martes, 29 de abril de 2014

Esclavo.

Despertó tumbado boca abajo sobre la tabla de madera, semidesnudo, el cuerpo tenso y magullado, las manos con restos de sangre que el agua fría no había arrastrado consigo, el ojo derecho hinchado y pegajoso debido a las costras de suciedad y pus que se habían formado. Se sorprendió de que no le hubieran molestado... supuso que no es que les importara mucho si vivía o moría, tal vez solo sabían que se encontraba demasiado débil y enfermo como para poder levantar el martillo con el que rompía las rocas de la cantera. Un esclavo vivo siempre era más útil que un esclavo muerto.

También se sorprendió de haber sobrevivido a la noche. Sus heridas no eran muy profundas, pero la voluntad de vivir menguaba cada día igual que los músculos de sus brazos, tan fuertes y poderosos en un tiempo que cada vez era más difícil traer a su memoria. Había descubierto que la falta de voluntad no mataba, al menos no rápidamente. Y día tras día sus ojos se abrían a un mundo en el que ya no se reconocía a sí mismo, en el que no sabía quién era... Le habían permitido conservar su nombre (Nicodemus), pero eso era lo único que le quedaba...

Tal vez habría sido mejor que el filo de la espada hubiese acabado su trabajo. De rodillas en la tierra, con su cabeza fuertemente sostenida por alguien a quien no podía ver, tirándole de los cabellos hacia atrás para exponer su cuello... aún podía sentir la presión de la hoja sobre su piel, aún podía escuchar los gritos de la muchedumbre convertidos en sordo murmullo en sus oídos, aún percibía el tiempo detenido en el aire. Solo era plenamente consciente de que entre la muerte y él no había nada. No entendía muy bien qué había pasado. Se sentía al borde del desmayo y las voces de los hombres que discutían sobre qué hacer se habían convertido en palabras ininteligibles. No recordaba muy bien cuáles habían sido sus pensamientos en esos momentos. No quería morir... pero tampoco le hubiese importado mucho perder la vida. Solo sabía que la torre rubia que medía una cabeza más que él y tenía un aspecto mucho más saludable, le había vencido. Había llegado unos días atrás, confuso y cabizbajo como todos, mirando embobado las cadenas de hierro como si no supiera cómo habían llegado hasta ahí... Llegó a pensar que se suicidaría, o que se revolvería contra los captores pensando que su fortaleza le iba a servir para algo. Pero posiblemente era más inteligente de lo que parecía... o más cobarde. Sus ojos azules siempre le habían mirado desafiante, y Nicodemus siempre había evitado esa mirada. A pesar de no sentir ninguna simpatía hacia él (solo era alguien más con quien repartir las escasas raciones de comida), tampoco había sentido ninguna necesidad de luchar contra él. Pero él no había tenido ningún poder de decisión sobre ello. Ya no podía decidir sobre nada.

Una vez que la torre rubia le hubo derribado y estaba a punto de darle el último golpe que le dejaría inconsciente (muerto no, porque con aquellas armas habría necesitado algo más de tiempo, unas cuantas estocadas más, y mucho más estómago), unos hombres le apartaron y trataron de aplacar sus ansias de muerte, cegado por el fervor del combate, mientras que a Nicodemus le rodearon en parte para protegerlo, y en parte para dejar que otros decidieran si le había llegado o no la hora. Le sostuvieron de los brazos y le obligaron a incorporarse, y uno de ellos parecía dispuesto a cortarle el cuello si así se lo ordenaban.

Nunca supo qué es lo que le salvó... o lo que le condenó a seguir viviendo una vida en la que se veía obligado a arrastrarse sin cesar, en la que se levantaba y se acostaba por inercia, y daba gracias a los dioses por la inconsciencia que el sueño le otorgaba cada noche, si es que el hambre o el frío le permitían dormir. La escasa luz que atravesaba la ventana del dormitorio le deslumbró, y al ponerse en pie avanzó tambaleándose hasta el recipiente con agua que había sobre una repisa en el rincón. Las cadenas de los tobillos parecían pesar diez veces más que cualquier otro día. No recordaba cuándo se las habían vuelto a poner... tampoco recordaba cómo había llegado al catre. Agradeció la soledad. Intentó deshacerse de la suciedad y las costras, pero allí no había agua suficiente para reblandecerlas. Notaba los embates de la fiebre... y sabía que si alguien no cuidaba de sus heridas como era debido, evitarle la muerte el día anterior solo habría sido una pérdida de tiempo. Una vez más, se preguntó qué sentido tenía todo aquello. Qué sentido tenía seguir viviendo...

¿Acaso debía tener sentido? ¿Lo había tenido alguna vez? Si se esforzaba por ver a través de la bruma, aún podía traer a su memoria un pasado no mucho más brillante, no mucho más alentador... pero al menos sabía por qué luchaba, y se sentía orgulloso de hacerlo. Ni siquiera los guerreros a caballo le habían amedrentado, y entre el chocar de aceros y la resistencia que habían presentado bajo sus escudos, había llegado a pensar que si aquél iba a ser el fin, se iría con una sonrisa en sus labios, pues había hecho todo lo que había estado en sus manos por defender su tierra y a los suyos. Lo que no sabía entonces es que hay tragos más amargos que la muerte, y la esclavitud es uno de ellos. La maza le podía haber hundido su cráneo y acabar con todo sufrimiento. En su lugar se encontró con pies y manos inmovilizados, el miedo constante a ser dolorosamente castigado, y una terrible sucesión de días y noches vacíos de la más mínima piedad como única expectativa. Aún así no podía de dejar de aceptar el cuenco con esa masa blancuzca y aguada que le ofrecían cada noche... como si prolongar aquella eterna agonía fuera más aceptable que abandonarse a la muerte por inanición. Elegir entre el miedo a morir o el miedo a vivir nunca fue fácil, pero el instinto de supervivencia de un cuerpo tangible siempre fue más fuerte que las escenas oníricas que los sacerdotes representaban en sus templos de un más allá del que nadie había vuelto... que él supiera. A veces se preguntaba si eso significaba que aún le quedaba alguna esperanza de recobrar la libertad... por nimia que fuera. Pero un rápido vistazo a las cadenas que erosionaban su piel de las muñecas y a los cadáveres que se balanceaban a la entrada de la ciudad, compañeros convertidos en carroña para los buitres, le recordaba que no podía tener esperanza. Hasta de ella le habían despojado.

sábado, 5 de abril de 2014

Vida rota.

