, incluyendo el más importante. Creo que los de la ambulancia tuvieron que hacer horas extra para localizar todos los pedazos y juntarlos todos debajo de la sábana metálica de color dorado. La verdad es que no me suelo quedar mucho tiempo en la Tierra cuando muero, pero esta vez me dominaba cierto impulso morboso, porque las otras veces que morí de accidente no fueron como ésta, quiero decir... fueron accidentes de verdad. Me dije: “Esta vez voy a rizar el rizo. Va a ser a la vez accidente y suicidio, quiero comprobar si esto me producirá doble trauma o si solo me servirá para desperdiciar otra de mis vidas... total, ¿cuántas vidas llevo ya desperdiciadas?”

Así que me senté en la camilla de la parte de atrás de la ambulancia y acompañé a sus ocupantes hasta el hospital. Vi cómo recogían mi DNI, es por eso que no tuvieron problema con la identificación. También encontraron en la cartera mi tarjeta de no querer donar ningún órgano de mi cuerpo a la ciencia ni a nadie más, científico o no científico (ni mucho menos a un cura), aunque tampoco es que hubiesen podido aprovechar mucho, creo que no quedaron ni las córneas... También leyeron la tarjeta en la que apunté dónde tengo guardado mi testamento, con la contraseña para abrirlo, pero como por lo visto eso no es legal porque no pagué los 400 euros que te pide un notario por cualquier documento de más de dos páginas, no le hicieron ni el menor caso. Pero bueno, no me puedo quejar, porque la verdad es que la armé buena en la autopista. Se formó un atasco de cinco kilómetros y la Guardia Civil tuvo que llamar a un especialista para determinar la causa del accidente... sin duda fue el karma en acción, después de todos los atascos que yo me tuve que tragar en vida.

Los hospitales siempre me han puesto enfermo, así que me limité a vagabundear un poco por las inmediaciones, hasta que vi llegar a mi esposa y a mi primo... que por suerte no tuvieron que reconocerme. Cuando les dieron la noticia se pusieron a llorar como muffins... quiero decir, como magdalenas, ¡y mira que les dije que no lo hicieran! Les dije: “Cualquier día cojo el coche y me estrello en la autopista, pero no os lo toméis como algo personal, es que ya no me merece la pena seguir viviendo, estoy harto de los telediarios, de tener que ver “Sálvame” todas las tardes y a María Teresa Campos todos los domingos antes de la cena, mi jefe me acosa porque quiere que trabaje, nunca gano cuando juego al billar, el pan ya no sabe como sabía antes, los océanos están llenos de bolsas de plástico, mi gata se murió la semana pasada, nunca me toca la lotería, y... no sé, el caso es que prefiero estar muerto. De todas formas, ¿por qué os tengo que dar explicaciones? Lo importante es que no quiero que os pongáis tristes, que a vosotros os quedan dos días con la Tercera Guerra Mundial que se avecina y pronto nos volveremos a ver, yo es que ya he pasado por eso y paso de que me vuelvan a ametrallar junto a un alambre de espinos”. Debe ser que no me tomaron en serio. Estuvieron ahí un rato lamentándose de que no estuviera con ellos (idea ridícula porque sé hasta lo que comieron en la cafetería, ella una napolitana de crema y él un sándwich mixto), olvidando lo malo que había sido y recordando todo lo bueno que había hecho... que no es mucho pero en aquellos momentos lo agradecí, y luego abandonaron mis restos en la habitación hasta que se los llevaron al lugar ese fresquito que tienen en los sótanos, ¿cómo se llama? Ah, sí, el depósito. Igual que el lugar al que se llevaron mi coche pero para personas. Que al fin y al cabo es lo mismo... solo que las personas somos orgánicas y contaminamos menos.

Tenía ganas de irme, no lo puedo negar, pero la curiosidad pudo más que yo y decidí acudir al tanatorio también. Quería saber cómo se las iban a apañar para recomponer mi malogrado cuerpo y mostrarlo como un Tetris al público que acudiera, así maquillado, peinado y perfumado como la última vez... pero tal y como suponía no hubo exposición detrás de un cristal, solo ataúd cerrado con candados para que nadie pudiese abrirlo. ¿Y la cruz? ¡Si yo dije que no quería ver una cruz ni en pintura! Ah, vale, es que lo puse en el testamento, el mismo que ni siquiera se molestaron en mirarlo... También se lo dije a mi esposa, pero se ve que con el disgusto ni siquiera se acordó, o tal vez pensó que estaba bromeando, como nunca le dije lo mucho que odiaba a la Iglesia Católica, no fuera que le diese un patatús a su madre...

