martes, 22 de diciembre de 2015

En primicia: Criogenizados (fragmento).

[Escribí este relato para un concurso literario, pero desgraciadamente no lo he ganado, así que he decidido publicarlo por mi cuenta para deleite de mis lectores.

He de decir que estoy orgullosa de este trabajo. Lo escribí en apenas dos meses, bajo presión, con vacaciones de por medio y sin tener apenas tiempo para pensar en lo que iba a escribir o en cómo iba a terminar. Ahora creo que bien podría ser el inicio de una novela o una saga.

Mientras le doy los últimos retoques a la publicación, os dejo con un pequeño fragmento. Es uno de mis favoritos, aunque no tan bueno como lo que viene después...

En cuanto lo saque del horno, os diré dónde podéis adquirirlo, tanto en papel como en formato electrónico.]

Al principio, la Cámara de Renacimiento no parecía distinta a una prolongación de un Cementerio Helado común. Habían reunido allí los tanques. Los ocho cabían de pie en un espacio muy pequeño, y te podías deslizar entre ellos para chequear los controles e incluso echar un vistazo a los rostros de los individuos criogenizados, moviendo a un lado la tapa que cubría el visor. Esto se hacía fundamentalmente para los familiares. Cristina lo había hecho durante toda su vida por pura curiosidad, porque le fascinaba la muerte.

Pero ahora el cementerio se iba a convertir en una especie de cálido útero del que volvería a surgir la vida, y por eso poco a poco habían comenzado a referirse a él como Cámara de Renacimiento. Con independencia del nombre que le pusieran, Cris no había podido resistirse a visitar la cámara fría cuando la falta de sueño la había sorprendido en medio de la noche. Siempre podía echarle la culpa a su gran celo profesional por estar allí a esas horas de la madrugada, cuando los sistemas temporales automáticos establecían una menor intensidad de luz y sonidos ambientales de efecto calmante. La gente normal se retiraba a descansar. Con frecuencia ella aprovechaba para realizar otro tipo de actividad que la distrajera de su rutina diaria, pero ¿dormir? Eso le parecía malgastar el tiempo. Últimamente vivía para el proyecto. Y no podía dejar de admirar todo el trabajo que tanto ella como sus antecesores habían llevado a cabo a lo largo de los años. Evan Cooper, uno de los primeros en proponer que un ser vivo podía ser criogenizado y después revivido, tenía que haber estado allí. Robert Ettinger, autor de un libro que la había fascinado desde niña, se merecía ocupar uno de los asientos en primera fila. Los fundadores de Alcor tenían que haber sido invitados de honor. Era una pena que no todos hubieran elegido la criogenización como método de conservación de sus cuerpos... aunque la verdad es que las técnicas primitivas de entonces quizá no habrían sido suficientes para culminar con éxito el proceso de resucitación. De algún modo sentía que todos esos hombres y mujeres pioneros en su campo estaban allí a su lado, testigos mudos de lo que estaba a punto de ocurrir: la victoria de la vida sobre la muerte. 

Andreas Hoffer y Patricia Ullman no habían sido científicos de renombre asociados a la criogenia. Eran personas anónimas, con vidas desconocidas para el público, pero para Cris eran casi como miembros de su familia. Andreas tenía treinta y siete años cuando murió ahogado tras el hundimiento de un barco en el Atlántico. Pudieron recuperar su cuerpo a tiempo y criogenizarlo antes de enviarlo a la colonia lunar, donde ya se hallaban una abuela y un primo almacenados. Andreas pertenecía al grupo A1, el que en teoría debía causar menos complicaciones. Llevaba muerto la friolera (nunca mejor dicho) de cincuenta y ocho años, lo que en criogenia era poco más que un suspiro. Cris tenía grandes esperanzas con este sujeto, por su buena condición física en el momento del fallecimiento. Patricia, por el contrario, podía dar más problemas. Pertenecía al grupo B2. Solo llevaba criogenizada diez años, pero su edad era avanzada. La causa de su muerte había sido un fallo renal agudo. Con las técnicas de regeneración ultramicroscópica que conocían habían conseguido rejuvenecer el tejido renal. No parecía haber ningún impedimento para que este volviera a funcionar correctamente, pero aún así eran de esperar algunas complicaciones. El cuerpo de Patricia no tenía un aspecto tan saludable, a pesar de que los pliegues de envejecimiento habían sido reducidos al mínimo y para nada parecían pertenecer a una persona cercana a los noventa años. Era un caso interesante de todos modos. Iban a tener ocasión de probar más de un método experimental relacionado con los telómeros. Quizá la criogenización resultaría más eficaz que cualquier tratamiento estándar de belleza, y Patricia se alegraría de haber regresado.


En el ambiente de penumbra de la Cámara de Renacimiento, Cris había sonreído. Los tanques, aún en posición vertical, metálicos, fríos al tacto, producían una extraña sensación. Jamás había puesto el pie en un cementerio antiguo, donde los huesos se desintegraban poco a poco —decían— en el interior de osarios o, aún peor, cajas de madera que acababan pudriéndose. No podía ni tan siquiera imaginar qué habría sentido al caminar entre aquellas tumbas que adornaban con losas de piedra, a menudo grabadas con epitafios, repletas de figuras angélicas o esculturas que evocaban la existencia de otros mundos. No comprendía cómo podía haber tanta superstición junta. Y sin embargo, aun cuando aquellas escenas de dolor y muerte le resultaban tan extrañas y distantes, no podía dejar de percibir un algo perturbador en la proximidad de aquellos cuerpos inertes, que parecían vivos pero no lo estaban, paralizados, suspendidos, esperando quizá a que alguien como ella les devolviera lo que habían perdido.

Se había situado frente al cristal y había mirado fija, profundamente, en lo más hondo de los ojos de aquellos... cadáveres, aunque se resistiera a llamarlos así. Hacía tiempo que esa palabra sonaba desfasada, anticuada. Había de­saparecido casi por completo de los libros de medicina. Ser un cadáver era sinónimo de estar muerto para siempre, y eso, según la criogenia estaba demostrando, era ya un sinsentido. Los cadáveres pertenecían a una época pasada, oscura. Una etapa en la historia de la humanidad en la que se temía que la muerte fuera el fin. La muerte aterraba tanto a los seres humanos que se había convertido en un tema tabú. Nadie quería hablar de ello, nadie llegaba preparado al momento del deceso. Las religiones y otras formas de espiritualidad no habían hecho más que empeorar la situación, dando falsas esperanzas a la gente, que no sabía cómo aceptar que un día ya no verían nada más, no sentirían nada más. Se sumergirían en el sueño eterno, hasta que la Ciencia pudiera sacarlos de él. Menos mal que ya habían sido desterradas por completo de la sociedad. Esa etapa tan nefasta estaba a punto de acabar.

Cris se preguntaba qué le diría Andreas Hoffer cuando lo tuviera frente a ella, sorprendido de haber vuelto a la vida, sorprendido de haberse creído perdido para siempre en ese mar que le había arrastrado a su muerte. Cris se preguntaba lo fantástico que sería ver otra vez el brillo de la vida en esos grandes ojos oscuros, aunque ahora algo neblinosos, al decir, confundido: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y ella le respondería: “Había mucha oscuridad. Ahora hay luz”.

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martes, 24 de noviembre de 2015

El Ángel de la Muerte (30).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (29)].

