sábado, 1 de marzo de 2014

Publicando en Amazon.

O, lo que es lo mismo, autopublicándonos, que es casi la única alternativa que nos queda a los autores noveles para ver nuestro libro impreso (la otra alternativa es tirarnos por un precipicio, pero eso no va a solucionar nada, podéis creerme).

Los seguidores habituales del blog habréis notado cómo ahora sigo estando desesperada, pero al menos ya tengo mis novelas publicadas, lo que da una gran satisfacción personal, aunque dinero, no mucho... al menos de momento. Dicen que es cuestión de paciencia... y moverte un poco, porque si no publicitas, no haces contactos, no haces... algo, poco vas a vender. Aunque, yo, con mi habitual visión pesimista de la vida, he de decir que dudo mucho que moverse sirva para algo, viendo lo que he visto en algunas redes sociales y en el propio foro de Amazon para escritores desesperados, donde pocos hay que digan “¡Qué pelotazo ha sido publicar en Amazon!” Pero bueno, al menos nos ha salido gratis (o casi), y no hemos tenido que aceptar las irrisorias (irrisorias por no ponerte a llorar) ofertas que hacen algunas editoriales a los que estamos empezando.

En realidad, llevo con ganas de despotricar sobre las editoriales desde que abrí el blog, pero como entonces no tenía muy claro qué iba a pasar y aún tenía la remota esperanza de que alguna editorial se interesaría por mi magnífica obra, me parecía un poco como cavar mi propia tumba... o mejor, morder la mano del que me iba a dar de comer. Ahora, francamente, ya me da igual. He decidido retomar mi espíritu rebelde (lo cierto es que no lo perdí nunca... si acaso se hace más fuerte con los años) y despotricar contra quien haga falta. Después de todo parece que el rollito Risto Mejide suele tener éxito en la televisión, a pesar de que a mí ese tipo no me termina de caer nada bien, sea o no un personaje que se ha montado. Como muchas otras cosas en la vida, parece que todo se reduce a estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado... y con los padrinos adecuados. Aunque... si he de ser sincera, a mí me da igual llegar a diez lectores o llegar a diez millones. Ya sé que no me voy a hacer rica con esto, o al menos, la probabilidad de hacerme rica escribiendo es la misma que la probabilidad de que me toque la lotería o la de encontrar un trabajo decente en España en estos momentos. Con que esos diez lectores disfruten leyendo lo que escribo, me es suficiente. Y la independencia tiene un precio, además de ser algo solitaria...


Pero no quería ponerme muy negativa hoy, que ya llevo negatividad suficiente en mis entrañas como para construirme mi propio infierno. Hoy solo quería contar cómo ha sido el proceso de publicar mis novelas y animar a todos los escritores desesperados que caigan por aquí a hacer lo mismo con sus obras. Primero, porque aprendes y creces un montón como escritor durante el proceso, si lo haces bien y con responsabilidad. Y segundo, porque el resultado merece mucho la pena, consigas venderlo o no.

Todo empezó cuando, visto el entusiasmo desmedido que habían mostrado la veintena de editoriales a las que había enviado mis manuscritos, decidí tirarme a la piscina y hacerlo yo misma. Yo misma de verdad... porque antes de considerar esta opción, tienes la de engañabobos de las susodichas editoriales que te hacen una estupenda oferta de “autopublicación” que consiste nada más y nada menos en gastarte medio sueldo (bueno, casi un sueldo ahora que cada vez ganamos menos) en editar los libros que quieras para que luego te los envíen en una bonita caja de cartón y te los comas todos con patatas. Para ello intentan aprovecharse de tu desmesurada ilusión por ver tu libro publicado, porque ellos piensan que ésa es la ilusión de todo escritor... cuando no, señores editores: la ilusión de todo escritor es ganarse la vida escribiendo. Esto, llevo comprobado ya en varias vidas, es solo un sueño utópico que muy pocos alcanzan (me imagino que hay un calvo como el de la lotería que te va tocando con una varita mágica y operando el milagro)... pero bueno, por intentarlo que no quede. Eso sí, yo recomendaría que te andes ojo avizor y que no se te ocurra doblar las rodillas ante ese tipo de ofertas, solo porque “tu ilusión es ver tu libro publicado”.   

Así que, al final solo te queda hacerlo tú mismo. He de decir que no es tremendamente fácil, pero sí que es más fácil que escribir una novela de quinientas páginas, eso está claro. Y, aunque con sus luces y sus sombras, hay que reconocer que la plataforma de Amazon CreateSpace (y supongo que habrá más, si no ahora, ya surgirán en el futuro) nos lo pone bastante fácil si nunca has creado tu propia portada o nunca has formateado tu propio libro. No voy a poner las páginas que yo utilicé como base, con un montón de consejos útiles, porque con una sencilla búsqueda en internet podéis encontrar toneladas de información... y además luego me di cuenta de que en el propio CreateSpace ya tenía todo lo que necesitaba (o casi). Así que adelante, solo tenéis que abriros una cuenta y empezar... siempre que tengáis el libro bien acabado, corregido y releído al menos doscientas veces, y unas cuantas más por lectores invitados como un hermano o un amigo que se haya presentado voluntario (cualquiera sirve siempre que no le importe poner tu libro a caer de un burro, preferimos la sinceridad a que no digan lo que piensan por no quedar mal). Vale, esto depende del nivel de perfeccionismo de cada uno, y yo soy muy perfeccionista. Además siempre se me dio bien la redacción y la ortografía... recuerdo que cuando era niña me dijeron que escribía oraciones muy largas, eso fue lo peor que me dijeron. Y a veces lo sigo haciendo, solo por llevar la contraria... aunque luego cuando lo reviso al final claudico y sustituyo comas por puntos, porque reconozco que a veces se hace difícil seguir el hilo. Se me olvidaba que también es conveniente que tu libro esté inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual que más cercano te quede de casa... porque siempre puede ocurrir que no te hayas dado cuenta del enorme potencial de lo que has escrito y que algún caradura se lo quiera atribuir como propio, con el sudor y las lágrimas que te ha costado sacar todo eso de dentro.

Ah, no he dicho que antes de llegar a CreateSpace, mi idea era publicar las novelas solo en formato electrónico. De hecho, ni siquiera había pensado en Amazon. La idea era subirlo de alguna forma a mi blog para que los lectores pudieran adquirirlo por un módico precio. Esto exigía hacer determinados arreglos informáticos que no controlaba bien... y eso de “subirlo” a la red no me daba muy buenas garantías en cuanto a la piratería. Pero cuando empecé a investigar, encontré lo de los libros electrónicos de Amazon, y más adelante a una autora de novela romántica que hablaba muy bien de CreateSpace... y por otra parte, yo siempre he pensado que muchos lectores siguen prefiriendo el libro en papel, mi ilusión era tener el libro en mis manos, no un archivo pdf, que para eso ya tengo el mío (y mucho más bonito), y además, al estar disponible en dos formatos, tendría más posibilidades de darle salida. Leí que era algo más complicado... pero no, la verdad es que cualquiera puede hacerlo, aunque al principio te suponga unos pocos quebraderos de cabeza. Así que al final decidí probar.


Básicamente, lo primero que tienes que hacer es elegir el tamaño del libro y el acabado de la portada. Luego subes el interior y ellos te lo corrigen casi al momento. Puedes descargarte unas plantillas en función del tamaño y ahí copias tu texto. Y si quieres puedes añadir algunos adornos básicos a poco que sepas del Word. Cuanto más básicos mejor, sobre todo si quieres publicarlo luego en ebook, porque ahí todos esos adornos solo te van a molestar y tendrás que quitarlos. Pero bueno, para mí lo más importante era el libro impreso, así que no me compliqué mucho pero al menos le puse unas fuentes chulas. Y a pesar de lo perfeccionista que soy, me tocó corregir algunas erratas y volverlo a enviar unas cuantas veces, así que el resultado final depende solo de lo precipitado/descuidado/vago que seas y de tu nivel de exigencia. Yo esto lo cuidaría mucho porque por algo queremos que nos consideren profesionales, y porque pienso que la calidad de los libros autopublicados es fundamental a la hora de que los lectores los valoren o no, pero bueno, esto escapa a mi control, así que cada uno actúe como crea conveniente.