Entonces empezó a llegar un montón de gente que no tengo ni idea de lo que pintaba allí: el vecino del cuarto que jamás me saludaba; el niño de la esquina que una vez me rayó la puerta derecha del coche, que lo sé que lo pillé in fraganti; la panadera del barrio, ésa que empezó a vender barras de pan a veinte céntimos, ni que se lo regalaran a ella; varios compañeros de trabajo que solo veía en el desayuno y ni se molestaban en preguntarme qué tal mi vida; y miembros de mi familia lejana que hacía más de quince años que ni veía. Éstos eran los más graciosos, porque creían conocerme y no tenían ni idea de en quién me había convertido. Mi tía la del pueblo venía engalanada con sus mejores ropas, un vestido verde con flores y hasta sombrero se había puesto. A mi tío hasta le brillaban los zapatos. Mi otra prima llevaba un vestido que se había puesto en la boda de mi hermano mayor, que le hacía las piernas largas como las de la Barbie. Y se les veía a todos bastante contentos... bueno, a alguno un poco decepcionado por no poder contemplar mi cadáver y darme el adiós correspondiente... ¿o era solo por no poder ver mi cadáver? Siempre es reconfortante estar al lado de un fiambre y pensar “Qué suerte que a mí no me ha llegado aún la hora...” Al menos eso es lo que capté de Luisito, uno de mis amigos de infancia, pero es que Luisito siempre fue muy transparente.

Sí, al principio fue entretenido y me reí bastante con los comentarios que hacía la gente sobre mí. “Qué generoso era...” ¿Generoso? Si siempre iba a los chinos para comprar los regalos de cumpleaños... “Cuando le contabas un problema, siempre tenía una sonrisa y unas buenas palabras para ti”. ¿Sonrisa? Si era porque me estaba acordando de un chiste que me habían contado... y las palabras eran lo primero que se me ocurría para quitármelos de encima, que siempre tenía algo que hacer en casa, como pasarme el octavo nivel del “Príncipe de Persia”. ¿Sería que no se habían dado cuenta?

Luego empecé a aburrirme y acabé sentado en el banco de madera viendo pasar a otros muertos y a más visitantes del tanatorio que acudían felices y contentos como si aquello fuera un centro comercial. Vi que la muerte no tenía nada de trascendental para ellos, no significaba nada, apenas vi una lágrima sincera (exceptuando las de mi esposa y alguna de mi primo), y me dio la impresión de que todos evitaban pensar que en ese mismo momento estaban rodeados de muertos. ¿O tal vez no lo sabían? ¿O tal vez pretendían ignorarnos? ¿No eran conscientes de que ellos también podían morir en un accidente al volver a sus casas? ¿O es que les daba lo mismo, igual que a mí? Bueno, yo tenía mis razones, porque estaba harto de mi vida y además ya sabía que la muerte es una ilusión, pero a ellos jamás les vi preocuparse por lo que venía después, ni sacaban el tema en las reuniones sociales... ni siquiera en el tanatorio, que ya tiene pelotas. ¡No se habla de la muerte en los tanatorios! Pero si ni siquiera en los tanatorios se habla de la muerte, ¿dónde se habla de la muerte? Mientras veía a mi tía la del vestido verde acabar con la bandeja de galletitas llegué a la conclusión de que no se habla de la muerte, así sin más. Y de los muertos, pues bastante poco. No sé, debe ser una cuestión cultural, como la de levantarse y sentarse varias veces durante la misa. Que, por cierto, ¿por qué tuvo que aparecer ese personaje con pinta de sacerdote que se empeñó en rezar un padrenuestro? Intenté tirarle la Biblia pero no lo conseguí. Por un minuto o dos me quedé acongojado (no por lo del sacerdote sino por lo de que no se habla de la muerte)... pero solo un poco. Porque después me dije a mí mismo: “Bah, si estás muerto, ¿qué más da? Tú sigue con lo tuyo, que éstos seguirán con lo suyo... si es que no sé para qué vuelvo tantas veces a la Tierra, siempre lo mismo, que si guerras, que si nos destrozamos unos a los otros, que si religiones, que si el final del mundo cada vez que se alcanza un año que acaba en cero...”

Así que me levanté, hice una reverencia, le toqué la mano a uno solo para troncharme del susto que le di... y me las piré. Solo espero montármelo mejor la próxima vez. Si es que vuelvo. Porque anda que cómo está el patio... 

miércoles, 14 de mayo de 2014

El Ángel de la Muerte (14).

[En capítulos anteriores... El Ángel de la Muerte (13).]