Una gota de sangre resbaló por su antebrazo y terminó por caer en el agua, dispersándose y haciéndose invisible entre miles de gotas transparentes. El vapor ascendía desde la superficie, la jarra de agua que habían vertido en la bañera estaba bien caliente cuando la habían retirado del fuego, como ella había ordenado. Después de que su criada se hubiese retirado, fue cuando dejó que todas las barreras cayeran y las lágrimas comenzaron a brotar. No es que el servicio doméstico no estuviese al corriente de la situación, pero se habían acostumbrado a vivir en un silencio cómodo para todos, acompañado a veces de compasión, una compasión fría e inútil que se reflejaba en las miradas huidizas que la dirigían en presencia de su marido, el señor de la casa, aquél al que todos debían respeto y obediencia... incluida ella, claro está, devota y fiel esposa del hombre que habían elegido para ella.

Y el alfiler que utilizaba para sujetarse el moño, tirante y perfectamente sujeto, para no dejar ni un solo mechón de cabello negro y rebelde a su antojo, había resultado muy útil para...

¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Qué pretendía infligiéndose ella misma ese corte en su antebrazo izquierdo? ¿Deseaba morir? ¿O quería demostrase a sí misma que aún estaba viva? ¿Era su llamada desesperada de auxilio, el último grito que se atrevía a proferir, aun sabiendo que nadie a su alrededor la escucharía o acudiría para salvarla?

¿De qué iban a salvarla? Después de todo vivía con un hombre elegante y educado, de buena familia, que gozaba de gran prestigio en la ciudad y que había procurado que no le faltase de nada. No tenía razón alguna para estar descontenta o desear estar en otro sitio.

Y sin embargo... se había sentido como en una prisión desde el día que atravesó el umbral de aquella casa. La casa de sus sueños, con un porche en la parte trasera y un columpio en el que pasar las horas muertas tomando un té con pastas, cosiendo las iniciales de su amado en los calcetines y en otras prendas íntimas... o simplemente observando al perrillo de lana blanca juguetear en el jardín. Había paseado bajo una sombrilla con sus amigas en las tardes de primavera, y todas le habían asegurado que había tenido mucha suerte el día en que su futuro marido la vio bajar del coche de caballos y dirigirse al club donde las señoritas de su edad se reunían para charlar. Se había quedado prendado de ella, sin ni siquiera saber que aquella joven de apenas quince años era la hija de uno de sus mejores clientes. Y su padre no pudo declinar la tentadora oferta... Aunque ella hubiese preferido ser la prometida de un joven estudiante al que hacía tiempo le había echado el ojo, y aunque le disgustó sobremanera no tener ningún poder de decisión, acabó por aceptar su destino. Después de todo, los mayores sabían lo que hacían...

El sueño se rompió la misma noche de bodas. Y los días que siguieron fueron oscureciéndose más y más, al mismo ritmo con el que crecían sus ansias de libertad y el número de círculos amoratados en su piel. Las sombras grises bajo sus ojos ya eran imposibles de disimular bajo el maquillaje, y cuando acudía a la iglesia los domingos apenas se atrevía a alzar su cabeza aun cuando llevase el velo que cubría gran parte de su rostro. Pero el silencio de los que la rodeaban, y la soledad que la acompañaba día y noche, dolían más que cualquiera de sus golpes.

Aquel día dejó que el vapor de agua la envolviera y dejó correr la sangre como si así el dolor fuera a hacerse más débil. Eso era lo que hacían los doctores cuando el cuerpo sufría de algún mal desconocido, ¿no era así? Tal vez ella también padecía de algún mal, una enfermedad maldita que le impedía aceptar el papel que la habían impuesto y que le impedía alcanzar la felicidad que con frecuencia percibía en los pálidos rostros de las mujeres que empujaban sus carritos con sus bebés recién nacidos por el parque. Puede ser que aquel día tomara una decisión, pero el tiempo transcurrido y la bruma que hacía borrosos sus recuerdos no le permitían saberlo con seguridad. También pudo ser en algún otro momento de desesperación, encerrada entre cuatro paredes por haber sonreído al panadero y cansada de golpear la puerta con los puños.


Ahora sus manos se hallaban inmovilizadas por las muñecas, aunque el carcelero, a quien conocía bien después de meses trayéndole el almuerzo y la cena, había tenido la gentileza de no atar las cuerdas con demasiada fuerza. Su viejo y raído vestido negro hacía juego con la capucha que iban a utilizar para cubrir su cabeza. Su indiferencia y desprecio hacia las vacías palabras del sacerdote habían pasado desapercibidas para todos, y su aparente calma y la tímida mirada que le había dirigido durante la charla les hicieron creer a todos que su arrepentimiento era sincero.

Pero no, no se arrepentía. No se arrepentía ni de una sola de las muertes que había provocado. Solo podía pensar en lo que podría haber sido su vida y en lo que acabó convirtiéndose. Y tampoco podía olvidar a las decenas de mujeres que había conocido que habían tenido que pasar por lo mismo que ella. Los médicos y el juez podían decir lo que quisieran, pero ella era una mujer inocente. Una mujer destruida por el sufrimiento y los crímenes cometidos por hombres que jamás fueron mejores que ella, pero que nunca iban a ser castigados como habían decidido que le correspondía a ella ser castigada. Ya nada importaba. Había tenido tiempo suficiente para aceptar que el mundo era injusto y ella ya había hecho lo que había venido a hacer.

La horca la estaba esperando. Su muerte fue rápida y poco dolorosa, posiblemente decepcionante para todos los que habían acudido ávidos por presenciar un buen espectáculo. Pero para ella fue un mero trámite que la liberó de años de angustia y desolación, aunque no fue el final. Por suerte o por desgracia, la muerte nunca es el final.

jueves, 3 de abril de 2014

El amor tiene fecha de caducidad.

“No el amor verdadero”, me he dicho a mí misma... Pero, en realidad, ¿existe el amor verdadero? ¿Qué es al amor verdadero?

