jueves, 15 de febrero de 2018

El Ángel de la Muerte (Animal).

¡Noticias! El Ángel de la Muerte regresa con una nueva aventura. Esta es más difícil todavía, si cabe. Un auténtico reto para una escritora como yo. Un proyecto con el mismo formato que el anterior y que se propone ser igual de divertido y educativo. No tengo ni idea de dónde voy a acabar, pero sí sé qué quiero contar y cómo hacerlo. Si todo sale bien, habrá nuevo libro. ¿Vienes conmigo?

Decían que en el más allá los espíritus apenas sentían emociones, que aquello no era nada comparado a tener un cuerpo físico. Esto último sí que era duro: el miedo, la angustia, la soledad, la tristeza, el odio, las ganas de cagarte en todo… Una leche. Siendo un espíritu sentías todas esas cosas igualmente. Había unas pocas diferencias con estar encarnado, eso sí que era cierto. Esas diferencias eran inconvenientes. Quizá, en el fondo, era lo que llevaba a todos los espíritus a reencarnar. Primero, que todo el mundo sabía cómo te sentías con solo mirarte, el disimulo era imposible. Esto, con personas de confianza, es llevadero. Que te pase con un guía espiritual o con uno de esos sabiondos del Consejo, es una jodienda, para qué nos vamos a engañar. Y segundo, que por mucho que quieras, cuando te sientes tan mal que solo tienes ganas de ponerte hasta arriba de algo, discutir con alguien en el Facebook o partirle la cara físicamente… ¡no puedes hacerlo! Bien sabe Dios lo frustrante que es. Quizá precisamente por eso le dio por llamarse Yahvé y se puso a quemar ciudades por un tiempo.
Leuche llevaba eones sospechando que eso era mentira. El mundo terrenal está tan sobrevalorado como el mundo espiritual. En los dos puedes estar igual de a gustito, depende de cómo te lo montes. Y en los dos puedes sentirte apático, vacío, incomprendido o solo. No, cuando mueres nadie alcanza el Nirvana. Cuando naces… bueno, al principio es bastante desagradable con todas esas luces y todos esos enfermeros manoseándote, pero pasado un rato, si tienes suerte, ya puedes dedicarte a comer, dormir y defecar como un campeón durante uno o dos años. Algunos, más. Con total tranquilidad.
Leuche se sentía intranquilo. Llevaba un largo tiempo de vacaciones. Su principal ocupación en su último periodo entre vidas había sido ir de biblioteca en biblioteca, porque le gustaba investigar sobre los universos y las formas de vida en otros planetas, sobre la materia y la antimateria, la gravedad, los agujeros negros… Había pedido una excedencia en el Departamento de los Ángeles de la Muerte y se la habían concedido. Y ahora que se le estaba acabando… empezaba a sentir el impulso de reencarnar. Sí, otra vez. Estaba hasta los co… cansado, digamos, de la rutina y, sobre todo, la burocracia, que suponía volver al plano físico. Se había propuesto, en vano, esperar al menos doscientos años (según el cómputo terrestre) para volver a hacerlo. Pero, como le solía ocurrir en estas ocasiones, estaba alarmado por lo caótica que se estaba volviendo la vida en la Tierra. Bueno, tal vez “caótica” no era el término más exacto. Más bien la situación era apocalíptica. Los seres humanos estaban cavando su propia tumba… que no es que fuera la primera tumba que se cavaban a sí mismos, pero a Leuche le dolía especialmente porque la Tierra había sido su hogar durante los últimos 2500 años, al menos.
Sentado en un magnífico prado de hierba mullida estudiaba su iPad de última generación, revisando las últimas estadísticas que habían publicado los del Departamento de Cuentas Terrestres. No le salían las cuentas.
—¡Che! ¡Así que os hallás acá! Pensé que aún estabas allende los mares…
—Tot, tu última encarnación en Argentina te ha dejado un poco tocado. ¿Cuándo volverás a hablar normal?
—¿Cuando vos dejés de ser tan boludo?
—Yo voy a seguir siendo como me dé la real gana.
—Pues andá a cagar.
—…