Tot no podía apartar la mirada de los dedos de Gehirn golpeteando de manera rítmica sobre la mesa de su despacho, mientras los dos esperaban impacientemente a que llegara Leuche. Se esforzaba por no pensar... porque sabía que cualquier pensamiento indebido llegaría al cerebro... o mejor dicho, a la mente... o a lo que fuera que tuviera en la parte de la cabeza, su jefa.
Sí, su jefa... No, en realidad el jefe era Kette. Gehirn era la “súper-jefa”. Si les había llamado tan pronto por la mañana, era porque algo iba mal... muy mal. Gehirn solía tener un rostro impenetrable, que casi nunca dejaba traslucir sus emociones. Pero aquel día estaba más cenizo que de costumbre, y además no dejaba de tamborilear con sus dedos en la mesa de cristal. Si hubieran existido cigarrillos en aquel aburrido e insulso mundo espiritual, seguro que habría encendido uno.
Solo en una ocasión se habían cruzado sus miradas. Tot no pudo sostenerla más de un segundo... raro en él, que disfrutaba desafiando a la gente, cuando no acababan a mamporros en medio de un callejón oscuro. Su pierna derecha comenzó a moverse abajo y arriba sin control. Él también se estaba empezando a poner nervioso. “Cuando vea a ese maldito Leuche le voy a estrangular con mis pro...”
 ―¿Seguro que le habrá llegado la citación? ­―preguntó Gehirn.
―¡Claro! ­―se apresuró a contestar Tot, evocando en su memoria el post-it que le había dejado garrapateado y adherido con sumo cuidado al teléfono negro de la oficina que compartían... esta vez incluso se había molestado en escribírselo con un bolígrafo Bic... claro, que tal vez ése era el problema, porque su letra no la entendía ni su padre. Le había pasado en más de una vida...­ ―Debe ser que aún no se aclara con esto del tiempo, y mira que se lo he explicado veces... ―añadió con tono inocente.
No consiguió engañar a Gehirn. La súper-jefa era lista. Muy, muy lista...

De pronto vieron cómo una nube de humo se empezaba a materializar en la silla que estaba a la izquierda de Tot y poco a poco tomaba la forma de un jefe indio con un tocado de plumas espectacular en la cabeza. Profundas arrugas surcaban su rostro ya anciano, y empuñaba un tomahawk en su mano derecha. Parecía un poco confuso... Porque sabían que era Leuche, si no tal vez le habrían disparado con la Luger que a Tot aún le gustaba contemplar desde su cama, los días que sentía nostalgia por una de sus vidas pasadas.
Gehirn frunció el ceño. Tot sacudió la cabeza y dio un puñetazo con su brazo izquierdo a la figura del indio confuso. La figura vibró y por unos segundos solo fue una neblina de luz amorfa. Rápidamente adoptó la apariencia favorita de Leuche (la del caballero de época victoriana con sombrero de copa y melena), parpadeó varias veces y pareció darse cuenta de dónde estaba.
―Perdón por el retraso... ―trató de excusarse. Después se tapó la boca con una mano y susurró a Tot: ­―Pero ¿no decías que solo tenía que pensar “Los magos nunca llegan tarde, llegan exactamente cuando se lo proponen”?
Tot disimuló una sonrisa y dijo:
―¡Cállate! ¿No ves que la súper-jefa nos va a meter un paquete? Porque es por eso por lo que hemos venido, ¿no es así? ―al decir estas palabras miró a Gehirn. Siempre era así de directo.
Al menos Gehirn había dejado de dar golpecitos con sus dedos. Pero el color cenizo de su rostro seguía allí... y eso era bastante preocupante.
Cogió una hoja de papel que tenía sobre la mesa. Todos sabían que era el informe de los de Asuntos Internos. También llamados “Vigilantes Invisibles”. Siempre sabían lo que habías hecho... en cualquier lugar, ya fuera en el plano físico, en cualquiera de los tropecientos subplanos que había en el astral, o en las infinitas dimensiones del mundo espiritual. Para ellos, la palabra “privacidad” no existía. En resumen: eran unos tocahu...
―Veamos... ­―dijo Gehirn, al tiempo que se ajustaba sus pequeños anteojos sobre el puente de la nariz―. Mala aplicación del protocolo. Uso indebido del martillo de Thor... quiero decir, del martillo anti-pánico. Numerosos desperfectos en el vehículo de empresa... incluyendo la presencia de una masa negruzca que no ha podido ser debidamente identificada. Escuchar música en horas de trabajo... vale, eso lo puedo pasar por alto... ¡Pero causar un trauma adicional a un recién fallecido es simplemente IN-TO-LE-RA-BLE! ¡Y además era un suicida! ¡Sabéis que los suicidas necesitan un trato exquisito! ¿En qué estabais pensando?
El silencio era sepulcral.
―¿Alguno de los dos va a decir algo?
―¡Yo solo seguía órdenes de Tot! ―exclamó Leuche.
―¿Que tú qué...? Ven aquí que te meto...
Tot hizo un amago de coger por el cuello a Leuche y lanzarle un gancho, pero Gehirn fue más rápida y se interpuso entre los dos atravesando directamente la mesa que la separaba de los dos Ángeles de la Muerte. Y además les drenó su energía momentáneamente para inmovilizarlos. Después los observó un buen rato. Leuche vio que una de sus venas del cuello estaba a punto de estallar. Pero no lo hizo...
―Joder, Tot, me has decepcionado... Y tú, Leuche, realmente creíamos que podíamos contar contigo para este trabajo, pero tal vez nos equivocamos.
Leuche se esforzó por decir algo, pero aún se hallaba inmovilizado.
―No me dejáis otra alternativa...
Gehirn miró con tristeza a uno y a otro. Luego alargó la mano y arrancó la pegatina brillante del uniforme de Tot. Luego fue a hacer lo mismo con Leuche, pero se dio cuenta de que él no se había puesto el suyo, para variar...
―Acuérdate de entregar tu distintivo antes de la hora de la comida.
―¡Esto es completamente injusto! ―Leuche se levantó y dio un fuerte golpe en la mesa con el puño―. ¡Nuestro trabajo ya es suficientemente duro como para tener que aguantar este abuso de autoridad solo por un fallo sin importancia! ¡Yo solo soy un novato! Y Tot... Tot... Tot, ¡di algo!
El efecto paralizante ya había pasado, pero Tot aún no podía hablar. Aún contemplaba con lágrimas en los ojos la pegatina del ángel negro con alas... y aún no podía creer que Gehirn le estuviera suspendiendo de empleo y sueldo.
―No me mires así, Tot ―dijo Gehirn, con voz dura­―. Sabes que la calidad de tu trabajo ha empeorado mucho últimamente... y te lo hemos advertido ya varias veces. Esto no es el final... Pero creemos que tenéis que tomaros un tiempo y reflexionar si es esto lo que realmente queréis hacer. Para que lo averigüéis, os vamos a cambiar de destino por un tiempo. Vais a abandonar el Departamento de Ángeles de la Muerte, y os vais a incorporar al de Avatares y Apariciones Virginales.