El diseño de la portada es sin duda lo más complicado. Si no te gusta nada el diseño o eres muy torpe manejando programas informáticos tipo Photoshop o GIMP, es mejor que se lo encargues a alguien. Yo me descargué el GIMP y me busqué la vida, así directamente. Las primeras portadas que hice fueron siguiendo las indicaciones de alguien en su blog para libros en formato electrónico... pero básicamente me sirvieron para lo que pedían luego en CreateSpace. Durante el transcurso de una semana estuve probando y probando, averiguando cómo se utilizaba el programa, porque nunca antes había utilizado nada similar. Me busqué unas fotos acordes con el contenido de la novela, y conseguí acabar varias portadas. Como poco a poco mi técnica iba mejorando, y además caí en la cuenta de que no podía utilizar cualquier foto, sino solo aquellas sin copyright, a no ser que consiguiera el permiso del autor, tuve que cambiarlas varias veces. Pero creo que al final el resultado ha merecido la pena. Para alguien que nunca había hecho portadas antes, no están mal, ¿no? Aunque, claro, también es cierto que poseo un sentido artístico innato que muchos quisieran para sí... (es broma).

Una vez que los de CreateSpace dan su visto bueno, que es todo bastante rápido, tienes que volver a revisarlo online, y si quieres, pedir una prueba impresa por si hay algún error que se te haya pasado desapercibido... y sí, por muy bien que creas que lo hayas hecho, siempre hay alguno. Esto es lo que más tiempo lleva. Tanto que mientras esperaba a recibir el libro (me pilló en medio de las fiestas navideñas y por eso se retrasó un poco más), aproveché para publicarlo en formato electrónico, que ya no tiene nada que ver, porque es mucho más fácil y rápido. La portada te sirve igual, y en el interior solo tienes que eliminar todos los adornos innecesarios... aunque ellos mismos lo adaptan y tal vez no tengas ni que tocarlo. ¡Y ya está! Ahora a esperar que alguien se interese... el marketing es aburrido y no voy a aprender nunca, así que de eso no voy a decir nada.


La emoción al recibir el libro por fin impreso es indescriptible... Cuando recibí mi primera prueba de “La Operación Fantasma”, el tamaño de la letra me pareció un poco pequeño... y como por ese entonces había recibido respuesta de un ilustrador diciendo que podía utilizar su dibujo sin problemas (se había retrasado un poco y por eso había enviado esa otra portada), decidí cambiarlo todo otra vez: agrandé el tamaño de la letra, y le puse una nueva espectacular portada... Aún no sé cómo habrá quedado, pero estoy segura de que cuando la vea se me van a caer las... bueno, algo se me va a caer. Mientras, esto es lo que podéis ver: miradlo bien porque puede que dentro de veinte años sea un preciado tesoro de coleccionista y alcance un precio desorbitado en ebay, ya que va a ser el único ejemplar existente de “La Operación Fantasma” con una portada alternativa.



Y, a pesar de ser la segunda novela, recibir “La Espiral de Marfil” fue aún más emocionante. Como ya me sabía lo de la letra, la puse con el tamaño adecuado desde el principio, y la portada parece aún más profesional... estoy realmente orgullosa del resultado:




Y esto es todo... Estoy deseando firmar ejemplares en la próxima Feria del Libro, así que si no me patrocina nadie, no sé, a lo mejor me monto mi propio puestecillo de estrangis y aguanto hasta que la poli me eche... Eso sí, tendréis que encargarme antes los libros o traeros el vuestro propio para que yo os lo dedique.

Y si hay algún escritor desesperado por ahí que quiera contratarme para hacer su portada o corregir su manuscrito, que me deje su dirección de correo electrónico y quizá podamos llegar a un acuerdo. No soy el equipo A pero soy casi igual de multifacética...

Los que quieran leer mis novelas, las tenéis aquí.

Y si queréis echar una mano a un grupo de Indies desesperados, visitad LetraHeridos y leed (y comentad en Amazon) alguna novela. ¡Os lo agradeceremos!

jueves, 20 de febrero de 2014

Dying.


Music fading, bombs exploding
Fire burning, souls are crying
The street lights are not enough
The sounds of night are not enough
I wish I could forget
But the corpses… they’re all there

Silent screams stalk me in my dreams
Make me weep and I can’t sleep
Emptiness has dragged me here
And now I can’t escape from fear
Don’t want to feel
Don’t want to live

Hollow voices… they say nothing
Ghostly faces… they see nothing
Disturbing eyes… they feel like ice
Darkness and numbness,
come along with my silence

In a world of madness,
you can only embrace sadness
When life is meaningless,
you’d better lose consciousness
When death is a precious gift
you can’t resist… and you go for it

The needle pricks...  and I get my wish
Peace is flowing through my veins
No more terror, no more blood
One more shot… and my heart stops

You can’t die...
when you are dead.


Fuentes de inspiración: 
Marillion's "Fugazi" and "The Opium Den"... and, of course, Fritz.

martes, 18 de febrero de 2014

El Ángel de la Muerte (13).

Tot le pasó el martillo de brujas para que lo guardara en la caja de herramientas y Leuche lo observó un momento maravillado de lo que era capaz de hacer.
―Se parece al martillo de Thor ―dijo con una voz llena de admiración―. Me enseñarás a utilizarlo, ¿verdad?
―De verdad, eres como un niño, Leuche. ¡No lo manosees más, eso no es un juguete! Y no somos superhéroes que vamos por ahí salvando vidas de... de... bueno, salvando vidas.
―¿Eso crees?
Por un milisegundo Leuche pensó que su compañero iba a sonreír... pero no lo hizo. Aún así, juraría que el brillo en sus ojos había sido de orgullo.
―Bueno, vale... pero ¿me enseñarás?
―Ya veremos.
Tot ya se alejaba hacia la portezuela del acompañante, mientras Leuche se aseguraba de que la caja de herramientas quedaba bien sujeta y el cuerpo etérico del suicida no se había movido de donde lo habían dejado. Luego se metió en el coche, arrancó y metió la primera marcha. Tot programó el GPS para que no le fuera difícil encontrar el camino a casa a través de los siete planos del astral y los innumerables subplanos.
Al principio no hablaron mucho. Las voces de las almas atormentadas, la atmósfera lóbrega de las alcantarillas y sobre todo el estado de ánimo que aún envolvía al muerto y que invadía todo el interior del automóvil, pesaban sobre sus corazones. Los suicidios nunca eran fáciles... y eso que este no había sido de los peores. Tenían ganas de salir de allí y olvidar el mal trago. Al cabo de un rato Leuche decidió decir algo para alejar las malas sensaciones.
―Oye, Tot, si fueras a reencarnar, ¿qué te gustaría ser esta vez? ―al decir esto encendió la radio y movió el dial hasta encontrar una canción de rock... necesitaba relajarse. Y entonces comenzó a agitar la cabeza rítmicamente. "The trooper" de los Iron Maiden era como una inyección de adrenalina en las venas...
Tot le miró con el ceño fruncido y volvió a mover el dial a la posición donde estaba antes. Una preciosa composición a piano de Chopin comenzó a sonar. En ningún momento desvió la atención de los posibles bucles espacio-temporales en los que podían quedar atrapados en el astral. No se acababa de fiar de la forma de conducción de Leuche.
―Pues... no sé. He sido ya tantas cosas... ―su voz sonó algo cansada.
―Bueno, pero seguro que podrías encontrar algo...
―No sé... me da un poco de pereza empezar otra vez desde el principio: elegir la vida que voy a llevar, seleccionar a mis padres, volver a nacer, estar allá abajo sin saber de qué va la historia...
―Pero es divertido, ¿no?
―¡Cuidado!


