domingo, 11 de octubre de 2015

El Ángel de la Muerte (27).

[En capítulos anteriores: El Ángel de la Muerte (26)].

Al día siguiente Leuche decidió dar una pequeña sorpresa a Tot. Tenía que demostrarle que tenía alma de Ángel de la Muerte. ¿La tenía? Sí, claro. Por algo llevaba tantas muertes violentas (propias y ajenas) en su curriculum vitae. No es que la muerte fuera su único interés, pero era de las cosas que más le atraían, eso era innegable. Así que decidió darlo todo para que no les expulsaran definitivamente del Departamento de los Ángeles de la Muerte, y la huelga a la japonesa era una buena forma de ejercer presión sobre Gehirn y sus superiores. Hizo sus tareas de pastor más rápido de lo normal, involucró a unos lugareños apareciéndose como un lindo angelito para que les vigilaran las cabras, “por orden del Altísimo, so pena de una plaga extendiéndose por sus aldeas”, y el resto del tiempo lo dedicó a organizar un puesto fronterizo obligatorio para las almas errantes entre el mundo astral y el espiritual. Suprimió todos los puntos del protocolo que le parecían inútiles y/o una pérdida de tiempo, y sembró el camino de señales para que todas llegaran al control. La escasez de personal en los últimos tiempos había hecho que la eficacia del Departamento disminuyera hasta límites inaceptables. El astral cada vez estaba más abarrotado de gente que ni siquiera sabía que estaba muerta, y aunque el espacio no fuera un problema en el astral, donde dejaba de existir, eso significaba menor mano de obra en el mundo espiritual y un estancamiento en la evolución de las almas. Un desastre, en pocas palabras.
Él sabía cómo arreglarlo. Con un poco de organización iba a demostrar que los Ángeles de la Muerte eran los mejores trabajadores de toda la plantilla. A los pocos minutos, la fila de almas errantes que esperaba su turno llegaba casi al bajo astral. Era como un encuentro de Santas Compañas procedentes de varios puntos del globo terráqueo. Pero como no se andaba con tantos miramientos, no pasaba más de medio minuto y ya todas tenían claro adónde tenían que dirigirse.
Tot llegó casi al anochecer, vistiendo su uniforme de Ángel de la Muerte impecable y pensando que iba a tener que patearle el trasero a su compañero para que se moviera en lugar de vaguear tanto. Se abrió paso entre la multitud que se agolpaba frente al puesto de control, farfullando por lo bajo, sin comprender a qué se debía tal acumulación de almas. Cuando por fin se detuvo y pudo mirar a Leuche cara a cara, su expresión no dejaba lugar a la duda: estaba profundamente irritado. Leuche estaba sentado tras una mesa estándar de despacho, rodeado de formularios: un montón grande a su derecha, y un montón aún más grande a su izquierda. El alma caritativa que estaba a su izquierda dejó que Tot se interpusiera entre los dos.

—¿Se puede saber para qué has puesto ese cartelito?
­—¿Cuál de ellos? ¿El de “Autopista hacia el cielo”?
—No.
­—¿El de “Camino hacia la luz”?
—No.
—¿El de “Las puertas de San Pedro”?
—No.
—¿El de “Si has sido bueno, sigue por aquí”?
—No.
—¿El de "Si has sido malo, este es tu sitio"?
—No.
—¡Aaah! Ya. ¿El de Darth Vader con una guitarra eléctrica invitándoles al lado oscuro?
—Sí, ese.
—Porque estamos escasos de personal y quizá alguien quiera hacerse voluntario antes de que llegue al mundo espiritual y le envíen a otro departamento. Tenemos que despertar vocación, ya sabes...
—¡Pero a mí no me gusta el heavy metal! Y además... eso va en contra de los normas —respondió Tot, con voz muy seria.
—¡Ah, bien! ¿Y organizar una huelga a la japonesa no?
—¿A esto le llamas una huelga a la japonesa?
Tot señaló con su brazo la fila interminable de espíritus que desaparecía en el infinito. Hacía siglos que no era testigo de tal atasco. Era como el metro de una gran ciudad en hora punta. Leuche se sintió irritado a su vez. Los jefes nunca aprecian el trabajo de los empleados... pero decidió mantener la calma.
—Sí, son muchos... Parece que mis llamadas a la atención han sido eficaces. ¿Ves esta montaña de papeles aquí a mi derecha? Son todos los que ya han cruzado al otro lado. Teniendo en cuenta que nuestro ritmo de trabajo antes de ser suspendidos era de tres o cuatro almas por noche, excepto en los casos de batallas o desastres multitudinarios, ya me contarás...