Leuche se sintió confuso... otra vez. Miró a Tot en busca de una explicación. Tot parecía hundirse más y más en su asiento...
―¿Eso qué es, Tot?
Tot le miró de mal humor. Pero no contestó. En su lugar, miró desafiante a Gehirn.
―Es una broma, ¿no? ―dijo.
Leuche le imitó, algo esperanzado.
―Eso es... esto es una broma, ¿no?
Gehirn les miró a los dos, de nuevo con tristeza.
―Yo no estoy preparado para eso ­―dijo Tot.
―¿No? Es bastante más sencillo que ser Ángel de la Muerte... con unas pocas vidas en un planeta primitivo ya eres un experto en la creación de mitos, en la adoración de la naturaleza y demás deidades que surcan el cielo, en el surgimiento de figuras que pretenden ser adorados por todos para así tener el poder sobre ellos, en la escritura de mandamientos que todos tienen que cumplir, en el control del pueblo mediante el miedo, en los martillos de brujas, en ser perseguido por hereje, en ser quemado en la hoguera, en la planificación de asesinatos de papas, en el Cielo y el Infierno... ¿no has vivido ya todo eso, Tot?
Tot desvió su mirada, incómodo... Farfulló un “sí” casi inaudible. Leuche le miraba a su vez con los ojos muy abiertos.
―¿Y tú, Leuche? ¿No lo has vivido también?
Leuche sintió un escalofrío al sentir el escrutinio de Gehirn en el fondo de su alma. Y volvió a rebelarse.
―¡No quiero ser parte de ese engranaje... nunca más!
―Vuestra falta de seriedad os ha arrebatado la libertad de elegir. No tengo más que decir. Mañana presentaros en el departamento correspondiente... y sed puntuales. Y antes que preguntéis... sí, seguís siendo compañeros. Responderéis los dos de las faltas del otro. ¿Entendido?
Aquella noche, mientras Leuche intentaba conciliar el sueño, vio una Luger flotar en el medio de su habitación. Fue avanzando lentamente, como un Zeppelin surcando el cielo, hasta situarse justo enfrente de él, a la altura de la cabeza. Entonces se aproximó a sus ojos y sintió cómo el cañón le rozaba la frente... y después presionaba con un poco de fuerza. De pronto oyó un disparo... y vio caer un retal de tela con la palabra “Bang!” escrita en rojo sangre sobre él. Supo al instante que era un mensaje "subliminal" de Tot. Supo al instante que Tot bromeaba. Seguro que estaba bromeando...
¿No era así?

jueves, 8 de mayo de 2014

Ocean Cloud.

Hacía mucho que no escuchaba esta canción de Marillion, de su álbum “Marbles” (2004), y el otro día, cuando empezó a sonar en el coche, pensé que tenía que dedicarle una entrada en mi blog. ¿Por qué? Bueno, por varias razones. Una de las más importantes es porque parte de mi alma es un alma de marino, de alguien que sabe muy bien lo que es cruzar el Océano Atlántico varias veces, en condiciones no tan seguras como las de hoy en día... Otra de las razones es porque esa canción me impresionó muchísimo cuando la escuché por primera vez. El cantante, Steve Hogarth, nos deleitaba con un registro al que no nos tenía acostumbrados, y oírle gritar con tal fuerza en la parte de la tormenta “Watch me. Watch me. God above!” me ponía la carne de gallina. Por otra parte... ha habido épocas en mi vida en la que me he sentido muy identificada con los sentimientos que transmite en la canción.