Leuche tuvo que dar un volantazo para evitar una masa gigante de elemental del pensamiento con la que estuvieron a punto de chocar. En cuanto se recuperó del susto, Leuche aprovechó que Tot aún no había recuperado el color y cambió una vez más la emisora. Sonrió al reconocer la melodía de “Highway to Hell” de ACDC. Era una de sus canciones favoritas... aunque no tanto como “Burning down” de Arena. Ésta todavía le producía escalofríos... a pesar de que lo lógico hubiese sido lo contrario. Un momento. ¿Qué era lo contrario a un escalofrío? ¿Un escalocaliente? ¿Tal vez llamas de fuego lamiendo tu piel? Se sacudió el pensamiento y recordó la pregunta que le había hecho a su compañero.
―¿No es divertido?
Tot se encogió de hombros.
―Psé... Supongo que sí, a veces...
―Bueno, ¿y qué serías? Así, sin pensar mucho.
―Me dedicaría a buscar una ciudad perdida en la selva.
―¿De veras? ―Leuche sonrió. Nunca se habría imaginado a Tot a lo Indiana Jones intentando ahuyentar a un grupo de serpientes con un látigo―. ¿La selva del Amazonas? Creo recordar que no quedaba mucho de ella en una de mis últimas vidas...
―El siglo XXI fue una ruina para todos.
Un gruñido les llegó desde los asientos traseros... o quizá del maletero. Tal vez el muerto se estaba despertando por fin.
―Mira a ver qué le ocurre a ese. Espera que te sujeto el volante ―le ordenó Tot. Y cuando Leuche se estiró hacia atrás para ver qué pasaba, Tot aprovechó para cambiar con la otra mano a Chopin.
―No, está bien ―contestó Leuche―. Debió ser el bache de energía negativa condensada.
Recuperó su posición y notó que algo había cambiado, pero no cayó en la cuenta de qué era.
―Así que explorador... ―dijo―. Yo una vez viví en la selva, pero me arrancaron el corazón y me arrojaron a un pozo negro que parecía no tener fondo, aunque estaba hasta arriba de huesos...
De pronto reparó en el piano que sonaba y adelantó la mano para...
―¡¡Ay!!
A pesar de tener una mano inmaterial el golpe sonó como un auténtico cachetazo en la mejilla.
―A ver, que te quede bien clara una cosa ―anunció Tot, todo serio―. Mientras yo sea el veterano aquí, yo elijo la música que escuchamos.
―De eso nada, el que conduce es el que elige la música.
―¿Cómo que de eso nada? ¡Elige el jefe!
―Como aparezca el verdadero jefe, le contaré lo de tus soldaditos en horas de trabajo.
―¿Qué le contarás qué?
En los minutos que siguieron pareció que en lugar de en un Volkswagen iban en la vaina de Anakin Skywalker, asediados por rivales a ambos costados que les hacían perder estabilidad y girar en todas direcciones. Los gruñidos (ahora más bien quejidos) que procedían del maletero aumentaron en intensidad pero ninguno de los dos pudo oírlos, estaban demasiado ocupados tratando de zafarse el uno del otro... Menos mal que estaban en el astral y no era posible morir en un accidente de tráfico.  

(continuará...)

sábado, 15 de febrero de 2014

El Ángel de la Muerte (12).

El silencio se podía cortar con un cuchillo. Si hubiese habido algún despertador cerca, habrían podido escuchar el incesante tic tac trepanándoles el cerebro (si lo hubiesen tenido), volviéndolos locos segundo a segundo... Pero la habitación estaba prácticamente vacía.
Tot hojeaba una revista sobre Panzers de la Segunda Guerra Mundial sentado en un sillón, en una esquina, cerca de la puerta acristalada que daba al balcón. Leuche estaba a los pies de la cama, sentado sobre una especie de mesita auxiliar de madera pegada a la pared, con las piernas cruzadas, algo rígido por la tensión del momento, observando al hombre que había sobre la cama de matrimonio. Ni siquiera se había descalzado. Tenía aspecto de haber tenido un mal día: los pantalones de su traje gris oscuro estaban arrugados, la corbata deshecha y colgando hacia un lado, el pelo ralo grasiento y desaliñado, y había una botella de coñac en la mesilla medio vacía, con un vaso al lado en el que aún sobrevivían unos cubitos de hielo medio derretidos. Algunas pastillas habían quedado desperdigadas sobre la mesilla y algunas se habían caído a la lujosa moqueta de color beige que cubría toda la estancia. Leuche aún no sabía muy bien si los somníferos eran para suicidarse o solo para no enterarse mucho cuando apretara el gatillo... porque también había visto que traía una pistola en el maletín negro que había dejado cerca de la entrada.
―Tot... ―susurró―. Oye, Tot... ¡Tot!
Tot levantó la vista de su revista y miró a Leuche sin apenas inmutarse.
―¿Tú estás seguro de que lo va a hacer?   
Tot suspiró y pasó una página de la revista.
―Cuando nos llaman, generalmente es porque no hay vuelta atrás. Aunque siempre cabe la posibilidad de que se arrepientan... creo que en las últimas estadísticas que se hicieron el porcentaje de arrepentimiento fue de un 0,00001%, o sea, que es prácticamente imposible que...
―¡Tot! ¿Crees que utilizará la pistola? En ese caso, la transición será más rápida, ¿no?, y puede que tengamos más problemas para convencerle de que está muerto...
―No, no depende de eso. Depende de las veces que haya muerto y de lo despierta que esté su consciencia... que, en este caso, no creo que esté muy despierta.
―¿Y cómo lo sabes?
―Me lo chivó un pajarito...
―¿Hablaste con su guía?
―Viene en su informe, ¿es que no lo leíste? ―preguntó Tot, con cierto tono de reproche. Leuche le miró con rencor.
―Todavía no sé conducir y leer a la vez.
―Si hubieras llegado antes, tal vez te habría dado tiempo...
­―El reloj ponía...
Un fuerte golpe les hizo volver su atención hacia la cama. El hombre había vuelto a vaciar el vaso y ahora quedaban menos pastillas. Lo bueno es que no parecía tener fuerzas para levantarse... y el arma quedaba lejos. Leuche tragó saliva (o lo que fuera). Bajó la voz... aunque sabía que era poco probable que pudiera oírle. Además se estaba quedando dormido. Bueno, algo más que dormido...
―Estate atento ―le advirtió Tot―. Queda muy poco.
Cerró su revista y se levantó. Se acercó a la ventana y se puso a silbar mientras contemplaba la calle ahí fuera... o ahí abajo, mejor. El rascacielos debía tener como doscientas plantas o así. Aunque había empezado a acostumbrarse, aún le costaba enfrentarse a este tipo de situaciones... aquellos tipos no sabían que al suicidarse solo estaban posponiendo las pruebas que tendrían que volver a superar tarde o temprano... y estaban echando por la borda toda una serie de magníficas oportunidades para sentirse orgullosos de la vida tan dura que les había tocado vivir. Pero por otra parte era del todo comprensible... lo había experimentado en carne propia.
De pronto aquel hombre abrió los ojos, a pesar de que su cuerpo continuaba inmóvil sobre la cama y un color grisáceo había aparecido en su piel. Leuche apenas distinguió el doble etérico que comenzaba a despegarse del cuerpo físico (y bastante rechoncho por cierto). Su vello se erizó cuando sintió que le estaba mirando... o, bueno, al menos la sensación fue la misma que cuando su vello se erizaba estando vivo.
―¿Qui-quiénes sois?
El hombre miró alternativamente a uno y a otro, con pánico en su rostro. Buscó el maletín en el suelo. Tot se volvió lentamente, atento a cualquier movimiento. Leuche se puso en pie, sin saber qué decir. Dejó que Tot se adelantara.
―Tranquilo... Todo ya acabó. Hemos venido para llevarte al otro lado...
No era muy distinto a lo que Tot decía siempre... pero por alguna razón aquella vez no funcionó.
―¿Có-cómo?
El hombre retrocedió instintivamente intentando protegerse con las sábanas, buscando una salida. Aunque Tot y Leuche le pidieron repetidas veces que se calmara y le aseguraron que no le iban a hacer daño, las dos imponentes figuras, oscuras y extrañas, amenazantes como pocas en medio de un cuarto en el que ahora la luz parecía tener un extraño tinte azulado y el mobiliario parecía irreal, le hicieron caer presa del pánico.
―¿Quiénes sois? ―repitió―. ¿Qué estáis haciendo aquí?
Tot previó el movimiento, pero no fue lo suficientemente rápido. Gritó a Leuche que lo agarrara, pero los reflejos de Leuche tampoco funcionaron. El hombre se levantó de un salto, atravesó el cristal del balcón y cayó en picado sin ser aún plenamente consciente de que su primer intento de suicidio ya había tenido éxito.