Tot no había venido hasta aquí solo para que Leuche le ignorara, así que se esforzó por utilizar un lenguaje que ambos entendieran. A veces le costaba y acababa usando varios a la vez.
—Oye, Leuche, ¿qué estás haciendo? Yo acabo de recoger una pobre niñita de un incendio provocado por la mala combustión de una estufa. ¿No tienes ganas de volver a laburar?
Leuche suspiró. No muchas, la verdad. No llegó a decírselo verbalmente (o sea, por telepatía) a Tot, pero como en el mundo espiritual no puedes ocultar tus emociones, a no ser que te esfuerces bastante, no hizo falta decírselo. De hecho, se las transmitió, directamente. De pronto Tot se sentía melancólico.
—¿Ves todos aquellos animales allí, Tot?
—Sí, los veo.
—Fíjate bien y verás cómo están constantemente yendo y viniendo. Sus vidas apenas duran… un minuto, dos…
—Según el tiempo local.
—Sí, claro. Eso puede equivaler a… ¿cuánto? ¿Un mes en la Tierra? ¿Dos?
—Bueno, sí, por ahí —disimuló Tot, mientras echaba un rápido vistazo a su reloj atómico interdimensional.
—Y no solo es la duración. Sus almas cada vez vuelven más alteradas, con desequilibrios energéticos profundos y desgarros irreparables. ¿No crees que deberíamos hacer algo por ellas?
Tot se quedó pensativo, contemplando en la distancia el conjunto de almas de todos los tamaños, colores y densidades que se agrupaban en el prado.
—Creo que se ha quedado libre una vacante en el Departamento de Sanación Álmica. ¿Quieres que te recomiende para el puesto? Aunque pensaba que lo tuyo era la muerte…
—¡Y sigue siendo la muerte! —exclamó Leuche, con un relámpago en sus ojos.
Tot miró a su amigo confuso.
—¿Entonces?
—Entonces… me refiero a que debería hacer algo por ellos… desde el otro lado.
Silencio.
Más silencio.
Tot parpadeaba, perplejo.
Leuche miró el prado y los pobres animales apareciendo y desapareciendo constantemente. A veces podía ver lo que ellos veían. Sentir lo que ellos sentían.
Tot hizo como que se interesaba por el iPad. Luego miró al horizonte. Carraspeó.
—¿Desde el otro lado? ¿Quieres decir… con un cuerpo?
—Sí, tal vez… Desde aquí ya sabes que no podemos cambiar nada.
—Pero…
—Vale. Sí. Con cuerpo y todo.
Tot suspiró profundamente. Luego se echó a llorar.
 
(continuará...)

martes, 13 de diciembre de 2016

¡Ya disponible "El Ángel de la Muerte"!

Pues eso, que ya la tenéis, calentita, con una portada de lujo (modestia aparte), para que podáis disfrutarla del tirón, sin interrupciones. Espero vuestros comentarios. Y quién sabe si en un futuro se convertirá en algo aún mucho más grande. Ganas para continuar la historia no me faltan...


 
Si estás muerto y has hecho los méritos necesarios, quizá podrás ser un Ángel de la Muerte en el más allá. Para ello necesitas ser de una madera especial, como Tot y Leuche, dos Ángeles de la Muerte reunidos por el cruel destino que comparten una misma pasión: acompañar a los humanos moribundos en su último viaje para que lleguen sanos y salvos al mundo espiritual. Bueno, seamos sinceros, solo para que lleguen. A pesar de que su trabajo es trascendental, su profesión goza de muy poco prestigio entre las demás almas. ¿Estás seguro de que quieres ser uno de ellos?   

© Todos los derechos reservados.

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Ya sabéis que si estáis en España tenéis que cambiar a Amazon.es.

viernes, 4 de noviembre de 2016

El Ángel de la Muerte (y... ¿fin?)

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (36)].

La oscuridad era casi absoluta. Era como estar en el fondo de un túnel que cruzaba la montaña. La poca luz que veía parecía provenir de las otras almas allí reunidas, pero como la mayoría de ellas estaban acojonadas, la luz había menguado bastante. Más o menos la mitad habían venido acompañadas por sus Guías Espirituales. Él, como ya conocía el procedimiento, le había dicho a Han que se adelantaría un poco si él tenía muchas cosas que hacer. El cabrito había accedido y le había dejado solo... que vale que ya se había reencarnado muchas veces y ya no le daba tanto miedo, pero coño, los Guías están para algo.
“Tienes que ir acostumbrándote a ser más independiente, Leuche. Esta vez estaré ahí si me llamas, especialmente cuando se trate de escarbar en el fango de tus decisiones pasadas, pero te advierto que vas a estar bastante solo. Y antes de que protestes, no, no ha sido idea mía. Son órdenes de Arriba.”
Eso le había dicho cuando fue a entregarle su copia del visado. La verdad es que eso le había dejado bastante intranquilo. Su nueva reencarnación empezaba a parecer otra cagada de vida. Pero ya había firmado los papeles. Sí, el arrepentimiento siempre era posible, pero si iniciabas los trámites les hacías una buena jugarreta a todos los implicados en el proceso. Suponía un marrón para funcionarios de cómo mínimo cinco o seis departamentos, si no se equivocaba al contar... Sentía una especie de empatía por ellos, al fin y al cabo él también sabía lo que era ser un funcionario estresado, y no quería hacerles eso. Además, no es que te castigaran, pero para compensar por no reencarnar te ponían a realizar trabajos para la comunidad espiritual. La cuestión era no dejarte tranquilo ni un minuto.