—Pues no lo voy a hacer —dijo Tot.
La puerta del despacho se había incrustado contra la pared del fuerte mamporro que le había propinado Tot al entrar, sobresaltando a Leuche. Por una vez este había llegado temprano a trabajar y se puso recto en la silla frente al segundo ordenador, el que compartía con los demás Ángeles de la Muerte de la oficina nº 3176-80, algo anticuado en relación al de Tot.
­—Que no vas a hacer... ¿el qué? —preguntó Leuche soltando el ratón disimuladamente y mirándole con una sonrisa y fingido interés.
—No voy a buscar criaturas de ningún tipo al astral. Estoy harto de tener que ocuparme de misiones que no nos corresponden. ¿Dónde están los Ángeles del Infierno? ¿Dónde están los Ángeles de la Guarda Nocturna?
­—Hmm... creo recordar que los Ángeles del Infierno fueron enviados a reencarnar y lo último que se sabía de ellos es que estaban siendo perseguidos por la justicia humana. Y los Ángeles de la Guarda Nocturna... ¿de veras crees que están cualificados para tratar con criaturas del astral? ¿No se ocupaban de bebés humanos?
Tot se quedó distraído y no dijo nada por un instante, como si no le hubiera oído. Leuche aprovechó para mover lentamente su mano hacia el ratón, pero de pronto Tot se volvió hacia él. Parecía seguir a su bola.
—Me da igual lo que diga Gehirn. Ya nos castigó suficientemente obligándonos a colaborar con ese Departamento de cuyo nombre no me quiero acordar. Ya le demostramos de qué madera estamos hechos, y estoy harto de que aquí los Ángeles de la Muerte seamos los únicos que valemos igual para un roto que para un descosido. Claro, como se supone que somos los que más sabemos de la muerte, somos también los que mejor nos movemos por el astral, pero si necesitan a gente que sepa moverse en el astral, que organicen los cursos de formación necesarios, ¡nosotros ya tenemos nuestro trabajo! ¡Y si andamos escasos de personal no podemos estar haciendo el trabajo de otros! ¿Tú qué dices?
Leuche tenía la mirada fija en la pantalla y tardó en contestar. Lo hizo en cuanto reparó que Tot estaba esperando por algo.
—¿Cómo? ¿Que qué digo? ¿Sobre qué?
—Sobre rebelarnos y plantar cara a Gehirn.
—Ya sabes que si se trata de armar una revolución, puedes contar conmigo.
Sin embargo, el tono que había usado Leuche hizo que su respuesta se pareciera más a: “¿Por qué no dejas de parlotear que estoy ocupado con este jueguecito?” Tot puso toda su concentración y energía en desmaterializarse y materializarse justo al lado de Leuche, pero Leuche captó sus intenciones y en menos de una milésima de segundo hizo que la pantalla se desintegrara solo con su esfuerzo mental. Cuando llegó Tot solo pudo ver una especie de nube de humo en lugar de la pantalla. Tot no podía creer lo que había hecho su compañero. ¿Estaba tratando de engañarle?
—Un momento, ¿qué acabas de esconder?
—Eh... ¿esconder? ¿Cómo que esconder? Yo jamás te oculto nada... Espera, ¿qué estás haciendo? Eso no puedes hacerlo. Quita...
Leuche trató de taparse la cara con las manos, de esquivar la penetrante mirada de Tot. Pero él se había sentado justo enfrente de él, al otro lado de su escritorio. Había puesto sus codos sobre la mesa y sus grandes ojos negros se habían abierto de par en par, de modo que parecían dos espirales negras y blancas dando vueltas sin fin. Eso sí que era una mirada hipnotizadora. Y Leuche no se pudo resistir.
—Está bien... Aquí tienes.
Dejó que el ordenador se materializara otra vez, desmontó la pantalla y se la pasó. En ella había un cuestionario que estaba rellenando justo antes de que Tot le sorprendiese. El día anterior su guía espiritual le había llamado para una reunión urgente, y aunque aún no había decidido nada, estaba dándole vueltas en su mente a un asunto que no le había dejado dormir... al menos durante media hora.
Tot leyó en silencio y frunció el ceño. Quiso disimular su decepción, pero le fue difícil hacerlo.




 CUESTIONARIO SOBRE SUS PREFERENCIAS PARA LA PRÓXIMA ENCARNACIÓN.
Por favor, conteste a las preguntas de la forma más concreta posible y marque la casilla correspondiente.
1. ¿Qué sexo biológico le gustaría tener en su próxima vida?
o   Hombre.
o   Mujer.
o   Algo intermedio.
o   NS/NC.
2. ¿En qué lugar le gustaría nacer?
o   Cerca de donde morí la última vez.
o   Lejos de donde morí la última vez.
o   Me da igual con tal de que no haya mar a 500 Km a la redonda.
o   Me da igual con tal de que el clima sea templado.
3. ¿En qué hemisferio le gustaría nacer?
o   En el norte.
o   En el sur.
4. ¿Prefiere una vida fácil, regular, o complicada?
o   Fácil.
o   Regular, tampoco quiero aburrirme.
o   Complicada.
o   Que sea una pesadilla, quiero ganar puntos.
5. ¿Qué tipo de familia quiere tener?
o   Normal.
o   Anormal.
o   Prefiero ser adoptado.
6. ¿A qué edad quiere regresar?
o   De niño.
o   Joven.
o   Edad madura.
o   Anciano.
7. ¿Qué tipo de muerte le gustaría experimentar?
o   Apacible.
o   Accidente.
o   Asesinato.
o   Ejecución.
Gracias por sus respuestas. Recuerde que intentaremos complacer sus deseos, pero la disponibilidad de nuestros servicios está sujeta a imprevistos y puede que tenga que contentarse con lo que haya. En caso de no estar conforme con sus condiciones, siempre puede recurrir a la muerte voluntaria temprana, pero no nos hacemos responsables de las pérdidas que esto pueda ocasionar.

—Así que... ¿estás planeando reencarnar? —preguntó Tot a Leuche, en un tono neutral tirando a tristón.
—Yo... No, ¡esto NO es lo que parece!
Tot dio un profundo suspiro. Parecía dolido.
—Psé. Y yo que pensaba que por fin había encontrado un nuevo Ángel de la Muerte merecedor de ese nombre...
Sacudió la cabeza y se arrastró tristemente hasta su puesto. Solo sentía ganas de jugar con los soldaditos de plástico verdes y grises que tenía guardados en el cajón.

(continuará...)

viernes, 6 de noviembre de 2015

El Ángel de la Muerte (29).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (28)].

Se reencontraron a la hora del almuerzo. Venían los dos arrastrando los pies como si fueran plomo y sin intercambiar una sola palabra cogieron sus bandejas metálicas, pasaron por delante del cocinero para que les sirviera el rancho, y luego se sentaron en el banco uno a cada lado. Hasta la salchicha blanca de Tot tenía aspecto abatido.
—¿Algún muerto hoy? —preguntó Leuche.
El sonido que emitió Tot se parecía ligeramente a un “no” entremezclado con un sollozo.
—¿Alguna alma errante?
Tot negó con la cabeza y dio un mordisco a la salchicha.
—¿Un poco de sangre al menos? ¿Trozos de higadillo? ¿Algún sacrificio humano? Aquí y en esta época aún son corrientes, ¿no?
Tot le dirigió una mirada lánguida llena de melancolía.
Leuche suspiró. Tot perdía energía por momentos. Si continuaba así a lo mejor iba a tener que pedir la baja laboral... ¡y él se quedaría solo en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales! Y además tendría que hacer doble turno en sus asuntillos nocturnos de estrangis... Las cosas se estaban poniendo cada vez más feas.
Sus intentos de animarle durante la comida fueron infructuosos. Cada vez se parecían más a dos ángeles alicaídos. Después de una breve sobremesa se volvieron a levantar para continuar con su trabajo, y al salir del comedor se toparon de frente con una figura de brazos cruzados que daba golpecitos en el suelo con uno de sus pies. Los dos se detuvieron de sopetón.
—No os cojo de las orejas porque no son lo suficientemente sólidas, pero anda que contenta me tenéis.
Era Gehirn. Había venido en persona... a no ser que fuera una transmisión holográfica del pensamiento, pero ni Tot ni Leuche estaban por la labor de comprobarlo tocándola con un dedo. Eso significaba que el asunto debía ser grave.
—Yo diría algo para protestar, pero estoy agotado de tanto trabajo... —dijo Leuche.
—Silencio. Ya habrá tiempo de explicaciones en la oficina. De momento volvéis al Departamento de Ángeles de la Muerte. Hay un asunto urgente que requiere de... de vuestra presencia —Gehirn pronunció las últimas palabras casi refunfuñando. Le costaba admitir que los necesitaba. Había empleados con más experiencia que Tot, pero pocos alcanzaban su nivel de excelencia, errores incluidos.
—¿Y tiene que ser ahora? ¿No nos merecemos un fin de semana de relax después de haber descolapsado el astral?
Gehirn contempló largamente a Leuche como si le estuviera gastando una broma.