Los dos Ángeles de la Muerte se abalanzaron tras él y le alcanzaron en la caída. Mientras caían el hombre los miró sin comprender... posiblemente pensó que estaba soñando. Cuando atravesaron el pavimento el hombre se quedó bastante sorprendido, pero no fue hasta unos metros más abajo, en un túnel del alcantarillado, cuando por fin se detuvo y se atrevió a mirarse a sí mismo, espatarrado sobre agua maloliente... y contempló a la rata que husmeaba algo justo al lado sin mostrar ningún signo de alarma. Tot se situó detrás de él. Intuía lo que iba a pasar. Leuche se puso enfrente del desconcertado espíritu y trató de hablar con él.
―¿No oíste a mi compañero? Todo acabó...
―¡No! ¡No es posible! ¡Aún estoy aquí! ¡Aún andan detrás de mí! ¿No lo entendéis? ¡Se llevaron a mi hija! ¡Por mi culpa! Y ahora... ahora...
―Ahora ya no pueden perseguirte más. Estás muerto... ¿no era eso lo que querías?
Tot sacudió la cabeza a sus espaldas. Ésa no era una buena elección de palabras...
―¡No! Digo... ¡sí! ¡Quería la muerte! ¡¡No esto!!
Y trató de escabullirse de nuevo y comenzó a caer más y más, en un pozo oscuro y más oscuro en el que se empezaban a escuchar las voces de almas atormentadas. Tot y Leuche tuvieron que volar detrás de él...
―¡Cógelo, Leuche! ¡Cógelo!
―¡Eso intento!
Pero cuando te habías acostumbrado ya a un nivel de vibración determinado era difícil adaptarse a los niveles más bajos... y el hombre caía a una velocidad pasmosa.
Por fin Tot pudo alcanzarlo y le golpeó en la cabeza con el martillo de brujas, una herramienta reglamentaria pero que había quedado relegada exclusivamente a determinados casos muy bien descritos en el manual. Sonó un “clonc” cuyas ondas sonoras reverberaron en todas las alcantarillas de la ciudad y el espíritu confuso del hombre que se había suicidado quedó inerte en medio de la oscuridad y las inmundicias de las tuberías.
―¡¡Uff!! ­―exclamó Leuche―. Por poco se nos lo lleva el Diablo... ―bromeó.
―Sí... Satanás en persona ―murmuró Tot con una sonrisa irónica.
Luego sacudió la cabeza. Era por esto por lo que odiaba los suicidios. Ahora su uniforme parecía lavado con alquitrán y ni siquiera el holograma de la insignia era reconocible. Y encima no podía tener un compañero normal, no, tenía que ser un novato...
―Vamos, anda. Tira pa’ el coche.

(continuará...)

martes, 11 de febrero de 2014

Se busca: vivo o muerto.

―Hace frío. Ahí fuera nos están buscando y reza a Dios para que no nos encuentren. Si conocen este lugar vendrán directos aquí y nos cogerán por muy bien que nos escondamos.
―¿Por qué no te callas? Si nos descubren será por el escándalo que armas con tu palabrería. No te duermas. El alba llegará en un par de horas, y entonces partiremos.
Pero se durmió. Su compañero no le despertó. Si tenía que morir prefería hacerlo a causa de sus propias equivocaciones y no por tener que cargar con un sucio y medio borracho criminal que no valía ni un tercio de lo que pedían por él. En cuanto amaneció salió de la cabaña y corrió a las montañas. Sabía que allí le esperaba un viejo amigo que le debía un favor. Al día siguiente se encontraba sano y salvo y dispuesto a volver a intentarlo.
Al otro lo encontraron los perros, morado por el frío y el alcohol. Casi le habían hecho un favor metiéndole un tiro en la frente.

[Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Escrito en Diciembre de 1993. No tenía título... hasta hoy].

miércoles, 22 de enero de 2014

El Ángel de la Muerte (11).

Cuando Leuche se presentó a la mañana siguiente en su puesto de trabajo (puntual, por supuesto), se encontró de nuevo la puerta cerrada. Miró su reloj y frunció el ceño.
“No sé, esto de que no exista el tiempo se me hace muy confuso”, pensó.
Se le ocurrió ir a buscar a su compañero a la máquina de los cafés y bollitos grasientos varios para el desayuno, pero entonces reparó en una nota pegada con celo al cristal en la que había garabateadas unas palabras: “Te espero en el aparcamiento. Es urgente”.
Leuche volvió a fruncir el ceño. No le gustaban los imprevistos. Y además aún tenía los ojos llenos de legañas. Quizá había leído mal... “Ven YA”, ponía ahora el papel.
Tot se ponía de muy mal humor cuando le hacían esperar, así que Leuche optó por la vía rápida y se volatizó en el aire para teletransportarse al aparcamiento. Requería de un gasto energético extra, sobre todo cuando no habías desayunado todavía, pero no le quedaba otra... soportar todo el día a Tot de mal humor era una penitencia que no estaba dispuesto a aceptar ahora que por fin la religión ya no era importante en sus vidas.
Cuando su forma espiritual apareció en el recinto del aparcamiento, con sus botas habituales, su levita y sus melenas rizadas, estuvo tentado de cambiar su apariencia... porque no era un carruaje con Tot sentado en el pescante lo que le estaba esperando, sino un Volkswagen de color casi rojo, líneas redondeadas y un guardabarros medio caído que le recordó al coche que su abuela conducía en los años 60 del siglo XX en un algún lugar de Europa. No tenía ruedas, pero eso no importaba, porque flotaba a una cuarta del suelo, como el que usaba Luke Skywalker para desplazarse por Tatooine. Y el interior olía a marihuana... bueno, eso quizá fue un recuerdo (benditos años aquellos), pero lo que no podía ser una alucinación era la estatuilla plateada de una mujer con alas extendidas que hacía equilibrio en el borde del capó. Era lo único que brillaba de toda la carrocería. Según se aproximaba a la portezuela del copiloto percibió la mirada de impaciencia en el rostro de Tot, sus dedos tamborileando en el volante.