“Ocean Cloud” está inspirada en la historia real de otro hombre que despierta en mí una gran admiración: Don Allum. Fue el primer marino que consiguió cruzar el Atlántico de un lado a otro en solitario, sin navegación por satélite, sin ningún sistema de comunicación, ni siquiera bote salvavidas. En uno de sus viajes tuvo que pasar los últimos quince días sin aprovisionamiento de agua, lo que le produjo alteraciones renales fatales, y esto finalmente le llevó a perder la vida a causa de un fallo cardíaco. En sus últimos días, ya sospechando que le quedaba poco para morir, se negó a recibir tratamiento, porque consideraba que había hecho todo lo que quería hacer. Murió poco después con 44 años.

No sé hasta qué punto la interpretación de Hogarth en sus letras refleja los verdaderos pensamientos de este magnífico y valiente hombre que se embarcó en tamaña aventura. Pero a mí me inspira en gran parte lo que le inspiró a Hogarth: un irresistible deseo de separarte del mundo, de estar solo, de no querer saber nada de la humanidad y dedicarte a medirte única y exclusivamente con una naturaleza cuya fuerza sabes que es invencible y que va a poder contigo tarde o temprano. En definitiva, veo cierto instinto suicida en esos viajes en solitario, una cierta forma romántica de poner fin a tu vida, luchando hasta el final, pero sabiendo que tienes la batalla perdida. También veo mucha valentía (que algunos llamarían llana estupidez) por tener muy claro lo que quieres hacer y hacerlo sin importarte lo más mínimo lo que los demás piensen. Una actitud algo egoísta, quizá, pero que para mí solo es reflejo de la libertad de elección que todos deberíamos tener en la vida.

Muchas veces he llegado a sentir ese hastío que para mí representan las palabras “I’ve seen too much of life”, y la resignación a tener que seguir viviendo en un mundo que no entiendes y del que no puedes escapar. Un mundo en el que nadie escucha y al que no le importa cómo te sientes... y la profunda necesidad de liberar esas emociones te lleva a querer extenuar tu cuerpo y a sentir cómo sangran esas heridas que llevas en el alma y que nadie puede ver...

“I don’t wanna remember... when I was alive”. Está diciendo que ya está muerto. Y sin embargo, pienso que ese hombre, luchando en medio de esa tormenta, en una insignificante embarcación a merced del majestuoso y poderoso mar, está más vivo que muchos de los que caminan por los pasillos del metro día tras otro como zombificados por una sociedad que les hace creer que llevan una vida plena.

Sencillamente impresionante.



OCEAN CLOUD

He's seen too much of life
And there's no going back
The loneliness calls him
And the edge which must be sharpened
He's losing it. And he knows.
But there's a fighter in his mind and his body's tough
The years have been unkind but kind enough

The smell of the earth
It's his favourite smell
But he's somehow compelled to the stinging salt hell
To the place where he hurts and he's scared
And there's no one to tell
And no one who doesn't listen

"You can take all the boys and the girls in the world
And I'll trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen too much of life
So the sea is my wife and a sweet Ocean Cloud is a mistress I'm allowed
for now."

"You can take all the boys and the girls in the world
I wouldn't trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen too much of life
So the sea is my wife and a sweet ocean cloud is a mistress I'm allowed
for now."

"Only me and the sea
We will do as we please."

He remembers the day he was marched to the front
By the physical knuckle head teacher of games
“Look lads” he declared, "This boy's a cream puff
No guts and no muscles
No spine and no stuffing"
The whole schoolroom sniggered
And silently thanked God it wasn't them..

But time is revenge. All the bullies grow weak
And must live with faithless women who despise them
I'll be in Barbados in a couple of weeks
With a rum on the table and yarns by the yard
A story to tell and a story to save
...unless she changes her mind
I'll trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen to much of life so the sea is my wife
And the sweet ocean clouds will look down on my boat tonight

The wind changed
I felt it run beneath my ear
Like silk drawn across my neck
A dream of your legs
Defying gravity in love

The medium wave
Brought signals here from far away
Your tender voice riding on the sea spray
Something in the air
For those who know the signs
Something in the air
A storm...

When I was alive
When I was alive
Don't wanna remember
When I was alive

Watch me watch me
Paint this picture
Stretchin Hurtin Cursin
Watch me
Takin it Takin it Takin it Takin it....
Watch me. Watch me. God above..