Leuche miró a su alrededor. Algunas almas se abrazaban tiritando a sus Guías o miembros de su grupo, otras parecían niños con los ojos muy abiertos y a punto de echarse a llorar, sin estar seguros de si aquel encierro era algo bueno o malo. Esperar en la cámara oscura era quizá el peor trago de reencarnar... sin contar el nacimiento en sí, claro, que ya para empezar tenías que dejar que todos tus huesos a medio hacer se estrujaran y estar a punto de asfixiarte para salir de ese agujero estrecho e inmundo. Por eso algunos preferían hacerse los remolones y dar el salto lo más tarde posible, así por lo menos eso que te habías ahorrado. El ascensor no estaba tan mal, si funcionaba bien y no a trompicones. Y si tenías suerte, ya lo siguiente era despertar y encontrarte que volvías a tener un cuerpecillo blando, rechoncho y torpe, que apenas podía moverse y mucho menos expresar pensamientos. Lo único bueno de esa fase es que aún podías mantener el contacto con las esferas superiores y si querías podías cambiar algunos puntos del plan o decidir mejor tu estrategia para la nueva vida. Mientras, el cuerpo crecía prácticamente solo, y si tus padres te cuidaban bien prestando la debida atención a tus funciones automáticas, apenas tenías que preocuparte hasta los cuatro o cinco años terrestres.
—¿Qué tal? ¿Alguna novedad por aquí?
Han apareció de repente a su lado, le estrechó la pierna para infundirle ánimos y le sonrió. Leuche suspiró y negó con la cabeza.
—Todo va según lo previsto. ¿A qué hora se supone que voy a salir?
—Ya sabes que no te pueden dar una hora exacta. Depende de cómo se vayan sincronizando las cosas con los eventos terrestres. Lo último que me dijeron es que tu embarazo va sobre ruedas y no vas a salir deforme.
Leuche supo que eso era una broma, pero no le hizo demasiada gracia.
—Oh, eso es un alivio...
Se restregó las manos, nervioso. No había querido mirar mucho, pero tampoco era normal que a la hora que era no hubiera visto aún a Tot. Tan solo unas horas antes le había confirmado que él también iba a reencarnar. ¿Le habría engañado una vez más? No sabía si preguntárselo o no a Han, le parecía que eso era inmiscuirse en asuntos ajenos... pero no hizo falta hacerlo, porque antes de que pudiera pronunciar una palabra, Han ya le había leído el pensamiento.
—Sí, sí va a venir, tranquilo.

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¿Estás disfrutando de esta historia?

¿Quieres saber cómo acaba?

¿Te gustaría que hubiese una secuela o dos?

Este es el primer relato del blog que consigo acabar. Y sí, estoy orgullosa de él. Muy pronto estará publicado tanto en papel como en versión electrónica para deleite de todos mis lectores. Si de verdad quieres apoyarme, contribuye a la causa adquiriendo cualquiera de ellos, comentando en Amazon o compartiendo mis historias citando a la autora. Recuerda que los escritores también tenemos que comer y pagar facturas.

¡Gracias!

domingo, 23 de octubre de 2016

El Ángel de la Muerte (36).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (35)].