Leuche abrió la portezuela y se acomodó lo mejor que pudo (sus piernas eran bastante largas), un poco admirado pero también un poco amedrentado por la cara de pocos amigos que tenía Tot esta mañana.
 ―Solo un par de detalles... ―se atrevió a puntualizar―. Si podemos ir en una limusina negra si así lo deseamos, ¿por qué tenemos que viajar en un coche que parece que se va a caer a cachos en el primer bache?
Los dedos de Tot dejaron de tamborilear y miró a Leuche de refilón.
―Me gusta este coche. Y además es alemán. No se va a caer a cachos ni aunque atravesemos todo el astral hasta el infierno y los demonios se nos peguen al parabrisas.
Leuche carraspeó.
―Vale. Y esto... ¿no debería haber una W en el capó en lugar de una señorita desnuda con alas?
Ahora la mirada de Tot no fue de refilón. Leuche vio brillar el odio en la profundidad de sus ojos negros.
―No fue idea mía. Es la insignia de los Ángeles de la Muerte. Si no la llevamos bien visible no podríamos saltarnos los semáforos... ni transportar muertos en el maletero. Parece mentira que no lo sepas ya... aunque, bueno, de qué me voy a sorprender, si a estas horas aún no has sido capaz ni de ponerte el uniforme ―dijo Tot, al tiempo que se sacudía una pequeña pelusilla en la manga de su impoluta camiseta negra―. Y dame eso, que me vas a manchar la tapicería ―le quitó a Leuche el croissant relleno de crema de chocolate justo cuando le iba a dar un mordisco y lo tiró por la ventanilla. 
Leuche no se atrevió a replicar, algo avergonzado. Su estómago rugió... pero no pudo hacer nada, cualquiera se ponía a discutir con Tot. Aquel día le tocaría trabajar en ayunas. Aunque... ahora que lo pensaba, ya no tenía estómago. El ruido tenía que provenir de otro sitio.
―Por cierto, conduces tú ―añadió Tot.
―¿Yo? ¿Entonces por qué estás tú en el asiento del conductor?
―Porque el volante se puede cambiar de lugar, ¿no lo ves?
Y de pronto ya no había volante en el lado izquierdo y ahora estaba delante de Leuche. Leuche sonrió y cambió su apariencia varias veces, a lo coche fantástico, a lo coche antiguo, a lo Fórmula 1... al final se decidió por un volante de cuero marrón con funda de leopardo. Y unos guantes de cuero a juego. Y unas gafas de piloto para que no le entrara el polvo en los ojos. Menos mal que no se había traído el sombrero de copa...
­―Me acabo de dar cuenta de que yo nunca he conducido en el lado derecho.
―No importa. Yo no sé conducir, pero supongo que no habrá mucha diferencia. Venga, dale.
―Vale. ¿A dónde vamos?
―A un suicidio. ¿Por qué crees que tengo esta cara hoy?
A Leuche se le borró la sonrisa de la suya, otra vez. Atravesar varios planos dimensionales en un Volkswagen destartalado era divertido, pero no lo suficiente como para contrarrestar el mal trago de un suicidio. O eso le habían contado... que los suicidios eran especialmente tristes y había que estar muy alertas. De hecho, en los suicidios les citaban dos horas antes en lugar de una, por si había imprevistos y tenían que pedir refuerzos. A los suicidas costaba mucho convencerles de que habían hecho la mayor tontería del mundo matándose... tanto sufrimiento, tantos desvelos y tanta angustia, total, para nada... excepto una enorme reprimenda de los Súper-sabios esos, mucho tiempo de reflexión (si hacía al caso) y la magnífica oportunidad de recuperar el tiempo perdido con una vida doblemente complicada.
Leuche suspiró. Entre unas cosas y otras la jornada prometía ser agotadora... y deprimente.

(continuará...)

lunes, 9 de diciembre de 2013

El Ángel de la Muerte (10).

Leuche hacía ruidos sorbiendo el batido con su pajita, mientras Tot aún contemplaba ensimismado su guinda verde. Seguía sin convencerle…
Entonces fue cuando apareció Skel, con el cabello revuelto, la camisa por fuera, sosteniendo malamente un vaso de cristal con un líquido difícil de identificar y tres cubitos de hielo que no dejaban de tintinear, más que nada porque Skel parecía tener problemas manteniendo el equilibrio.
―¡Hey, tíos! ―exclamó―. No creo que pueda esperar más… Dijiste que lo intentaríamos pasadas las vacaciones, Tot, las vacaciones ya pasaron y aún no me habéis dicho nada… ¿Qué pasa? ¿Acaso no os importo?
―¿Qué le pasa a éste? ―preguntó Leuche en un murmullo.
―Que su nivel de vibración está por los suelos… siempre le pasa cuando venimos a la cantina.
Tot se resignó a no disfrutar de su guinda y se levantó de mala gana, pasó una mano por los hombros de Skel y le susurró algo al oído, llevándoselo a la fuerza fuera del alcance telepático de Leuche… que por otra parte, era bastante reducido. Cuando volvías de una encarnación siempre llevaba un tiempo readaptarte y volver a utilizar tus sentidos con la misma eficacia. Aún así, Leuche no tardó en alcanzarles… y Skel no paraba de hablar. Al final se iba a descubrir el pastel… Y todavía no sabía si podía confiar en el achicharrado. Los guías espirituales le caían demasiado bien…
―¡Va a ser su cumpleaños! ¡Le prometí que le daría una señal! Han pasado… ¿cuánto? ¿Doce años terrestres? Y aún no he vuelto a darle esa señal… ―el tono de voz de Skel iba subiendo y se estaba convirtiendo en un lloriqueo insoportable. Casi parecía un asistente a un funeral… ¡y pensar que era un Ángel de la Muerte con dilatada experiencia! ¿Qué mosca le había picado?
―Tranquilízate, Skel… ¿No recuerdas aquella conversación que tuvimos sobre dejar que los de abajo cumplan su plan? ―le obligó a sentarse y le quitó suavemente la copa de la mano, se la pasó a Leuche para que él la hiciera desaparecer… y así de paso distraerle un poco de lo que su amigo estaba diciendo.
―Sí, lo sé… pero sé que Rudy lo está pasando muy mal… no termina de superarlo, y si yo apareciera quizá, quizá…
―Un momento. ¿Estás pensando descender a la Tierra? ―preguntó Leuche―. ¿No está prohibido?
Ya se tuvo que meter el entrometido…
―No ―negó rotundamente Tot―. No está pensando nada de eso, ¿verdad, Skel? Sabe que no debe hacerlo y no lo va a hacer, porque ya es mayorcito y sabe que no podemos intervenir en las vidas humanas salvo excepciones.
―Pero Tot, tú dijiste… ¡aauuu!
La descarga eléctrica que atravesó su pierna etérea hizo que los efectos de la bebida espiritual desaparecieran de repente, y entonces fue cuando recordó que no debía hablar de ello… no con recién llegados como Leuche. Leuche sospechó que algo estaban tramando, pero cuando miró a sus compañeros los dos le ofrecieron la mejor de sus sonrisas. Sonrisas más falsas que Judas… Pero decidió seguirles el juego.



―Yo lo intenté una vez… ―dijo.
―¿Que hiciste el qué? ―preguntó Skel, con los ojos muy abiertos. Tot suspiró y trató de darle un codazo, pero Skel adivinó sus intenciones y se apartó a tiempo.
―Ella se llamaba Rachel. Yo me llamaba George. Los soldados vinieron a casa a buscar a todos los jóvenes que pudiesen blandir un arma. No pude negarme, o deshonraría a mi familia por cobarde… Me dieron una espada mal forjada, un peto de cuero y un casco agujereado que me venía grande. Al tercer día estaba muerto. Y furioso. No quise irme. No quise dejarla atrás sin decirle que todo estaría mal… pero no me dejaron quedarme. La vi crecer y hacerse mujer… jamás me olvidó. Lo sé. Un día me escabullí y conseguí introducirme en sus sueños. En él aparecí con una armadura resistente y brillante, digna de un héroe… luchaba hasta que los enemigos me rodearon y no hubo escapatoria. Pero antes de morir besé el colgante que llevaba al cuello con su imagen, y le dije que siempre me acordaría de ella, que la muerte no podría separarnos… y que siempre la esperaría.
―Jo, tío…
Tot carraspeó. Miró para otro lado para que Leuche no viera las lágrimas a punto de desbordar en sus ojos…
―¿Sabes… sabes si funcionó? ―acertó a preguntar.
―No. Nunca lo supe. Vinieron a buscarme y me echaron la bronca del siglo… Sé que se levantó llorando y que estuvo pensando en mí unos días… pero seguramente creyó que solo fue un sueño. Acabó casándose con el mamarracho de los Cullighan… o Golligan, como diablos se llamaran… y a mí me tocó cuartucho de reflexión durante un mes.
―¿Cuartucho de reflexión? ¿Solo por un sueño?
Leuche asintió en silencio, profundamente afectado… en apariencia.
―Me dijeron que eso podía haber provocado que no se casara… y eso estaba en sus planes. ¡Pero yo no quería que se casara con ese engendro humano! ¡Tenía que haberse casado conmigo!
―Pero si tú ya estabas muerto… ―Tot hurgó en la llaga.
―¡Me da igual! ¡Estábamos enamorados! Si no hubiera sido por la maldita guerra…
Skel le alcanzó una nueva copa igualita a la que se estaba tomando él momentos antes, pero Leuche la rechazó.
―No, yo no bebo alcohol… al menos en estado espiritual.
Guardaron silencio unos instantes.
―Y tú… ¿por qué quieres bajar? ―dijo Leuche.
―Pues yo…
Pero Tot estuvo más rápido.
―Skel no quiere bajar, ¿verdad, Skel? Ya lo hablé hace tiempo con él… y quedamos en que se olvidaría del tema. Es peligroso y además se arriesga a que le encierren en el cuartucho…
―Me gustaría que fuera Skel el que respondiera, gracias ―dijo Leuche.
Skel dudó… y al mismo tiempo Leuche creyó percibir por el cuadrante correspondiente a los 120 grados de su visión panorámica a Tot negando repetidamente con la cabeza y haciendo aspavientos con las manos para que Skel no dijera la verdad. Después vio a Skel bajar los ojos y quedarse mirando fijamente el suelo. Parecía tan abatido como cuando llegó.
―No, no quiero bajar. Lo he pensado mejor.
Leuche también vio el pulgar hacia arriba que le había mostrado Tot, pero ya lo había escondido cuando se volvió a mirarle.
―Es lo mejor para todos ―afirmó Tot.
―Sí. Lo mejor… ―concedió Leuche.
Creían que podían engañarle. Inocentes…