“Creo en la vida eterna”, me he vuelto a decir a mí misma... Por tanto, ¿no debería creer también en el amor eterno? He creído siempre, desde que era una inocente jovencita que soñaba con su príncipe azul, solo para estrellarme una y otra vez contra la realidad, para ver cómo los sueños se rompen uno tras otro, porque lo cierto es que el amor no dura para siempre...

Quizá el problema es que estoy mezclando el amor humano con el Amor con mayúsculas, y así solo cabe la decepción, porque los seres humanos nos vemos obligados a vivir por un tiempo más o menos largo en un mundo finito, donde nos acostumbramos a ver cómo todo lo material nace y muere, nace y muere... y el amor no iba a ser menos. Especialmente cuando se mezcla con hormonas, atracción física, y una serie de emociones exclusivas humanas como son la necesidad de afecto,  la comprensión, el apoyo mutuo... pero también los celos, los deseos de independencia, el querer compartir tu vida con otra persona pero no con toda su familia... qué os voy a contar. Pero al final, como con muchas otras cosas, hay que mirarlo desde otra perspectiva. Mientras somos humanos viviendo en cuerpos humanos, no nos damos cuenta de que todas las experiencias están ahí por algo. Cuando se acaba, se acaba... igual que una vuelta en la montaña rusa. Has pasado vértigo, miedo, te has querido bajar, pero en el fondo, has disfrutado. Y puede que pase un tiempo antes de que te vuelvas a subir, pero lo volverás a hacer. Igual que la vida.


Lo bueno es que nada se acaba, aunque nos lo parezca. El amor y el odio son emociones humanas, y aunque ahora parezca complicado, un día cuando miremos atrás recordaremos solo los buenos momentos, y quizá esperaremos reencontrarnos en un futuro lejano, muy lejano... Los amigos van y vienen, los amantes van y vienen, y los enemigos también. Y lo mejor es que fuera de esta ilusión terrestre, el Amor con mayúsculas es el que prevalece, y ahí fuera nos da igual (o al menos tiene menos importancia) lo mal que lo hayamos pasado. Estoy segura de que todo tiene un porqué, de que nuestros ojos humanos nos engañan continuamente, y de que algún día lo comprenderé.

O, tal vez, solo estoy tratando de consolarme a mí misma. Porque, pensándolo bien, ahora mismo estoy jodida. Aunque posiblemente no por las razones que serían de esperar. En todo caso, pasará. Esta vez no me va a llevar más de doscientos años, lo prometo.

viernes, 21 de marzo de 2014

Publicando en Amazon (2).

Como prometí, aquí están las fotos de mi primera novela, "La Operación Fantasma", con la portada nueva y definitiva (al menos mientras no se haga una nueva edición). He de decir que me ha quedado realmente espectacular, las fotos no le hacen justicia...

¡Ya me siento realizada como escritora!






sábado, 1 de marzo de 2014

Publicando en Amazon.

O, lo que es lo mismo, autopublicándonos, que es casi la única alternativa que nos queda a los autores noveles para ver nuestro libro impreso (la otra alternativa es tirarnos por un precipicio, pero eso no va a solucionar nada, podéis creerme).

Los seguidores habituales del blog habréis notado cómo ahora sigo estando desesperada, pero al menos ya tengo mis novelas publicadas, lo que da una gran satisfacción personal, aunque dinero, no mucho... al menos de momento. Dicen que es cuestión de paciencia... y moverte un poco, porque si no publicitas, no haces contactos, no haces... algo, poco vas a vender. Aunque, yo, con mi habitual visión pesimista de la vida, he de decir que dudo mucho que moverse sirva para algo, viendo lo que he visto en algunas redes sociales y en el propio foro de Amazon para escritores desesperados, donde pocos hay que digan “¡Qué pelotazo ha sido publicar en Amazon!” Pero bueno, al menos nos ha salido gratis (o casi), y no hemos tenido que aceptar las irrisorias (irrisorias por no ponerte a llorar) ofertas que hacen algunas editoriales a los que estamos empezando.

En realidad, llevo con ganas de despotricar sobre las editoriales desde que abrí el blog, pero como entonces no tenía muy claro qué iba a pasar y aún tenía la remota esperanza de que alguna editorial se interesaría por mi magnífica obra, me parecía un poco como cavar mi propia tumba... o mejor, morder la mano del que me iba a dar de comer. Ahora, francamente, ya me da igual. He decidido retomar mi espíritu rebelde (lo cierto es que no lo perdí nunca... si acaso se hace más fuerte con los años) y despotricar contra quien haga falta. Después de todo parece que el rollito Risto Mejide suele tener éxito en la televisión, a pesar de que a mí ese tipo no me termina de caer nada bien, sea o no un personaje que se ha montado. Como muchas otras cosas en la vida, parece que todo se reduce a estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado... y con los padrinos adecuados. Aunque... si he de ser sincera, a mí me da igual llegar a diez lectores o llegar a diez millones. Ya sé que no me voy a hacer rica con esto, o al menos, la probabilidad de hacerme rica escribiendo es la misma que la probabilidad de que me toque la lotería o la de encontrar un trabajo decente en España en estos momentos. Con que esos diez lectores disfruten leyendo lo que escribo, me es suficiente. Y la independencia tiene un precio, además de ser algo solitaria...


Pero no quería ponerme muy negativa hoy, que ya llevo negatividad suficiente en mis entrañas como para construirme mi propio infierno. Hoy solo quería contar cómo ha sido el proceso de publicar mis novelas y animar a todos los escritores desesperados que caigan por aquí a hacer lo mismo con sus obras. Primero, porque aprendes y creces un montón como escritor durante el proceso, si lo haces bien y con responsabilidad. Y segundo, porque el resultado merece mucho la pena, consigas venderlo o no.