Ya lo que le faltaba. Tenía que utilizar su día libre para arrastrarse hasta la Oficina de Reencarnación y poner en orden los papeles. Si no llevaba el visado sellado convenientemente los Ángeles Fronterizos no le dejarían pasar. De nuevo, la cola daba casi tres vueltas a la manzana, algo incomprensible por otro lado. ¿Las almas nunca se cansaban de reencarnar o qué? ¿Es que sus Guías les ponían una pistola en la cabeza para que lo hicieran? ¿Repartían palomitas en la Tierra? ¡Dios...!
Cuando llegó a la puerta, Leuche se detuvo frente al aparatito de coger números. La lista era interminable además de confusa. Venían todos los planetas de las dos galaxias más cercanas y alguno más del extrarradio. Alguien vestido con un uniforme de vigilante se le acercó al ver que estaba tardando demasiado en decidirse.
—¿La Tierra?
Leuche le miró suspicaz.
—Sí... ¿Cómo lo sabe?
—Es uno de los destinos preferidos últimamente. Debe de ser que la gente pasa frío aquí. Se dice que la Tierra va a reventar en breve por el calentamiento global.
Leuche fue a decir algo, pero por no alarmar a todos los que venían detrás decidió no mencionar las bombas nucleares que iban a calentar aún más el ambiente terrestre... Además no estaba permitido hablar de lo que uno veía en el Futuroscope fuera del Futuroscope.
—¿Usted va por negocios o placer? —le preguntó el vigilante mientras pulsaba el botón que ponía “Tierra”.
—Ojalá fuera por las dos cosas, pero creo que placer va a haber poco.
—¡Suerte!
El vigilante le entregó el número y se adentró en el edificio, en busca de la planta tercera, sección doce, fila cuatro, esperando que el número 3816 llegara pronto. Cuando encontró la pantalla de dígitos fluorescentes, suspiró. Solo tenía que esperar unos 500 turnos. Se entretuvo con un juego de videoconsola que le había prestado Tot, hasta que por fin una funcionaria sentada tras un ordenador le indicó que podía acercarse.

Escena de Dead like me (Tan muertos como yo), mi pequeño homenaje a esta gran serie.

Cuando localizó su expediente lo repasó varias veces y le miró a los ojos.
—Bien, veo que ya rellenó su solicitud de reencarnación. Parece que algunos puntos han sido denegados pero en su mayor parte ha sido aceptada. Dígame si está de acuerdo para proceder a la tramitación.
—¡Vale!
—Veo que ha decidido reencarnar como mujer heterosexual.
—Sí.
—En el hemisferio norte.
—Sí.
—País sin especificar, pero con habitantes honorables que estén dispuestos a luchar por su país.
—Sí.
—Me temo que eso no va a ser posible. Solo hay vacantes en un país que se caracteriza por su incultura, su picaresca y la corrupción de sus gobernantes.
Leuche se encogió de hombros.
—Cosas peores he visto.
—Vida complicada.
Leuche se volvió a encoger de hombros.
—Mi Guía dice que va a merecer la pena. Le mataré como no sea así.
—Tomaré eso como un sí— y la funcionaria tecleó algo en el ordenador—. Y lo demás... familia acogedora y cariñosa, vale. Juventud normal... Muerte, ya sabe que esa información es reservada. Pero bueno, creo que lo va a disfrutar.
Leuche creyó notar cierto matiz irónico en el tono de la mujer, pero aquella mañana se había levantado algo malhumorado y podía ser su imaginación, así que lo dejó pasar. Vio cómo la funcionaria estampaba con alegría el sello de “Aprobado” y le pasaba un par de copias, una para él y otra para su Guía.
—¿Dónde será el desembarco?
­—¿El qué, perdone?
—La salida.
—¡Ah! Ahí en la tarjeta tiene toda la información, caballero: día, hora, lugar. Recuerde que tiene que llegar al túnel de teletransportación con unas dos horas de antelación, en compañía de al menos uno de sus Guías Espirituales. ¡Y no se olvide el visado! Que luego hay retrasos en los partos, abortos espontáneos y hasta bebés nacidos muertos por cosas que son tan fáciles de evitar...
—Lo sé, señorita, no es la primera vez que reencarno y sé que la puntualidad es importante en todos los sitios.
—Entonces también sabrá que no puedo perder el tiempo en mi puesto de trabajo. Hay cientos de almas como usted que están deseando volver a estar vivos. ¿Tiene alguna otra pregunta?
Leuche miró a la funcionaria con algo de odio pero su artificial sonrisa le hizo desistir de decir nada más. Ya tendría múltiples ocasiones de perder la paciencia y romperle la cara a alguien en el mundo físico... que siempre producía más satisfacción cuando había sangre y dolor de por medio.
Aburrido, Leuche abandonó la Oficina de Reencarnación y volvió a su apartamento. No quiso ni mirar la fecha de partida hasta que estuvo sentado frente al televisor apagado, sintiendo los fuertes latidos de su corazón (o lo que fuera que tenía ahora en el pecho). No sabía muy bien cómo sentirse. Por una parte deseaba volver a pisar bosques y playas de verdad. Volver a nadar en el mar, aprender a surfear si se terciaba (que no lo había hecho nunca), conducir a toda velocidad por una autopista, volar en helicóptero o en cohetes espaciales, ir de vacaciones a la Luna... Pero al mismo tiempo sentía un hormigueo desagradable en el estómago. Y Han le había dicho algo que le preocupaba, casi más que lo del Holocausto Nuclear. Por primera vez, cuando estuviera allá abajo, sería consciente de que había vivido antes. Eso le daría más herramientas para enfrentar el futuro tan inestable que se acercaba, o eso había dicho, pero también necesitaría de una fuerza especial para enfrentarse a todas aquellas emociones terrenales que había dejado pendientes... ¿De verdad era necesario hacerlo ahora? ¿Antes de una Tercera Guerra Mundial en el espacio? ¿Tan malo iba a ser ese futuro?
Sin pensarlo más, dio la vuelta al visado. El corazón le dio un vuelco. Solo tenía dos días para despedirse de sus amigos. 