Between two planets
In between the points of light
Between two distant shorelines
Here am I

Between two planets
In the black daylight of space
Between two heavenly bodies
The invisible man.
Ripping out the radio
I want to be alone

"You can take all the boys and the girls in the world
I wouldn't trade them this morning for my sweet Ocean Cloud
I've seen too much of life
So the sea is my wife and a sweet Ocean Cloud is a mistress I'm allowed
I've seen too much of life
So the sea is my wife
And the sweet ocean clouds will look down on my bones tonight. 



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miércoles, 7 de mayo de 2014

Locked out: Hoy hice lo más loco de mi vida.

Hoy traigo un poco de humor al blog, que últimamente estaba demasiado seria y abatida por problemas personales y diversas comidas de coco.

Me pasó esta tarde esto que voy a contar y lo escribí en inglés para un foro en el que participo... me quedó tan gracioso que he decidido escribir la versión en español. No me hago responsable del resultado, yo lo advierto...

Por cierto, “locked out” es la expresión inglesa para decir que te has quedado fuera de casa sin llaves y no puedes entrar. Sí... por lo general prefiero el español para expresarme, sobre todo para mi trabajo literario, pero hay palabras que son mucho más específicas en inglés. Empiezo...

“Dos días atrás mi madre me dijo por teléfono que tenía que regar una planta concreta del porche del chalet en el que vivimos. De pronto me acordé y pensé que era hora de hacerlo, no fuera que la dichosa planta fuera a morirse por mi culpa (siendo vegetariana eso me traería un gran remordimiento de conciencia). Así que, justo después de meter mi estupendo bizcocho de naranja y chocolate en el horno, cogí la regadera, la llené de agua, y me dispuse a salir al porche. Tenemos dos puertas: la gorda blindada y la de fuera que es de color blanco con cristales cuadrados que normalmente no cerramos con llave. Al salir, mi gata se vino detrás de mí y quería escabullirse fuera, así que la dejé porque en esa zona no hay peligro, hay un largo pasillo hasta la puerta metálica de entrada, y de todas formas no se va muy lejos porque es una miedica. Regué la planta y después me fui al jardín trasero a regar más plantas. Como todavía me quedaba algo de agua, decidí vaciarla en la misma planta del porche, y ya de paso darle a un toque a la gata para que se metiera en casa. Noté que hacía algo de viento y podía haber corriente, así que cerré la puerta blanca. O eso creí. Por alguna extraña razón (nunca la he visto así), mi gata estaba paralizada en la mitad del pasillo, asustada por los ladridos del perro del vecino. Así que acabé de regar la planta y me dispuse a ir a por ella. Justo en ese momento oí un ruido a mi espalda y al volverme vi que la puerta se había abierto (sí, sucede a veces, pero yo pensé que la había cerrado con la fuerza suficiente). Sin tiempo ni para pestañear, la otra puerta (la gorda) hizo “¡BUM!” y se cerró también.


En ese momento, palidecí... o al menos sentí toda la sangre de mi cuerpo irse a los pies... o más lejos. Durante unos eternos minutos estuve pensando en qué hacer a continuación. Tal vez pueda abrir la puerta del garaje... mala suerte, el mando del garaje que tengo en el coche (aparcado en la calle) es el antiguo, y de todas formas no tengo las llaves del coche. Intenté hacerlo manualmente de todos modos, pensando que por alguna especie de milagro podría abrirla, pero lamentablemente no se me concedió la fuerza de Ironman. Miré en mis bolsillos, “¿Seguro que no has cogido las llaves (como he hecho otras veces)?” Mala suerte... Quizá pueda hacer un viaje astral, atravesar la pared y abrir la puerta del otro lado... ah, no, que desde el astral no puedo tocar las cosas, o al menos no aún, con toda la energía que hay que reunir para hacer eso (vale, esto no lo pensé en su momento, es el producto de mi imaginación según escribo esto).

Así que... casi enjugándome las lágrimas y aceptando tal infortunio, tuve que recurrir a la única alternativa que me quedaba: pedir ayuda a mi vecina. Sí, esa vecina que todos tenemos y simplemente odiamos sin una razón especial, más que por tener a alguien a quien ni siquiera conocemos para criticar... ahora va a tener ella una razón para reírse de mí durante años, ¡maldita sea! Una rubia de bote cuya edad ronda los 60... largos, (aunque las arrugas en su cara bien podrían ser la prueba de que es mucho más vieja) se asoma a la ventana, preguntándose quién llama al interfono, mientras su perro sigue ladrando. Le digo por gestos que baje porque tengo un problema. Temo que mi nerviosa gata se escape, esta vez a la calle, pero por fortuna continúa paralizada, así que cierro la puerta metálica de entrada también, después de contarle mi problema a la vecina y decirle que tal vez pueda encontrar la forma de saltar desde el jardín.  