Todo empezó cuando, visto el entusiasmo desmedido que habían mostrado la veintena de editoriales a las que había enviado mis manuscritos, decidí tirarme a la piscina y hacerlo yo misma. Yo misma de verdad... porque antes de considerar esta opción, tienes la de engañabobos de las susodichas editoriales que te hacen una estupenda oferta de “autopublicación” que consiste nada más y nada menos en gastarte medio sueldo (bueno, casi un sueldo ahora que cada vez ganamos menos) en editar los libros que quieras para que luego te los envíen en una bonita caja de cartón y te los comas todos con patatas. Para ello intentan aprovecharse de tu desmesurada ilusión por ver tu libro publicado, porque ellos piensan que ésa es la ilusión de todo escritor... cuando no, señores editores: la ilusión de todo escritor es ganarse la vida escribiendo. Esto, llevo comprobado ya en varias vidas, es solo un sueño utópico que muy pocos alcanzan (me imagino que hay un calvo como el de la lotería que te va tocando con una varita mágica y operando el milagro)... pero bueno, por intentarlo que no quede. Eso sí, yo recomendaría que te andes ojo avizor y que no se te ocurra doblar las rodillas ante ese tipo de ofertas, solo porque “tu ilusión es ver tu libro publicado”.   

Así que, al final solo te queda hacerlo tú mismo. He de decir que no es tremendamente fácil, pero sí que es más fácil que escribir una novela de quinientas páginas, eso está claro. Y, aunque con sus luces y sus sombras, hay que reconocer que la plataforma de Amazon CreateSpace (y supongo que habrá más, si no ahora, ya surgirán en el futuro) nos lo pone bastante fácil si nunca has creado tu propia portada o nunca has formateado tu propio libro. No voy a poner las páginas que yo utilicé como base, con un montón de consejos útiles, porque con una sencilla búsqueda en internet podéis encontrar toneladas de información... y además luego me di cuenta de que en el propio CreateSpace ya tenía todo lo que necesitaba (o casi). Así que adelante, solo tenéis que abriros una cuenta y empezar... siempre que tengáis el libro bien acabado, corregido y releído al menos doscientas veces, y unas cuantas más por lectores invitados como un hermano o un amigo que se haya presentado voluntario (cualquiera sirve siempre que no le importe poner tu libro a caer de un burro, preferimos la sinceridad a que no digan lo que piensan por no quedar mal). Vale, esto depende del nivel de perfeccionismo de cada uno, y yo soy muy perfeccionista. Además siempre se me dio bien la redacción y la ortografía... recuerdo que cuando era niña me dijeron que escribía oraciones muy largas, eso fue lo peor que me dijeron. Y a veces lo sigo haciendo, solo por llevar la contraria... aunque luego cuando lo reviso al final claudico y sustituyo comas por puntos, porque reconozco que a veces se hace difícil seguir el hilo. Se me olvidaba que también es conveniente que tu libro esté inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual que más cercano te quede de casa... porque siempre puede ocurrir que no te hayas dado cuenta del enorme potencial de lo que has escrito y que algún caradura se lo quiera atribuir como propio, con el sudor y las lágrimas que te ha costado sacar todo eso de dentro.

Ah, no he dicho que antes de llegar a CreateSpace, mi idea era publicar las novelas solo en formato electrónico. De hecho, ni siquiera había pensado en Amazon. La idea era subirlo de alguna forma a mi blog para que los lectores pudieran adquirirlo por un módico precio. Esto exigía hacer determinados arreglos informáticos que no controlaba bien... y eso de “subirlo” a la red no me daba muy buenas garantías en cuanto a la piratería. Pero cuando empecé a investigar, encontré lo de los libros electrónicos de Amazon, y más adelante a una autora de novela romántica que hablaba muy bien de CreateSpace... y por otra parte, yo siempre he pensado que muchos lectores siguen prefiriendo el libro en papel, mi ilusión era tener el libro en mis manos, no un archivo pdf, que para eso ya tengo el mío (y mucho más bonito), y además, al estar disponible en dos formatos, tendría más posibilidades de darle salida. Leí que era algo más complicado... pero no, la verdad es que cualquiera puede hacerlo, aunque al principio te suponga unos pocos quebraderos de cabeza. Así que al final decidí probar.


Básicamente, lo primero que tienes que hacer es elegir el tamaño del libro y el acabado de la portada. Luego subes el interior y ellos te lo corrigen casi al momento. Puedes descargarte unas plantillas en función del tamaño y ahí copias tu texto. Y si quieres puedes añadir algunos adornos básicos a poco que sepas del Word. Cuanto más básicos mejor, sobre todo si quieres publicarlo luego en ebook, porque ahí todos esos adornos solo te van a molestar y tendrás que quitarlos. Pero bueno, para mí lo más importante era el libro impreso, así que no me compliqué mucho pero al menos le puse unas fuentes chulas. Y a pesar de lo perfeccionista que soy, me tocó corregir algunas erratas y volverlo a enviar unas cuantas veces, así que el resultado final depende solo de lo precipitado/descuidado/vago que seas y de tu nivel de exigencia. Yo esto lo cuidaría mucho porque por algo queremos que nos consideren profesionales, y porque pienso que la calidad de los libros autopublicados es fundamental a la hora de que los lectores los valoren o no, pero bueno, esto escapa a mi control, así que cada uno actúe como crea conveniente.

El diseño de la portada es sin duda lo más complicado. Si no te gusta nada el diseño o eres muy torpe manejando programas informáticos tipo Photoshop o GIMP, es mejor que se lo encargues a alguien. Yo me descargué el GIMP y me busqué la vida, así directamente. Las primeras portadas que hice fueron siguiendo las indicaciones de alguien en su blog para libros en formato electrónico... pero básicamente me sirvieron para lo que pedían luego en CreateSpace. Durante el transcurso de una semana estuve probando y probando, averiguando cómo se utilizaba el programa, porque nunca antes había utilizado nada similar. Me busqué unas fotos acordes con el contenido de la novela, y conseguí acabar varias portadas. Como poco a poco mi técnica iba mejorando, y además caí en la cuenta de que no podía utilizar cualquier foto, sino solo aquellas sin copyright, a no ser que consiguiera el permiso del autor, tuve que cambiarlas varias veces. Pero creo que al final el resultado ha merecido la pena. Para alguien que nunca había hecho portadas antes, no están mal, ¿no? Aunque, claro, también es cierto que poseo un sentido artístico innato que muchos quisieran para sí... (es broma).