(continuará...)

domingo, 4 de septiembre de 2016

El Ángel de la Muerte (35).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (34)].

Leuche se apresuró por el pasillo que llevaba a la oficina y antes de entrar se asomó levemente por el cristal esmerilado. Como suponía, Tot estaba en medio de una batalla estratégica de sus soldados. Los grises estaban esparcidos por más de la mitad del territorio de la mesa y parte de una estantería. Había un paracaidista atrapado en el flexo y un tanque había conseguido avanzar por el suelo hasta las inmediaciones de la silla. Lo malo es que los verdes los estaban rodeando y eran mucho más numerosos. En cuanto puso la mano en el pomo de la puerta, ambos ejércitos desaparecieron en el aire y Tot trató de disimular.
Leuche hizo como que no había visto nada. La fecha de su reencarnación era inminente, y aún no sabía si Tot le iba a acompañar o no. Sin ni siquiera darle los buenos días a su jefe, dejó el sombrero colgado en la percha, se sentó en la silla de visitante que solía ocupar, y le echó una mirada interesante por encima de sus gafitas redondas.
—Dime que lo harás... No me obligues a decirle a todo el Departamento que por tus venas no corre una sola gota de sangre alemana.
Tot ignoró la amenaza.
—Creía que ya te habías dado cuenta de que por nuestras venas ya no corre nada líquido...
Leuche sonrió.
—Pues energía alemana... llámalo como quieras. Pero seguro que no tienes h...
—No, de eso tampoco tengo. Una pena... ¿crees que eso sería una buena razón para reencarnar, volver a tener...?
—Pues depende.
Tot decidió detener la broma y su voz se tornó seria.
—No sé qué hacer, Leuche. En serio, mira todo esto... —Tot paseó su mirada por toda la estancia, como si realmente hubiera algo destacable en ella—. Me ha costado mucho trabajo tener esta oficina, estos soldaditos en el cajón... y el Messerschmitt de plástico ya ni te cuento. Cuando llegué era más pardillo que tú (vale, tanto no, pero lo era), y ahora soy uno de los Ángeles de la Muerte más respetados en esta dimensión e incluso en alguna otra. No, más que eso: soy EL Ángel de la Muerte. No tengo apenas rival, excepto alguno de esos pirados que se dedican a eutanasiar viejecillas en las residencias, como si eso supusiera algún esfuerzo o una inteligencia por encima de la media. Además... si me voy, ¿cómo va a funcionar el departamento? Sin mí aquí, todo esto se va a venir abajo.
Tot volvió a gesticular con su brazo abarcando toda la oficina. Leuche se preguntó si le estaba tomando el pelo. Excusas. Solo le sonaba a excusas. Y Tot lo sabía. En vez de enfrentarse a él miró con aparente indiferencia hacia la puerta y dijo en tono causal:
—¿No te has enterado de que ha vuelto Tinkerbell de su última reencarnación? Y no viene muy contenta.
De repente Tot se había puesto pálido.
—Tink... Tinker... ¿la Jefaza?
—La misma.
—¿Pero no se fue hace seis meses?
—En realidad fueron más... y no, no me vas a pillar, porque según el conversor de tiempo interdimensional el periodo exacto que ha estado fuera equivale a unos 24 años en la Tierra, siempre que no te cambies de plano o te pierdas en el astral en alguna de esas iglesias del demonio.
Tot movió los pulgares de sus manos entrelazadas con nerviosismo. Dios, ya no podía ni jugar un poco con el nuevo, había aprendido demasiado rápido.