(continuará...)

domingo, 8 de diciembre de 2013

El Ángel de la Muerte (9).

―No sé… hay algo que no me convence.
Tot removía con una cucharilla su cóctel de color verde, servido en copa de Martini y bautizado como “Ángel caído”, pensando en qué hacer con la guinda también verde: no estaba tan rica como la guinda roja, pero también merecía esperar hasta el final. Se había sentado frente a la barra de la cantina, porque de repente le había invadido un estado de ánimo un tanto extraño y no le apetecía mucho charlar sobre temas superficiales… y cuando Leuche se aproximó por su izquierda para pedir su batido de piña y coco, pronunció esas palabras de manera casual. Leuche le miró de soslayo… pensando que hablaba a otra persona.
―¿Decías…?
―El discurso de ese vejestorio. No solo ha despreciado nuestro trabajo, sino que además pretende hacernos creer que el sentido de la vida es vivir ―Tot sacudió la cabeza―. No me convence…
El batido de Leuche llegó y Tot observó cómo de repente cambiaba de color y se volvía marrón con unos chorreones de salsa de chocolate pegados al cristal.
―Es que he cambiado de idea ―dijo Leuche, sonriendo. Era un indeciso.
―Además… ¿qué puede saber él? ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?
―Bueno… por el color de su aura y el cabello blanco, yo diría que ha vivido más que nosotros… y estuvo un tiempo acompañando a uno de los Maestros Ascendidos, según he oído por ahí. Algo debe de saber…  
―Pamplinas.
―¿Pamplinas?
―Sí, pamplinas.
―Ajá… y ¿cuál es el sentido de la vida para ti?
―Aún no lo sé. Y lo de los Maestros Ascendidos es una estupidez. ¿Ascendidos a dónde? ¿A qué? ¿No se supone que somos todos iguales?
―Vaya humor que gastamos hoy…
―No, es que es verdad… no importa adónde vayas, en todos los sitios te vienen con lecciones espirituales, que si no hagas esto, que si no hagas lo otro, que si no seas tan orgulloso, que si otra vez a reencarnarte porque tienes que aprender… ¿aprender el qué? ¿Es que no aprendo ya lo suficiente con mi trabajo, mis cursos de reciclaje y los viajes organizados a otros mundos?
―Todo eso me parece muy bien, pero ¿no te has ido un poco por las ramas? Estábamos con lo del sentido de la vida… ―Tot miró a Leuche con cara de pocos amigos. Parecía más avispado de lo que había pensado en un principio…

―Está bien. Tú también has vivido bastante, ¿no es así? Y has muerto muchas veces, por lo que pude comprobar en tu currículum… ¿Cuál es el sentido de la vida para ti?
Leuche contempló pensativo las burbujas que jugueteaban en la superficie de su batido. Era difícil decirlo. No sabía cómo lo hacían, pero los guías siempre encontraban la forma de convencerte de que debías reencarnar y pasar otra vez por todo el largo proceso que eso suponía, incluyendo el nacimiento y la muerte, para al final… al final… volver a casa y encontrar que… ¿encontrar qué? ¿Qué había aprendido él?
―La vida es como un sueño. Pero es un sueño que tienes que construir tú, hasta que ese sueño sea tan hermoso que nunca quieras despertar… que nunca quieras volver a casa.
Tot se sorprendió por esas palabras. Eran de lo más profundo que había escuchado últimamente, incluyendo la reciente conferencia. Pero aún así… dudó.
―Es como construir un edificio… un nuevo hogar, ése en el que te gustaría vivir para siempre. Al principio aprendes a hacer el cemento. Luego los ladrillos. Luego las vigas… con todo lo que eso supone. No solo es el material, también es cómo usar ese material. No solo eres el obrero, también el arquitecto ―absorto en su dulce batido, Leuche parecía inspirado―. No puedes pasar al siguiente material hasta que no dominas el primero. Y eso te puede llevar varias vidas… Según ese sueño crece, las cosas se tornan más complicadas, el trabajo es cada vez más delicado. Tienes los cristales, la grifería, la electricidad… es un edificio con muchos vecinos y todos se van apoyando unos a otros. Pero cuando dominas lo más básico, entonces la relación con las personas es también más difícil. Muchas veces el edificio (el sueño) se viene abajo, y hay que empezar desde cero otra vez. Unos abandonan la vecindad. Otros vienen. A veces aparecen goteras, otras veces una plaga en los sótanos… Pero tú siempre tienes en mente ese edificio perfecto en el que te gustaría vivir.
―¡Para, para! A ver… sigue sin tener sentido. ¿Para qué montar todo ese tinglado? ¿No lo podemos hacer aquí igual?
―¿Aquí? Aquí creas lo que deseas con solo pensarlo, ¿ves? ―en una décima de segundo su batido era ahora una ración doble de tortitas con nata, y al segundo siguiente un pastel de manzana, y al segundo siguiente un crepe relleno de dulce de leche. Finalmente volvió a ser un batido con chorreones de chocolate.
―Ya. ¿Y?
―Pues que así no apreciamos lo que tenemos. Aquí todo es plano, continuo, sin sobresaltos, hagamos lo que hagamos nos va a ir bien, puedes quedarte una eternidad pensando en las musarañas que nadie se va a alarmar ni tú te vas a preocupar de nada… pero si permaneces inmóvil, no vas a llegar nunca a ninguna parte.
―¿Y reencarnando sí?
―Si consigues construir tu sueño, habrás llegado tan alto como tú quieras. Puedes conformarte con dos o tres pisos, pero eso es fácil. O puedes descubrir que superarte a ti mismo es lo mejor que te puede pasar, por tanto, si en una ocasión conseguiste un rascacielos de 150 plantas pero resulta que se te empezó a torcer cuando ibas por la 123, tal vez la próxima quieras llegar hasta el piso 175, pero recto y con un acristalado perfecto. ¿Por qué? Porque disfrutas haciéndolo. Porque cada vez eres mejor arquitecto. Hasta que llega un momento en que quieres cambiar a un material distinto… y la Tierra ya no te sirve para construir tu sueño. Necesitas nuevos retos…


―No sé, sigo sin verlo…
―¿Has hecho alguna vez castillos de cartas?
―Sí.
―Pues es lo mismo. Si tienes buenas cartas, puedes hacer un buen castillo, siempre que te apliques y tengas paciencia y un buen pulso. Si tienes malas cartas, necesitarás algo más que buen pulso para mantener el castillo. Cuando el castillo se cae, empiezas de nuevo. Incluso puede que el castillo no se caiga, sino que lo derriben… pero no importa, porque cada vez que lo volvemos a levantar, lo hacemos mejor.
―Y así, ¿hasta cuándo?
―Hasta que te canses de hacer castillos.
―Sigo sin verle el sentido. ¿Para qué construir un castillo? ¿Para qué construir nada, sabiendo que al final siempre se va a caer? ¿Sabiendo que nunca lo vas a ver acabado?
La guinda verde ya era lo único que quedaba del cóctel, daba pena verla en el fondo de la copa tan solitaria.
―No quieres verlo acabado. Da igual si se cae o no. Lo que quieres hacer es construirlo, eso es lo único que importa. No quieres vivir en un sueño, ni tampoco en un rascacielos de 200 pisos, aunque tenga una piscina y un helipuerto en la azotea. Solo quieres vivir. Sentir que estás vivo. No me negarás que estar aquí en casa es muy aburrido... pura rutina.
Tot frunció el ceño. Había subestimado al nuevo… Ahora no podía dejar de pensar. 
Incluso se le quitaron las ganas de comerse la guinda.