Una vez que los de CreateSpace dan su visto bueno, que es todo bastante rápido, tienes que volver a revisarlo online, y si quieres, pedir una prueba impresa por si hay algún error que se te haya pasado desapercibido... y sí, por muy bien que creas que lo hayas hecho, siempre hay alguno. Esto es lo que más tiempo lleva. Tanto que mientras esperaba a recibir el libro (me pilló en medio de las fiestas navideñas y por eso se retrasó un poco más), aproveché para publicarlo en formato electrónico, que ya no tiene nada que ver, porque es mucho más fácil y rápido. La portada te sirve igual, y en el interior solo tienes que eliminar todos los adornos innecesarios... aunque ellos mismos lo adaptan y tal vez no tengas ni que tocarlo. ¡Y ya está! Ahora a esperar que alguien se interese... el marketing es aburrido y no voy a aprender nunca, así que de eso no voy a decir nada.


La emoción al recibir el libro por fin impreso es indescriptible... Cuando recibí mi primera prueba de “La Operación Fantasma”, el tamaño de la letra me pareció un poco pequeño... y como por ese entonces había recibido respuesta de un ilustrador diciendo que podía utilizar su dibujo sin problemas (se había retrasado un poco y por eso había enviado esa otra portada), decidí cambiarlo todo otra vez: agrandé el tamaño de la letra, y le puse una nueva espectacular portada... Aún no sé cómo habrá quedado, pero estoy segura de que cuando la vea se me van a caer las... bueno, algo se me va a caer. Mientras, esto es lo que podéis ver: miradlo bien porque puede que dentro de veinte años sea un preciado tesoro de coleccionista y alcance un precio desorbitado en ebay, ya que va a ser el único ejemplar existente de “La Operación Fantasma” con una portada alternativa.



Y, a pesar de ser la segunda novela, recibir “La Espiral de Marfil” fue aún más emocionante. Como ya me sabía lo de la letra, la puse con el tamaño adecuado desde el principio, y la portada parece aún más profesional... estoy realmente orgullosa del resultado:




Y esto es todo... Estoy deseando firmar ejemplares en la próxima Feria del Libro, así que si no me patrocina nadie, no sé, a lo mejor me monto mi propio puestecillo de estrangis y aguanto hasta que la poli me eche... Eso sí, tendréis que encargarme antes los libros o traeros el vuestro propio para que yo os lo dedique.

Y si hay algún escritor desesperado por ahí que quiera contratarme para hacer su portada o corregir su manuscrito, que me deje su dirección de correo electrónico y quizá podamos llegar a un acuerdo. No soy el equipo A pero soy casi igual de multifacética...

Los que quieran leer mis novelas, las tenéis aquí.

Y si queréis echar una mano a un grupo de Indies desesperados, visitad LetraHeridos y leed (y comentad en Amazon) alguna novela. ¡Os lo agradeceremos!

jueves, 20 de febrero de 2014

Dying.


Music fading, bombs exploding
Fire burning, souls are crying
The street lights are not enough
The sounds of night are not enough
I wish I could forget
But the corpses… they’re all there

Silent screams stalk me in my dreams
Make me weep and I can’t sleep
Emptiness has dragged me here
And now I can’t escape from fear
Don’t want to feel
Don’t want to live

Hollow voices… they say nothing
Ghostly faces… they see nothing
Disturbing eyes… they feel like ice
Darkness and numbness,
come along with my silence

In a world of madness,
you can only embrace sadness
When life is meaningless,
you’d better lose consciousness
When death is a precious gift
you can’t resist… and you go for it

The needle pricks...  and I get my wish
Peace is flowing through my veins
No more terror, no more blood
One more shot… and my heart stops

You can’t die...
when you are dead.


Fuentes de inspiración: 
Marillion's "Fugazi" and "The Opium Den"... and, of course, Fritz.

martes, 18 de febrero de 2014

El Ángel de la Muerte (13).

Tot le pasó el martillo de brujas para que lo guardara en la caja de herramientas y Leuche lo observó un momento maravillado de lo que era capaz de hacer.
―Se parece al martillo de Thor ―dijo con una voz llena de admiración―. Me enseñarás a utilizarlo, ¿verdad?
―De verdad, eres como un niño, Leuche. ¡No lo manosees más, eso no es un juguete! Y no somos superhéroes que vamos por ahí salvando vidas de... de... bueno, salvando vidas.
―¿Eso crees?
Por un milisegundo Leuche pensó que su compañero iba a sonreír... pero no lo hizo. Aún así, juraría que el brillo en sus ojos había sido de orgullo.
―Bueno, vale... pero ¿me enseñarás?
―Ya veremos.
Tot ya se alejaba hacia la portezuela del acompañante, mientras Leuche se aseguraba de que la caja de herramientas quedaba bien sujeta y el cuerpo etérico del suicida no se había movido de donde lo habían dejado. Luego se metió en el coche, arrancó y metió la primera marcha. Tot programó el GPS para que no le fuera difícil encontrar el camino a casa a través de los siete planos del astral y los innumerables subplanos.
Al principio no hablaron mucho. Las voces de las almas atormentadas, la atmósfera lóbrega de las alcantarillas y sobre todo el estado de ánimo que aún envolvía al muerto y que invadía todo el interior del automóvil, pesaban sobre sus corazones. Los suicidios nunca eran fáciles... y eso que este no había sido de los peores. Tenían ganas de salir de allí y olvidar el mal trago. Al cabo de un rato Leuche decidió decir algo para alejar las malas sensaciones.
―Oye, Tot, si fueras a reencarnar, ¿qué te gustaría ser esta vez? ―al decir esto encendió la radio y movió el dial hasta encontrar una canción de rock... necesitaba relajarse. Y entonces comenzó a agitar la cabeza rítmicamente. "The trooper" de los Iron Maiden era como una inyección de adrenalina en las venas...
Tot le miró con el ceño fruncido y volvió a mover el dial a la posición donde estaba antes. Una preciosa composición a piano de Chopin comenzó a sonar. En ningún momento desvió la atención de los posibles bucles espacio-temporales en los que podían quedar atrapados en el astral. No se acababa de fiar de la forma de conducción de Leuche.
―Pues... no sé. He sido ya tantas cosas... ―su voz sonó algo cansada.
―Bueno, pero seguro que podrías encontrar algo...
―No sé... me da un poco de pereza empezar otra vez desde el principio: elegir la vida que voy a llevar, seleccionar a mis padres, volver a nacer, estar allá abajo sin saber de qué va la historia...
―Pero es divertido, ¿no?
―¡Cuidado!