—Los procedimientos ilegales no constan en vuestros expedientes oficiales. Si te estás refiriendo a cierta huelga ILEGAL que se promovió y llevó a cabo ILEGALMENTE por dos Ángeles de la Muerte que ya habían sido sancionados por incumplir los protocolos de actuación, os tengo que informar que a consecuencia de vuestra iniciativa ahora lo que está colapsado es el Consejo de Ancianos, que no da abasto para atender tanta demanda de enjuiciamiento y vuelta a la sensatez. Se ha tenido que solicitar personal jubilado de varias residencias de almas para que se presenten voluntarios y el otro día uno de los ancianos se desmayó en plena sesión por falta de energía... ¡Menuda la habéis armado!
Tot no se sentía culpable ante la reprimenda de su superiora. Más bien al contrario. Se había puesto a silbar despreocupadamente mientras miraba hacia otro lado. Parecía orgulloso de lo que habían conseguido.
—Pero como digo no tenemos tiempo de ocuparnos de esto ahora. Tenéis que volver al astral. Se ha detectado actividad ilegal de ciertas criaturas que se hacen pasar por miembros de la Santa Compaña y tratan de engañar a los difuntos conduciéndolos a los planos inferiores en lugar de a la luz. Han llegado a usurpar vuestros antiguos uniformes de esqueleto con guadaña de uso exclusivo y campan a sus anchas en busca de incautos por todo el astral. Tenemos que detenerlos.
—Pero eso de la Santa Compaña, ¿no había desaparecido ya?
—Estábamos en ello. La modernización de vuestros uniformes y el cambio en la organización de los Ángeles de la Muerte era un primer paso en esa dirección. Pero parece que va a costar más de lo que creíamos. Está habiendo una evolución en la forma de conducirse de los jóvenes terrestres. Después de generalizarse Halloween ya casi nada les daba miedo. Habían olvidado a la Santa Compaña y algunas criaturas astrales preferían disfrazarse de Freddy Kruger, Ghostface o la niña del exorcista para asustar a las almas... que no sé lo que es peor. Pero algunas se dieron cuenta de que eso ya no funcionaba porque los difuntos se empeñaban en darles golosinas creyendo que así se irían. No les tomaban en serio, así que estas criaturas astrales han vuelto a adoptar la forma de encapuchados con farolillos. Parece que eso produce escalofríos a cualquiera... Y eso va en contra de la nueva filosofía que queremos implantar en el Departamento: tenemos que normalizar la muerte y eliminar el miedo a la transición.
Leuche iba a decir algo pero se había quedado con un dedo levantado, pensando en lo que acababa de escuchar. Se había perdido después de la palabra “organización”. Asintió igualmente cuando Gehirn preguntó si lo habían entendido.
—¿Estáis preparados para vuestra nueva misión?
Los dos dijeron que sí. Cualquier cosa era mejor que seguir surcando los cielos en nubecillas voladoras, con pelucas de rizos rubios.
Leuche trotó detrás de Tot, que apenas había dicho nada pero el cambio en su humor era evidente. Al mirarle no se le escapó la sonrisa que Tot llevaba en su cara. Hasta su cuerpo astral se había expandido tres cuartas por todo alrededor. Según caminaban su uniforme se fue transformando en un conjunto de pantalones grises y camiseta negra, con una insignia fardona bordada en el bolsillo izquierdo que mostraba un impresionante ángel de alas negras. Los colores cambiaban según cómo le daba la luz. Y cuando vio el Volkswagen recién salido del taller y el túnel de lavado, casi se le caían las lágrimas de alegría. Hasta tentado estuvo de ponerse de rodillas en el suelo y dar gracias a Dios. Pero por supuesto que eso no lo iba a hacer. Iba en contra de su dignidad como Ángel de la Muerte. 

(continuará...) 

domingo, 1 de noviembre de 2015

El Ángel de la Muerte (28).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (27)].

Un día más el amanecer llegó al planeta en el que los dos ex-Ángeles de la Muerte estaban destinados. Un tímido rayo de sol se coló por el hueco que hacía de ventana en la cueva de Leuche, quien a esas tempranas horas dormitaba bajo el peso de tres mantas de lana y un gorro multicolor de croché. Había estado experimentando con los tintes y ese había sido el resultado. Algunos los estaba vendiendo a otros pastorcillos. Otro rayo de sol fue a posarse sobre la mejilla sonrosada de Tot. La noche anterior había acabado tan cansado que había decidido irse a la cama con el uniforme correspondiente para no tener que cambiarse. Los últimos días habían sido tan ajetreados que cada vez se le olvidaba con más frecuencia. Una vez había ido a comunicar a un pescador que debía dejarlo todo y seguir al nuevo mesías, y se había sorprendido cuando el hombre se puso firmes y le hizo un saludo militar mientras temblaba de miedo. Luego recordó que aquella noche había soñado con su vida pasada de oficial en el ejército y ni siquiera había reparado en su apariencia al levantarse. El pescador debió de creer que venía a alistarle forzosamente. En otra ocasión le habían confundido con el niño Jesús en el astral y las pasó canutas para convencer al difunto de que Jesús no estaba como para pasearse en pañales por ningún lado... Se empezaba a hacer todo muy confuso. Así que aquella mañana se concentró para parecer un bebé con corona dorada nada más levantarse. Lo consiguió... a medias. Las ojeras y la cara de mala hostia le hacían parecer más bien Chucky, el muñeco diabólico. Ya habían pasado por lo menos diez días (se preguntó a cuántos días terrestres equivaldría eso, para hacerse una idea) desde que habían empezado la huelga a la japonesa y no habían recibido ninguna notificación de sus superiores. ¿Es que no les llegaban las noticias allá arriba? Tal vez debían cambiar de estrategia.
Encontrarse con Leuche en el desayuno le hizo sentir aún peor.
—¿Quién me debe diez celesteuros más?
Su compañero extendía su palma de la mano con una sonrisa burlona y él le miró con odio. Habían apostado un día más... y había vuelto a perder. Ya estaba harto.
—Ya te dije que cuando volvamos te extiendo un cheque.
—Clingtilicling, cling, cling... —Leuche imitó el ruido de una caja registradora—. Al final este nuevo trabajo me va a salir más rentable que ser un Ángel de la Muerte.
—El dinero no es lo que más importa en un trabajo...
—Sí, lo sé, sobre todo cuando estás muerto... pero cuando necesites sobornar a un cancerbero ya vendrás a pedirme ayuda, ¿a que sí?
Tot gruñó algo por lo bajo y sorbió de su taza de café. Se sintió tentado de echarle la culpa a Leuche por la ausencia de resultados, pero la verdad es que había demostrado en estos diez días que si quería trabajar, trabajaba. Y bastante bien, además... No estaban como para permitirse el lujo de prescindir de empleados como él en el Departamento de los Ángeles de la Muerte, así que tenía que ser amable. Leuche también estaba cansado, lo sabía, y aún así no se quejaba... excepto cuando le despertaba por las mañanas antes de que se saliese el sol. Pero es que a veces la muerte no podía esperar.


—Y bien, ¿cuáles son los planes para hoy? —preguntó su compañero—. ¿Hay hoy templos que destruir, ciudades que incendiar, más ahogamientos en mares que se abren y luego se vuelven a cerrar? Cuanto más activo está el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales, más tenemos que trabajar como Ángeles de la Muerte después... que por mí vale, ¿eh? Estoy acumulando mucha experiencia. Pero por otro lado... esto es un sinvivir. ¿No crees?
Tot le tuvo que reconocer que sí, algo así creía.
—Estás muy callado hoy. ¿Todo bien? —insistió Leuche.
Tot apoyó los codos sobre la mesa y suspiró.
—No sé... Tengo la sensación de que no vamos a ningún sitio con esto de la huelga. Y a ti te veo disfrutar y no sé si quizás te gustaría quedarte por aquí un tiempo más...
—¿Estás loco? No, no, no. No te puedo negar que lo del arco y las flechas no estuvo mal, pero prefiero el chute de adrenalina que me proporcionan los suicidios, por poner un ejemplo...
—Te recuerdo que siendo un ente espiritual la adrenalina no te produce ningún efecto físico.
—Bueno, pero habrá un equivalente para los canales energéticos de mi cuerpo astral, ¿no?
—Eso aún no está demostrado.
—Pero eso no significa que no exista.
—No voy a discutir contigo sobre esto. La cuestión es... ¡este departamento me toca las narices y quiero volveeeeeerrrrrr!
Leuche se asustó ante el desproporcionado volumen que había alcanzado la voz de Tot y miró inquieto a su alrededor. Por fortuna hacía tiempo que eran los raros que se sentaban solos en una esquina del comedor comunal y nadie parecía haberle escuchado.
—¡Tot, por todos los diablos! ¡Un poco de calma! Si quieres que pongamos unas bombas en el Departamento y volarlo por los aires, yo lo hago. Después de todo, siempre están amenazando con el apocalipsis  y luego que demuestren que hemos sido nosotros, pero tendrá que haber alguna otra solución, ¿no? ¿No se te ocurre un plan alternativo?
El aire deprimido y desesperado de Tot le hizo comprender que no. Y pensar que era él el que llevaba mejor las cuestiones religiosas...
—¡Hey! ¡No puedes ir a trabajar así hoy! Tómate esto y ya hablamos más tarde. Ya se me ocurrirá algo.
Leuche hizo aparecer una inmensa jarra de cerveza negra alemana en el centro de la mesa y se la acercó a Tot. Vio cómo se le iluminaban los ojillos y la atraía hacia sí, pero aún así no pareció animarle mucho. Se la bebió en un par de tragos y juntos abandonaron el comedor dispuestos a enfrentarse a una nueva jornada laboral: un bebé beodo con rizos rubios y un pastorcillo con gorro de croché, ambos deseosos de recuperar su trabajo vocacional. Una idea apareció en la mente de Leuche según dejaba a Tot en su nubecilla voladora, tan distinta al Volkswagen destartalado pero molón a más no poder con el que habían llegado casi a los confines del astral. ¿Aceptaría Gehirn un soborno?