El humor de Tot cambió al instante. Entrecerró los ojos, observó con detenimiento el puesto de trabajo de su compañero, silbó con disimulo mientras rodeaba la mesa, examinó el estado del uniforme de su compañero, echó un rápido vistazo a los formularios, y finalmente dijo:
—Está bien. Hazme una demostración.
Leuche sonrió al alma caritativa que aún esperaba con paciencia y la invitó a avanzar un paso. Cogió un formulario y le hizo una serie de rápidas preguntas.
—Nombre.
—Donald Ferguson.
—Edad.
—Cincuenta y seis.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—No. Yo estaba haciéndome un café en la cocina y de pronto sentí un dolor en el pecho...
Leuche marcó la casilla de “Muerte natural” dentro del apartado “Causa de muerte”.
—Vale. Yo se lo digo: está muerto. ¿Sabe en qué año ocurrió?
—En 1856.
—¡Por favor! ¿Y dónde ha estado todo este tiempo?
—Pues en casa... la luz era extraña y ya nadie parecía oírme, pero yo quería seguir ocupándome del jardín.
—Vale, eso se acabó.
—¿Qué quiere decir?
—Que esa vida quedó atrás. Tiene que continuar por este camino, ¿ve? Hacia ese punto brillante del fondo, allí ya le dirán lo que tiene que hacer.
—¿No puedo quedarme?
—Sí, claro que puede. Aquí no obligamos a nadie a ir en contra de su voluntad. Pero si no va, no vivirá más vidas, no aprenderá nada nuevo, se aburrirá mogollón... Usted elige. Pero elija rápido que no damos abasto con tanto muerto despistado. Si se lo va a pensar, puede sentarse en la sala de espera.
Leuche marcó la casilla de “Alma confundida” dentro del apartado “Razón de permanencia en el astral” y dejó el papel a un lado hasta que el hombre decidiera qué iba a hacer. Normalmente la gente no se lo pensaba tanto.
—¡Siguiente!
Otra alma avanzó un puesto en la cola.
—Nombre.
—John F. Kennedy.
—Edad.
—Cuarenta y seis.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—Iba en el coche presidencial, oí un disparo y sentí un fuerte golpe en la cabeza. Enseguida vi el lío que se montaba, pero preferí volar un poco por la escena. Estuve un tiempo por allí en la Casablanca hasta que me aburrí de la política. Luego me dije: “Voy a ver a qué otra cosa me puedo dedicar..." y entonces me enteré de lo del túnel y la luz.
Leuche marcó la casilla de “Asesinato” dentro del apartado “Causa de muerte”.
—¿Sabe en qué año ocurrió?
—¿1962? ¿63?
—A mí no me pregunte que yo sí que me hago un lío con el tiempo.
—Sí, fue en 1963 —intervino Tot—. Por cierto, ¿sabe cuánto tiempo ha pasado desde entonces?
—No sé... ¿diez años?
—No, unos pocos más. Pero no importa. Le pregunto solo por cuestiones estadísticas... órdenes de arriba. Sigue, Leuche.
—Ya está, hemos acabado. Sigue hacia la luz, ¿verdad?
—Sí, claro.


Cuando el espíritu de Kennedy desapareció por el lado de la derecha, un nuevo espíritu ocupó su lugar frente al puesto de control. Este parecía una muerte reciente. La señora aún tenía sangre manchándole el camisón y no podía dejar de llorar.
—Nombre.
—Teresa Ramírez.
—Edad.
—Cincuenta y tres.
—¿Suicidio?
La señora reprimió un sollozo y echó un rápido vistazo a su camisón, preguntándose si es que las heridas podían hacer pensar en otra cosa.
—¡No! ¡Mi marido! Que se volvió loco y cogió la escopeta...
­­—¿Su marido es ese de ahí? —Leuche apuntó a un hombre que iba cinco puestos por detrás, con un ojo colgándole y un boquete en la sien derecha que dejaba ver parte de sus sesos.
—¡Manuel! Pero ¿cómo se te ocurre hacerme esto?
—Pues... es que estaba desesperado, no encontraba trabajo, nos iban a desahuciar, ¡tu hijo nos maltrataba!
—A ver, a ver... no me obstruyan el flujo de almas —protestó Leuche—. Si tienen problemas que resolver, los resuelven cuando vuelvan a reencarnar, aquí todo carece de importancia. ¡Sigan a la luz, sigan!
Se fueron los dos juntos, aún discutiendo, y un nuevo espíritu avanzó en la fila, que seguía siendo interminable.
—¡Vaya! —exclamó Leuche. Por alguna razón reconoció al siguiente, pero no se saltó el protocolo—. ¿Nombre?
—Ted Bundy.
—¿Edad?
—Cuarenta y tres.
—¿Sabe lo que le ha pasado?
—¡Como para no saberlo!
Leuche se rió.
—Sí, eso de ser electrocutado es casi como morir en un incendio, ¿verdad?
—¿Así que también me he hecho famoso aquí?
—No, es que aquí tenemos muy buenos archivos de todo lo que pasa en el plano físico. ¿Y cómo es que es ahora cuando has decidido seguir hacia la luz?
—No sé, es que perseguir mujeres ya no es lo mismo desde el astral. La mayoría ni siquiera se dan cuenta de que voy tras ellas, y cuando intento matarlas, ya no puedo... Me llevó un tiempo descubrirlo, pero cuando lo...
—Basta ya de cháchara, no estamos interesados en datos superfluos —intervino Tot. Leuche se sintió decepcionado. No todos los días podías hablar con un asesino en serie que había acabado ejecutado en la silla eléctrica.
—Ya has oído al jefe. Si eso ya hablamos cuando acabemos aquí. ¡A seguir bien!
—¡Gracias!
Cuando ya había despachado a una docena o así, se volvió hacia Tot y le preguntó qué pensaba. Aunque Tot trató de permanecer rígido y serio, no pudo ocultar una leve sonrisa de satisfacción.
—Hmm... Creo que podrías utilizar algo más de tu sensibilidad innata y yo podría perfeccionar las preguntas del cuestionario, pero sin duda con este método vamos a cumplir nuestros objetivos...
Leuche sonrió.
­—¿Apostamos sobre cuántos días nos quedan en el Departamento de Avatares y Apariciones Virginales?

(continuará...)

4 comentarios:

  1. Aún estoy riéndome jajjajaja Qué bueno!

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    1. Me ha gustado mucho, no suelo poner muchos comentarios, pero te leo de vez en cuando y me gusta tu forma de escribir y de relatar, este episodio está muy bien, cómico y a la vez profundo, muy guayyyy¡¡¡¡

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