Leuche tuvo que dar un volantazo para evitar una masa gigante de elemental del pensamiento con la que estuvieron a punto de chocar. En cuanto se recuperó del susto, Leuche aprovechó que Tot aún no había recuperado el color y cambió una vez más la emisora. Sonrió al reconocer la melodía de “Highway to Hell” de ACDC. Era una de sus canciones favoritas... aunque no tanto como “Burning down” de Arena. Ésta todavía le producía escalofríos... a pesar de que lo lógico hubiese sido lo contrario. Un momento. ¿Qué era lo contrario a un escalofrío? ¿Un escalocaliente? ¿Tal vez llamas de fuego lamiendo tu piel? Se sacudió el pensamiento y recordó la pregunta que le había hecho a su compañero.
―¿No es divertido?
Tot se encogió de hombros.
―Psé... Supongo que sí, a veces...
―Bueno, ¿y qué serías? Así, sin pensar mucho.
―Me dedicaría a buscar una ciudad perdida en la selva.
―¿De veras? ―Leuche sonrió. Nunca se habría imaginado a Tot a lo Indiana Jones intentando ahuyentar a un grupo de serpientes con un látigo―. ¿La selva del Amazonas? Creo recordar que no quedaba mucho de ella en una de mis últimas vidas...
―El siglo XXI fue una ruina para todos.
Un gruñido les llegó desde los asientos traseros... o quizá del maletero. Tal vez el muerto se estaba despertando por fin.
―Mira a ver qué le ocurre a ese. Espera que te sujeto el volante ―le ordenó Tot. Y cuando Leuche se estiró hacia atrás para ver qué pasaba, Tot aprovechó para cambiar con la otra mano a Chopin.
―No, está bien ―contestó Leuche―. Debió ser el bache de energía negativa condensada.
Recuperó su posición y notó que algo había cambiado, pero no cayó en la cuenta de qué era.
―Así que explorador... ―dijo―. Yo una vez viví en la selva, pero me arrancaron el corazón y me arrojaron a un pozo negro que parecía no tener fondo, aunque estaba hasta arriba de huesos...
De pronto reparó en el piano que sonaba y adelantó la mano para...
―¡¡Ay!!
A pesar de tener una mano inmaterial el golpe sonó como un auténtico cachetazo en la mejilla.
―A ver, que te quede bien clara una cosa ―anunció Tot, todo serio―. Mientras yo sea el veterano aquí, yo elijo la música que escuchamos.
―De eso nada, el que conduce es el que elige la música.
―¿Cómo que de eso nada? ¡Elige el jefe!
―Como aparezca el verdadero jefe, le contaré lo de tus soldaditos en horas de trabajo.
―¿Qué le contarás qué?
En los minutos que siguieron pareció que en lugar de en un Volkswagen iban en la vaina de Anakin Skywalker, asediados por rivales a ambos costados que les hacían perder estabilidad y girar en todas direcciones. Los gruñidos (ahora más bien quejidos) que procedían del maletero aumentaron en intensidad pero ninguno de los dos pudo oírlos, estaban demasiado ocupados tratando de zafarse el uno del otro... Menos mal que estaban en el astral y no era posible morir en un accidente de tráfico.  

(continuará...)

sábado, 15 de febrero de 2014

El Ángel de la Muerte (12).

El silencio se podía cortar con un cuchillo. Si hubiese habido algún despertador cerca, habrían podido escuchar el incesante tic tac trepanándoles el cerebro (si lo hubiesen tenido), volviéndolos locos segundo a segundo... Pero la habitación estaba prácticamente vacía.
Tot hojeaba una revista sobre Panzers de la Segunda Guerra Mundial sentado en un sillón, en una esquina, cerca de la puerta acristalada que daba al balcón. Leuche estaba a los pies de la cama, sentado sobre una especie de mesita auxiliar de madera pegada a la pared, con las piernas cruzadas, algo rígido por la tensión del momento, observando al hombre que había sobre la cama de matrimonio. Ni siquiera se había descalzado. Tenía aspecto de haber tenido un mal día: los pantalones de su traje gris oscuro estaban arrugados, la corbata deshecha y colgando hacia un lado, el pelo ralo grasiento y desaliñado, y había una botella de coñac en la mesilla medio vacía, con un vaso al lado en el que aún sobrevivían unos cubitos de hielo medio derretidos. Algunas pastillas habían quedado desperdigadas sobre la mesilla y algunas se habían caído a la lujosa moqueta de color beige que cubría toda la estancia. Leuche aún no sabía muy bien si los somníferos eran para suicidarse o solo para no enterarse mucho cuando apretara el gatillo... porque también había visto que traía una pistola en el maletín negro que había dejado cerca de la entrada.
―Tot... ―susurró―. Oye, Tot... ¡Tot!
Tot levantó la vista de su revista y miró a Leuche sin apenas inmutarse.
―¿Tú estás seguro de que lo va a hacer?   
Tot suspiró y pasó una página de la revista.
―Cuando nos llaman, generalmente es porque no hay vuelta atrás. Aunque siempre cabe la posibilidad de que se arrepientan... creo que en las últimas estadísticas que se hicieron el porcentaje de arrepentimiento fue de un 0,00001%, o sea, que es prácticamente imposible que...
―¡Tot! ¿Crees que utilizará la pistola? En ese caso, la transición será más rápida, ¿no?, y puede que tengamos más problemas para convencerle de que está muerto...
―No, no depende de eso. Depende de las veces que haya muerto y de lo despierta que esté su consciencia... que, en este caso, no creo que esté muy despierta.
―¿Y cómo lo sabes?
―Me lo chivó un pajarito...
―¿Hablaste con su guía?
―Viene en su informe, ¿es que no lo leíste? ―preguntó Tot, con cierto tono de reproche. Leuche le miró con rencor.
―Todavía no sé conducir y leer a la vez.
―Si hubieras llegado antes, tal vez te habría dado tiempo...
­―El reloj ponía...
Un fuerte golpe les hizo volver su atención hacia la cama. El hombre había vuelto a vaciar el vaso y ahora quedaban menos pastillas. Lo bueno es que no parecía tener fuerzas para levantarse... y el arma quedaba lejos. Leuche tragó saliva (o lo que fuera). Bajó la voz... aunque sabía que era poco probable que pudiera oírle. Además se estaba quedando dormido. Bueno, algo más que dormido...
―Estate atento ―le advirtió Tot―. Queda muy poco.
Cerró su revista y se levantó. Se acercó a la ventana y se puso a silbar mientras contemplaba la calle ahí fuera... o ahí abajo, mejor. El rascacielos debía tener como doscientas plantas o así. Aunque había empezado a acostumbrarse, aún le costaba enfrentarse a este tipo de situaciones... aquellos tipos no sabían que al suicidarse solo estaban posponiendo las pruebas que tendrían que volver a superar tarde o temprano... y estaban echando por la borda toda una serie de magníficas oportunidades para sentirse orgullosos de la vida tan dura que les había tocado vivir. Pero por otra parte era del todo comprensible... lo había experimentado en carne propia.
De pronto aquel hombre abrió los ojos, a pesar de que su cuerpo continuaba inmóvil sobre la cama y un color grisáceo había aparecido en su piel. Leuche apenas distinguió el doble etérico que comenzaba a despegarse del cuerpo físico (y bastante rechoncho por cierto). Su vello se erizó cuando sintió que le estaba mirando... o, bueno, al menos la sensación fue la misma que cuando su vello se erizaba estando vivo.
―¿Qui-quiénes sois?
El hombre miró alternativamente a uno y a otro, con pánico en su rostro. Buscó el maletín en el suelo. Tot se volvió lentamente, atento a cualquier movimiento. Leuche se puso en pie, sin saber qué decir. Dejó que Tot se adelantara.
―Tranquilo... Todo ya acabó. Hemos venido para llevarte al otro lado...
No era muy distinto a lo que Tot decía siempre... pero por alguna razón aquella vez no funcionó.
―¿Có-cómo?
El hombre retrocedió instintivamente intentando protegerse con las sábanas, buscando una salida. Aunque Tot y Leuche le pidieron repetidas veces que se calmara y le aseguraron que no le iban a hacer daño, las dos imponentes figuras, oscuras y extrañas, amenazantes como pocas en medio de un cuarto en el que ahora la luz parecía tener un extraño tinte azulado y el mobiliario parecía irreal, le hicieron caer presa del pánico.
―¿Quiénes sois? ―repitió―. ¿Qué estáis haciendo aquí?
Tot previó el movimiento, pero no fue lo suficientemente rápido. Gritó a Leuche que lo agarrara, pero los reflejos de Leuche tampoco funcionaron. El hombre se levantó de un salto, atravesó el cristal del balcón y cayó en picado sin ser aún plenamente consciente de que su primer intento de suicidio ya había tenido éxito.