(continuará...)


jueves, 22 de octubre de 2015

Reflexiones de Haldor (2).

[En capítulos anteriores: Reflexiones de Haldor].

El prisionero alzó la mirada hacia la silueta borrosa que había aparecido cerca de de la entrada. No le había oído llegar, lo que era complicado dado el infernal ruido que hacían los cerrojos oxidados cada vez que abrían la puerta. Probablemente había estado dormitando... aunque en las últimas largas y oscuras horas le hubiese sido imposible conciliar el sueño. Se incorporó con dificultad y gran dolor, apoyando su espalda contra la pared. El grillete de la muñeca izquierda se clavaba en las llagas, y la argolla del cuello le presionaba la garganta, además de pesar como mil demonios. Al moverse, las cadenas fueron arrastradas y el sonido retumbó en toda la celda. En la penumbra, solo alcanzaba a distinguir que la figura llevaba una capucha gris, y parecía observarle en silencio. Se preguntó quién podría ser. Hacía mucho tiempo que se había quedado solo.
—¿Vas a pasar? ¿O tienes miedo de mí?
La figura se aproximó y descubrió su cabeza. La poca luz nocturna que entraba por el ventanuco le iluminó por un instante la cara. Su piel pálida contrastaba con largo pelo moreno. El joven era delgado y tenía los dedos largos y frágiles como los de una muchacha, pero en sus ojos había una determinación que raramente había encontrado en miembros de su clan.
—Quiero comprender —dijo.
El prisionero le observó largamente desde su posición en el suelo. Su afirmación le pareció tan extraña como irrealizable. ¿Acaso tenía él algo que explicar? Su prudencia le hizo callar y esperar. Al ver que no decía nada, el extraño se le acercó un poco más y trató de escudriñar su rostro, hasta el punto de hacerle sentir incómodo. El prisionero hizo un movimiento brusco para evitar que se acercara más y se escondió de la luz.
—¿Qué quieres de mí?
El extraño se había detenido frente a él, a menos de un paso de distancia. De manera completamente silenciosa se agachó y se puso a su altura. Parecía un monje apiadándose de él. Piedad no era lo que más había necesitado. Pero eso ya no importaba.
—Mi nombre es Haldor —dijo el extraño—. Sé... sé que este es un mal momento para vos, y no quiero hurgar en vuestras heridas. Pero me gustaría haceros unas preguntas. No tardaré en irme. He oído vuestra historia... Hay cosas que no entiendo. ¿Por qué os entregasteis? Si sois inocente, ¿por qué rendiros tan fácilmente, cuando ya estabais en plena huida? ¿Por qué no seguisteis luchando?
—¿Insinúas que me rendí? ¿Eso crees? ¿No se rinde alguien cuando hay algo que quiere conservar? Tus tierras, tu familia, tu vida... —el prisionero sacudió la cabeza—. A mí ya no me queda nada de eso.
En la mente de Haldor aparecieron dos tumbas cubiertas de tierra, una al lado de la otra, una más pequeña que la otra. Cuchillos en la nieve, una mujer llorando, el cuerpo de un niño muy pequeño cayendo inerte al suelo, con un profundo corte en el cuello. Era difícil aislarse del dolor.
—Aún conserváis la vida.
—Por poco tiempo.


El prisionero tenía razón. Aún no se había celebrado el juicio, pero todos sabían cuál iba a ser su final. No habían dejado de advertírselo, pero él siempre había preferido seguir su propio camino.
—Tuvisteis la oportunidad de huir...
—Me encontraron antes de que pudiera hacerlo. No quise seguir matando.
Sus ojos se dirigieron inconscientemente a su mano derecha, y sus dedos se crisparon, como si aún empuñara aquella espada que le había llevado a la mazmorra donde se hallaba ahora. La suciedad se mezclaba con la sangre que aún permanecía adherida a su piel. Jamás había sido su intención matar a inocentes, pero se habían interpuesto, habían intentado detenerle. Su sangre también había sido derramada.... y no había sido la primera vez. Haldor supo que era sincero. Sin embargo, eso no contaría para los que le iban a juzgar. Aquel hombre llevaba años condenado, y él lo había sabido tan bien como los demás. A través de la apariencia férrea del prisionero, podía sentir la rabia acumulada, y el miedo por lo que se le avecinaba. La imagen de unos pies balanceándose ocupó su mente un segundo. Haldor era capaz de sentir el dolor que aquel hombre se negaba a mostrar. Era algo que le habían enseñado desde niño. El nudo en su garganta hizo que le costara pronunciar las palabras.
—Sigo sin comprender por qué lo hicisteis... ¿Venganza?
Temió que el prisionero se negara a hablar más. Se mantenía cabizbajo y sus ásperos rizos cubrían su frente. La oscuridad no le permitía ver expresión alguna en su rostro, aunque lo más probable es que permaneciera impasible. Solo su respiración profunda y agitada le hacía intuir que estaba recordando, y no eran recuerdos agradables.
—Él pudo haberlo evitado, pero no lo hizo —murmuró—. Él estuvo allí observando mientras violaban a mi mujer, él estuvo allí cuando quise cazar en “sus tierras” y me castigaron por ello. Él pudo haber detenido tanta crueldad, pero jamás alzó una palabra para parar a sus hombres. No fue venganza, sino un intento fallido de justicia... ¿Y qué clase de hombre sería yo si ni siquiera fuera capaz de proteger a los míos? ¿Habría vivido mejor quedándome cruzado de brazos mientras hacían daño a mi familia y nos robaban nuestra comida?
Solo al hacer la última pregunta el prisionero dejó traslucir la furia que aún había en su corazón. Por un momento Haldor pudo ver un brillo de desesperación en sus ojos. Al mismo tiempo sabía que había perdido la fuerza para seguir luchando. Volvía a tener la sensación de que se había rendido. De algún modo el prisionero supo lo que estaba pensando.
—Deja de mirarme así. No lo vas a comprender jamás, a no ser que un día lo vivas por ti mismo... Un hombre puede elegir la muerte porque ya no tiene nada por lo que vivir, cuando está cansado de que nadie escuche, cuando día tras día es testigo de cómo los suyos prefieren ser pisoteados y vivir miserablemente antes que reaccionar y luchar por lo que es nuestro. Nadie tiene que resignarse a vivir con miedo. Un hombre debe elegir el camino que cree es justo, aunque se equivoque. Un hombre debe ser consecuente con sus actos.  
En ese momento el prisionero clavó su mirada en Haldor y por unos instantes ambos la sostuvieron. Haldor se esforzaba por extraer el verdadero significado a lo que acababa de escuchar. La fuerza de las palabras de aquel condenado le había llegado al alma. Aún le costaba comprenderlo, eso era cierto. Había elegido la muerte. En algún momento había decidido no resistirse más a lo que todos esperaban de él: que dejase de causar problemas. Quizá la multitud se alegraría al verle colgado junto a otros asesinos en el patio del castillo. La multitud parecía ciega. Pero no sabían que estaban cegados por el miedo.
La última oleada de energía que sintió Haldor recorrer su cuerpo fue precisamente de miedo. El prisionero también lo sentía, aunque no lo pareciese... aunque habría de sentir más, en cuanto anunciaran la sentencia. Eso hizo que su respeto por él creciera. Vio fuego en su mente, muchachos corriendo, hombres saqueando aldeas, un niño tratando de defender a su madre, sin conseguirlo. Al levantarse se tambaleó ligeramente. “El miedo a la muerte no es nada cuando has vivido toda tu vida con miedo”. Le había parecido escuchar algo en su cabeza, pero el prisionero no había dicho nada más. Había vuelto a apoyar su espalda contra la pared, y sus ojos estaban ahora cerrados.
—No os olvidaré —dijo Haldor.
El prisionero hizo un leve movimiento de cabeza. Parecía haber una pequeña sonrisa en sus labios, a pesar de la tristeza en sus ojos.
—Sí que lo harás.

domingo, 11 de octubre de 2015

El Ángel de la Muerte (27).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (26)].