(continuará...)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El mundo no va a cambiar (One fine day).

Es curioso cómo con los años descubres significados en las canciones que antes te habían pasado desapercibidos. Piensas que es por el idioma… algún giro lingüístico o expresión que no llegas a captar del todo, hasta que un día se te enciende la luz y dices: “Aaahh, así que se trataba de esto…”

Me acaba de pasar con esta canción de Marillion: “One fine day”. Dice más o menos que no esperes a que un buen día las cosas cambien. No lo van a hacer. Va sobre la esperanza, esa esperanza que todos tenemos y que no queremos perder, la que hace que te levantes día tras día pensando que por fin va a ser diferente… y cómo llega un momento en que ya no te quedan fuerzas para luchar, en que te conformas con dejarte llevar por la corriente, con ser uno más en la multitud enloquecida, contento de vivir y morir, sin más… Te das cuenta de que por mucho que lo intentes, nada cambia. O, como mucho, cambia para peor.

Quisiera creer que tengo un mal día y que estoy pesimista. Toda mi vida he sido pesimista. Algunos dicen: “Yo no soy pesimista, soy realista”. A mí nunca me ha gustado esa frase. Siempre he preferido creer que tengo al menos dos opciones para elegir, que puedo tener un día negro, pero al día siguiente un día brillante, que igual que puedo ser pesimista, también puedo ser optimista y ver el mundo de otra manera. Al fin y al cabo, dicen que los pensamientos positivos son buenos y que con ellos haremos un mundo mejor… aunque por muchos pensamientos positivos que tenga, yo sigo sin ver ningún cambio. Tengo comprobado que cuando intento ser optimista acabo estrellándome contra el suelo y solo gano algunas fracturas. Los tornillos no se me aflojan porque ya venían un poco flojos de fábrica. Aún así, siempre acabo mal siendo optimista. Cuando soy pesimista, tampoco gano nada… puede que como mucho alguna decepción, porque siempre me queda un reducto optimista en mi mente que espera que alguien le dé alguna sorpresa en algún momento… pero esa sorpresa raramente llega. Así que, no gano nada, pero al menos tampoco acabo descalabrada en el suelo. Al volar bajo, la hostia que te acabas dando es más suave. O menos fuerte, según se mire.

Reflexionando estos días atrás y comentando con otras personas si la vida es un juego y el mundo nuestro escenario, alguien citó unas palabras de Joseph Campbell:

“Participa alegremente en las penas del mundo.
No podemos curar al mundo de sus penas,
pero podemos elegir vivir con alegría.
Cuando hablamos sobre solucionar los problemas del mundo,
estamos llamando a la puerta equivocada.
El mundo es perfecto. Es un desastre. Siempre ha sido un desastre.
No vamos a cambiarlo.
Nuestro trabajo es enderezar nuestras propias vidas.”

“Por lo que realmente estamos viviendo es por la experiencia de la vida,
tanto el dolor como el placer.”

“El negativismo hacia el dolor y la ferocidad de la vida es el negativismo hacia la vida. No estamos allí hasta que podemos decir sí a todo ello.”

"Estar vivo es el significado."
"El privilegio de una vida es ser quien eres."


"Participate joyfully in the sorrows of the world.
We cannot cure the world of sorrows,
but we can choose to live in joy.
When we talk about settling the world's problems,
we're barking up the wrong tree.
The world is perfect. It's a mess. It has always been a mess.
We are not going to change it.
Our job is to straighten out our own lives."

"What we are really living for is the experience of life,
both the pain and the pleasure."

"Negativism to the pain and the ferocity of life is negativism to life. We are not there until we can say 'Yea' to it all."

"Being alive is the meaning."
"The privilege of a lifetime is being who you are."

Creo que estoy empezando a comprenderlo. El mundo no va a cambiar, por mucho que queramos cambiarlo y por muy optimistas que nos levantemos cada mañana. Somos nosotros los que cambiamos. Quizá hemos venido para eso, para que el mundo nos cambie, y no al contrario. Es como eso que dicen: tú vienes con unos planes, pero la vida tiene otros planes para ti. Estoy empezando a aceptar que el mundo es solo nuestro escenario, y la vida un inmenso teatro. En él representamos nuestro papel, sea cual sea. A veces nos toca hacer de buenos, y otras veces hacer de malos. A veces somos protagonistas, y otras veces secundarios. A veces ni siquiera somos secundarios, solo somos extras que venimos para figurar o hacer bulto. ¿Por qué? Pues porque somos actores y queremos salir en la película, da igual lo que nos toque. El caso es participar, el caso es estar vivos. Siempre es divertido disfrazarte. Al final, nos aplauden o nos tiran tomates. Y luego volvemos a casa y pensamos qué traje escogeremos para la próxima función.

Hay muchos que piensan que si no podemos cambiar las cosas y todo viene ya en el guión, no queda nada que hacer. Y no puedo negarlo… Tal vez aceptar que el mundo no tiene arreglo y que no va a cambiar sea una actitud derrotista. Tal vez me he resignado y he decidido dejar de luchar, pueden decir algunos… Otros piensan que si la vida es un juego y todo está ya decidido, no tiene sentido vivir. Pero yo no lo veo así. Que la vida sea un juego no te quita la responsabilidad de jugarlo según las reglas, o según tus propias reglas, hasta el final, hasta que ya no te queden más balas… No es divertido dejar la partida a medias, sobre todo cuando tu contrincante quiere seguir jugando. Ni siquiera es de caballeros, sería como hacer trampa. Otros gustan de quitarle valor a la palabra “juego” y piensan que venimos al mundo a jugar a la Oca. Pero no es la Oca. Es más parecido a Jumanji. Tan real que a veces da miedo y llegas a pensar que no es un juego.

En todo caso, no importa. Porque sea un juego o no, seamos conscientes o no, el mundo va a seguir donde está por unos miles de años, y muchos de nosotros vamos a seguir viniendo para comprobar si cambia, si no cambia, o si cambia tan lento que lo que ocurre es que necesitamos varias vidas para notar esos cambios. Yo sospecho que es esto último. Pero hablo desde mi reducto optimista. Es el mismo que en tiempos como éste, me recuerda que si ya no creo en nada, al menos debo creer en Aragorn:


"There is always hope"
(Siempre hay esperanza)


ONE FINE DAY

When we were young you used to say
things would be different
one fine day

The walls would crumble
Nations sing as one
We live in hope, 'cause so far
it hasn't come

Listening to the pouring rain
waiting for the world to change
beginning to wonder if we'll wait in vain
for one fine day

Oh, how years change the things for which we strive
A better world... or just a quiet life
What seemed so simple
is still so far away
Don't hold your breath waiting
for one fine day

Listening to the pouring rain
waiting for the world to change
beginning to wonder if we'll wait in vain
for one fine day

Life is strange
it can seem you're high and dry
Turn around
there's nothing in this world you recognise
Did we fall asleep, babe?
    Dreaming that dream, babe?   

martes, 3 de diciembre de 2013

El Ángel de la Muerte (8).

 CONFERENCIA: LA MUERTE. ¿UNA REALIDAD?