Los dos Ángeles de la Muerte se abalanzaron tras él y le alcanzaron en la caída. Mientras caían el hombre los miró sin comprender... posiblemente pensó que estaba soñando. Cuando atravesaron el pavimento el hombre se quedó bastante sorprendido, pero no fue hasta unos metros más abajo, en un túnel del alcantarillado, cuando por fin se detuvo y se atrevió a mirarse a sí mismo, espatarrado sobre agua maloliente... y contempló a la rata que husmeaba algo justo al lado sin mostrar ningún signo de alarma. Tot se situó detrás de él. Intuía lo que iba a pasar. Leuche se puso enfrente del desconcertado espíritu y trató de hablar con él.
―¿No oíste a mi compañero? Todo acabó...
―¡No! ¡No es posible! ¡Aún estoy aquí! ¡Aún andan detrás de mí! ¿No lo entendéis? ¡Se llevaron a mi hija! ¡Por mi culpa! Y ahora... ahora...
―Ahora ya no pueden perseguirte más. Estás muerto... ¿no era eso lo que querías?
Tot sacudió la cabeza a sus espaldas. Ésa no era una buena elección de palabras...
―¡No! Digo... ¡sí! ¡Quería la muerte! ¡¡No esto!!
Y trató de escabullirse de nuevo y comenzó a caer más y más, en un pozo oscuro y más oscuro en el que se empezaban a escuchar las voces de almas atormentadas. Tot y Leuche tuvieron que volar detrás de él...
―¡Cógelo, Leuche! ¡Cógelo!
―¡Eso intento!
Pero cuando te habías acostumbrado ya a un nivel de vibración determinado era difícil adaptarse a los niveles más bajos... y el hombre caía a una velocidad pasmosa.
Por fin Tot pudo alcanzarlo y le golpeó en la cabeza con el martillo de brujas, una herramienta reglamentaria pero que había quedado relegada exclusivamente a determinados casos muy bien descritos en el manual. Sonó un “clonc” cuyas ondas sonoras reverberaron en todas las alcantarillas de la ciudad y el espíritu confuso del hombre que se había suicidado quedó inerte en medio de la oscuridad y las inmundicias de las tuberías.
―¡¡Uff!! ­―exclamó Leuche―. Por poco se nos lo lleva el Diablo... ―bromeó.
―Sí... Satanás en persona ―murmuró Tot con una sonrisa irónica.
Luego sacudió la cabeza. Era por esto por lo que odiaba los suicidios. Ahora su uniforme parecía lavado con alquitrán y ni siquiera el holograma de la insignia era reconocible. Y encima no podía tener un compañero normal, no, tenía que ser un novato...
―Vamos, anda. Tira pa’ el coche.

(continuará...)

martes, 11 de febrero de 2014

Se busca: vivo o muerto.

―Hace frío. Ahí fuera nos están buscando y reza a Dios para que no nos encuentren. Si conocen este lugar vendrán directos aquí y nos cogerán por muy bien que nos escondamos.
―¿Por qué no te callas? Si nos descubren será por el escándalo que armas con tu palabrería. No te duermas. El alba llegará en un par de horas, y entonces partiremos.
Pero se durmió. Su compañero no le despertó. Si tenía que morir prefería hacerlo a causa de sus propias equivocaciones y no por tener que cargar con un sucio y medio borracho criminal que no valía ni un tercio de lo que pedían por él. En cuanto amaneció salió de la cabaña y corrió a las montañas. Sabía que allí le esperaba un viejo amigo que le debía un favor. Al día siguiente se encontraba sano y salvo y dispuesto a volver a intentarlo.
Al otro lo encontraron los perros, morado por el frío y el alcohol. Casi le habían hecho un favor metiéndole un tiro en la frente.

[Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Escrito en Diciembre de 1993. No tenía título... hasta hoy].

miércoles, 22 de enero de 2014

El Ángel de la Muerte (11).

Cuando Leuche se presentó a la mañana siguiente en su puesto de trabajo (puntual, por supuesto), se encontró de nuevo la puerta cerrada. Miró su reloj y frunció el ceño.
“No sé, esto de que no exista el tiempo se me hace muy confuso”, pensó.
Se le ocurrió ir a buscar a su compañero a la máquina de los cafés y bollitos grasientos varios para el desayuno, pero entonces reparó en una nota pegada con celo al cristal en la que había garabateadas unas palabras: “Te espero en el aparcamiento. Es urgente”.
Leuche volvió a fruncir el ceño. No le gustaban los imprevistos. Y además aún tenía los ojos llenos de legañas. Quizá había leído mal... “Ven YA”, ponía ahora el papel.
Tot se ponía de muy mal humor cuando le hacían esperar, así que Leuche optó por la vía rápida y se volatizó en el aire para teletransportarse al aparcamiento. Requería de un gasto energético extra, sobre todo cuando no habías desayunado todavía, pero no le quedaba otra... soportar todo el día a Tot de mal humor era una penitencia que no estaba dispuesto a aceptar ahora que por fin la religión ya no era importante en sus vidas.
Cuando su forma espiritual apareció en el recinto del aparcamiento, con sus botas habituales, su levita y sus melenas rizadas, estuvo tentado de cambiar su apariencia... porque no era un carruaje con Tot sentado en el pescante lo que le estaba esperando, sino un Volkswagen de color casi rojo, líneas redondeadas y un guardabarros medio caído que le recordó al coche que su abuela conducía en los años 60 del siglo XX en un algún lugar de Europa. No tenía ruedas, pero eso no importaba, porque flotaba a una cuarta del suelo, como el que usaba Luke Skywalker para desplazarse por Tatooine. Y el interior olía a marihuana... bueno, eso quizá fue un recuerdo (benditos años aquellos), pero lo que no podía ser una alucinación era la estatuilla plateada de una mujer con alas extendidas que hacía equilibrio en el borde del capó. Era lo único que brillaba de toda la carrocería. Según se aproximaba a la portezuela del copiloto percibió la mirada de impaciencia en el rostro de Tot, sus dedos tamborileando en el volante.


Leuche abrió la portezuela y se acomodó lo mejor que pudo (sus piernas eran bastante largas), un poco admirado pero también un poco amedrentado por la cara de pocos amigos que tenía Tot esta mañana.
 ―Solo un par de detalles... ―se atrevió a puntualizar―. Si podemos ir en una limusina negra si así lo deseamos, ¿por qué tenemos que viajar en un coche que parece que se va a caer a cachos en el primer bache?
Los dedos de Tot dejaron de tamborilear y miró a Leuche de refilón.
―Me gusta este coche. Y además es alemán. No se va a caer a cachos ni aunque atravesemos todo el astral hasta el infierno y los demonios se nos peguen al parabrisas.
Leuche carraspeó.
―Vale. Y esto... ¿no debería haber una W en el capó en lugar de una señorita desnuda con alas?
Ahora la mirada de Tot no fue de refilón. Leuche vio brillar el odio en la profundidad de sus ojos negros.
―No fue idea mía. Es la insignia de los Ángeles de la Muerte. Si no la llevamos bien visible no podríamos saltarnos los semáforos... ni transportar muertos en el maletero. Parece mentira que no lo sepas ya... aunque, bueno, de qué me voy a sorprender, si a estas horas aún no has sido capaz ni de ponerte el uniforme ―dijo Tot, al tiempo que se sacudía una pequeña pelusilla en la manga de su impoluta camiseta negra―. Y dame eso, que me vas a manchar la tapicería ―le quitó a Leuche el croissant relleno de crema de chocolate justo cuando le iba a dar un mordisco y lo tiró por la ventanilla. 
Leuche no se atrevió a replicar, algo avergonzado. Su estómago rugió... pero no pudo hacer nada, cualquiera se ponía a discutir con Tot. Aquel día le tocaría trabajar en ayunas. Aunque... ahora que lo pensaba, ya no tenía estómago. El ruido tenía que provenir de otro sitio.
―Por cierto, conduces tú ―añadió Tot.
―¿Yo? ¿Entonces por qué estás tú en el asiento del conductor?
―Porque el volante se puede cambiar de lugar, ¿no lo ves?
Y de pronto ya no había volante en el lado izquierdo y ahora estaba delante de Leuche. Leuche sonrió y cambió su apariencia varias veces, a lo coche fantástico, a lo coche antiguo, a lo Fórmula 1... al final se decidió por un volante de cuero marrón con funda de leopardo. Y unos guantes de cuero a juego. Y unas gafas de piloto para que no le entrara el polvo en los ojos. Menos mal que no se había traído el sombrero de copa...
­―Me acabo de dar cuenta de que yo nunca he conducido en el lado derecho.
―No importa. Yo no sé conducir, pero supongo que no habrá mucha diferencia. Venga, dale.
―Vale. ¿A dónde vamos?
―A un suicidio. ¿Por qué crees que tengo esta cara hoy?
A Leuche se le borró la sonrisa de la suya, otra vez. Atravesar varios planos dimensionales en un Volkswagen destartalado era divertido, pero no lo suficiente como para contrarrestar el mal trago de un suicidio. O eso le habían contado... que los suicidios eran especialmente tristes y había que estar muy alertas. De hecho, en los suicidios les citaban dos horas antes en lugar de una, por si había imprevistos y tenían que pedir refuerzos. A los suicidas costaba mucho convencerles de que habían hecho la mayor tontería del mundo matándose... tanto sufrimiento, tantos desvelos y tanta angustia, total, para nada... excepto una enorme reprimenda de los Súper-sabios esos, mucho tiempo de reflexión (si hacía al caso) y la magnífica oportunidad de recuperar el tiempo perdido con una vida doblemente complicada.
Leuche suspiró. Entre unas cosas y otras la jornada prometía ser agotadora... y deprimente.

(continuará...)
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