domingo, 16 de agosto de 2015

El Ángel de la Muerte (25).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (24)].

Al despuntar el alba, el canto de un gallo le despertó. Estar solo medio materializado no le permitía experimentar la vida física al cien por cien, pero aquello se le parecía bastante. Aún era capaz de recordarlo. El canto del gallo era poco más que un eco cercano. El viento frío que entraba por la ventana de la pobre construcción de piedra no llegaba a erizar el vello de su cuerpo. Los alimentos no sabían a nada, eso se lo tenía que seguir imaginando. Los olores eran algo más perceptibles, pero por mucho que inspiraba el aire no sentía que nada llegara a sus pulmones y mucho menos a su pituitaria. Juraría que ahí estaba tirando de recuerdos. Aunque por otro lado esto lo agradecía... apenas lavaba sus ropas de pastor, y las cabras, el queso y todo lo demás, debían desprender un intenso aroma a humanidad. Al cerrar los ojos casi se sintió en la Tierra de nuevo. Incluso los sueños eran igual de reales. O irreales, según se mirase.
Decidió levantarse al fin. Se desperezó, cogió la gorra y el cayado, y se dirigió a tomar el desayuno con los demás compañeros del Departamento de Avatares y Apariciones Virginales. En la mesa comunal había un grupo que se acababa de sentar y parecía muy excitado. Según lo que pudo entreoír, habían estado de guardia toda la noche, comunicando con el piloto de un vehículo espacial para que consiguiera situarlo justo encima de una cueva donde iba a nacer no sé quién. Por lo visto creían que se habían equivocado al poner las coordenadas del GPS y casi habían acabado pifiándola. Al final consiguieron aclarar que en realidad se habían olvidado de que no estaban en la Tierra y no habían cambiado la configuración del aparato.
En el otro extremo de la mesa, Leuche reparó en una figura sombría, solitaria, que observaba en la distancia. Al acercarse vio que en realidad no era tan sombría. Al contrario, aquella mañana Tot parecía rodeado de un halo especial. El rubio de sus rizos parecía más brillante. El rubor en sus mejillas era igualito al de un bebé. El calzón lucía impecable, con su imperdible de plata finamente labrado justo en su sitio. Las alas parecían hechas de un algodón puro y suave. Daban ganas de pasar los dedos por él y acariciarlas... Todo esto contrastaba con el habitual humor de perros que (casi) siempre le acompañaba. Y Leuche tampoco se sentía muy animado. Se sentó junto a él y se sirvió lentamente medio vaso de leche de avena con cinco o seis cucharadas colmadas de cacao instantáneo del bueno, del que se disuelve sin problemas y no deja burbujitas. Necesitaba un buen chute de algún estimulante... aun sabiendo que aquello no le iba a hacer ningún efecto, principalmente porque carecía de cuerpo físico.