—Hasta Gehirn está que trina —continuó Leuche—. Ya se acabó el descanso, las tranquilas mañanas charlando en la máquina de café.
—¿Y qué tienen de malo las máquinas de café? Siempre que se trate de café alemán, por supuesto...
—No conocía a Tinkerbell, pero ahora empiezo a comprender por qué el rendimiento había disminuido tanto en el Departamento, tú no eras el único que se estaba relajando.
Tot tragó saliva... o algo que se le parecía en su cuerpo inmaterial de cuello semitransparente. Por un momento vio como en un flash todas las calamidades que habían tenido que pasar en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales. Había sido un castigo desproporcionado y algún día Gehirn pagaría por ello... pero las medidas que tomaría Tinkerbell no iban a ser tan “benevolentes”. Ella era capaz de enviarles a un planeta en desarrollo para que se hicieran cargo del crecimiento de gusanos y otros invertebrados en la tierra durante milenios. Tal vez era tiempo de poner pies en polvorosa... Ahora la idea de reencarnar no parecía tan dura. 
Carraspeó. Quería tantear cómo pintaba el futuro que se avecinaba.
—¿Y dices que no viene muy contenta? ¿A qué se debe eso?
—Por lo visto le dieron un cuerpo defectuoso, aún peor de lo que se había imaginado cuando marcó la casilla de “Enfermedades congénitas posiblemente mortales”. No solo se pasó toda su corta vida en el hospital, sino que además apenas llegaba a pulsar los botones de los ascensores y si miraba a la gente a los ojos acababa con tortícolis. Se sentía un poco como Tyrion, aunque por suerte no le tocó la época medieval, porque ya entonces apaga y vámonos, al igual habría acabado en la hoguera... otra vez. En eso nos parecemos... —Leuche sonrió levemente. Haber pasado por los mismos tipos de muerte era algo que unía a las personas.
Tot le miró con desdén y el ceño fruncido.
—Pues nada de lo que has dicho me parece excesivamente grave. Peor es tener los dientes separados...
—Ya. El caso es que viene muy cabreada. Y después de que la pusieran al corriente de todo lo que había pasado en el departamento en los últimos tiempos su humor pareció empeorar. Traía la energía súper-condensada en un mini-cuerpo de luz y ahora parece un gigante... además porta un hacha de piedra.
—Pero bueno, ¿y de qué se queja tanto? Cuando llegué yo al departamento las estadísticas de eficiencia eran aún peores. Y recuerda el atasco que tuvimos en el astral... ¿crees que ella lo habría hecho mejor que nosotros?
—No lo sé... lo único cierto es que va a doblar los turnos y se van a acabar los permisos de fin de semana. Además está estudiando la incorporación de más agentes de Asuntos Internos para vigilar nuestro trabajo...
—¿Que está estudiando qué?
El color general de Tot estaba pasando de blanco a gris. Y ahora sentía ganas de llorar. Sin duda una guerra galáctica en el plano terrenal sería más divertida. Al menos cuando volviesen Tinkerbell ya se habría calmado. Un poco... Algo.
Acabó dirigiendo una sonrisilla tonta a Leuche.
—Ahora que lo pienso... creo que no soy imprescindible aquí. Sin duda tú y ese otro pamplinas, ¿cómo se llama?, ah, sí, Skel, me necesitaréis allá abajo cuando haya que amputaros un miembro... aunque sea con láser.
Leuche permaneció en silencio un instante. Cruzó las piernas y se recostó en la silla. Una sonrisa perversa no tardó aparecer en su cara. 
—¿Estás seguro, Tot?
Los sollozos de Tot inundaron todo el mundo espiritual y parte del astral.

(continuará...)

viernes, 2 de septiembre de 2016

Comentarios de lectores.

En los últimos meses he recibido un par de comentarios a mis novelas que me han llenado de ilusión. Tengo que decir, aunque no sea políticamente correcto, que ninguno de ellos es amigo mío. Eso puede que no sea importante para algunos escritores que dan demasiado valor a estar en el Top 100 de Amazon. Para mí sí lo es porque es la única forma que tengo de estar segura de que una crítica es buena porque realmente piensan así, no porque quieran quedar bien conmigo o sean colegas que me hacen un favor a cambio de otro.

Quiero agradecer desde aquí a todas las personas que se han leído alguno de mis libros y especialmente a los que me han dejado algún comentario, ya sea en Amazon o en alguno de mis blogs. Siempre alegra saber que pude hacer feliz a alguien aunque solo fuera por un rato. Y eso da ánimo para seguir escribiendo... aunque tenga que volver del más allá y seguir luchando, qué remedio.