Esto es posible porque tenemos un jardín trasero comunal, y más puertas metálicas en la parte de atrás. Alrededor de mi jardín trasero hay una valla metálica que mis padres limpiaron de enredaderas hace tiempo. Mientras mi vecina va a por una escalera de mano contemplo el enrejado de alambre y pienso “Bueno, he visto a Scully escalar vallas similares, no veo por qué yo no podría hacer lo mismo, zapatillas de estar por casa incluidas...” Analizando la situación, decido que la mejor parte para intentarlo es por la puerta metálica verde, porque por la parte de dentro tiene como unas cornisas donde puedo apoyar el pie. Mi vecina pone la escalera justo al lado de la puerta, yo subo al punto más alto y vuelvo a mirar hacia arriba: “Dios, sigue estando demasiado alto”.


―¿Qué, cómo lo ves? ―pregunta mi vecina. Como otros aventureros que se hayan quedado encerrados dentro o fuera de casa saben, en esos momentos toda tu vida pasa por delante de tus ojos. “¿Qué otra opción me queda?”, pienso. La perspectiva de llamar a un cerrajero que sonreirá y mirará con lascivia mis piernas (llevo puesto unos pantalones cortos, calcetines y zapatillas, y ya está resultando bastante difícil esconder mi vergüenza ante la rubia) es realmente aterradora... los bomberos viniendo porque mi estúpido bizcocho empieza a arder es aún más aterrador (ahora que pienso con calma sobre esto, mi padre me dijo que el nuevo horno se apagaba automáticamente cuando pasaba el tiempo programado, así que quizá era poco probable que eso pasara... pero claro, ponte a pensar con frialdad cuando sabes que tienes papeletas para que las cosas vayan aún peor)... y mi gata siendo engullida por el perro de mi vecina... ¡eso nunca me lo podría perdonar!

Me decidí en unos dos segundos. Temiendo que me iba a matar o que al menos me rompería una pierna, obligué a mi pierna derecha a levantarse y la coloqué sobre la valla, ante la perpleja mirada de mi vecina. Después conseguí elevar el resto de mi cuerpo y me coloqué a horcajadas sobre la valla. La peor parte estaba hecha. Entonces comencé a bajar mi pie lentamente hasta alcanzar la primera cornisa. Mi zapatilla derecha se cayó antes de que llegara a posar el pie... y temí resbalarme con mi calcetín sobre el metal. Finalmente conseguí apoyar los dos pies.

―Chica valiente ―dijo mi vecina. Nunca me podría haber imaginado que estaba en tan buena forma como para hacer eso. Pero reconozco que le eché un par de... vale, diré de ovarios pero en realidad tengo en la cabeza los atributos masculinos. Temblando, le di las gracias a mi vecina y bajé totalmente. Tuve la grandísima suerte de que había dejado una ventana abierta en el jardín, si no sí que me habría quedado fuera de verdad. Corrí a la puerta de entrada, encontré a la gata, comprobé que el bizcocho estaba perfectamente y subiendo que daba gusto, y di un fuerte suspiro de alivio...

Ahora el aspecto de mi pierna izquierda parece indicar que mi gata y yo tuvimos la peor pelea de nuestras vidas... y no tengo ni idea de cómo me hice esos otros arañazos en algún que otro lugar innombrable de mi piel... y ahora sé por qué los guerreros no sienten las heridas cuando están en combate, y sé cómo pude hacer ciertas locuras en otros tiempos... ¡La h***!   

La verdad es que si pienso que esto es lo más loco que he hecho en mi vida, me dan ganas de llorar..."

martes, 29 de abril de 2014

Esclavo.

Despertó tumbado boca abajo sobre la tabla de madera, semidesnudo, el cuerpo tenso y magullado, las manos con restos de sangre que el agua fría no había arrastrado consigo, el ojo derecho hinchado y pegajoso debido a las costras de suciedad y pus que se habían formado. Se sorprendió de que no le hubieran molestado... supuso que no es que les importara mucho si vivía o moría, tal vez solo sabían que se encontraba demasiado débil y enfermo como para poder levantar el martillo con el que rompía las rocas de la cantera. Un esclavo vivo siempre era más útil que un esclavo muerto.

También se sorprendió de haber sobrevivido a la noche. Sus heridas no eran muy profundas, pero la voluntad de vivir menguaba cada día igual que los músculos de sus brazos, tan fuertes y poderosos en un tiempo que cada vez era más difícil traer a su memoria. Había descubierto que la falta de voluntad no mataba, al menos no rápidamente. Y día tras día sus ojos se abrían a un mundo en el que ya no se reconocía a sí mismo, en el que no sabía quién era... Le habían permitido conservar su nombre (Nicodemus), pero eso era lo único que le quedaba...