Tot masticaba sin muchas ganas una tostada de pan payés con manteca, con cuidado de que no le cayera ni una sola miga.
―Hey, tienes buen aspecto hoy ―le dijo Leuche­―. Este líquido negruzco que baña la punta de las flechas... no es nada raro, ¿verdad?
―No para un Ángel de la Muerte.
―Ya. Pero hoy no trabajas de Ángel de la Muerte.
―Yo trabajo de lo que me apetece. Otra cosa es que me lo vayan a pagar o a reconocer de alguna manera. Además, aquí estoy para que evalúen mi trabajo como Ángel a Secas, y como muestra de mi buena predisposición ya has visto que hoy luzco un uniforme impoluto.
Leuche sabía que eso no significaba nada, pero no quería seguir importunando más a Tot. Y en su cabeza revoloteaba otra cuestión. Después de dar un sorbo a su bebida chocolateada, dijo:
―Oye, Tot, el otro día, cuando me dijiste que era un traidor... no lo decías en serio, ¿no?
―Yo siempre hablo en serio.
―Pero, si hemos de analizar los hechos objetivamente y con lógica, como sin duda haces siempre, yo no he hecho nada como para que me llames traidor así sin más, al menos no desde que nos conocemos. ¿Estás de acuerdo?
―No. Nos conocemos de mucho antes que te presentaras en mi oficina oliendo a chamuscado. Tú mismo lo presentías...
―¡Ah, es cierto! ―fingió acordarse Leuche.
Tot le miró extrañado. Esta mañana Leuche se comportaba de una manera muy rara.
―Te voy a ahorrar un poco de sufrimiento ―dijo Tot.
―¿De veras? Qué atento eres... ―respondió Leuche, con una media sonrisa y temiéndose algo realmente malo.
―Sí, bueno, yo siempre soy así de amable. Yo también he tenido un sueño esta noche.
―¡No!
―Sí.
―Entonces... entonces... ¿ya sabes dónde nos conocimos?
―Sí.
―¿Quiénes éramos?
―Yep.
―¿Lo que pasó luego?
―Hasta el preciso momento en el que me trai-cio-nas-te.
―Glup.
Tot acabó su tostada y bebió un trago de su café solo con hielo. Luego buscó en la cesta de pan otra tostada y comenzó a untarle mantequilla. Cuanto más lentamente untaba, más nervioso se ponía Leuche.
―Esto... una pregunta ―dijo al fin―. ¿Saliste de aquella?
―Sí, claro que salí. Después de que me descuartizaran y repartieran mis pedacitos entre otros ladrones del gremio. Bueno, para ser exactos, salí un poco antes de que eso ocurriera. Por suerte pude contemplar desde fuera cómo lo hacían. ¿Y tú? ¿Tú saliste de aquello?
―Pues... creo que llegué dos o tres callejones más allá. Después alguien me apuñaló y me abandonaron cerca del antiguo penal. Las ratas se dieron un pequeño festín con mi cadáver. La policía ni siquiera pudo identificarme, aunque algo sospecharon por las ropas que llevaba puestas.
Tot asintió en silencio. Leuche se echó otra cucharada de cacao. Se preguntó si Tot estaba aún medio dormido o solo demasiado cansado de la misión como para reaccionar.
―Entonces, ¿estamos en paz? ―aventuró, con la mejor de sus sonrisas.
―Tú y yo nunca estaremos en paz ―la voz de Tot sonó tan fría que Leuche sintió que se le helaba el corazón. Aún así, intentó no hacer un drama.
―¿Con “nunca” te refieres a toda la eternidad?
―No, solo hasta que te mate dos o tres veces.
Leuche trató de sonreír, pero ya le fue imposible.
―Estás bromeando, ¿no? Si tú no querías reencarnar...
―Bueno, tal vez lo haga. Y enviaré un comunicado al Departamento de Deudas Kármicas para que te citen a una próxima encarnación conmigo y así podremos resolver nuestros asuntos pendientes. O sea, te dejas matar y ya está, consideraré saldada la deuda.
―¿Cómo? ¿Por qué no resolvemos nuestros problemas aquí y ahora?
―Vamos, no me digas que no lo sabes. Aquí no es lo mismo... Aquí no me produciría ningún placer matarte, ni a ti ningún sufrimiento. Ya estamos muertos.
―Pero eso no es nada civilizado, Tot. Yo creo que en cuestión de resolver nuestros asuntos pendientes, es lo mismo. Tú me perdonas, yo te perdono...
―Tú no tienes nada que perdonarme a mí. Y sigo diciendo que estando muertos ya no tiene gracia perdonar o no. Es mucho más fácil sabiendo que no tenemos nada que perder.
―¿Llamamos a un guía espiritual para que nos lo aclare?
―Yo no me hablo con el mío. Además, ¿por qué lo van a saber ellos mejor que nosotros?
―Algo más habrán estudiado, digo yo...
―Pamplinas.
Leuche suspiró. Empezaba a verlo un poco negro. Eso de volver para que Tot le matara en venganza o como una especie de justicia cósmica sonaba más propio de un alma principiante que de todo un Ángel de la Muerte. Dio un par de sorbos más a su bebida y se decidió a probar un panecillo con nueces. De pronto recordó cómo se habían reído una noche que habían salido con un Ángel novato después del trabajo, haciéndole creer que tenía que presentarse en el Departamento de Deudas Kármicas para dar cuenta de algunos de sus “errores” del pasado. Era un alma tan inocente que aún creía que en el mundo espiritual había señores con toga y peluca que te juzgaban por tus crímenes y decidían sobre las penurias que deberías sufrir en tu próxima vida para avanzar en la también inexistente escala de perfección. Ni siquiera al levantarse el velo se había dado cuenta aún del engaño. Inocente, pero... ¡pero seguro que tenía mejor memoria que él! ¡Maldita sea! Abrió unos ojos como platos y contempló a su compañero, aún aparentando indiferencia y rigidez. ¿Por qué se dejaba siempre engañar tan fácilmente por Tot? Fue entonces cuando apareció su sonrisa pícara. Y los dos se echaron a reír a carcajadas. Y justo en ese momento llamaron para que se pusieran a trabajar.