  

La Espiral de Marfil.


La Operación Fantasma. 



miércoles, 31 de agosto de 2016

El Ángel de la Muerte (34).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (33)].

Aquella noche le fue difícil a Leuche conciliar el sueño. Todo su entusiasmo por la nueva encarnación se había desvanecido. La Tierra parecía estar a punto de implosionar... o aún peor, de ser convertida en un vertedero cósmico sin más vida que la bacteriana, gracias a la estupidez ilimitada de sus habitantes, que una vez más se iban a cubrir de gloria organizando la de San Quintín. Ya había tenido suficiente con sus propias batallas, sus propios accidentes, sus ejecuciones... No tenía razón para quejarse de algunas vidas, pero otras habían sido un auténtico infierno, y aunque en esta parecía que iba a haber de todo un poco, el final no tenía pinta de que fuera a ser muy agradable. ¿Qué se le había perdido a él ahí de nuevo? Y por si eso fuera poco, Tot tampoco parecía muy convencido de querer acompañarle. Y no le podía culpar.
No era lo mismo desde el mundo espiritual, pero Leuche trató de cerrar los ojos e imaginar cómo sería volver. No, no se trataba de cerrar unos ojos físicos, sino más bien de darle a un interruptor en su propia mente espiritual (que no era la misma que la humana) para que dejara de captar información del plano en el que se encontraba y trasladarse a través del espacio hasta llegar a las dimensiones más densas. Tratar de hacerse más y más pequeño, y centrarse en ese nuevo nivel de consciencia. Eso es lo que hacían para viajar al astral, cuando no tenían el Volkswagen, que ya se encargaba solo de encontrar la vibración adecuada. Pero ahora no quería ir al astral, ni al mundo físico. No era exactamente el mismo proceso. Este era más bien como flotar en el agua y dejar salir solo a una antena, e imitar lo que había vivido en carne propia en todas sus vidas anteriores.
Casi... solo casi, podía volver a sentir la brisa rozando su piel, el sol calentándole el cuerpo, el tacto de la arena en los pies, el sonido de la risa de los niños que jugaban en la orilla. ¿Por qué una playa? Porque era su lugar favorito de relajación, solo por eso. Una vez allí se imaginaba tumbado bajo una sombrilla, con un sombrero de paja en la cabeza, y entonces sí que podía sentirse más cercano al plano físico y pasar a ver lo que realmente quería ver. Sus recuerdos. Conectarse con ellos era algo más fácil desde el mundo espiritual que desde el físico, pero aún así llevaba su trabajo. Cuando tenías poca experiencia te recomendaban hacerlo siempre en compañía de tu guía espiritual, pero luego te acostumbrabas a las fuertes emociones y podías prescindir de él. Eso sí, para evitar caer en la adicción no debías hacerlo con mucha frecuencia, porque todos tenían un trabajo espiritual que hacer entre vida y vida, y si te saltabas el protocolo y te volvías a la Tierra sin avisar, te podías llevar alguna que otra sorpresa desagradable. Lo normal es que recién llegado de tu última encarnación solo quisieras un jacuzzi y un mojito para librarte de las impurezas energéticas y reponer fuerzas, pero las penalidades pronto se olvidaban y en cuestión de días ya le estabas pidiendo a tu guía que te organizara un nuevo viaje. Lo que no se te podía olvidar nunca era lo que sentías al estar vivo: pasear por una montaña, visitar una cueva llena de murciélagos, ver a tu hijo nacer, hacer una tarta de chocolate y comértela después, sentir tu corazón latir, abrazar a tu amante, reír con tus amigos, aprender a caminar, a silbar, a cantar una canción, llorar al decir adiós a un abuelo... Para los jóvenes la vida era siempre excitante, no importaba que su destino fuera morir decapitado en un combate. Con la madurez las cosas se volvían más serias.  