Tal vez habría sido mejor que el filo de la espada hubiese acabado su trabajo. De rodillas en la tierra, con su cabeza fuertemente sostenida por alguien a quien no podía ver, tirándole de los cabellos hacia atrás para exponer su cuello... aún podía sentir la presión de la hoja sobre su piel, aún podía escuchar los gritos de la muchedumbre convertidos en sordo murmullo en sus oídos, aún percibía el tiempo detenido en el aire. Solo era plenamente consciente de que entre la muerte y él no había nada. No entendía muy bien qué había pasado. Se sentía al borde del desmayo y las voces de los hombres que discutían sobre qué hacer se habían convertido en palabras ininteligibles. No recordaba muy bien cuáles habían sido sus pensamientos en esos momentos. No quería morir... pero tampoco le hubiese importado mucho perder la vida. Solo sabía que la torre rubia que medía una cabeza más que él y tenía un aspecto mucho más saludable, le había vencido. Había llegado unos días atrás, confuso y cabizbajo como todos, mirando embobado las cadenas de hierro como si no supiera cómo habían llegado hasta ahí... Llegó a pensar que se suicidaría, o que se revolvería contra los captores pensando que su fortaleza le iba a servir para algo. Pero posiblemente era más inteligente de lo que parecía... o más cobarde. Sus ojos azules siempre le habían mirado desafiante, y Nicodemus siempre había evitado esa mirada. A pesar de no sentir ninguna simpatía hacia él (solo era alguien más con quien repartir las escasas raciones de comida), tampoco había sentido ninguna necesidad de luchar contra él. Pero él no había tenido ningún poder de decisión sobre ello. Ya no podía decidir sobre nada.

Una vez que la torre rubia le hubo derribado y estaba a punto de darle el último golpe que le dejaría inconsciente (muerto no, porque con aquellas armas habría necesitado algo más de tiempo, unas cuantas estocadas más, y mucho más estómago), unos hombres le apartaron y trataron de aplacar sus ansias de muerte, cegado por el fervor del combate, mientras que a Nicodemus le rodearon en parte para protegerlo, y en parte para dejar que otros decidieran si le había llegado o no la hora. Le sostuvieron de los brazos y le obligaron a incorporarse, y uno de ellos parecía dispuesto a cortarle el cuello si así se lo ordenaban.

Nunca supo qué es lo que le salvó... o lo que le condenó a seguir viviendo una vida en la que se veía obligado a arrastrarse sin cesar, en la que se levantaba y se acostaba por inercia, y daba gracias a los dioses por la inconsciencia que el sueño le otorgaba cada noche, si es que el hambre o el frío le permitían dormir. La escasa luz que atravesaba la ventana del dormitorio le deslumbró, y al ponerse en pie avanzó tambaleándose hasta el recipiente con agua que había sobre una repisa en el rincón. Las cadenas de los tobillos parecían pesar diez veces más que cualquier otro día. No recordaba cuándo se las habían vuelto a poner... tampoco recordaba cómo había llegado al catre. Agradeció la soledad. Intentó deshacerse de la suciedad y las costras, pero allí no había agua suficiente para reblandecerlas. Notaba los embates de la fiebre... y sabía que si alguien no cuidaba de sus heridas como era debido, evitarle la muerte el día anterior solo habría sido una pérdida de tiempo. Una vez más, se preguntó qué sentido tenía todo aquello. Qué sentido tenía seguir viviendo...

¿Acaso debía tener sentido? ¿Lo había tenido alguna vez? Si se esforzaba por ver a través de la bruma, aún podía traer a su memoria un pasado no mucho más brillante, no mucho más alentador... pero al menos sabía por qué luchaba, y se sentía orgulloso de hacerlo. Ni siquiera los guerreros a caballo le habían amedrentado, y entre el chocar de aceros y la resistencia que habían presentado bajo sus escudos, había llegado a pensar que si aquél iba a ser el fin, se iría con una sonrisa en sus labios, pues había hecho todo lo que había estado en sus manos por defender su tierra y a los suyos. Lo que no sabía entonces es que hay tragos más amargos que la muerte, y la esclavitud es uno de ellos. La maza le podía haber hundido su cráneo y acabar con todo sufrimiento. En su lugar se encontró con pies y manos inmovilizados, el miedo constante a ser dolorosamente castigado, y una terrible sucesión de días y noches vacíos de la más mínima piedad como única expectativa. Aún así no podía de dejar de aceptar el cuenco con esa masa blancuzca y aguada que le ofrecían cada noche... como si prolongar aquella eterna agonía fuera más aceptable que abandonarse a la muerte por inanición. Elegir entre el miedo a morir o el miedo a vivir nunca fue fácil, pero el instinto de supervivencia de un cuerpo tangible siempre fue más fuerte que las escenas oníricas que los sacerdotes representaban en sus templos de un más allá del que nadie había vuelto... que él supiera. A veces se preguntaba si eso significaba que aún le quedaba alguna esperanza de recobrar la libertad... por nimia que fuera. Pero un rápido vistazo a las cadenas que erosionaban su piel de las muñecas y a los cadáveres que se balanceaban a la entrada de la ciudad, compañeros convertidos en carroña para los buitres, le recordaba que no podía tener esperanza. Hasta de ella le habían despojado.
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