Según se levantaban de la mesa, Leuche dijo, solo para asegurarse:
―No hay rencores, ¿no?
―Claro que no. Pero sabes que los Ángeles a Secas no tenemos muy buena puntería, ¿verdad?
―Bueno, estoy tranquilo, porque como mucho tu veneno me quitará algo de energía para trabajar.
―No me refería a eso. Le he dicho a nuestro encargado que necesito un compañero para llevar tantos mensajes de aquí para allá...
―No.
―Sabía que te iba a encantar volver a trabajar conmigo: aquí tienes tu nuevo uniforme. Y asegúrate de que esté siempre inmaculado.
Esta vez fue Leuche el que casi rompe en llanto. Su peluca era pelirroja, con una corona de florecillas blancas rodeándola. Por lo demás, los siguientes días iba a tener que vestir un calzón como el de Tot y utilizar una nubecilla densa como medio de transporte. Tot no pudo evitar una sonrisa de satisfacción al ver la cara de su compañero.
―Recuerda que aún tienes que demostrarme que tienes corazón de Ángel de la Muerte.
―Pero, Tot... ¡no puedes hacerme esto! ¡Tú no eres el jefe aquí! ¡Tengo cabras que cuidar! ¡Queso por hacer! ¡Mañana me pare una cabrita! ¡Tot! ¡Tooooooooot!

(continuará...)

lunes, 3 de agosto de 2015

El Ángel de la Muerte (24).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (23)].

―¡Señoras y señores! ¿Quieren alegrarse el día? ¿Una libra extra con la que darse un capricho? ¿Comer un buen estofado de carne tal vez? ¡Venga, es fácil! ¡Adivine dónde está el joker! La probabilidad de equivocarse es solo de una entre tres... ¿Quiere probar, señor?
Augustus se acercó tímidamente como hacía siempre y se dispuso a jugar un poco para atraer a los verdaderos clientes. Esta parte era un poco aburrida, pero casi nunca la podían pasar por alto, sobre todo cuando cambiaban de esquina.
Pronto la habitual multitud de curiosos se fue agolpando alrededor de los dos hombres. Pero la diversión no duró mucho. Thomas disminuyó el ritmo de su prestidigitación cuando vio llegar el vehículo con el distintivo de la policía londinense. Del pescante se bajó un oficial con aspecto iracundo. Hacía tiempo que andaba tras ellos. Por suerte aún no había probado la dureza de su porra. Sin prisa, comenzó a recoger los bártulos.
―Me temo que hoy no hay tiempo para más. ¡Señoras y señores, gracias por su atención y tengan un buen día!
Cuando se dio la vuelta se dio un encontronazo con otro agente que ya blandía una porra en su mano y con ella daba golpecitos en su otra mano.
―¡Señorita! ¿A dónde cree que va? ―escuchó algo más allá. Por todos los infiernos, también habían cogido a Bonnie.
El agente carraspeó y el oficial que había descendido del pescante sonreía levemente por debajo de su bigote.
―Veamos, Mister Longhands, ¿cuántas veces le he dicho que abandonara la ciudad si no quería acabar tras unos barrotes?
―¿Cómo? ¿Está insinuando que estoy haciendo algo ilegal?
―Da la casualidad de que tenemos en comisaría varias denuncias de personas que afirman haber sido víctimas de sustracciones mientras contemplaban su degradante representación... y le vamos a conducir a las dependencias policiales para que nos aclare este hecho.
­―Verá, me encantaría obedecer sus órdenes, pero me llaman otras obligaciones que no puedo des...
En ese momento alguien comenzó a vociferar entre la multitud de curiosos.
―¡Vamos, suélteme!