Al día siguiente Leuche decidió dar una pequeña sorpresa a Tot. Tenía que demostrarle que tenía alma de Ángel de la Muerte. ¿La tenía? Sí, claro. Por algo llevaba tantas muertes violentas (propias y ajenas) en su curriculum vitae. No es que la muerte fuera su único interés, pero era de las cosas que más le atraían, eso era innegable. Así que decidió darlo todo para que no les expulsaran definitivamente del Departamento de los Ángeles de la Muerte, y la huelga a la japonesa era una buena forma de ejercer presión sobre Gehirn y sus superiores. Hizo sus tareas de pastor más rápido de lo normal, involucró a unos lugareños apareciéndose como un lindo angelito para que les vigilaran las cabras, “por orden del Altísimo, so pena de una plaga extendiéndose por sus aldeas”, y el resto del tiempo lo dedicó a organizar un puesto fronterizo obligatorio para las almas errantes entre el mundo astral y el espiritual. Suprimió todos los puntos del protocolo que le parecían inútiles y/o una pérdida de tiempo, y sembró el camino de señales para que todas llegaran al control. La escasez de personal en los últimos tiempos había hecho que la eficacia del Departamento disminuyera hasta límites inaceptables. El astral cada vez estaba más abarrotado de gente que ni siquiera sabía que estaba muerta, y aunque el espacio no fuera un problema en el astral, donde dejaba de existir, eso significaba menor mano de obra en el mundo espiritual y un estancamiento en la evolución de las almas. Un desastre, en pocas palabras.
Él sabía cómo arreglarlo. Con un poco de organización iba a demostrar que los Ángeles de la Muerte eran los mejores trabajadores de toda la plantilla. A los pocos minutos, la fila de almas errantes que esperaba su turno llegaba casi al bajo astral. Era como un encuentro de Santas Compañas procedentes de varios puntos del globo terráqueo. Pero como no se andaba con tantos miramientos, no pasaba más de medio minuto y ya todas tenían claro adónde tenían que dirigirse.
Tot llegó casi al anochecer, vistiendo su uniforme de Ángel de la Muerte impecable y pensando que iba a tener que patearle el trasero a su compañero para que se moviera en lugar de vaguear tanto. Se abrió paso entre la multitud que se agolpaba frente al puesto de control, farfullando por lo bajo, sin comprender a qué se debía tal acumulación de almas. Cuando por fin se detuvo y pudo mirar a Leuche cara a cara, su expresión no dejaba lugar a la duda: estaba profundamente irritado. Leuche estaba sentado tras una mesa estándar de despacho, rodeado de formularios: un montón grande a su derecha, y un montón aún más grande a su izquierda. El alma caritativa que estaba a su izquierda dejó que Tot se interpusiera entre los dos.

—¿Se puede saber para qué has puesto ese cartelito?
­—¿Cuál de ellos? ¿El de “Autopista hacia el cielo”?
—No.
­—¿El de “Camino hacia la luz”?
—No.
—¿El de “Las puertas de San Pedro”?
—No.
—¿El de “Si has sido bueno, sigue por aquí”?
—No.
—¿El de "Si has sido malo, este es tu sitio"?
—No.
—¡Aaah! Ya. ¿El de Darth Vader con una guitarra eléctrica invitándoles al lado oscuro?
—Sí, ese.
—Porque estamos escasos de personal y quizá alguien quiera hacerse voluntario antes de que llegue al mundo espiritual y le envíen a otro departamento. Tenemos que despertar vocación, ya sabes...
—¡Pero a mí no me gusta el heavy metal! Y además... eso va en contra de los normas —respondió Tot, con voz muy seria.
—¡Ah, bien! ¿Y organizar una huelga a la japonesa no?
—¿A esto le llamas una huelga a la japonesa?
Tot señaló con su brazo la fila interminable de espíritus que desaparecía en el infinito. Hacía siglos que no era testigo de tal atasco. Era como el metro de una gran ciudad en hora punta. Leuche se sintió irritado a su vez. Los jefes nunca aprecian el trabajo de los empleados... pero decidió mantener la calma.
—Sí, son muchos... Parece que mis llamadas a la atención han sido eficaces. ¿Ves esta montaña de papeles aquí a mi derecha? Son todos los que ya han cruzado al otro lado. Teniendo en cuenta que nuestro ritmo de trabajo antes de ser suspendidos era de tres o cuatro almas por noche, excepto en los casos de batallas o desastres multitudinarios, ya me contarás...

El humor de Tot cambió al instante. Entrecerró los ojos, observó con detenimiento el puesto de trabajo de su compañero, silbó con disimulo mientras rodeaba la mesa, examinó el estado del uniforme de su compañero, echó un rápido vistazo a los formularios, y finalmente dijo:
—Está bien. Hazme una demostración.
Leuche sonrió al alma caritativa que aún esperaba con paciencia y la invitó a avanzar un paso. Cogió un formulario y le hizo una serie de rápidas preguntas.
—Nombre.
—Donald Ferguson.
—Edad.
—Cincuenta y seis.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—No. Yo estaba haciéndome un café en la cocina y de pronto sentí un dolor en el pecho...
Leuche marcó la casilla de “Muerte natural” dentro del apartado “Causa de muerte”.
—Vale. Yo se lo digo: está muerto. ¿Sabe en qué año ocurrió?
—En 1856.
—¡Por favor! ¿Y dónde ha estado todo este tiempo?
—Pues en casa... la luz era extraña y ya nadie parecía oírme, pero yo quería seguir ocupándome del jardín.
—Vale, eso se acabó.
—¿Qué quiere decir?
—Que esa vida quedó atrás. Tiene que continuar por este camino, ¿ve? Hacia ese punto brillante del fondo, allí ya le dirán lo que tiene que hacer.
—¿No puedo quedarme?
—Sí, claro que puede. Aquí no obligamos a nadie a ir en contra de su voluntad. Pero si no va, no vivirá más vidas, no aprenderá nada nuevo, se aburrirá mogollón... Usted elige. Pero elija rápido que no damos abasto con tanto muerto despistado. Si se lo va a pensar, puede sentarse en la sala de espera.
Leuche marcó la casilla de “Alma confundida” dentro del apartado “Razón de permanencia en el astral” y dejó el papel a un lado hasta que el hombre decidiera qué iba a hacer. Normalmente la gente no se lo pensaba tanto.
—¡Siguiente!
Otra alma avanzó un puesto en la cola.
—Nombre.
—John F. Kennedy.
—Edad.
—Cuarenta y seis.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—Iba en el coche presidencial, oí un disparo y sentí un fuerte golpe en la cabeza. Enseguida vi el lío que se montaba, pero preferí volar un poco por la escena. Estuve un tiempo por allí en la Casablanca hasta que me aburrí de la política. Luego me dije: “Voy a ver a qué otra cosa me puedo dedicar..." y entonces me enteré de lo del túnel y la luz.
Leuche marcó la casilla de “Asesinato” dentro del apartado “Causa de muerte”.
—¿Sabe en qué año ocurrió?
—¿1962? ¿63?
—A mí no me pregunte que yo sí que me hago un lío con el tiempo.
—Sí, fue en 1963 —intervino Tot—. Por cierto, ¿sabe cuánto tiempo ha pasado desde entonces?
—No sé... ¿diez años?
—No, unos pocos más. Pero no importa. Le pregunto solo por cuestiones estadísticas... órdenes de arriba. Sigue, Leuche.
—Ya está, hemos acabado. Sigue hacia la luz, ¿verdad?
—Sí, claro.