Siempre había estado interesado en la muerte. En sus vidas en el antiguo Egipto había aprendido a embalsamar cadáveres. Se había ofrecido como víctima ritual en más de una ocasión. Había sido verdugo en una vida medieval. Y médico árabe. Había robado cuerpos en la Inglaterra victoriana. Ahora, por fin, era un Ángel de la Muerte... Todavía no lo sabía todo, era cierto. Le quedaban muchas cosas que preguntarle a Tot, aunque tenía la sensación de que él tampoco conocía las respuestas. ¿Los humanos decidían cuándo morir? ¿Se podía cambiar el momento de la muerte de una persona? ¿A ellos los enviaban cuando ya no había más remedio, o había algún caso en el que los Ángeles de la Muerte tuvieron que irse con las manos vacías? ¿Qué pasaba con el intrusismo profesional, todos esos que estaban en el astral y se dedicaban a dar consejos a los humanos que luego resultaban ser un engaño? ¿No se ocupaban de ellos los de Asuntos Internos?
Si volvía a la Tierra, todas esas respuestas habrían de esperar, y su carrera como Ángel de la Muerte se vería paralizada. Vale, eso no importaba mucho cuando sabías que tenías toda la eternidad para hacer lo que quisieras, pero el caso es que lo estaba disfrutando. Mucho. Tenía la sensación de que en la Tierra ya no aprendería nada nuevo. Había visto la muerte de cerca en demasiadas ocasiones.
“Te equivocas”, pareció susurrar una voz. Sabía que era su guía espiritual. Estaban muy insistentes con que no debían perder esta nueva oportunidad. ¿Por qué no bajaban ellos? Siempre lo veían muy fácil los muy jodidos...
“Yo ya estuve allí, igual que tú. Ahora es tu turno. Y creo que deberías recordar algo: todo depende de tu perspectiva. Sabes de sobra que desde aquí se ven las cosas de otra manera.”
Estas palabras le cabrearon tanto que Leuche salió de su estado de trance.
“¿Puedo decir algo?”, pensó en su cabeza, dirigiéndose a la voz que le hablaba.
“Claro. No tienes que pedirme permiso para eso, ya lo sabes.”  
“Sí, sé que desde aquí las cosas se ven de otra manera. Pero no hace tanto tiempo de mi última encarnación como para haber olvidado que con mucha frecuencia la vida terrenal es una mierda como una casa de grande.”
“¿Y a mí me lo cuentas?”
Leuche ignoró ese comentario y cruzó los brazos sobre el pecho, enfurruñado.
“Vamos, Leuche. Sabes que al final siempre merece la pena, pase lo que pase.”
Leuche negó con la cabeza. Su último suicidio aún estaba demasiado fresco en su memoria. Y eso de que le quemaran vivo tampoco había sido un plato de buen gusto. 
Como era consciente de que si un guía decía que había que reencarnar, iba a reencarnar el 99’99 % de las veces, porque “siempre lo hacían por tu bien”, pasó a la negociación.
“He estado demasiado solo otras veces. No iré en las mismas condiciones.”
“Eso no depende de mí, pero estamos trabajando para que Tot acceda a acompañarte.”
“No estaba pensando en Tot en particular... cualquier miembro de mi grupo me vale. Aunque Tot no estaría mal... no cocina muy bien pero me gusta su sentido del humor.”
“Se lo diré.”
“No, no le digas nada, no quiero que se sienta obligado a reencarnar por mí.”
“Ni tú debes tomar tu decisión en función de lo que él decida, sino por ti mismo. ¿Estás seguro que no aprenderías nada nuevo?”
“No, claro que no estoy seguro... pero es que siempre estamos igual. Las cosas no son menos confusas aquí arriba que cuando estamos allá abajo. Se supone que estáis para ayudarnos pero raramente sois útiles.”
“Sin duda has pasado demasiado tiempo con Tot. Piénsalo bien, Leuche. Los tiempos que se avecinan son históricos para la Tierra, no pasará nada parecido en cientos de miles de años. Quizá pueda ofrecerte algo: una cierta habilidad psíquica de ver el futuro. ¿Te gustaría escribir ciencia ficción?”
Eso le sorprendió a Leuche. Había tenido alguna otra vida pasada de escritor, pero siempre había acabado muriéndose de hambre bajo un puente.
“No parece mala idea.”
“Puede que algunas de tus fantasías se conviertan en realidad.”
“Espero que no sean mis peores fantasías...”
De repente sintió que Han ya se había ido y volvía estar solo en la oscuridad... la oscuridad llena de luz de sus párpados que no podía cerrar.
A pesar de que la conversación con su guía le había reconfortado algo, no se sentía mejor. Dejar la seguridad del hogar siempre daba un poco de miedo. Y aún sentía una honda tristeza por lo que millones de humanos tendrían que experimentar en el futuro cercano. Esos acontecimientos que habían visto en el Futuroscope eran inevitables, después de cómo se habían estado comportando los humanos durante décadas. La cuestión era si él estaría allí o no.
¿Sería esta vez lo suficientemente fuerte? ¿Lo sería Tot?

(continuará...)

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