El hombre que así protestaba recibió un tremendo puñetazo. Se oyeron gritos de mujeres, los curiosos corrieron para allá y los desconcertados agentes acudieron a ver qué pasaba. Bonnie se escabulló dándole un puntapié al agente que la retenía y Thomas echó a correr aprovechando la confusión. La gente en la calle iba en dirección contraria y eso les facilitó la escapada.
Los dos corrieron como alma que lleva el diablo, atropellando peatones por el camino y destrozando puestos callejeros de frutas y verduras. Atravesaron angostos callejones y dejaron atrás la algarabía. Corrieron hasta que se toparon con un saco de ciego y dos rufianes que carecían de la elegancia que solía caracterizar a los agentes de policía. Empujaron a Bonnie contra unas cajas desvencijadas de madera y se enfrentaron a él con unos palos gruesos con pinta de bates de cricket que bien podían reventar la cabeza a un hombre. Thomas tragó saliva. Quiso avanzar hacia Bonnie, pero uno de aquellos canallas se interpuso.
―Sabemos que sois unos traidores.
―¿Y qué si lo somos? No iréis a hacerle daño... Es solo una niña.
Sabía que eso no les importaba lo más mínimo, pero necesitaba ganar tiempo. Guardaba su puñal en el interior de sus mil veces remendada chaqueta, pero temía que cualquier movimiento hiciera perder los nervios a sus atacantes.
―Tenemos órdenes muy claras... y una recompensa esperándonos.
Thomas oyó un ruido a su espalda. Había más acechando en las sombras.
―Vamos, acércate más. Pónmelo fácil.
Thomas observó a Bonnie encogida en el suelo, aterrorizada. Quiso incorporarse, pero el hombre que la vigilaba la tumbó de una bofetada. Bonnie se llevó la mano a los labios, manchados ahora de sangre, emitió un sonido sordo y comenzó a sollozar.
―De acuerdo, ¿qué es lo que queréis? ¿La queréis a ella? Ya la tenéis. Yo... nosotros podemos hacer un trato.
Thomas comenzó a retroceder de forma instintiva. Su espalda tropezó con algo. Al darse la vuelta se encontró con un machete bien afilado capaz de rebanarle el pescuezo en un solo golpe.
―¿Un trato? ―repitió el que parecía el cabecilla―. Sí, hagamos un trato. ¿Qué tal si echas a correr y nosotros te damos caza? Ya que te gustan tanto las apuestas, apuesto a que no llegas ni al final del callejón.
El hombre del sombrero de copa trató de calcular la distancia que le separaba del final del callejón. Ciertamente parecía estar como a dos millas. Los hombres que le rodeaban se apartaron un poco, dejándole el camino libre. Bajaron sus armas y esperaron.
―Si logras escapar, ganarás la apuesta. Y entonces tal vez escucharemos lo que tengas que decir acerca de un trato beneficioso para ambas partes. ¿Qué te parece?
Sin quererlo sus ojos se dirigieron a la pequeña Bonnie, que observaba la escena con grandes surcos negros recorriendo sus pálidas mejillas.
―Ella no entra en el trato. Ella es nuestra.
Thomas parpadeó. Y acabó por tomar una decisión.
Correr. Sin mirar atrás.



¡¡¡TRAAIIIIDOOOOORRRRR!!!

Justo en ese instante, Leuche despertó... no bañado en sudor, porque era un espíritu inmaterial parcialmente materializado descansando en un lecho de paja rodeado de cabras. Pero sí que notaba algo palpitante a la altura del pecho, como un mini-quásar pulsante de color amarillo pálido. Y también notaba una sensación muy desagradable en el estómago... o lo que fuera que tuviera en esa parte del cuerpo.

La palabra le estuvo resonando en los oídos al menos hasta la hora del desayuno. Era la voz de Bonnie. Pero tenía la vibración de Tot.

(continuará...)

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