Cuando el espíritu de Kennedy desapareció por el lado de la derecha, un nuevo espíritu ocupó su lugar frente al puesto de control. Este parecía una muerte reciente. La señora aún tenía sangre manchándole el camisón y no podía dejar de llorar.
—Nombre.
—Teresa Ramírez.
—Edad.
—Cincuenta y tres.
—¿Suicidio?
La señora reprimió un sollozo y echó un rápido vistazo a su camisón, preguntándose si es que las heridas podían hacer pensar en otra cosa.
—¡No! ¡Mi marido! Que se volvió loco y cogió la escopeta...
­­—¿Su marido es ese de ahí? —Leuche apuntó a un hombre que iba cinco puestos por detrás, con un ojo colgándole y un boquete en la sien derecha que dejaba ver parte de sus sesos.
—¡Manuel! Pero ¿cómo se te ocurre hacerme esto?
—Pues... es que estaba desesperado, no encontraba trabajo, nos iban a desahuciar, ¡tu hijo nos maltrataba!
—A ver, a ver... no me obstruyan el flujo de almas —protestó Leuche—. Si tienen problemas que resolver, los resuelven cuando vuelvan a reencarnar, aquí todo carece de importancia. ¡Sigan a la luz, sigan!
Se fueron los dos juntos, aún discutiendo, y un nuevo espíritu avanzó en la fila, que seguía siendo interminable.
—¡Vaya! —exclamó Leuche. Por alguna razón reconoció al siguiente, pero no se saltó el protocolo—. ¿Nombre?
—Ted Bundy.
—¿Edad?
—Cuarenta y tres.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—¡Como para no saberlo!
Leuche se rió.
—Sí, eso de ser electrocutado es casi como morir en un incendio, ¿verdad?
—¿Así que también me he hecho famoso aquí?
—No, es que aquí tenemos muy buenos archivos de todo lo que pasa en el plano físico. ¿Y cómo es que es ahora cuando has decidido seguir hacia la luz?
—No sé, es que perseguir mujeres ya no es lo mismo desde el astral. La mayoría ni siquiera se dan cuenta de que voy tras ellas, y cuando intento matarlas, ya no puedo... Me llevó un tiempo descubrirlo, pero cuando lo...
—Basta ya de cháchara, no estamos interesados en datos superfluos —intervino Tot. Leuche se sintió decepcionado. No todos los días podías hablar con un asesino en serie que había acabado ejecutado en la silla eléctrica.
—Ya has oído al jefe. Si eso ya hablamos cuando acabemos aquí. ¡A seguir bien!
—¡Gracias!
Cuando ya había despachado a una docena o así, se volvió hacia Tot y le preguntó qué pensaba. Aunque Tot trató de permanecer rígido y serio, no pudo ocultar una leve sonrisa de satisfacción.
—Hmm... Creo que podrías utilizar algo más de tu sensibilidad innata y yo podría perfeccionar las preguntas del cuestionario, pero sin duda con este método vamos a cumplir nuestros objetivos...
Leuche sonrió.
­—¿Apostamos sobre cuántos días nos quedan en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales?

(continuará...)

viernes, 2 de octubre de 2015

A vueltas con las redes sociales.

Sí, sé que algunos no vais a creer esto que os voy a contar, aunque espero que seáis pocos porque confío en que mis lectores son inteligentes. Me he dado cuenta de que las redes sociales son un timo. Y con “redes sociales” me refiero fundamentalmente a Facebook, claro, porque de momento es casi la única que me atrevo a utilizar. Estoy harta de oír en los últimos tiempos que si no estás en las redes sociales es como si no existieras. Es necesario, casi obligatorio, tener un perfil público (con tu nombre real, por supuesto), ya no solo en Facebook, sino también en Twitter, Google+, Pinterest, LiveJournal, Instagram y Linkedin... por lo menos. Si no, nadie te va a encontrar, nadie te va a contratar, nadie va a saber de ti. Y si quieres promocionar algo, ya sea tu currículum, los artículos de tu negocio o tus propias creaciones (literarias o no), no llegarás a ningún sitio si no tienes “presencia en redes sociales”.

Pues... ¿a que no lo adivinas? Eso es MENTIRA. Yo lo he comprobado recientemente. Podéis decir: “Claro, pero eso es porque uno tiene que saber cómo hacerlo. Hay que escribir muchos posts, publicarlos de manera regular, tener una estrategia de marketing, saber a qué público llegar, saber cómo posicionarte en los buscadores...” Sí, eso es lo que pensé yo. Ya llevaba mucho tiempo sospechando que las páginas de Facebook solo sirven para perder el tiempo, pero como soy buena quise darle una última oportunidad. Tal vez a mí no me funcionan las redes sociales porque no sé gestionarlas. Es cierto que mis habilidades sociales dejan bastante que desear, porque tiendo a decir siempre lo que pienso. Al fin y al cabo, tengo una licenciatura, un máster y varios cursos de especialización, hablo dos idiomas, casi tres, pero no, no soy una community manager de esas...


Vale. Me propuse ser constante y meter un poco de caña a mis 199 seguidores de la página. Me fui de vacaciones, sí, pero dejé programadas una serie de publicaciones de lo más interesantes. Por algo soy escritora profesional, tengo material e inventiva para aburrir. Cuando volví de vacaciones hice una comparativa de estadísticas. Las cosas no habían cambiado mucho. Ahora tenía 200 seguidores, lo que significa que el ritmo de crecimiento era el mismo que cuando no publicaba nada en la página. El número de miembros en el lugar que realmente me interesa promocionar era el mismo. Y cuando me fui a uno de mis blogs, al que hice constante referencia en esas publicaciones, comprobé empíricamente que ni Dios había llegado al blog desde la página de Facebook. La gente de Facebook es tan vaga que ni hace click en el enlace para ver si su cerebro podrá leer más de un párrafo seguido. Y por si esto fuera poco, el número de “likes” que obtuve en total fue infinitamente menor (más de cien veces, os lo puedo asegurar) que los “likes” que obtuve con aquella foto graciosa del gatito hablando del tema que nos ocupa.

Me parto de la risa de la publicidad en redes sociales. De verdad, el que crea que va a conseguir algo así es que está dormido, muy dormido. Y ya para rematar el otro día vi un documental en La 2 que me acabó de abrir los ojos.

No os engañéis. Facebook solo os quiere para tener vuestros datos y obtener dinero gracias a los anuncios. ¿Que os hacen campañas de publicidad por un módico precio? Un pimiento en vinagre. El precio es irrisorio para una gran empresa, pero no para el común de los mortales. ¿Uno o tres euros al día? ¡Eso no es nada! Es verdad, yo vendo mis libros, el trabajo de varios años de mi vida, a 1’49 euros en Amazon (vale, yo en concreto no, porque me niego, pero sé de muchos que sí lo hacen). Y según he oído por ahí, para que una campaña como esa te sea rentable necesitas tener unos 10.000 “likes”, porque solo el 1% de la gente (o menos) comprará tu libro. Creo que no me salen las cuentas. Y esto es solo por poner un ejemplo.

En serio, si quiero hacer una campaña de publicidad como es debido, me voy al Congreso de los Diputados y hago un femen con el título de mi libro grabado en mis pechos. Que me sale gratis y eso sí que me catapulta a la fama (y a la cárcel también, pero bueno, al final acabaría compensando porque entre ventas de libros y entrevistas en Sálvame... sobre todo esto último, al menos ya habría ganado algo). Y si no lo hago es porque una tiene ya una edad y mis pechos andan algo caídos, que si no, otro gallo cantaría.

Aún me parto de la risa (sí, otra vez) cuando algún individuo que conocí hace tiempo se jactaba ante mí de que tenía 15.000 seguidores (o por ahí, la memoria me falla) en su página. Casi me daba vergüenza tener que explicarle que eso no significa que le sigan 15.000 personas, ni mucho menos que lean algo de lo que escribe. Lo único que significa es que 14.995 son demasiado vagos hasta para borrarse de una página que hace tiempo olvidaron. Pero hay algunos que son felices haciéndose ese tipo de ilusiones... Se había creído de verdad eso de que si no estás en Facebook, no eres nadie.

Bueno, yo, por simple inercia, actualizaré mi página en cuanto acabe de escribir esta entrada. Ahora que ya tengo una conexión ADSL puedo hacerlo. Y además así siento que hago algo productivo entre vídeo y vídeo de monísimos gatos durmiendo con bebés. Que para eso sí que están bien las redes sociales, porque eso es lo que quieren que hagamos: perder el tiempo y neuronas en lugar de salir a la calle a protestar y a cambiar el mundo como se ha hecho toda la vida: cortando cabezas.


PD: Me acabo de enterar de que Facebook va a crear el botón de “No me gusta”. ¡¡¡¡Por fiiiiinnn!!!! Hasta la saciedad lo voy a utilizar.

Más información:

La Noche Temática: Disparates de Facebook.

ACTUALIZACIÓN (15-10-2015).

Me congratula comprobar que no soy la única que se da cuenta de estas cosillas...

sábado, 12 de septiembre de 2015

El Ángel de la Muerte (26).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (25)].