- POR EL ÁNGEL DE LA MUERTE EMÉRITO: SHÉDEL -

―Pero, entonces, ¿la muerte existe o no existe?
―Nosotros sabemos que no ―contestó el Ángel de la Muerte Shédel―. Pero no importa lo que nosotros sepamos. Resulta que tenemos una malísima costumbre, y es que cuando nos encarnamos como seres humanos olvidamos el mundo espiritual, y cuando regresamos al mundo espiritual olvidamos lo que es ser humano… Y tan imposible es comprender desde aquí el miedo atávico que el ser humano tiene a la muerte, a lo desconocido, al final de su existencia… como difícil es para un ser humano comprender que su realidad no es real, que la muerte no es real, que el dolor es solo transitorio, que sus seres queridos nunca desaparecen. Lo fácil es verlo todo desde la barrera, como lo vemos nosotros desde aquí… ahora que hemos vivido incontables vidas y experimentado incontables muertes, nos parece que vivir es un juego de niños… y lo es, pero no cuando estás dentro de esa realidad y no eres consciente de que tus sentidos te engañan constantemente.
―¿Les engañan… o quieren vivir engañados? Tienen pistas por todas partes…
―Los seres humanos buscan seguridad. Creerán lo que sea si a cambio se les ofrece esa seguridad. Y se aferrarán a esas creencias cueste lo que cueste, antes de abrir los ojos a esa otra realidad que tienen al alcance de la mano pero que implica también cierto grado de duda, porque no confían en todos sus sentidos… no les enseñan a hacerlo. Pero ésas son las reglas del juego. Porque si supieran la verdad y no tuvieran miedo, tomar decisiones sería mucho más fácil. Para poder elegir tienen que existir los opuestos. Si todo fuera tan fácil como aquí, donde todo es claro como el agua y no existe la duda, ni la incomprensión, ni el temor, ¿dónde estaría el problema? La vida dejaría de ser un desafío, dejaría de tener sentido… Los seres humanos se empeñan en buscarle un sentido a la vida, cuando el único sentido que tiene es vivirla. Y vivirla según a cada uno le dicte el corazón. Nosotros, como Ángeles de la Muerte, debemos ser conscientes en todo momento de que para muchos humanos el fin de la vida es el fin de todo… piensan que se les ha acabado el tiempo cuando en realidad no es más que un periodo de diez minutos en la eternidad que aún tienen por delante. Y aunque hayan vivido muchas vidas, siempre van a pensar que ésa es la única que han tenido y la única que van a vivir… va a costar sacarles de esa ilusión y debemos ser comprensivos y pacientes, especialmente cuando la vida les es arrebatada de manera súbita o traumática. Es entonces cuando más confusos y aturdidos estarán, pensarán que aún siguen vivos, desearán regresar a la vida mortal… y debemos empezar a considerar que un alma retenida en el astral es un fracaso de los Ángeles de la Muerte.

Un murmullo de desaprobación recorrió a la multitud de Ángeles reunidos en el claro habilitado para la celebración de la conferencia.
―¿Y qué hay del libre albedrío? ¿No es un derecho intocable de toda alma? ―se dejó oír una voz anónima.
―¿Acaso he dicho que debemos pisotear ese derecho? No… no podemos obligar a nadie, pero estamos obligados a tratar de convencerlos por todos los medios de que deben seguir adelante. Nos llegan preocupantes informes de que el astral es ahora mismo como el metro en hora punta, se está superpoblando y eso no es bueno… no hay evolución posible en el astral.
―¿No deberían ocuparse de eso los guías espirituales? ―preguntó Tot. Se hallaba sentado en la quinta fila, con varios de sus compañeros dispuestos alrededor y Leuche a su izquierda.
―Mmm… Sé de los roces que hay entre guías y Ángeles de la Muerte, pero debéis entenderlos a ellos también. Acompañar a varios humanos a lo largo de todas sus vidas es francamente extenuante, podéis creerme… Aunque lo parezca, tampoco el suyo es un trabajo fácil. Debéis aprender a cooperar con ellos. Los guías espirituales tienen muy buenas intenciones, pero no todos son expertos en manejar almas recién fallecidas ni han experimentado todo tipo de muertes. En muchos casos necesitan nuestro apoyo y consejo, pero siento que nos hemos vuelto demasiado cómodos y nos limitamos a transportar a esas almas sin ni siquiera preguntarles cómo se encuentran. Y no, no se trata de eso… creo que en algunos casos nuestra mala fama es merecida.
Otro murmullo de desaprobación recorrió a la multitud. Sin duda algunos se sintieron dolidos por tal afirmación.
Leuche tocó el brazo de Tot.
―Es cierto… No recuerdo que tú me preguntaras cómo estaba ―susurró.
―Sshhh… ―Tot puso un dedo en sus labios.
―De hecho, te burlaste de mí.
―Eso no es cierto ―Tot fingió indignación―. Simplemente me produjo un gran placer ver que te era fácil recordar… Además, intentaste agredirme, ¿o eso lo has olvidado?
―Lo intenté porque te reíste de mí. Me preguntaste si estaba calentito en la hoguera…
Tot puso cara de póker.
―¿Te molestó? Era simple curiosidad… Hace tiempo que no sé qué es sentir calor.
― Sileeencioooo ―les llamó la atención Skel desde detrás.
La respuesta no convenció a Leuche, pero calló. El Ángel de la Muerte emérito seguía hablando. Estaba resultando una conferencia muy interesante.
―Sí, no se molesten por mis comentarios, señores Ángeles… Nos hemos vuelto demasiado orgullosos con esto de que somos imprescindibles y por mucho tiempo nos tuvieron miedo. Pero eso se acabó. Somos un cuerpo de élite, y como tal debemos dar ejemplo. Debemos ofrecer un servicio de calidad, dar a la muerte la importancia que tiene y tratar a las almas recién fallecidas como merecen. Recuerden que para los humanos la muerte es real, tan real como la vida misma… a nosotros nos es difícil ponernos en su lugar, y por ello debemos recordar nuestras propias muertes… Un Ángel de la Muerte no debe olvidar nunca su naturaleza humana, aunque suene contradictorio. Por cierto, me han dicho que les diga que al finalizar la charla encontrarán a su disposición los nuevos manuales de intervención para que los estudien y empiecen a ponerlos en práctica en sus próximas salidas. Deberán presentar informes periódicamente y serán evaluados para detectar errores y subsanarlos en el futuro. 
Alguien levantó la mano.
―Respecto a esto de ofrecer mejor servicio… ¿no sería mejor que hubiese ampliación de plantilla para que no tuviésemos que ocuparnos de más de un alma? Sobre todo en situaciones de emergencia, que es cuando más se necesita...
―Creo que los superiores están trabajando en ello, pero hay que tener paciencia… Como sabéis dedicarse a la muerte no está bien visto, ni en la Tierra ni en el mundo espiritual. Es nuestra cruz… gajes del oficio, muchachos. Aquí la muerte no existe… y en la Tierra solo pretenden ignorarla. Por mucho que les expliques que no puede haber luz sin oscuridad, bien sin mal, blanco sin negro, vida sin muerte… no lo entienden ―Shédel sacudió la cabeza con tristeza―. No lo entienden…
Se hizo el silencio y los asistentes a la conferencia esperaron, sin saber si el Ángel de la Muerte emérito había acabado o no. De pronto les miró fijamente con fuego en sus ojos.
―¿A qué esperan? ¡Tienen trabajo ahí fuera! ¡Sigan haciendo que me sienta orgulloso de ustedes! ¡¡Hasta la muerte y más allá…!!


Los Ángeles de la Muerte se miraron entre ellos y rompieron en aplausos y ovaciones al conferenciante. Nada les gustaba más que escuchar su lema y sentir la pasión y el orgullo por lo que hacían en sus corazones (o lo que fuera que tuvieran en lugar de corazón). Una descarga de energía irrumpía en el centro de su ser y percibían cómo se hinchaban sus cuerpos espirituales y adquirían un color dorado. Era una sensación indescriptible… Y solo ellos sabían todo lo que habían tenido que pasar para llegar hasta allí.

(continuará...)
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