El día había sido agotador. Apenas se habían podido detener a hablar de sus planes. Recibían órdenes constantes por el Wassap incorporado en la nubecilla densa de desplazamiento, y la mayoría eran urgentes: que si llevad cicatrizante celestial de efecto rápido a tal sanador; que si anunciad a la hija del panadero que se ha quedado embarazada y no fue porque la drogaron en la taberna; id a avisar a los cuidadores de langostas que ya pueden enviar una nueva plaga; que si convocad a los que manejan los ventiladores para abrir las aguas de tal mar antes de las cinco de la tarde; haceros pasar por invitados en cierta boda y dad el cambiazo de agua por sidra… Para que luego digan que llevar mensajes es fácil. No era sorprendente que muchos de los Ángeles a Secas tuvieran un pasado terrestre como carteros, vigilantes de diligencia, secretarios, espías o teleoperadores. Pero de muerte, nada. Incluso Leuche se empezaba a aburrir, y eso le traía malas ideas a la cabeza…
—Oye, Tot, ¿tú estás seguro de que no podemos hacer nada con estas flechas de punta embadurnada de esta sustancia negruzca?
Tot negaba con la cabeza una y otra vez.
—Entiendo tu fascinación por lo venenos, pero no te hagas ilusiones. Desde el astral no podemos matar a nadie. Y de todas formas, esa no es nuestra misión como Ángeles de la Muerte, ya deberías saberlo.
La decepción en la cara de Leuche era evidente.
—Sí, si lo sé… Pero ya he vuelto a perder la motivación que tenía cuando nos transfirieron al Departamento de Avatares y Apariciones Virginales. Ya ni siquiera me hace gracia tu uniforme…
—Eso es porque no la tiene.
Tot se hallaba recostado en el suelo de la pequeña cabaña de cabrero que aún ocupaba Leuche por las noches. Tenía sus manos colocadas en la nuca y una pierna cruzada sobre la otra. En contra de su costumbre había venido a visitar a Leuche después de la cena. Leuche sabía que algo rondaba en la cabeza de Tot, pero también sabía que no le diría qué hasta que él lo decidiera así.
—Oye, Tot… ¿tú también tienes ganas de volver a ser un Ángel de la Muerte?
Tot se incorporó súbitamente y un relámpago brotó de sus ojos antes de contestar a su compañero.
—¿Ves? ¡Eso es lo que molesta de ti!
Leuche había dado un respingo, sorprendido por la reacción de Tot y preguntándose qué había dicho o hecho mal.
—¿El qué? ¿El qué?
—¡Yo nunca he dejado de ser un Ángel de la Muerte! ¡O lo eres o no lo eres! ¡O lo sientes o no lo sientes! ¡Pero no puedes andarte con medias tintas! La Muerte es algo serio, muy serio. Si aún dudas de si eres un Ángel de la Muerte, tal vez deberías dedicarte a otra cosa…
Leuche frunció el ceño. Las palabras de Tot le hicieron reflexionar. ¿Qué quería hacer él en la vida? En la de verdad, claro…
—Yo… no he dicho que dude, Tot. Quizá no me expresé bien. Echo de menos trabajar como Ángel de la Muerte. Esto no está mal, es entretenido… pero me siento como si estuviéramos engañando constantemente al personal, los tratamos como niños. En cambio, cuando mueren… es como transformar la oscuridad en luz. Es presentarles las cosas tal y como son, no como lo que han creído durante todas sus vidas. Es ayudarles a recuperar lo que son de verdad, lo que siempre fueron y habían olvidado. Es mucho más satisfactorio que traer bebés al mundo… Tú también lo has hecho y sabes la diferencia, ¿no estás de acuerdo?


La leve sonrisa que había aparecido en el rostro de Tot desapareció cuando Leuche se volvió a mirarle.
—Err… sí, puede ser —carraspeó.
—¿Tú también lo echas de menos?
—Yo echo de menos mi Volkswagen. Y llevar un uniforme decente, con una insignia a la altura del servicio que ofrecemos.
—¿Y qué vamos a hacer para que nos devuelvan nuestros puestos? —la voz de Leuche sonaba algo triste y desesperada ahora.
—Tranquilo, estoy en ello —contestó Tot. Un brillo de esperanza iluminó los ojos de Leuche. Confiaba en que su compañero daría con la clave—. Si te callas de una vez y me dejas pensar seguro que encontraré la forma de demostrar a Gehirn que los Ángeles de la Muerte nacemos, no nos hacemos. Ya puedes disfrazarnos de tiernos angelitos que jamás podrás impedir que cumplamos con nuestra misión.
—¿Y cuál es nuestra misión?
—¿Te lo tengo que volver a repetir?
—Pues…
—Cállate, que estoy pensando.
Leuche se puso a jugar a Gothic 2 con la Playstation mientras Tot pensaba. Así por lo menos podía elegir flechas envenenadas con las que equipar a su avatar. El arco élfico que había encontrado después de saquear a un orco muerto no estaba mal, pero tendría que llevarlo a una carpintería para que lo arreglaran, y si podía pedirle a su maestro que le ayudara a perfeccionar la técnica, así ganaría puntos de daño en su próximo combate…
—¡Ya está, lo tengo!
—¿De veras? —dijo Leuche mientras mantenía una conversación virtual con una enana con pinta de pícara. Miró de soslayo a Tot, que ahora estaba aún tumbado en el suelo, pero boca abajo, y parecía estar estudiando unos cálculos que había garabateado a lápiz en un papel. Le vio ajustarse sobre el puente de la nariz unas gafitas redondas a lo Harry Potter y después levantó su mirada hacia él con aire interesante.
—Sí. Vamos a iniciar una huelga a la japonesa.
Leuche tuvo que pausar el juego para poder pensar con claridad. ¿A la japonesa? ¿Había oído bien?
—Esto… Tot, creo que tu idea es impracticable —dijo, con el tono más serio que pudo conseguir—. Sabes, yo ya tengo una lista interminable de tareas para mañana: sacar las cabras al monte, ordeñarlas, meter la leche en pellejos, ponerla a cuajar… y luego encima tengo que transformarme en angelito y salir contigo a cumplir con las obligaciones del puesto que nos ha sido asignado. O sea, ¿realmente estás hablando de trabajar más? —el tono de incredulidad y desgana no pasó desapercibido a Tot.
—Pero, ¿no me acabas de decir que echabas de menos ser un Ángel de la Muerte?
—Sí, pero una cosa es tener una ilusión en la vida y otra dejarte explotar también en el mundo espiritual, que demasiado tuve ya en la Tierra como para seguir haciendo el panoli… Además, ¿no crees que si vamos a la huelga nos vamos a buscar más problemas con Gehirn?
Tot no supo qué decir, y dio unos golpecitos nerviosos con el lápiz en el cuaderno. La falta de disciplina de Leuche hacía que le hirviera la sangre en las venas, pero no podía negar que tenía parte de razón. A él no le costaba tanto sacrificarse por un bien mayor, pero era cierto que el tema de las horas extra era un cachondeo en el Departamento… sobre todo cuando se suponía que estaban suspendidos de empleo como Ángeles de la Muerte y lo suyo ni siquiera iba a entrar dentro de la definición de “horas extra”. Lo valoró unos minutos y acabó por ceder. Pero solo un poco.
—Bueno, ya veremos… hoy te dejo que sigas jugando, pero mañana prepárate porque va a ser un día movido. Yo que tú me desayunaba tres tazas de cacao puro —y no dio opción de responder a Leuche. Tot prácticamente se esfumó en el aire mientras Leuche se quedaba paralizado.
Sacudió las pieles que iba a utilizar para taparse mientras dormía y suspiró con resignación, temiendo que al final se arrepentiría de no aceptar un contrato indefinido como Ángel a Secas. Después de todo, los ricitos pelirrojos no le quedaban tan mal. ¡Y además tenía un arco!

(continuará...)

domingo, 16 de agosto de 2015

El Ángel de la Muerte (25).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (24)].

Al despuntar el alba, el canto de un gallo le despertó. Estar solo medio materializado no le permitía experimentar la vida física al cien por cien, pero aquello se le parecía bastante. Aún era capaz de recordarlo. El canto del gallo era poco más que un eco cercano. El viento frío que entraba por la ventana de la pobre construcción de piedra no llegaba a erizar el vello de su cuerpo. Los alimentos no sabían a nada, eso se lo tenía que seguir imaginando. Los olores eran algo más perceptibles, pero por mucho que inspiraba el aire no sentía que nada llegara a sus pulmones y mucho menos a su pituitaria. Juraría que ahí estaba tirando de recuerdos. Aunque por otro lado esto lo agradecía... apenas lavaba sus ropas de pastor, y las cabras, el queso y todo lo demás, debían desprender un intenso aroma a humanidad. Al cerrar los ojos casi se sintió en la Tierra de nuevo. Incluso los sueños eran igual de reales. O irreales, según se mirase.
Decidió levantarse al fin. Se desperezó, cogió la gorra y el cayado, y se dirigió a tomar el desayuno con los demás compañeros del Departamento de Avatares y Apariciones Virginales. En la mesa comunal había un grupo que se acababa de sentar y parecía muy excitado. Según lo que pudo entreoír, habían estado de guardia toda la noche, comunicando con el piloto de un vehículo espacial para que consiguiera situarlo justo encima de una cueva donde iba a nacer no sé quién. Por lo visto creían que se habían equivocado al poner las coordenadas del GPS y casi habían acabado pifiándola. Al final consiguieron aclarar que en realidad se habían olvidado de que no estaban en la Tierra y no habían cambiado la configuración del aparato.
En el otro extremo de la mesa, Leuche reparó en una figura sombría, solitaria, que observaba en la distancia. Al acercarse vio que en realidad no era tan sombría. Al contrario, aquella mañana Tot parecía rodeado de un halo especial. El rubio de sus rizos parecía más brillante. El rubor en sus mejillas era igualito al de un bebé. El calzón lucía impecable, con su imperdible de plata finamente labrado justo en su sitio. Las alas parecían hechas de un algodón puro y suave. Daban ganas de pasar los dedos por él y acariciarlas... Todo esto contrastaba con el habitual humor de perros que (casi) siempre le acompañaba. Y Leuche tampoco se sentía muy animado. Se sentó junto a él y se sirvió lentamente medio vaso de leche de avena con cinco o seis cucharadas colmadas de cacao instantáneo del bueno, del que se disuelve sin problemas y no deja burbujitas. Necesitaba un buen chute de algún estimulante... aun sabiendo que aquello no le iba a hacer ningún efecto, principalmente porque carecía de cuerpo físico.


Tot masticaba sin muchas ganas una tostada de pan payés con manteca, con cuidado de que no le cayera ni una sola miga.
―Hey, tienes buen aspecto hoy ―le dijo Leuche­―. Este líquido negruzco que baña la punta de las flechas... no es nada raro, ¿verdad?
―No para un Ángel de la Muerte.
―Ya. Pero hoy no trabajas de Ángel de la Muerte.
―Yo trabajo de lo que me apetece. Otra cosa es que me lo vayan a pagar o a reconocer de alguna manera. Además, aquí estoy para que evalúen mi trabajo como Ángel a Secas, y como muestra de mi buena predisposición ya has visto que hoy luzco un uniforme impoluto.
Leuche sabía que eso no significaba nada, pero no quería seguir importunando más a Tot. Y en su cabeza revoloteaba otra cuestión. Después de dar un sorbo a su bebida chocolateada, dijo:
―Oye, Tot, el otro día, cuando me dijiste que era un traidor... no lo decías en serio, ¿no?
―Yo siempre hablo en serio.
―Pero, si hemos de analizar los hechos objetivamente y con lógica, como sin duda haces siempre, yo no he hecho nada como para que me llames traidor así sin más, al menos no desde que nos conocemos. ¿Estás de acuerdo?
―No. Nos conocemos de mucho antes que te presentaras en mi oficina oliendo a chamuscado. Tú mismo lo presentías...
―¡Ah, es cierto! ―fingió acordarse Leuche.
Tot le miró extrañado. Esta mañana Leuche se comportaba de una manera muy rara.
―Te voy a ahorrar un poco de sufrimiento ―dijo Tot.
―¿De veras? Qué atento eres... ―respondió Leuche, con una media sonrisa y temiéndose algo realmente malo.
―Sí, bueno, yo siempre soy así de amable. Yo también he tenido un sueño esta noche.
―¡No!
―Sí.
―Entonces... entonces... ¿ya sabes dónde nos conocimos?
―Sí.
―¿Quiénes éramos?
―Yep.
―¿Lo que pasó luego?
―Hasta el preciso momento en el que me trai-cio-nas-te.
―Glup.
Tot acabó su tostada y bebió un trago de su café solo con hielo. Luego buscó en la cesta de pan otra tostada y comenzó a untarle mantequilla. Cuanto más lentamente untaba, más nervioso se ponía Leuche.
―Esto... una pregunta ―dijo al fin―. ¿Saliste de aquella?
―Sí, claro que salí. Después de que me descuartizaran y repartieran mis pedacitos entre otros ladrones del gremio. Bueno, para ser exactos, salí un poco antes de que eso ocurriera. Por suerte pude contemplar desde fuera cómo lo hacían. ¿Y tú? ¿Tú saliste de aquello?
―Pues... creo que llegué dos o tres callejones más allá. Después alguien me apuñaló y me abandonaron cerca del antiguo penal. Las ratas se dieron un pequeño festín con mi cadáver. La policía ni siquiera pudo identificarme, aunque algo sospecharon por las ropas que llevaba puestas.
Tot asintió en silencio. Leuche se echó otra cucharada de cacao. Se preguntó si Tot estaba aún medio dormido o solo demasiado cansado de la misión como para reaccionar.
―Entonces, ¿estamos en paz? ―aventuró, con la mejor de sus sonrisas.
―Tú y yo nunca estaremos en paz ―la voz de Tot sonó tan fría que Leuche sintió que se le helaba el corazón. Aún así, intentó no hacer un drama.
―¿Con “nunca” te refieres a toda la eternidad?
―No, solo hasta que te mate dos o tres veces.
Leuche trató de sonreír, pero ya le fue imposible.
―Estás bromeando, ¿no? Si tú no querías reencarnar...
―Bueno, tal vez lo haga. Y enviaré un comunicado al Departamento de Deudas Kármicas para que te citen a una próxima encarnación conmigo y así podremos resolver nuestros asuntos pendientes. O sea, te dejas matar y ya está, consideraré saldada la deuda.
―¿Cómo? ¿Por qué no resolvemos nuestros problemas aquí y ahora?
―Vamos, no me digas que no lo sabes. Aquí no es lo mismo... Aquí no me produciría ningún placer matarte, ni a ti ningún sufrimiento. Ya estamos muertos.
―Pero eso no es nada civilizado, Tot. Yo creo que en cuestión de resolver nuestros asuntos pendientes, es lo mismo. Tú me perdonas, yo te perdono...
―Tú no tienes nada que perdonarme a mí. Y sigo diciendo que estando muertos ya no tiene gracia perdonar o no. Es mucho más fácil sabiendo que no tenemos nada que perder.
―¿Llamamos a un guía espiritual para que nos lo aclare?
―Yo no me hablo con el mío. Además, ¿por qué lo van a saber ellos mejor que nosotros?
―Algo más habrán estudiado, digo yo...
―Pamplinas.
Leuche suspiró. Empezaba a verlo un poco negro. Eso de volver para que Tot le matara en venganza o como una especie de justicia cósmica sonaba más propio de un alma principiante que de todo un Ángel de la Muerte. Dio un par de sorbos más a su bebida y se decidió a probar un panecillo con nueces. De pronto recordó cómo se habían reído una noche que habían salido con un Ángel novato después del trabajo, haciéndole creer que tenía que presentarse en el Departamento de Deudas Kármicas para dar cuenta de algunos de sus “errores” del pasado. Era un alma tan inocente que aún creía que en el mundo espiritual había señores con toga y peluca que te juzgaban por tus crímenes y decidían sobre las penurias que deberías sufrir en tu próxima vida para avanzar en la también inexistente escala de perfección. Ni siquiera al levantarse el velo se había dado cuenta aún del engaño. Inocente, pero... ¡pero seguro que tenía mejor memoria que él! ¡Maldita sea! Abrió unos ojos como platos y contempló a su compañero, aún aparentando indiferencia y rigidez. ¿Por qué se dejaba siempre engañar tan fácilmente por Tot? Fue entonces cuando apareció su sonrisa pícara. Y los dos se echaron a reír a carcajadas. Y justo en ese momento llamaron para que se pusieran a trabajar.


Según se levantaban de la mesa, Leuche dijo, solo para asegurarse:
―No hay rencores, ¿no?
―Claro que no. Pero sabes que los Ángeles a Secas no tenemos muy buena puntería, ¿verdad?
―Bueno, estoy tranquilo, porque como mucho tu veneno me quitará algo de energía para trabajar.
―No me refería a eso. Le he dicho a nuestro encargado que necesito un compañero para llevar tantos mensajes de aquí para allá...
―No.
―Sabía que te iba a encantar volver a trabajar conmigo: aquí tienes tu nuevo uniforme. Y asegúrate de que esté siempre inmaculado.
Esta vez fue Leuche el que casi rompe en llanto. Su peluca era pelirroja, con una corona de florecillas blancas rodeándola. Por lo demás, los siguientes días iba a tener que vestir un calzón como el de Tot y utilizar una nubecilla densa como medio de transporte. Tot no pudo evitar una sonrisa de satisfacción al ver la cara de su compañero.
―Recuerda que aún tienes que demostrarme que tienes corazón de Ángel de la Muerte.
―Pero, Tot... ¡no puedes hacerme esto! ¡Tú no eres el jefe aquí! ¡Tengo cabras que cuidar! ¡Queso por hacer! ¡Mañana me pare una cabrita! ¡Tot! ¡Tooooooooot!

(continuará...)

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